Joan lo entendió

El 10 de mayo de 1977 falleció Joan Crawford. Padecía un cáncer de páncreas y se negó a dar a conocer su enfermedad porque no quería dar lástima, a lo largo de las décadas se fue ganando a pulso las enemistades en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown y solamente le mantenían con vida las declaraciones de admiración de sus seguidores. Su despedida del mundo de los vivos la preparó como el acto final de la gran diva que fue. Se retiró a su apartamento de Manhattan, ese cuyos muebles forró para evitar las bacterias, le regaló su perro a un amigo y respondió a las cartas de sus fans, muchos de ellos descubrieron sus películas en la televisión y en sesiones golfas para el público gay. En la soledad de ese cuarto silencioso se reunió con la muerte, no sin antes desheredar a sus dos hijos mayores, y encontrarse con Lucille Le Sueur, la mujer que hizo de Joan Crawford una obra maestra.

Joan Crawford siendo consciente de su declive como estrella en sus últimos años © Getty Images

Greta Garbo tenía 36 años cuando se retiró de la vida pública. Detestaba la fama y la presión a la que le estaba sometiendo la industria y tras el estreno de «La mujer de las dos caras» en 1941 se entregó a los placeres de la vida. Eso no hizo más que alimentar su mito y le llevó a estar muy por encima de cualquiera de sus películas. Es algo que también se puede aplicar a Ava Gardner, Elizabeth Taylor, Marilyn Monroe, Grace Kelly, Errol Flynn, Charles Chaplin, Cary Grant o Marlon Brando que se convirtieron en iconos porque lograron trascender al tener unas vidas que eran dramáticamente más interesantes que cualquier obra de ficción.

Probablemente no haya habido otra estrella como Joan Crawford, con esa capacidad de conseguir ser el centro de atención y hacer de ello su seña de identidad. Joan Crawford, una de las grandes damas del Hollywood clásico, fue la construcción de una mujer que huyó de la miseria más absoluta utilizando su belleza y ambición. Estuvo por encima de la maquinaria publicitaria de Hollywood porque fue mucho más allá de lo dictado por unos estudios que la vieron como una herramienta más de usar y tirar. Eso sí que es empoderamiento y no las luminarias de hoy que salen de casa con el discurso aprendido redactado por su agencia y relaciones públicas y que luego son incapaces de entender lo que están diciendo.

Una estrella creada a sí misma © Getty Images

Joan Crawford no fue la excepción en un mundo nuevo como lo era el cine que se vio como una manera rápida de enriquecerse. Como el 99% de los habitantes de la villa y corte lo único que conoció antes de la fama fue la miseria más absoluta. Los orígenes humildes de la Crawford le hicieron sentir acomplejada de por vida. Nunca se sintió una señora de verdad, por mucho que se esforzara en ello, ni se vio aceptada por sus iguales en Hollywood y eso que tampoco supieron lo que era comer un plato caliente hasta que alcanzaron el éxito, no todos eran como Norma Shearer hija de un importante constructor, sino que llegaron a Hollywood para dejar de pasar hambre. Fue consciente de todo eso cuando se casó con Douglas Fairbanks Jr., una maniobra realizada para subir de estatus, y vivió el rechazo de sus suegros, Mary Pickford y Douglas Fairbanks, porque les recordaba demasiado que ellos también habían estado en el arroyo antes de convertirse en los primeros representantes de la realeza de Hollywood y se sintieron frustrados al ver que su hijo elegía como esposa a una antigua cabaretera y no a alguien de la verdadera élite.

Una noche de 1924 fue descubierta por Harry Raft, un cazatalentos de la MGM, mientras actuaba como bailarina en un club nocturno de Nueva York . Su belleza, carisma y elegancia natural hicieron ver a aquel tipo deseoso de nutrir al estudio de rostros nuevos que poseía cualidades de estrella, no se equivocó en absoluto. El lugar no era el más indicado para una futura reina de Hollywood. Estaba lleno de sobones y empresarios explotadores que consideraban que su dignidad no valía nada, pero indudablemente era mejor que lo que había dejado atrás. Lucille Fay LeSueur procedía de un hogar roto de Texas, uno de tantos. No conoció a su padre, su madre la despreciaba y la única persona de quien recibió cariño fue su padrastro, un promotor de espectáculos de poca monta, que terminó abusando de ella. Su madre por venganza la envió a un convento y para poder pagarse la estancia sirvió de criada de las alumnas ricas. Soñaba con ser bailarina, veía que esa era la manera de poder escapar de una vida miserable. Mientras tomaba clases hizo prácticamente de todo hasta que le ofrecieron una prueba para entrar en la MGM. Fue telefonista, limpió letrinas, fue camarera e incluso según su hija Christina llegó a alquilarse como bailarina, una manera bastante suave de definirse como prostituta. El turbio pasado de Joan Crawford fue un quebradero de cabeza no solamente para la actriz sino para la MGM. El ejecutivo del estudio, Eddie Mannix, conocido por ser el «señor Lobo» que solucionaba los conflictos internos y que fue interpretado por Josh Brolin en «Ave, Cesar» de los hermanos Coen, tuvo que pagar 100.000 dólares al chantajista que amenazaba con difundir material comprometido de Joan Crawford (fotografías y películas pornográficas) y quien les amenazaba era Hal, el único hermano de la actriz que quería vivir de su hermana al ser incapaz de hacerlo por sí mismo. Cuando la Crawford rompió con el estudio que la convirtió en una estrella la compañía cobró parte de la inversión en el silencio de su hermano.

Joan Crawford fue descubierta dándolo todo en un club nocturno y durante sus inicios fue la fiestera perfecta © MGM

En 1928, cuatro años después de que fuera fichada por la MGM, se convirtió en una estrella gracias a la película «Vírgenes modernas», cuyo éxito fue atronador. Joan Crawford era la flapper perfecta. Era la viva imagen de la modernidad, alguien que desafiaba las convenciones sociales y culturales de la época, que quería pulirse la vida y al mismo tiempo hacerse a sí misma. Trabajó muy duro hasta llegar ahí. Comenzó siendo doble de cámara de Norma Shearer, su primera gran enemiga en Hollywood, y fue consciente de que para poder ascender tenía que entender el funcionamiento de la maquinaria, aprender de todos los oficios que forman parte de un rodaje y ser la mejor amiga de los curritos que son quienes van a mostrarla en todo su esplendor. Se convirtió en la amante del ejecutivo Harry Kapf, que le ayudó a medrar en el estudio, pero quien fue fundamental para ella en esta época fue el actor William Haines, una de las mayores estrellas de la MGM hasta que su homosexualidad le hizo caer en desgracia, que se convirtió en su protector y ella fue su principal promotora cuando tras acabar su carrera como actor se recicló junto a su pareja en el mundo de la decoración.

Cuando se implantó el cine sonoro Joan Crawford pasó la criba y con nota. Fue aceptada por el público incluso en pleno estallido de la Gran Depresión. Los ricos, y las estrellas de cine lo son, generan rechazo en tiempos de crisis económica por eso muchos optan por el lujo silencioso para no dar señales de que invierten una fortuna en conocidas marcas (aunque luego luzcan una simple camiseta blanca que no baja de los cuatro dígitos), dan lecciones para salvar el planeta o pagan fianzas a antifascistas para expiar sus pecados de vivir en la parte más privilegiada del primer mundo. La Crawford disfrutaba de su estatus de nueva rica, gastaba, lo exhibía y el público no la rechazó por ello, es más, cuanto más ostentación mejor. Joan Crawford entendió que en eso consistía ser una estrella de cine, tenía que estar por encima de la adversidad e incluso del propio Hollywood. Puede que en «Así ama la mujer», uno de sus mejores trabajos en la MGM, interpretara a una mujer que durante la gran crisis económica derivada del crack de 1929 se entregara a la prostitución para huir de la miseria y se degradara todavía más por resentimiento hacia el señorito que la rechazó por ser de una clase inferior pero no perdía la oportunidad de lucir un vestuario fastuoso. No es exagerado decir que Crawford ha sido una de las actrices que mejor han lucido en la gran pantalla. Aunque no era realista ver a la pobretona Mildred Pierce embutida en las mejores pieles, tampoco lo es ver a la escritora de un diario gratuito luciendo un Vivienne Westwood, la Crawford era un reflejo de un Hollywood que era grande.

Joan Crawford se convirtió en un icono de la moda gracias a los diseños de Adrian lucidos de manera fastuosa en «Letty Lynton» © MGM

Se había convertido en una estrella pero ella sentía que no tenía peso interpretativo. La MGM veía a Crawford como una chica guapa y que encajaba muy bien en el perfil lúdico, algo así como Clara Bow, pero dudaba de sus aptitudes dramáticas. Poco a poco, conforme se fue cimentando su éxito, se le fue dando confianza, con papeles mucho más comprometidos, pero no dejaba de recibir las sobras de Greta Garbo y Norma Shearer. Crawford peleó duramente por imponerse como actriz pero sentía que se topaba contra un muro porque Shearer estaba siempre por encima, Joan llegó a impulsar proyectos que luego el estudio reservaba para el lucimiento de Norma. Había una razón, Norma Shearer estaba casada con el jefe de producción de la MGM, Irving Thalberg, uno de los tipos más listos de la industria, y ese derecho de alcoba que tenía Norma era inaccesible para Joan. La franqueza de la actriz a la hora de señalar su frente de batalla le hizo ser castigada por el estudio. Fue relegada a producciones que estaban destinadas al fracaso y en eso radica que fuera considerada veneno para la taquilla. En el año 1939 Shearer y Crawford fueron dos de las protagonistas de «Mujeres» de George Cukor y el desprecio que mantuvieron en la vida real quedó patente en la gran pantalla. En ese momento ninguna de las dos estaba en su momento de esplendor. En 1936 Irving Thalberg falleció repentinamente víctima de una neumonía. Eso dejó a Norma Shearer en una situación de desamparo y sin ganas de continuar con su carrera, se vio obligada a seguir con su contrato con la MGM y una vez finalizado se retiró en 1942, con 40 años. Joan Crawford llevaba una racha bastante larga de fracasos y pese al éxito cosechado por «Mujeres» la MGM estaba deseando finalizar su contrato con ella, ese momento llegó en 1943.

En una foto promocional de «Mujeres» la Crawford no pudo reprimir el odio hacia su compañera de reparto © MGM

Pero si hubo una rivalidad que definió a la figura de Joan Crawford fue la mantenida con Bette Davis, algo que fue mutuo y eso que también fue notorio el enfrentamiento mantenido por Davis y la actriz Miriam Hopkins. Tal vez el conflicto entre Joan Crawford y Bette Davis ha perdurado en la cultura pop y ha sido especialmente explotado en la comunidad gay, de hecho la primera temporada de «Feud» de Ryan Murphy giró en torno a ello, porque fueron dos estrellas reivindicadas a partir de la década de los sesenta por los ciclos televisivos y universitarios y ni Norma Shearer ni Miriam Hopkins tuvieron esa gran valoración tras su época dorada. Es mejor el enfrentamiento entre dos iguales. Crawford y Davis lo fueron. No solamente fueron dos grandes actrices sino que lograron desafiar a sus estudios. Crawford peleó con la MGM para hacerse valer como actriz y Davis se declaró en rebeldía con la Warner en señal de protesta porque no recibía proyectos a la altura de su talento. Crawford y Davis estaban destinadas a odiarse y ni siquiera fue Franchot Tone, el segundo marido de Crawford y de quien Davis se encaprichó durante el rodaje de «Peligrosa», el responsable de su enfrentamiento. Fue algo mucho más importante que un amante como el hecho de ser dos mujeres que querían reinar en Hollywood, un mundo dominado por hombres que constantemente las estaban comparando e infravalorando. Joan Crawford en el fondo admiraba a Bette Davis pero eso no fue mutuo. Como buena actriz de familia acomodadada (aunque abandonada por su padre) de la costa Este y forjada en el teatro no dejaba de mirar por encima del hombro a una paleta de Texas con ínfulas de gran dama.

Preparándose para lanzarse los cuchillos en el rodaje de «¿Qué fue de Baby Jane?» ©GettyImages

Joan Crawford desembarcó en la Warner tras finalizar su período en la MGM. En ese momento la carrera de Bette Davis en el estudio estaba en declive, atrás había quedado su época en la que era la gran representante femenina del cine del estudio, y la Crawford se convirtió en la nueva gran dama de la compañía. Ahí protagonizó «Alma en suplicio» de Michael Curtiz que supuso su regreso triunfal a la primera línea de batalla y por la que se llevó el Oscar a la mejor actriz en el año 1945. Quince años depsués, cuando las carreras de ambas estaban en punto muerto, Crawford acudió al rescate de Bette Davis para que levantaran «¿Qué fue de Baby Jane?» de Robert Aldrich. Su rodaje fue tan conflictivo que ha alimentado a la leyenda de Davis y Craword. Cuando se estrenó en 1962 se convirtió en un gran éxido y dio un nuevo rumbo a las dos pero lejos del respeto que dos legendarias actrices merecían. «¿Qué fue de Baby Jane?» inició la corriente de ver a grandes estrellas ya olvidadas en producciones de terror de muy bajo presupuesto. Crawford protagonizó «El caso de Lucy Harbin» de William Castle, hoy una obra de culto debido a su componente camp, y Davis se arrastró en producciones como «El mundo extraño de Madame Sin» que no le hicieron ningún bien. Curiosamente eso sucedió cuando ambas estaban recuperando la fama de antaño porque las nuevas generaciones estaban descubriendo sus películas en los pases televisivos. El tratamiento cinematográfico que se les estaba dando es fundamental para comprender el comportamiento de Hollywood con quienes ya no necesita.

Joan Crawford pasando a la historia como icono camp © Columbia Pictures

El Hollywood de este siglo XXI está repleto de intérpretes que son incapaces de tener la autonomía para llevar a los espectadores a la gran pantalla. Desgraciadamente les ha tocado vivir en una época en la que están supeditados a una marca. Por ese motivo necesitan tener su dosis de protagonismo para llamar la atención. Joan Crawford les allanó el camino y ninguno ha sido capaz de superarla. Cuando estaba a punto de ganar el Oscar por «Alma en suplicio» fue capaz de quedarse en casa, por un presunto agotamiento, para recibir la estatuilla al día siguiente en su cama ante la mirada de la prensa, de esa manera sería portada de los periódicos y no una foto más. Al no ser nominada al Oscar por «¿Qué fue de Baby Jane?», su compañera Bette Davis sí lo fue, se ofreció a recoger el premio a la ganadora, Anne Bancroft por «El milagro de Anna Sullivan», y quedar como la vencedora en el duelo mantenido con Davis. Aunque nada tan estrambótico como cuando en el año 1968, con 62 años, sustituyó a su hija adoptiva Christina de 29 años, de baja por una operación, en su trabajo en el culebrón televisivo «La tormenta secreta». Lo de Elsa Anka cubriendo la maternidad de su hija Lidia Torrent en «First Dates» no inventó nada.

La serie «La tormenta secreta» batió su record de audiencia al saltar el tiburón con la presencia de Joan Crawford sustituyendo a su hija veinteañera © CBS

Joan Crawford adoptó cuatro hijos, Christina, Christoper y las gemelas Kathy y Cindy. La actriz en su testamento desheredó a los dos mayores que relataron posteriormente sus malas experiencias, es conocido el libro «Queridísima mamá» que Christina escribió tras la muerte de la actriz y que fue llevado a la gran pantalla en una obra maestra de las camp-movies. Tanto Kathy como Cindy defendieron a Joan Crawford alegando no reconocer nada de lo narrado por sus hermanos mayores. Lo cierto es que cuando Joan Crawford adoptó a sus hijas gemelas, Christina y Christopher ya estaban a punto de entrar en un internado por lo que es posible que sus vivencias no tuvieran nada que ver.

«Queridísima mamá» de Christina Crawford se convirtió en uno de los ajustes de cuentas más afamados de la historia de Hollywood © GettyImages

La guionista de la MGM Frederica Sagor Maas comentó una vez que nadie en el estudio decidió hacer una estrella de Joan Crawford sino que fue ella la que estaba decidida a serlo. El jefe del área de publicidad del estudio, Pete Smith, que fue quien le aconsejó que se cambiara el nombre, confiaba en sus habilidades para convertirse en estrella pero en una de tantas que tenía una compañía que presumía de tener más estrellas que el cielo. El ascenso de Joan Crawford fue cosa suya. Su ambición le llevó a reinar en la gran pantalla, demostrando que era una portentosa intérprete. Eso le permitió escalar socialmente, más que con cualquiera de sus maridos, ni siquiera con Alfred Steele que era director ejecutivo de Pepsi Cola. Lucille Le Sueur consiguió que su vida fuera más fascinante que cualquiera de sus películas. Joan Crawford entendió que ser una estrella de cine es situarse por encima de Hollywood.

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