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  • Los Oscars en caída libre. Las claves de su debacle

    Este martes, 24 de enero, se darán a conocer las candidaturas para la 95ª edición de los Oscars cuya gala tendrá lugar el 12 de marzo. Tengo que admitir que estas dos fechas las he tenido que buscar en Google porque por primera vez en algo más de un cuarto de siglo no estoy siguiendo la carrera al Oscar. Recuerdo haber grabado la mítica retransmisión para Antena 3 realizada por Carlos Pumares, tuve que convencer a mis padres para que se abonaran a Canal + para poder ver los Oscars, seguí las coberturas radiofónicas de El Cine de Lo Que Yo Te Diga en la SER y desde el 2006 me he dedicado a escribir sobre la carrera al Oscar primero en la web de Las Horas Perdidas y posteriormente en el Conexión Oscar de LoQueYoTeDiga, algo que por un factor sentimental siempre consideré un honor. He sido invitada en dos ocasiones para ir a comentar los Oscars en Canal +, las del manicomio antes de su absorción por Movistar, y mi pánico escénico fue más fuerte que la llamada de televisión aunque solamente me viera mi familia (y a lo mejor ni eso) algo que no me impidió ser jurado en la 50ª edición festival de Cine de Cartagena. Creo que la oscariconodulia, la pasión por Hollywood y por escribir sobre todo ello me llevó a dedicarle varios años de mi vida a eso, aunque se ve que para tal tarea necesito un carnet que no ha llegado y que se reparte desde una habitación apestosa en función de si se tiene una cuenta verificada, del número de seguidores, del tipo de medio en el que se está o del rango que se tenga en él y de si no te han vetado en el podcast de premios más guay y con más aduladores del sector. Desde el año 2014 la audiencia de la ceremonia de los Oscars ha perdido 28 millones de espectadores, también es verdad que el consumo televisivo ha dejado de ser lineal pero la final de la Super Bowl sigue congregando e interesando a un centenar de millones de espectadores y la actuación musical durante su intermedio sigue siendo el espectáculo del año. La edición presentada por Ellen DeGeneres congregó a 44 millones y la celebrada en 2022 solamente a 16,6 millones, en medio queda el récord por lo bajo que se obtuvo el año anterior con tan solo 9,85 millones pero fue la ceremonia marcada por el COVID en donde la industria estaba bajo mínimos y fue una acción de valientes estrenar y más ver una gala producida por Steven Soderbergh. No me encuentro entre los espectadores de los Estados Unidos a los que va dirigida la ceremonia retransmitida en la ABC pero sí que estoy entre los que han decidido desertar por hartazgo al ver que una serie de factores han terminado devaluando la estatuilla.

    Lana Turner tenía al mejor peluquero de Hollywood, es evidente que se lo llevó a la tumba © GettyImages

    ¿Cuándo comenzó la debacle? A mediados de la primera década del siglo XXI ya se estaban notando los efectos de lo que se gestó en la década de los 90 cuando Harvey Weinstein llevó Miramax a Disney y el resto de los grandes estudios montaron sus filiales para sus proyectos con ambiciones autorales pero sin el estatus de la compañía matriz, haciendo que las versiones bastardas de Hollywood y el cine independiente comenzaran a convivir hasta que terminaran devorándose entre ellas. Por cada Paul Thomas Anderson, los hermanos Coen o Darren Aronofsky que han estado presentes en los Oscars se ha tenido que pagar el peaje de Tom Hooper, Paul Haggis, David O.Russell, Lee Daniels o Ava DuVernay o que “Slumdog Millionaire” de Danny Boyle se hiciera con ocho estatuillas en una edición en la que se enfrentaba a los desechos de las filiales de las majors.

    El Harvey Weinstein de finales de la década de los ochenta e inicios de los noventa era lo más parecido a Harry Cohn, jefazo de la Columbia, en los primeros tiempos de los Oscars. Ambos aprendieron a jugar sucio, más que el resto, porque no pertenecían a la élite de Hollywood. Harvey Weinstein antes de montar Miramax era un simple matón que promovía conciertos de rock en Nueva York y Harry Cohn antes de dedicarse a ese boyante nuevo negocio del cine conducía tranvías, limpiaba piscinas y era uno de los chicos del coro en los espectáculos de vodevil, no había gran diferencia entre él y los otros progenitores de Hollywood pero Columbia era un estudio menor, no tenía grandes estrellas, ni directores de renombre y lo suyo eran las comedias. Cohn encontró a Frank Capra, que se negaba a ser un segundón, y Weinstein a las películas de Sundance y Cannes y dominaba el arte de la promoción, llevó a Daniel Day Lewis a Washington, al Congreso, para que diera una charla sobre lo que supone vivir con una discapacidad con el fin de promover «Mi pie izquierdo» que fue su primera gran jugada maestra en los Oscars.

    «Pese a ti, Harvey, estaré en ‘Gangs of New York’ de Martin Scorsese». Daniel Day Lewis acabó harto de las imposiciones de Weinstein para su promoción como candidato al Oscar por «Mi pie izquierdo», el primero en la colección del actor y la primera gran gesta del innombrable © GettyImages

    Harvey Weinstein utilizó los premios para dominar la industria. Él supo antes que nadie que un festivalito organizado en un pequeño pueblo de Colorado (Telluride) con menos de 3.000 habitantes y sin ningún cine era un laboratorio estupendo para hacer ruido con sus películas, fue lo que hizo con «Juego de lágrimas» de Neil Jordan y no falló hasta su caída en 2017, cuando en el primer fin de semana de septiembre se podían ver en la localidad a más estrellas haciendo promoción y tuiteros y periodistas haciéndose notar que cabezas de ganado. También supo que para conseguir un hueco mediático de sus promovidas en el festival de Toronto podía infiltrar a sus empleados entre los votantes del premio del público. Por supuesto, también sabía que para asegurarse votos a sus películas podía ofrecer trabajo. Desde mediados de la década de los noventa, especialmente cuando con «El paciente inglés» Miramax se hizo con su primer Oscar a la mejor película, en los premios de la Academia veíamos a una disputa que enfrentaba a Harvey Weinstein contra el resto de Hollywood.

    Harvey Weinstein contra «Salvar al soldado Ryan» de Steven Spielberg © GettyImages

    A mediados de los noventa, a raíz de la llegada de Miramax a Disney y la explosión del cine de Sundance, las grandes compañías crearon sus divisiones para aquellos proyectos con ambiciones autorales y eso supuso el inicio del fin del evento destinado al público adulto. TriStar Pictures (Sony) estrenó en 1993 «Philadelphia» un drama adulto, una película de juicios que por primera vez exponía sin tapujos las consecuencias del SIDA y la discriminación sufrida por los enfermos, dirigida por Jonathan Demme, coronado en los Oscars con «El silencio de los corderos», y protagonizada por Tom Hanks y Denzel Washington, dos estrellas entre las estrellas. Un film con todos los grandes ingredientes de Hollywood, que además pretendía concienciar y que solamente en cines recaudó 200 millones de dólares, siete veces más de lo que costó. «Philadelphia» no fue la excepción en los noventa pero sí que lo es 30 años después. «Babylon» de Damien Chazelle, una película que a la Paramount le ha costado 110 millones de dólares sin contar con los gastos de promoción, que cuenta en su reparto con Brad Pitt y Margot Robbie y que narra de manera descarnada las consecuencias de la revolución del sonoro y de la introducción de las conductas de moralidad en Hollywood, en un momento en el que la siempre pacífica comunidad de Tinseltown era una orgía en un piso de Magaluf, ha irritado a buena parte de la crítica, ha espantado a la mayor parte de la audiencia y antes de que llegara a los cines la prensa ya la consideraba un desastre.

    Margot Robbie ha pasado de ser venerada como uno de los exponentes más completos del nuevo Hollywood a ser declarada veneno para la taquilla © Paramount Pictures

    Relegando las películas de cine adulto y los proyectos más autorales a divisiones independientes como Fox Searchlight, Focus Features, Paramount Vantage, Sony Pictures Classics, buena parte de ellas ya han sido absorbidas por su compañía matriz debido a su elevado coste y poco provecho, los grandes estudios encontraron la excusa para explotar el evento destinado al público joven en donde realmente pueden ganar dinero tanto dentro de los Estados Unidos como en el mercado chino. Las películas que se hacen pensando en el público adulto y para llegar a los Oscars ya no son las piezas más cuidadas por las compañías de Hollywood sino que son un mero trámite para asegurarse algo del poco prestigio que queda y los espectadores ya no están interesados en ese tipo de películas porque las ven como productos que solamente están destinados a la élite que las premian.

    En el año 2006 la Academia de Hollywood concedió el Oscar a la mejor película a «Crash» de Paul Haggis en lugar de premiar a la película favorita de la crítica que era «Brokeback Mountain» de Ang Lee y que se ajustaba mucho más al cine destinado al público adulto que había trascendido al evento. Dos años antes la brasileña «Ciudad de Dios» de Fernando Meirelles había conseguido colocarse en las candidaturas a los Oscars fuera de la que era su categoría natural, mejor película en lengua no inglesa en donde fue completamente ignorada el año anterior. Desde los inicios de este siglo XXI ha necesitado un relevo generacional de académicos para que se conectara con el nuevo cine, pero lo que no es de recibo son los sucesivos tumbos que ha dado la Academia para contentar las exigencias de un público que no tiene. En 2009 cuando se ignoró a la película evento de la cosecha anterior, «El caballero oscuro» de Christopher Nolan, y los Oscars prácticamente tocaron fondo y no precisamente por el hecho de que «Slumdog Millionaire» se llevara ocho premios, la Academia anunció que las candidatas a mejor película se ampliaban a diez argumentando que era la manera de favorecer a otro tipo de propuestas de fuera de los grandes estudios. Eso favoreció a «Amor» de Michael Haneke o a la históricas victorias de la surcoreana «Parásitos» de Bong Joon-ho y de la francesa muda (aunque con capital estadounidense e intertítulos en inglés) «The Artist» de Michel Hazanavicius . Pero por cada propuesta con pedigrí que se ha metido en los Oscars se han colado «Figuras ocultas», «La madre del blues», «Selma», «La teoría del todo», «The Imitation Game» «Black Panther» que al igual que sucedió con las competidoras de 2009 estaban entre las candidatas para cubrir el expediente.

    «Selma» la candidata por imposición para satisfacer cuotas © Paramount Pictures

    La crisis económica del 2008 fue el caldo de cultivo de los nuevos movimientos identitarios y populistas. Las principales universidades estadounidenses y canadienses han sido el primer escenario del activismo del siglo XXI y cuyo origen está en el paternalismo de las instituciones ante quienes ven que los privilegios del otro (hombre, blanco y heterosexual) son una amenaza y como respuesta a eso nos encontramos al movimiento llevado por quienes tratan de defenderse de los continuos ataques. ¿Está igual de oprimida la millonaria y prestigiosa actriz Viola Davis por ser una mujer de raza negra que un albañil blanco sin educación y seguro médico de Iowa? Aplicando la nueva escala de valores en la que en la cúspide de la pirámide siempre estará el hombre blanco y heterosexual, Viola ganará la batalla de la opresión de calle.

    Ganadora de Oscar, Emmy, dos premios Tony, formada en Juilliard, una de las mujeres mejor pagadas de la industria e imagen de L’Oréal pero Viola Davis es un ejemplo de opresión en la sociedad © L’Oreal

    En el año 2015 sucedieron dos hechos en los Oscars. Primero, Patricia Arquette en su discurso de agradecimiento a la mejor actriz de reparto por «Boyhood» pidió una equiparación salarial entre hombres y mujeres. Segundo, nació el movimiento de protesta «Oscarsowhite» por la ausencia de «Selma» de Ava DuVernay en las categorías de mejor dirección y actor principal para David Oyelowo. Un año después estalló en las redes tras la rabieta de Jada Pinkett ante la ausencia de su marido Will Smith entre los aspirantes al mejor actor por su trabajo en «La verdad duele». Desde ese momento la Academia ha ido ampliando el número de miembros para favorecer la inclusión de las minorías, para que la monja académica Dolores Hart y los votantes de la categoría de mejor película en lengua no inglesa que favorecían a las películas de abuelos con niños fueran unas anécdotas del pasado, y la prensa inició la tarea para favorecer la promoción de los candidatos en función de su identidad y no de su mérito. Los medios de comunicación tuvieron tan claro que el Oscar al mejor actor en el año 2021 iba a ser para Chadwick Boseman por su trabajo en «La madre del blues», más que por su actuación porque la gran estrella de raza negra del nuevo Hollywood falleció semanas después de su rodaje, que los productores de la ceremonia reservaron el premio al mejor actor para cerrar la gala porque querían como colofón final a la viuda de Boseman recogiendo la estatuilla y a toda la comunidad afroamericana de la industria llorando, cuando el galardón fue para Anthony Hopkins, un señor de Gales que estaba en su casa durmiendo, dejaron su estratuilla en el suelo y el intérprete tuvo que agradecer al día siguiente en sus redes sociales porque los productores ni siquiera le dieron la opción de conectar mediante una videollamada. Los abanderados de las causas nobles llamaron racista a los académicos por no votar a Boseman y casi nadie en su sano juicio consideró que lo hecho a Hopkins fue una falta de respeto. La candidata más promovida de este año es Michelle Yeoh y no porque haya hecho una de las interpretaciones del 2022 en «Todo a la vez en todas partes» sino porque es uno de los mayores referentes de la comunidad asiática en Hollywood. Su raza la ha llevado a copar toda la atención mediática, a ser declarada el icono del año por la revista TIME y a que su publicista le haya orquestado una campaña en la que no parezca que esté en juego el Oscar sino el premio Nobel de la Paz. Lo mismo le sucede a su compañero de reparto en el film Jonathan Ke Quan, con el añadido sentimental ya que el actor que se convirtió en una estrella infantil gracias a «Los Goonies» e «Indiana Jones en el templo maldito» lleva desde los 15 años siendo un juguete roto de la industria.

    Michelle Yeoh dispuesta a hacer una llave a quien no la vote para los Oscars ©TIME

    Hollywood siempre ha presumido de su superioridad moral. Si antes teníamos a la liga de la decencia siguiendo los pasos de los miembros de la villa de Hollywood y a Sor Atila (Loretta Young) promoviendo sus valores cristianos ahora tenemos a Leonardo DiCaprio, Jessica Chastain, Natalie Portman y Frances McDormand representando a una comunidad de Hollywood que se ha convertido en la promotora de la religión del siglo XXI: el activismo. Las películas ya no se valoran por su excelencia artística sino por su contribución a la divulgación de los nuevos valores sociales: la defensa del ecologismo y las minorías. Las grandes corporaciones han creado los departamentos de responsabilidad social, ocupados por activistas, en donde se utiliza el dinero de los socios para vender una buena imagen aunque sea en detrimento de la marca, Gillette hizo una campaña en donde directamente insultaba al consumidor y L’Oréal contrató a Viola Davis para hacer un anuncio en donde la firma se avergonzaba de vender cosméticos. Las agencias de Hollywood se han llenado de activistas con traje de abogados especializados en derechos civiles para que los clientes impongan en sus contratos la cláusula de inclusión. El Estado de California premia con exenciones fiscales a las producciones que se ajusten a dichas cláusulas y a partir del 2024 solamente podrán aspirar al Oscar aquellas películas que cumplan ese requisito. Neil Patrick Harris, presentador de la ceremonia de 2015, llamó racista a quien no había convertido a «Selma» en la más nominada de la noche y desde entonces la situación ha ido a peor.

    Sus aviones privados contaminan más que tú y yo desplazándonos en coche ©AMPAS

    Las carreras al Oscar son cada vez más agotadoras. Peter Finch se murió en enero de 1977 tras tomarse como algo personal su campaña para conseguir la nominación al Oscar al mejor actor principal por su trabajo en «Network», meses después se alzó con esa codiciada estatuilla a título póstumo. En 1977 no existía ese nivel de intensidad, aunque evidentemente es estresante estar continuamente en oferta de simpatía para asistir a todo tipo de eventos y reunirse con periodistas y miembros de la industria para venderse. El caso de Finch ha sido el más extremo y es difícil aventurar si su corazón hubiera aguantado tanto en este siglo XXI en el que las campañas pueden alargarse más de un año. Patricia Arquette estuvo trabajando en «Boyhood» de Richard Linklater durante doce años y necesitó otros quince meses para garantizarse el Oscar a la mejor actriz de reparto. Su promoción comenzó en diciembre del 2013, cuando Richard Linklater anunció que había terminado su proyecto secreto para enviarlo al festival de Sundance en donde se presentó un mes después, y a partir de ahí la fue presentando en todo el mundo y recibiendo premios mientras se despeinaba alegremente.

    Cuando Patricia Arquette comenzó a rodar ‘Boyhood’ estaba mejor peinada que Lana Turner ©AMPAS

    Antes del 12 de marzo la prensa especializada habrá hablado largo y tendido de los diferentes premios de los gremios y diferentes asociaciones repartidas por Estados Unidos y también fuera y eso está generando el hartazgo y también la confusión en la señora de Wisconsin que pensará si los Oscars no se han dado ya en aquellos premios que se emitieron en televisión hace dos semanas. Todos quieren sus premios y tener su minuto de gloria pese a que el interés de la audiencia y de la prensa generalista sea cada vez menor y muchas de esas galas estén en el aire porque los derechos de emisión ya se están negociando a la baja y eso puede llevar a la desaparición de muchas asociaciones que no se pueden sostener solamente con el dinero que reciben de sus miembros, lo cual es un indicativo de que todo lo que rodea al negocio de los Oscars es una burbuja y que está a punto de explotar.

    Los Critic’s Choice unos premios cuya transparencia es un mito y que solamente interesan a los flipaos que hacen directos en YouTube ©The CW

  • Brendan Fraser vs Globos de Oro y cuando las víctimas son de segunda

    Este 10 de enero tendrá lugar la 80ª edición de los Globos de Oro y la NBC volverá a retransmitir la ceremonia después de que en el 2021 decidiera apartarse tras las acusaciones recibidas por la Asociación de prensa extranjera en Hollywood de falta de diversidad. La cadena de televisión decidió actuar tras la publicación de un artículo demoledor en Los Angeles Times y ante la temida espantada de anunciantes debido a una hipotética amenaza de boicot por parte de la masa enfurecida con un teclado. Scarlett Johansson denunció que en sus encuentros con periodistas miembros de la asociación se sintió incómoda por su actitud sexista, algo que refrendó el actor Mark Ruffalo, casualmente premiado en ese mismo año por «La innegable verdad» y Tom Cruise, alguien que siempre parece estar al margen de todo, devolvió sus tres Globos de Oro. Estaban en juego los 60 millones de dólares que recibe la HFPA de la NBC por sus derechos de emisión así que la organización se vio obligada a hacer una serie de cambios para quedar bien ante el buenismo imperante, han metido a un centenar de votantes, buena parte de ellos son externos de la asociación y a partir de ahora el hombre blanco y presumiblemente heterosexual (como si fueran mayoría en el mundo del espectáculo) estará en la base de la pirámide y no en la cúspide.

    La imagen de un reportero, miembro de la HFPA, tocándole el pecho a Scarlett Johansson quemó internet en 2006, la estrella tardó 15 años en calificar dicha acción como acoso sexual y la NBC tomó la queja de la actriz como un argumento de peso para cancelar la emisión de los Globos de Oro del 2022 © NBC

    En esta exhibición de hipocresía de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown no estará Brendan Fraser, nominado al Globo de Oro por su trabajo en «La ballena» de Darren Aronofsky. Semanas antes de que se hiciera pública su candidatura el actor anunció en GQ que no acudiría a la ceremonia porque «no me criaron como un hipócrita». En el año 2003 Brendan Fraser se encontraba en un almuerzo organizado por la Asociación de prensa extranjera en Hollywood y se estaba sacando fotos con miembros de la organización cuando de repente sintió que alguien le pellizcó el trasero y cuando se dio la vuelta vio que era Philip Berk, que en ese momento era quien ejercía la presidencia de la HFPA. Fraser amenazó con demandar a la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood, algo que se frenó cuando Philip Berk ofreció sus disculpas públicas al actor. Siete años después Fraser volvió a los Globos de Oro y su reacción desmedida durante el discurso de Robert De Niro, que era el premio honorífico de aquella edición, se convirtió en un meme de internet y en un comodín para los usuarios de las redes sociales. A Brendan Fraser aquello no le pareció casual sino una venganza por parte de la HFPA y recordó el incidente que tuvo con Philip Berk y se burlaron de él por decir que fue víctima de acoso sexual por parte del presidente de una asociación de periodistas. La carrera de Brendan Fraser estaba lejos de su mejor momento, a nivel profesional sus éxitos formaban parte del pasado y en el plano personal estaba destrozado por su divorcio, la muerte de su madre y una terrible lesión provocada durante el rodaje de «La momia: La tumba del emperador Dragón», al lado de todo eso lo de los Globos de Oro era una minucia pero fue una tontería que se hizo tan grande que le terminó pasando factura.

    La secuencia de Brendan Fraser en los Globos de Oro de 2010 se convirtió en un meme mortal para la carrera del actor. Fraser cree que no fue algo casual ya que siete años antes estuvo a punto de demandar al presidente de la HFPA por acoso sexual © NBC

    En el año 2017 nació el movimiento #MeToo a raíz de la caída de Harvey Weinstein tras destaparse su historial como depredador sexual. El mundo se solidarizó con las víctimas de Weinstein y también con las de Bill Cosby, Roger Alies y una enorme lista de hombres poderosos. Brendan Fraser contó su historia a GQ añadiendo que su teléfono dejó de sonar a raíz de que la relató a los medios de comunicación y no halló la solidaridad que sí encontró Scarlett Johansson, que en el 2006 se convirtió en un meme cuando un reportero le tocó el pecho en la alfombra roja de los Globos de Oro, cuando denunció en 2021 que la HFPA tiene miembros que en sus encuentros con ella han tenido un comportamiento que rozan el acoso sexual, un testimonio que Mark Ruffalo apoyó.

    Tanto Scarlett Johansson como Mark Ruffalo son vistos como intérpretes de primera. Ambos han sido nominados al Oscar y gozan de una situación privilegiada en la industria que les permite alternar las superproducciones con aquellos proyectos más desafiantes a nivel interpretativo. Por otro lado, Brendan Fraser es considerado un intérprete de segunda, pese a que siempre ha sido mucho más que eficaz en cualquier terreno y ahora que protagoniza «La ballena» de Darren Aronofsky por la que puede ser nominado al Oscar está siendo mirado de manera paternalista por la industria y la prensa. De Brendan Fraser se burlaron, mientras que los mensajes de apoyo a Johansson incitaron a Hollywood y a la NBC a castigar a la HFPA. La denuncia de Fraser se entendió como homofobia y cualquier muestra de apoyo como una incitación a la discriminación, así que era mejor mirar a otro lado antes de enfurecer a la masa.

    El «regreso» de Brendan Fraser y los comentarios sobre lo gran actor que es terminarán cuando A24 finalice la campaña promocional de «La ballena» ©A24 /YouPlanet

  • Hay un elefante en la sala

    «Entre los académicos de Hollywood hubo miedo a votar en contra de «12 años de esclavitud» por si eran tildados de racistas» Estas palabras las pronunció Gary Oldman en una entrevista a la revista Playboy concedida en el año 2014 y su alegato en contra de la corrección política de los votantes de los premios más importantes de la industria fue tan criticado que se vio obligado a recoger el cable para no perjudicar a la promoción de «El amanecer del planeta de los simios». Oldman que ganó el Oscar en el año 2018 por interpretar a Winston Churchill en «El instante más oscuro» es conocido en Hollywood por ser un verso suelto, ni siquiera tiene publicista, y no seguir la corriente progresista, de hecho estuvo a punto de entrar en barrena cuando se atrevió a criticar a Dreamworks ya que en el otoño del año 2000 le vetaron de la promoción de «Candidata al poder», de la que él era también uno de sus productores, porque se iba a posicionar a favor del candidato republicano George W. Bush y los jefazos de la compañía eran donantes del candidato demócrata Al Gore. La carrera de Oldman en Hollywood no se resintió gracias a su participación en dos grandes éxitos de la Warner como son la serie cinematográfica de «Harry Potter» y la trilogía de «Batman» de Christopher Nolan y porque la sociedad de hace dos décadas no estaba al servicio de la masa enfurecida que ejerce todo su poder a través de las redes y la de 2014 ya estaba en ello, Oldman vio el alcance de sus palabras por lo que se estaba comentando en internet y asumió que había exagerado en la entrevista. La situación ha ido a peor, si esas declaraciones se hubieran dado en 2020, en plena explosión del movimiento «Black Lives Matter» (nacido en 2013 durante el mandato de Barack Obama) a Gary Oldman le habrían considerado un supremacista por quejarse de la tiranía de la corrección política, y de manera inmediata habría sido un proscrito en la industria porque su agencia habría recibido presiones para su despido.

    Gary Oldman moderó su tono a raíz del revuelo causado por su anticorrección política y así pudo ganar el Oscar © GettyImages

    En el año 2018 Frances McDormand recogió su segundo Oscar a la mejor actriz por su trabajo en “Tres anuncios en las afueras” y se entronizó como la gran Charo de Hollywood gracias a dos motivos, el primero por hacer levantar a todas las señoras presentes del auditorio y el segundo por dar visibilidad en el evento más relevante de la industria cinematográfica a las «cláusulas de inclusión» para favorecer la diversidad. La «cláusula de inclusión» se la debemos a Stacy L. Smith, una profesora de periodismo, asociada a la Universidad del Sur de California y que es más conocida por su activismo y las charlas impartidas por las principales ciudades de los Estados Unidos, el paternalismo universitario ha sido el origen de ese activismo identitario e incendiario que padecemos hoy, y por el impacto de sus análisis en la industria de Hollywood, especialmente en lo relativo al retrato de todo aquello que se sitúa por debajo de la cúspide ocupada por el hombre blanco y heterosexual. Las diferentes agencias de talentos que presumen de estar a la vanguardia en la sociedad comenzaron a partir de 2016 a reclutar a activistas disfrazados de abogados especializados en derechos civiles para que actúen como asesores y convenzan a actores, directores, creadores de series y guionistas para que impongan en sus contratos la cláusula de inclusión. Tras las palabras de Frances McDormand en los Oscars se sumaron a la cláusula Brie Larson, Michael B. Jordan, Matt Damon y Ben Affleck mientras que los activistas convertidos en asesores comenzaron a ser más insistentes en su desempeño y en eso se incluye la financiación de campañas en los medios de comunicación con artículos en donde se habla de la poca diversidad en la industria o de los privilegios de una parte. El estado de California comenzó a beneficiar fiscalmente a aquellas producciones que se ajustaran a condiciones de integración y las academias más importantes de la industria audiovisual tendrán en cuenta si los procesos de contratación están acordes a la cláusula de inclusión para que sean calificables, es decir, que para poder aspirar a ganar un EGOT (Emmy, Grammy, Oscar, Tony) se han de garantizar que se cumplen unos baremos mínimos de diversidad, esta norma comenzará a aplicarse en los Oscars a partir del 2024. Las redes sociales están siendo nuevamente la herramienta perfecta para que la cláusula de inclusión sea en la actualidad la norma ya que ha sido usada para hacer presión sobre las personalidades de Hollywood que se exponen a la muerte civil, es decir la expulsión de la agencia, si no se suman a la causa. Por ese motivo en la adaptación de «Persuasión» de Jane Austen que estrenó Netflix veíamos personajes negros perfectamente integrados en la sociedad británica de inicios del siglo XIX o en una serie histórica sobre la figura de Ana Bolena, la segunda de las mujeres del rey Enrique VIII de Inglaterra, se ha elegido como protagonista a una actriz de origen jamaicano como Jodie Turner-Smith, creyendo que saltándose a la torera el rigor histórico se soluciona el problema del racismo. Tampoco erradica el racismo dejar tirado en el suelo el Oscar al mejor actor en 2021 porque el receptor fue un señor galés que estaba en su casa durmiendo y no el fallecido Chadwick Boseman ni que BuzzFeed dedique un artículo de más de 6.000 palabras a las demasiadas oportunidades dadas a Armie Hammer, antes de su estrepitosa caída en 2021, por el hecho de ser un hombre blanco, heterosexual y de familia millonaria porque John David Washington está en una situación igual de privilegiada y con las mismas oportunidades y nadie se ha quejado ni se atrevería a hacerlo por el color de su piel.

    Cambiando la historia para solucionar el problema del racismo © HBO Max

    El pasado mes de noviembre Universal estrenaba en los Estados Unidos «Al descubierto» de Maria Schrader basada en la investigación periodística que hizo caer a Harvey Weinstein en el otoño de 2017. Un film protagonizado por Zoe Kazan y Carey Mulligan, que tiene a Brad Pitt como uno de sus productores y que cuenta con un presupuesto de 32 millones de dólares más su inversión publicitaria, para lo que se maneja en Hollywood en este siglo XXI para las películas adultas que no van a las plataformas es una cifra que no está por debajo de la media. La película ha sido un rotundo fracaso en los Estados Unidos ya que apenas recaudó una tercera parte de lo que costó y algo similar está sucediendo con las películas confeccionadas para estar en los Oscar. Tras el fiasco de la película sobre el caso Weinstein la revista Variety trataba de explicar los motivos por los que este tipo de películas generan la indiferencia en la audiencia apuntando que el público en un momento de crisis como el presente quiere dejarse sorprender con propuestas tan estimulantes como «Todo a la vez en todas partes» y no pagar por ver una de las mayores exhibiciones de cinismo realizadas en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown en su recreación de una historia de la que se ha hablado hasta la saciedad en el último lustro y que la industria fingió desconocer cuando se destapó.

    La culpa del fracaso de «Al descubierto» no la tiene que sea una exhibición de cinismo sino que el público es tolerante con el machismo © Universal Pictures

    Hay un elefante en la sala y tiene que ver con el estado actual de los medios de comunicación y en particular con el de la crítica que lleva muerta varios años. En el 2008 nos adentramos en una crisis económica que fue especialmente grave en los medios de comunicación al reducirse considerablemente la inversión publicitaria y la prensa tradicional ya se encontraba debilitada en su batalla con lo digital, que no solamente estaba representado por las páginas de internet sino por los contenedores verticales (promotores de redes sociales) y plataformas como YouTube. La falta de recursos de los medios de comunicación y la multidigitalización han tenido varias consecuencias entre las que se encuentran la limitación del tiempo para preparar contenidos de calidad y el sometimiento a los intereses publicitarios. En la actualidad la situación ha empeorado considerablemente hasta el punto de que el papel que se utiliza para imprimir el periódico del principal medio de comunicación en España tiene más valor que lo que se paga por una de sus acciones en bolsa, por debajo de los 30 céntimos está el grupo PRISA. En esta situación de precariedad, las distribuidoras pueden dar un toque a un medio de comunicación y amenazar con retirar la publicidad si hay una mala crítica, o si hay ensañamiento en el caso de que sea un desastre, es memorable la noche de fin de año que le dieron al antiguo director de un medio por la mala crítica de una película de un gran estudio. Las distribuidoras vieron que los nuevos tiempos pertenecían a internet y en concreto a los usuarios de las redes sociales y que ello no conllevaba una importante inversión publicitaria, ya no tenían que preocuparse tanto por pagar por una franja publicitaria en un medio digital con unos redactores que hacían malabares con los eufemismos porque los tuiteros a cambio de un mísero RT hacen más que la crítica y gratis, o a precio de ganga. Desde el momento en el que las distribuidoras y también los medios de comunicación se rindieron ante los flipaos de las redes y plataformas que buscan el casito el sector quedó sentenciado.

    Antes de que fuera exhibida en Cannes los contenedores verticales le concedieron la Palma de Oro a «Titane» porque una mujer habla de la identidad de género y ni siquiera alguien del carácter de Spike Lee (presidente del jurado) pudo oponerse a eso © Caramel Films

    El sometimiento a los inversores, a la presión de la inmediatez y a la tiranía de las tecnológicas han hecho desaparecer al crítico que ahora se limita a repetir una serie de mantras para no salirse del rebaño. Nadie quiere ser como Carlos Boyero, dejando a un lado al personaje autoparódico que se ha construido, un generador de opinión y alguien con la capacidad de animar al consumidor a descubrir una película porque todos temen el toque de atención de un empresario cabreado o el veto de un festival descontento por un comentario negativo a su organización o de una distribuidora molesta. Ahora es mejor ser un prescriptor de contenidos en donde lo primordial es ensalzar los valores sociales, los de una obra y por supuesto los suyos, no se tienen en cuenta las virtudes artísticas sino su defensa de la justicia social. Variety tuvo que pedir disculpas ante la amenaza de boicot publicitario porque uno de sus críticos se atrevió a decir que Carey Mulligan no es lo suficientemente sexy para dar vida a la protagonista de “Una joven prometedora” y por el enfado de la actriz ella estuvo a punto de ganar el Oscar. Una crítica de un medio español se ha hecho fuerte porque se dedica a afear a quienes alaban las películas que a ella les resulta ideológicamente repugnantes, especialmente si ensalzan la masculinidad tóxica. Quienes ejercen la crítica y la información cinematográfica en los principales medios informativos se han convertido en catequistas, en meros divulgadores de la virtud del siglo XXI, es una manera de quedar bien ante inversores publicitarios, distribuidoras y la masa enfurecida con teclado, y por descontado es la mejor manera de medrar. Quienes no entran en ese juego saben que están condenados a sobrevivir en el cementerio porque ninguna plataforma apostará por ellos, ni tendrán promoción en redes sociales y tampoco tendrán trato de favor de las distribuidoras, ni se sentirán representados por asociaciones gremiales cuyos intereses van por otro lado. El sector periodístico cultural que está tan preocupado en elaborar listas y establecer guetos está tan podrido como otras áreas de la información, con la diferencia de que no aspira ni a las migajas del pastel informativo.

    En el festival de San Sebastián ya ni se sabe quiénes son las verdaderas estrellas si las actrices de Hollywood o los acreditados de determinados medios cuya cotización en bolsa está en el subsuelo o que andan mendigando a sus suscriptores © Hola

    Estamos demasiado acostumbrados a leer los lamentos de los medios por la actitud pasiva del público real, ese que está más allá de la burbuja en la que se han instalado los cachorros de la prensa pop de Malasaña, y también a que se responsabilice a los espectadores del fracaso de determinadas propuestas, es preferible llamar facha al otro que hacer un ejercicio de conciencia para evaluar los errores. El consumidor no está interesado en lo que se cuece en los festivales de clase A porque lo ve como algo elitista, quienes los cubren están más interesados en presumir aunque estén hospedados en un piso patera y en socializar que en realizar una gran cobertura con las que puedan invitar a descubrir buenas películas, ni en las diferentes entregas de premios porque están desconectadas del mundo real y ha dejado de creerse a la crítica que cada día se rinde ante cuatro obras maestras que no soportan el paso del tiempo ante el miedo de cualquier amenaza de cancelación por parte de quienes promueven las cláusulas de inclusión.

  • Hollywood ya no genera estrellas

    Los datos de la taquilla del fin de semana del 30 de septiembre fueron bastante llamativos porque la película que lideraba la recaudación era «Avatar» de James Cameron, un título de 2009 que llegaba de nuevo a las salas en una versión remasterizada y como anticipo al estreno de su ambiciosa secuela que llegará el próximo 16 de diciembre. Ese reestreno llegó a casi un medio millar de salas y su campaña promocional llevó a la confusión a los espectadores, algo que dice bastante de la situación de los medios culturales, porque buena parte de quienes fueron a verla se dieron cuenta de que ya la habían visto y que no se trataba de «Avatar 2: El sentido del agua». Cuando James Cameron estrenó «Avatar» en las navidades del 2009 se propuso revolucionar la experiencia cinematográfica en un momento en el que el mundo estaba sufriendo los efectos de una crisis económica y el cine estaba lidiando una batalla con la piratería. Se buscaba una manera de diferenciarse de la pantalla de un ordenador y se recuperó el 3D, que en el pasado fue un intento desesperado de recuperar al espectador que se había perdido con la llegada de la televisión. Se adaptaron las salas de cine a las exigencias tecnológicas, «Avatar» fue un éxito monumental y se diferenció de todas aquellas imitadoras que llegaron después y que hicieron que el 3D fuera molesto y poco rentable.

    Cuando «Avatar» se estrenó en el 2009 conquistó a espectadores que habían dejado de ir al cine. Cuando se reestrenó muchos se dieron cuenta de que ya la habían visto hacía años © Fox / Disney

    A la espera de ver si James Cameron vuelve a dotar de significado a la experiencia cinematográfica con «Avatar 2: El sentido del agua» este 2022 está siendo un año de recuperación del público en las salas tras el período marcado por la pandemia. Lo realmente llamativo de este proceso es que la reconquista no ha sido encabezada por el Hollywood del siglo XXI sino por quienes reinaron en la industria décadas atrás.

    «Top Gun: Maverick» ha sido el acontecimiento cinematográfico que ha marcado este 2022. Se estrenó a finales del mes de mayo y consiguió no quemarse en las salas, de hecho tres meses después de su estreno volvía a ser la película con mayor recaudación en los Estados Unidos, porque se había conseguido recuperar al espectador que había disfrutado de «Top Gun» en la década de los ochenta y también atrapar a las nuevas generaciones. Que «Top Gun: Maverick» llegara a las salas fue un empeño personal de Tom Cruise que desafió a la Paramount al imponer el retraso de su disponibilidad en la plataforma en streaming de la compañía. Gracias a esta maniobra Tom Cruise ha conseguido a sus 60 años volver a situarse en la cúspide de Hollywood, lugar en el que se asentó a finales de la década de los ochenta, y demostrar que sigue jugando en una liga superior.

    A sus 60 años Tom Cruise está en mejor forma que muchos actores jóvenes venerados en las redes sociales © Paramount

    Antes del fenómeno de «Top Gun: Maverick» en los Estados Unidos se vivió otro episodio importante de recuperación en las salas. En el mes de marzo, poco antes de una edición de los Oscars que no interesó a nadie, se estrenó «La ciudad perdida», una cinta protagonizada por Sandra Bullock y Channing Tatum sin mayores pretensiones que ser un divertimento que emulaba las comedias clásicas de aventuras. Un producto amable que consiguió volver a llevar a los cines a ese sector del público adulto que en los últimos años no había pisado una sala de cine. «La ciudad perdida» hizo una taquilla mundial de 190 millones de dólares. el triple de lo que costó, y con 58 años Sandra Bullock sigue seduciendo a los espectadores como cuando se convirtió en una estrella en los 90.

    La señora de Wisconsin siempre ha sido fiel a Sandra Bullock incluso se suscribió a Netflix para ver sus películas para la plataforma © Paramount

    La recientemente estrenada «Viaje al paraíso» protagonizada por Julia Roberts y George Clooney se había marcado como objetivo recuperar al espectador que llevó al éxito a las comedias románticas de la década de los 90. Una tarea difícil y más teniendo en cuenta que los carteles promocionales de la película invitaban a la burla porque más bien parece la campaña publicitaria de unos grandes almacenes. Pese a la desconfianza generada porque Roberts y Clooney ya no gozan del esplendor de antaño “Viaje al paraíso” ha supuesto una sorpresa ya que está logrando ese objetivo que se había marcado. Antes de estrenarse en los Estados Unidos ha sido testada con éxito en el mercado internacional y se ha comprobado que el público ha conectado con una comedia romántica basada en la extraordinaria química de dos estrellas como son Julia Roberts, la reina de Hollywood durante finales del siglo XX, y George Clooney el cruce perfecto entre Cary Grant y Warren Beatty.

    Nadie daba un duro por ello pero «Viaje al paraíso» se está convirtiendo en el título que mejor ha funcionado de Roberts y Clooney en la última década © Universal

    Tanto “Top Gun: Maverick» como «La ciudad perdida» y «Ticket al paraíso» son películas evento que giran en torno a unas estrellas que ya han superado la barrera de los 50 y que representan al Hollywood que estaba dominado por las luminarias. Estos éxitos que apelan a la nostalgia han puesto de manifiesto la debilidad del relevo generacional en Hollywood.

    A la edad de 62 años Cary Grant decidió retirarse de la actuación porque a pesar de que «Apartamento para tres» fue un éxito no quería que su imagen quedara obsoleta. Grant fue listo porque dos años después de su retirada Hollywood ya estaba deslumbrándose por las nuevas estrellas que darían aires de modernidad a la siempre pacífica comunidad de Tinseltown y que aunarían el éxito comercial con el prestigio artístico. Entre mediados de la década de los sesenta y finales de la década de los setenta Hollywood pudo gozar de una extraordinaria generación de actores dotados de cualidad de estrella, probablemente la más completa de su historia.

    Es odioso comparar el impacto generado por Robert Redford, Warren Beatty, Clint Eastwood, Dustin Hoffman, Jack Nicholson, Robert De Niro, Al Pacino, Gene Hackman, Jane Fonda, Faye Dunaway, Diane Keaton, Meryl Streep y Goldie Hawn, por citar unos pocos, con el de Timothée Chalamet, Michael Fassbender, Tom Hiddleston, Benedict Cumberbatch, Jennifer Lawrence, Jessica Chastain, Brie Larson y Zendaya. Los primeros tuvieron la suerte de vivir en un Hollywood que confiaba en sus estrellas para que llevaran al público a las salas, a los segundos les ha tocado trabajar en una industria dominada por las propiedades intelectuales y que ha creado estrellas que son incapaces de tener el poder de estar por encima y ser su propia marca.

    Timothée Chalamet conquistó a internet gracias a su interpretación de adolescente homosexual en «Call Me By Your Name». En pocos meses pasó a ser el actor más odiado de Hollywood por renegar de su trabajo con Woody Allen. No fue el único pero estaba en juego una candidatura al Oscar y una carrera © GettyImages

    La explotación de la nostalgia no se debe a una demanda del público sino a la profunda crisis económica y social que ha marcado a este siglo XXI. Lo fácil para la industria audiovisual es exprimir al máximo una propiedad intelectual, revisitar una y otra vez un terreno conocido antes de explorar uno nuevo, además es una buena manera de generar contenidos en las diferentes plataformas en streaming que se puedan vender porque el espectador está familiarizado con ellos. Esta situación da muy poco margen a las generaciones más jóvenes de actores. Jennifer Lawrence ganó un Oscar a la mejor actriz a la edad de 21 años y se convirtió en la princesa de Hollywood pero a pesar de un talento de sobra demostrado ese estatus no lo habría alcanzado si no hubiera protagonizado «Los juegos del hambre», una serie cinematográfica cuya finalización la ha dejado sin el poder para llevar a los espectadores a las salas pese a que probablemente sea la actriz que más memes ha dado a internet durante los últimos diez años.

    El éxito de «Rocky» en la década de los setenta explotó la cultura del deporte y se abrieron gimnasios que se llenaron de jóvenes que querían convertirse en figuras del boxeo. Cuando la serie «Fama» arrasaba en todo el mundo los conservatorios no dejaban de recibir solicitudes de chavales que querían triunfar como bailarines, cantantes, actores y músicos. La serie «La ley de los Ángeles» rebosó las facultades de Derecho. «Urgencias» y en concreto el episodio de George Clooney tratando de salvar a un niño con una percha atravesándole la garganta, llevó a muchos jóvenes a estudiar Medicina. Eso lo ha inculcado lo audiovisual. Eso cambió con la llegada del siglo XXI cuando la MTV comenzó a producir realities.

    El ejemplo de los grandes nombres de Hollywood durante el siglo XX ha llevado a ser algo aspiracional para muchas generaciones, lo mismo sucede con las estrellas del fútbol y las modelos. Hasta inicios del siglo XXI los jóvenes soñaban con ser futbolistas de éxito, estrellas de cine o desfilar como modelos en las pasarelas más prestigiosas del mundo. Pero para triunfar en el deporte, el cine y la moda se exige talento, sacrificio y tener una cualidad diferencial. Se requiere esfuerzo, en definitiva. La cultura del reality y de la exposición en las redes sociales se ha cargado todo eso. ¿Para qué triunfar en el cine si tengo internet y una cámara? En la actualidad Kim Kardashian, estrella gracias a un reality y una portentosa capacidad para generar escándalos en internet, es más conocida por el público que cualquier nombre de Hollywood de este siglo XXI y eso se debe a que la hija más mediática del abogado Robert Kardashian ha tenido la capacidad de crear su propia marca y ser famosa por ello. Eso ha llevado a muchos intérpretes a reciclarse como influencers en redes sociales pero sus millones de seguidores no se traducen en ganancias para sus películas o series de televisión ni siquiera de los productos que promueven. Kim Kardashian ha logrado convertir al colorete Luminoso de la firma MILANI en un éxito de ventas porque su maquillador comentó que es su favorito, Sara Carbonero, por poner un ejemplo que nos toca más de cerca, provocó que el labial Dragon Girl de Nars se agotara y que las compradoras se tuvieran que poner en una lista de espera porque la prescriptora de tendencias disfrazada de periodista deportiva había dicho que era su labial preferido, y sin embargo Emma Stone no convirtió en un gran éxito de ventas al labial Mona de Nars cuando recogió su Oscar por “La, La, Land” y eso que estaba preciosa. La ceremonia de los Oscars tiene un impacto mundial, es vista por millones de espectadores, seguida por un número importante de usuarios de internet y alguien como Emma Stone da unas fotos estupendas a las revistas de moda y del corazón, pero su efecto es efímero porque las estrellas de cine han perdido la batalla de la influencia frente a quienes han hecho del uso de las redes sociales su medio de vida.

    Nars esperaba que esta imagen hiciera arrasar en ventas al labial «Mona» pero el pintalabios estuvo cogiendo polvo en los stands de la firma © Instagram

    Joan Crawford se convirtió en una de las principales estrellas de Hollywood tras el crack de 1929 gracias a la ostentación que hizo del lujo para su promoción como diosa del séptimo arte, entendió que el cine y sus artistas eran una vía de escape a la dolorosa realidad que se estaba viviendo. Cuanto más esplendorosa con su estilismo más aclamada era por el público. Era un momento en el que la prensa estaba más controlada por los estudios porque a mediados de la década de los sesenta el público comenzó a hartarse de Elizabeth Taylor, de sus aires de diva, sus costosas peleas y reconciliaciones con Richard Burton. Las estrellas de hoy han entendido que su estatus les confiere superioridad moral y el público se ha hartado de eso.

    Jessica Chastain ganándose los aplausos reivindicando sus derechos reproductivos. Se olvida de los de las jóvenes californianas que cobran por gestar a sus hijos para poder pagarse sus estudios, ¿qué pasaría si alguna decide abortar? © Instagram

    La actriz y humorista Ellen DeGeneres tenía una comedia de éxito en la ABC que se canceló ante la pérdida de anunciantes cuando ella salió del armario tanto en la realidad como en la ficción, a finales de los 90 declararse homosexual seguía significando un problema. En 2003 DeGeneres regresó con éxito al primer plano gracias a su programa diario de entrevistas producido por Warner y durante casi dos décadas ha sido un referente de poder en la industria y también moral. En 2020 la cúspide de la pirámide en la que estaba muy bien instalada comenzó a desmoronarse, primero, porque durante el confinamiento en la primavera de ese año se lamentaba de estar encerrada en un espacio que era como una cuarta parte del Retiro y eso llevó al segundo motivo, comenzaron a filtrarse las quejas por acoso laboral del equipo de trabajadores del programa, algo que ya era algo más que un secreto en la industria. Su show se terminó en mayo de este año por la puerta de atrás.

    «O mueres como un héroe o vives lo suficiente para verte convertido en un villano» Eso mismo pensó Ellen DeGeneres cuando se vio obligada a despedirse de la televisión © Warner

    Durante la década de los noventa Susan Sarandon y Tim Robbins formaban la pareja más roja de América y sus exhibiciones de superioridad moral eran jaleadas por el sector más progre de la prensa, era especialmente evidente en Europa. Sarandon y Robbins aprovechaban su presencia en los Oscars para denunciar las injusticias sociales, algo que dejaron de hacer cuando recibieron un toque de atención de los productores de la ceremonia que se hartaron de ver que la pareja se saltaba el guión de la gala para hacerse promoción. Los productores eran conscientes de que no se podía manifestar la ideología porque los Oscars tenían en aquel momento una audiencia media de 50 millones de espectadores y que a la izquierda de los demócratas hay realmente muy pocos en los Estados Unidos. Cuando Michael Moore recogió el Oscar por “Bowling for Columbine” pronunció unas palabras contra el presidente George W. Bush y la invasión en Iraq que escamaron. La situación comenzó a cambiar a finales de la primera década de este siglo. La victoria de Barack Obama y la profunda crisis económica del 2008 llevaron al rearme de la derecha que mostró una versión mucho más identitaria y que llevó al empresario Donald Trump a postularse como candidato a las elecciones presidenciales que ganó en el 2016. El ala más progresista desplegó todo su poder mediático y para ello ha sido fundamental la gente de Hollywood. Se establecieron políticas buenistas y también un cordón sanitario para todo aquel que estuviera en las antípodas ideológicas. Si en el año 2003 las palabras de Michael Moore contra la guerra de Iraq resultaron incómodas, en el 2015 que el presentador de la ceremonia de los Oscars Neil Patrick Harris llamara racista a los académicos por no dar más candidaturas a «Selma» de Ava DuVernay se tomó muy bien. El triunfo de Trump en lugar de verse como una respuesta a las políticas buenistas de una administración que miraba por encima del hombro a unos gobernados cada vez más asfixiados e ignorados se interpretó como un retroceso en los derechos y las libertades y una amenaza para las minorías. En enero de 2020 la actriz Michelle Williams recogió un Globo de Oro por su magnífica interpretación de Gwen Verdon en «Fosse / Verdon» y criticó a la administración de un tipo tan sexista como Donald Trump e instó a la población femenina de los Estados Unidos que no se abstuviera durante las elecciones que se iban a celebrar en diez meses, dando por cierto que las mujeres por el hecho de ser mujeres iban a votar por la opción demócrata. Una exhibición de clasismo por parte de Williams al olvidarse de algo fundamental, la libertad individual de las mujeres a las que les estaba indicando el candidato a votar.

    «Sufragio femenino si se vota a los buenos». Michelle Williams a lo Victoria Kent © NBC

    El caso de Williams en estos años no ha sido excepcional, al contrario que el «gracias a la Academia por no dejarse influenciar por los matones sionistas» pronunciado por Vanessa Redgrave cuando recogió el Oscar a la mejor actriz de reparto por «Julia» en 1978. Que las películas, los directores, los actores, los críticos y los articulistas se dediquen a rendir cuentas y a considerar responsables de los problemas de la sociedad a los potenciales espectadores se ha convertido en lo dominante en los últimos diez años y eso tiene como principal consecuencia la pérdida de interés de la audiencia. Si nosotros acudimos a la consulta de un médico y en lugar cumplir con sus funciones nos pronuncia un discurso lo más probable es que solicitemos un cambio de médico de cabecera, estemos de acuerdo o no con sus palabras. Si un hombre del cinturón de los Estados Unidos ve en YouTube una entrevista promocional con los actores de una película de la Marvel en la que no dejan de llamar racistas, misóginos y homófobos a la audiencia potencial de su película, o ve la ceremonia de los Oscars en la que una actriz que ha basado su relato en su identidad racial y sexual usa su discurso para declararse víctima de la opresión social, si el equipo de una película realiza una campaña de difamación contra un medio de comunicación o si una actriz veta a periodistas blancos y heterosexuales en sus ruedas de prensa pues lo más normal es que haga la cruz a este Hollywood y busque nuevas vías de entretenimiento.

    Brie Larson, la capitana Marvel que actúa como inquisidora frente a periodistas y espectadores © Marvel

    El Hollywood de este siglo XXI tiene un serio problema. La audiencia de los Oscars ha perdido 30 millones de espectadores en los últimos ocho años. La ampliación del número de nominados a la mejor película y la cosecha nada memorable, es imposible salirse de la abusiva explotación de las propiedades intelectuales, es un factor determinante. Al igual que también lo es la deriva ideológica del espectáculo televisivo, consideran que solamente se dirigen a un nicho que únicamente quiere reafirmarse, chavales de la cultura woke cuyas reivindicaciones tienen muy poco que ver con los problemas del mundo real. Quienes le han dado la espalda al nuevo Hollywood y también a los Oscars están bastante cansados de que un grupo de privilegiados echen la culpa de los problemas del mundo a los ciudadanos que están haciendo malabares para llegar a fin de mes. Hollywood tiene un serio problema porque ha entrado en una fase de la que puede ser muy complicado salir. Como sucede con las especies si no hay un relevo generacional, con películas sólidas y estrellas capaces de tener la autonomía para atraer a los espectadores, se está condenando a la desaparición. Recurrir a la nostalgia no es la solución porque no conquista a las generaciones más recientes de espectadores.

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  • El nacimiento del #MeToo y de un ascensor social basado en el activismo

    En octubre de 2017 un terremoto de 9.6 grados en escala de Ritcher derribó los cimientos de la siempre pacífica de comunidad de Tinseltown. El origen no estaba en que la falla de San Andrés se hubiera movido como si pillara éxtasis en mal estado en una rave sino porque había caído Harvey Weinstein tras destaparse su larguísimo historial de abusos sexuales. En ese momento Hollywood hizo lo que mejor sabe hacer: actuar diciendo el clásico «me estoy enterando por la prensa» y dar lecciones de moralidad.

    Una de las estrategias de Weinstein para defenderse de las acusaciones era sacarse este tipo de fotos y si había víctimas mucho mejor © GettyImages

    Las fechorías de Harvey Weinstein a lo largo de algo más de tres décadas eran notorias y no solamente en Hollywood. Dos años antes de la caída del productor, una periodista de «The Hollywood Reporter» que estaba cubriendo el festival de Cannes, se marcó un Jaime Peñafiel y dejó caer que un poderoso magnate de Hollywood se encontraba en uno de esos yates que rodean la costa azul francesa en compañía de algunos nombres de la industria, entre los que se citó a Tom Hanks, y que su comportamiento fue muy extremo con unas mujeres jóvenes, pero ahí no se hizo nada porque una cláusula lo impedía, si las afectadas o cualquiera de los trabajadores acababan en comisaría presentando una denuncia violaban la confidencialidad exigida. No costó identificar a Harvey Weinstein, un reclamo habitual del festival desde que en 1989 Steven Soderbergh se llevara la Palma de Oro por «Sexo, mentiras y cintas de vídeo» , como aquel peso pesado con los puños de acero de Hollywood.

    El periodista Peter Biskind en su libro «Sexo, mentiras y Hollywood: Miramax, Sundance y el cine independiente», publicado en 2006, contaba que a inicios de la década de los 90 estaba preparando una investigación para la revista Premiere sobre Harvey Weinstein y que cuando él se enteró ofreció sus servicios como escritor a la publicación y solicitó tener como corrector a Biskind. Tener como firma invitada al productor más emergente de Hollywood, recién asociado a Disney, era una buena herramienta publicitaria para Premiere que ya no estaba por la labor de seguir apoyando que Biskind estuviera verificando la rumorología sobre la exhibición de abuso de poder de Weinstein. Hasta 2017 fueron varias las veces que se mandaron a parar las investigaciones relacionadas con Harvey Weinstein y cuando el productor no lo hacía directamente enviaba a alguien con bastante peso, como gente con Oscar como Matt Damon, Ben Affleck o Russell Crowe, para que los directivos de los medios de comunicación echaran el freno.

    Harvey Weinstein consagrándose como el chico malo de Hollywood ©WireImage

    En 2017 Harvey Weinstein ya había dejado de ser una figura poderosa en Hollywood. The Weinstein Co, la compañía que fundó tras su salida de Disney, estaba al borde de la bancarrota y ya había sido superado por la camada de cachorros de la industria, especialmente por Annapurna, de la millonaria Megan Ellison, y A24. Lejos había quedado el tipo que bastardizó al cine independiente, convirtiéndolo en una extensión más de Hollywood, el que cambió la manera de hacer el negocio en los Oscars y alguien que parecía la reencarnación de Harry Cohn, ambos mirados por encima del hombro por la élite de Hollywood y que sabían que para formar parte de un clan tenían que jugar con armas más peligrosas que los demás.

    Los Estados Unidos ya se estaba dejando influir por la cuarta ola del feminismo que denuncia la violencia patriarcal y la falta de reconocimientos de los derechos fundamentales de las mujeres. En el año 2015 Patricia Arquette recogió el Oscar a la mejor actriz de reparto por interpretar a la madre chuleada por los hombres de «Boyhood» denunció en su discurso la desigualdad de género y solicitó una equiparación salarial. Sus palabras fueron jaleadas por la platea, invitaron al debate en los medios de comunicación y muchas actrices denunciaron que en igualdad de condiciones que sus compañeros cobran menos que ellos. El acontecimiento cinematográfico de ese mismo año fue «Mad Max: Furia en la carretera» de George Miller en donde el emblemático héroe postapocalíptico era un espectador de una historia que reivindicaba a las mujeres que son víctimas de la violencia y la explotación sexual.

    Patricia Arquette revelándose como la gran Charo de América © GettyImages

    Antes que Harvey Weinstein cayeron Bill Cosby y Roger Ailes. Dos pesos pesados. Bill Cosby estaba cómodo en su estatus de icono cultural como figura pionera en el mundo del entretenimiento afroamericano, que logró la proeza de trascender al color de su piel, ya que también era muy admirado por la población blanca, además destacó por su labor humanitaria y en el 2005 pudo llegar a un acuerdo para no enfrentarse a una demanda presentada por dos mujeres que le acusaban de haberlas drogado y abusado sexualmente. En el 2014 la figura de Cosby fue cancelada y se le retiraron los honores cuando el cómico Hannibal Buress resaltó la extraña afición de Cosby para tener sexo con las mujeres y al hacerse viral comenzaron a surgir los testimonios de sus víctimas, más de sesenta, sus primeras acciones fueron cometidas en 1965 y algunas de las mujeres eran menores cuando sucedieron los hechos. En 2018 se le condenó a diez años de prisión por abusar sexualmente de una mujer en 2004 pero la condena fue anulada en 2021 por un fallo procesal ya que uno de los fiscales no tuvo en cuenta que en el año 2005 Cosby, y ante la misma víctima, había llegado a un acuerdo de no acusación penal con la fiscalía de la que dependía el fiscal, el condado de Maryland. Roger Ailes fue la figura más influyente para la prensa conservadora de los Estados Unidos, fundador de la cadena de noticias Fox News, y durante décadas él había sido el que designó a los candidatos republicanos a la Casa Blanca. En el verano de 2016, casi un año antes de su muerte, fue acusado de acoso sexual por una antigua periodista de su cadena y se sumaron varios testimonios similares de otras presentadoras. Roger Ailes cayó pero vivió lo suficiente para ver la victoria de su último protegido, Donald Trump.

    La caída de Bill Cosby posibilitó la del resto © GettyImages

    El 5 de octubre de 2017 The New York Times publicó un artículo en donde se destapaba parte del historial como depredador sexual de Harvey Weinstein y que el productor llevaba desde la década de los noventa pagando el silencio de sus víctimas. Posteriormente The New Yorker dio voz a algunas de las mujeres que sufrieron los abusos de poder del productor. La cobertura llevada a cabo por ambos medios fue reconocida con el premio Pulitzer y a finales de este año veremos la película «She Said» en donde se recoge la investigación periodística. Uno de esos escritores galardonados es Ronan Farrow que ha sido acusado de sensacionalista, de exagerar sus historias, y también que estuvo movido por los deseos de venganza ya que Weinstein ha distribuido algunas de las películas de Woody Allen en los Estados Unidos desde que en 1992 el director fuera acusado por su ex pareja Mia Farrow de abusar de su hija en común Dylan.

    La portada más temida durante décadas por Harvey Weinstein © The New York Times

    Más de ochenta mujeres pertenecientes a la industria se declararon víctimas de Harvey Weinstein, algunas de ellas de agresiones sexuales. Entre sus víctimas se encuentran empleadas de Miramax y The Weinstein Co, masajistas, modelos, presentadoras de televisión y una larga lista de actrices. Rose McGowan denunció haber sido violada por Weinstein a mediados de la década de los 90, Asia Argento aseguró haber sido agredida por Harvey en el festival de Cannes y poco después la actriz y directora se enfrentó a la acusación de los mismos hechos por parte de un menor de edad, Ashley Judd y Mira Sorvino fueron incluidas en una lista negra por no acceder a satisfacer sexualmente al productor, Cate Blanchett y Angelina Jolie llegaron a sentirse incómodas con el temible Harvey y Heather Graham hizo un casting horizontal con el magnate de Hollywood a cambio de un papel que no le dio. Es especialmente destacable el caso de Gwyneth Paltrow que llegó a sentir la presión de Weinstein durante el rodaje de “Emma”, la actriz se negó a darle uno de esos masajes con final feliz a los que el productor era tan aficionado. Pese a su negativa llegó a convertirse en la chica dorada de Miramax, ganó el Oscar por “Shakespeare in Love”, en cuyo rodaje tal y como se relata en “Sexo, mentiras y Hollywood” fue tan pejiguera que el productor la envió a París para que se relajara, y en 2017 fue clave en la investigación realizada por las periodistas Jodi Kantor y Megan Twohey para The New York Times ya que fue el nexo entre las informadoras y muchas de las víctimas.

    Glenn Close dijo que Gwyneth Paltrow ganó el Oscar porque se acostó con uno de los Globos de Oro que la promovió entre sus colegas. Su testimonio como víctima de Weinstein no fue creído pero ella fue clave en la caída del productor © GettyImages

    Tras la publicación de la investigación periodística Hollywood se dividió entre quienes sufrieron de alguna manera el abuso de poder de Weinstein y quienes aseguraban que no tenían ni idea de lo que hacía el productor. Fue destacable el “me acabo de enterar” de Meryl Streep porque es difícil imaginar que una de las actrices más influyentes de Hollywood durante las últimas cuatro décadas haya estado al margen de las habladurías. Rose McGowan, víctima de Weinstein, la tildó de hipócrita y hubo quien pagó una valla publicitaria en Los Ángeles en donde se decía “Mery Streep lo sabía”. En lo que sí se coincidía era en considerar intolerable ese tipo de conductas. En las redes sociales surgió el movimiento #MeToo utilizado por mujeres de todo el mundo para denunciar situaciones de acoso y violencia sexual. También se creó la fundación Time’s Up, amadrinada por algunas estrellas de Hollywood, con el fin de asesorar a las víctimas de delitos de índole sexual.

    Las estrellas de Hollywood promoviéndose para el Nobel de la Paz © Instagram

    Harvey Weinstein fue repudiado por una industria que jamás le vio como uno de los suyos, se le retiraron honores e incluso se le expulsó de la academia. Desde su caída Hollywood se ha propuesto convencernos de que su caso ha sido determinante para establecer una política de tolerancia cero con el machismo y la violencia sexual. Se recordó que Woody Allen fue acusado en 1992 de abusar sexualmente de su hija adoptiva Dylan Farrow cuando ésta era una niña aunque no llegara a ser juzgado por ello. La industria que le permitió desarrollar su carrera tras el escándalo se convirtió 25 años después en un tribunal popular y le condenó. Actores que han trabajado con él, incluso que han sido premiados con el Oscar por ello, le han repudiado, entre ellos Natalie Portman que en 2009 firmó a favor de la liberación de Roman Polanski cuando fue detenido en Suiza para ser extraditado a Estados Unidos, país del que huyó para evadir a la justicia tras violar a una menor de edad en 1977. John Lasseter se retiró de la cúpula de Disney al admitir que se tomaba demasiadas confianzas con las empleadas de Pixar, Jeffrey Tambor abandonó la serie “Transparent” debido a su conducta nada ejemplar con el sexo femenino, James Franco llegó a un acuerdo extrajudicial para evitar ser demandado por algunas mujeres a las que acosaba a través de Instagram, varias de ellas eran todavía menores de edad. Dustin Hoffman, Oliver Stone, Morgan Freeman, Frank Langella y Geoffrey Rush han sido acusados de conductas inapropiadas, la persona que acusó a Freeman admitió que mintió, y sobre el director y guionista Paul Haggis pesa una acusación de violación, el responsable de “Crash” se considera víctima de una conspiración orquestada por la iglesia de la Cienciología de la que él era miembro. Por otro lado el actor Armie Hammer cayó en desgracia tras ser acusado de canibalismo por algunas mujeres y de violación por una de ellas aunque tras la investigación policial no se presentaron cargos contra él. Hace cinco años que Hollywood se puso en manos de Marie Kondo para limpiar su imagen.

    Tanto Paul Haggis como Plácido Domingo han señalado a la Iglesia de la Cienciología de estar detrás de las acusaciones de acoso / violencia sexual © GettyImages

    Paralelamente al movimiento feminista se ha ido desarrollando la alianza masculina que no deja de ser una exhibición más de machismo, por no hablar de cinismo. Hay una máxima que no falla: “cuanto mayor sea la exhibición de un aliado más grande es el horror a esconder”. Precisamente Harvey Weinstein se aferró a la causa feminista para promover las virtudes de “El piano” de Jane Campion en la carrera al Oscar de 1993 argumentando que es maravilloso reconocer la labor de las mujeres en el mundo del cine. No hay nada como fingir interés por defender a las mujeres para ligar, bien lo saben los líderes de las agrupaciones políticas que han montado sus particulares harenes usando ese truco. Todos conocemos a aliados en redes que se ponen en contacto con determinadas usuarias para molestarlas, también a periodistas de medios progresistas que defienden a las mujeres y que en privado presumen de sus trofeos de caza y también hemos visto a actores pronunciando discursos en entregas de premios haciendo una ferviente defensa de la mujer y que luego actúan en las fiestas como unos sobones con cualquier fémina que se les ponga delante. Una de las mayores exhibiciones aliadas que nos ha ofrecido Hollywood en este lustro ha sido la última entrega de Bond «Sin tiempo para morir» a cargo de Cary Fukunaga en donde el personaje creado por Iain Fleming ha tenido que rendir cuentas por su actitud misógina y durante su promoción el director fue bastante crítico con la primera etapa representada por Sean Connery que no se limitaba a la hora de representar la violencia sexual contra las mujeres, especialmente en «Goldfinger». Con esa actitud Fukunaga trataba de distraer la atención ya que ya circulaban rumores sobre su actitud tóxica con las mujeres en el set de «Maniac» producida por Netflix, algo que terminó revelándose cuando la inversión publicitaria de «Sin tiempo para morir» ya estaba más que amortizada.

    Estar bueno no te exime de nada, Cary ay cari ¿qué haces? ©GettyImages

    En un período de profundísima crisis como el que estamos atravesando el activismo de cualquier extremo y tipo se ha convertido en una importante bolsa de trabajo y pasa a ser un ascensor social si la implicación tiene que ver con la defensa de las minorías y el ecologismo. Es el compromiso pop consistente en repetir una serie de mantras, sin ser realmente capaz de argumentar lo que se esconde tras las palabras, y quejarse por alguna injusticia vivida para pasar a ser un referente. Algunos aprendieron muy rápido la lección y declarándose víctimas de un productor lanzado o de un director de un programa de televisión acosador se garantizaron un proyecto en una plataforma o un espacio en los medios de comunicación. Desde hace una década y especialmente desde la explosión de los movimientos de #BlackLivesMatter (nacido en 2013 y no en 2020), #MeToo y el activismo queer quien no se signifique como activista de los tres lo tiene crudo para prosperar y no solamente en la industria audiovisual.

    No hay nada más miserable que abrazarse a una causa buenista para ganarse el aplauso de la sociedad de bien. Recientemente hemos visto a figuras femeninas destacadas del cine francés, las del cine español se apuntaron como borregas tras las protestas en redes por no significarse, cortándose un mechón de sus melenas para solidarizarse con las mujeres que se están rebelando en Irán. Ese mismo buenismo es el que les hace tachar de islamofobia a quienes denuncian la violencia que sufren las mujeres en determinados barrios de París o el que les hace decir que «El cuento de la criada» solamente podría darse en las zonas más fachas de los Estados Unidos.

    Ejemplo de superioridad moral a la francesa © Instagram

    En la última década Hollywood se ha convertido en una competición por ver quién está más oprimido y no resulta extraño que Viola Davis, ganadora de un Oscar, dos premios Tony, un Emmy, formada en la prestigiosa Juilliard, la actriz afroamericana más poderosa de la meca, se encuentra entre las diez mujeres mejor pagadas en la industria, se dirija a un albañil de raza blanca de Alabama, prácticamente analfabeto, con la espalda destrozada desde hace años, dependiente de los fármacos para poder soportar los dolores y sin un buen seguro médico que ella por ser una mujer de raza negra es la verdadera oprimida de los dos. Luego nos preguntamos por qué hay estrellas que generan rechazo y las entregas de premios han entrado en decadencia.

    La campaña promocional de «Una joven prometedora» de Emmerald Fennell fue efectiva porque sus publicistas supieron crear un relato victimista a raíz de que un crítico de Variety dijera que Carey Mulligan no le parecía nada sexy para interpretar a la protagonista. La biblia cinematográfica se temió un boicot publicitario y rectificó el texto de la discordia para pedir disculpas a la actriz británica y elogiarla por su interpretación. Construir la estrategia publicitaria en base a una ofensa fue indudablemente repugnante. Pero es imposible superar a lo hecho por Olivia Wilde para ganarse los aplausos por «No te preocupes, querida» cuyo rodaje ya dio que hablar por problemático y el descontento de la Warner era notorio. Inicialmente la película iba a estar protagonizada por Shia LaBeouf que semanas antes del rodaje salió del proyecto, coincidiendo con la acusación de malos tratos por parte de una de sus parejas y que el actor admitió. Olivia Wilde en una entrevista concedida a Variety afirmó que ella despidió a Shia LaBeouf por las acusaciones y porque quería crear un clima de sororidad en el rodaje para proteger a la actriz Florence Pugh. Wilde se ganó los aplausos de la prensa pero no contaba con que Shia LaBeouf iba a utilizar al mismo medio de comunicación para defenderse diciendo que no fue despedido sino que renunció a estar en la película debido a que no disponía del tiempo para ensayar en las condiciones que él quería y mostró capturas de conversaciones, correos electrónicos y vídeos de la propia Olivia Wilde en donde la actriz y directora se lamentaba de la decisión y le mostraba su apoyo personal. «No te preocupes, querida» se ha convertido en uno de los títulos más odiados de la temporada tanto por motivos cinematográficos como extra cinematográficos.

    La rumorología dice que Florence Pugh calificó a la actriz y directora Olivia Wilde de ser una pésima profesional por perder el tiempo ronroneando con uno de los actores del reparto, Harry Styles © Warner

    Algo similar está sucediendo con «Blonde». Adaptar la novela de Joyce Carol Oates sobre la vida de Marilyn Monroe con toda su crudeza no ha sido nada fácil para Andrew Dominik que estuvo esperando casi una década para poder llevarlo a cabo y gracias al empeño de Brad Pitt y la entrada de Netflix fue posible. Dominik asegura que el nacimiento del movimiento #MeToo facilitó el proceso porque está dejando de ser un tabú que se denuncie la violencia sexual que han sufrido las mujeres en Hollywood. Deudora de este tiempo, «Blonde» ha sido una película hecha para que la cultura woke tenga la excusa para denunciar al sistema capitalista y heteropatriarcal, para que los Umbrales de la generación «BuzzFeed» escriban sesudos artículos copiados y pegados de la Wikipedia en inglés sobre el martirio vivido por Marilyn Monroe por culpa de la industria que la explotó como una sex symbol. Pero Andrew Dominik no contaba con que su estrategia le iba a salir mal porque no se ha librado de las críticas por cebarse con el sufrimiento femenino.

    «Blonde» ha sido acusada de misógina en lugar de ser vista como una denuncia contra la misoginia © Netflix

    La culpa la tenemos nosotros como sociedad por ver como referentes morales a la gente que tiene una proyección pública. Cuánta razón tenía Paddy Chayefsky cuando le dijo a Vanessa Redgrave que no utilizara los Oscars para venderse a sí misma y qué corto se ha quedado viendo lo sucedido con el paso de los años.

  • La decadencia de los premios

    El momento más viral de lo que llevamos de 2022, y es imposible superarlo en lo que resta de año, es la bofetada de Will Smith al humorista Chris Rock durante la ceremonia de los Oscars. Gracias a las redes sociales la secuencia dio varias veces la vuelta al mundo en cuestión de minutos y alimentó a los cuñados: asistimos a debates sobre los límites del humor, la legitimidad de la defensa a las mujeres e incluso el buenismo nos dio lecciones para no discriminar a las mujeres que sufren alopecia. Más allá de la polémica nadie se centró en hablar de los Oscars, ni siquiera de la interpretación por la que Will Smith recibió el galardón en la categoría de mejor actor principal. No hay interés general en una ceremonia que como mucho ocupa una pieza de un par de minutos en los informativos, más algún reportaje en la prensa rosa, y que lleva más de una década viviendo la peor crisis de su historia entre otras cosas porque la televisión ha dejado de ser la primera opción de entretenimiento.

    Una imagen para la historia de los Oscars y no para bien © AMPAS

    Variety nos habla de la suerte que le espera a los premios televisivos con algunos eventos como los galardones del sindicato de actores y los Independent Spirit que están buscando un canal de difusión mientras que otras asociaciones, entre ellas la que conceden los Critics Choice, están en el punto de mira por su falta de transparencia, y los Globos de Oro están renegociando sus derechos de emisión con la NBC tras un prudencial ejercicio de lavado de imagen tras la falta de diversidad en la Asociación de prensa extranjera en Hollywood. La ceremonia más reciente de los SAG, el sindicato más numeroso y poderoso en el mundo del espectáculo estadounidense, apenas alcanzó los dos millones de espectadores. Es una cifra bastante ridícula que ni siquiera se puede permitir en las operadoras de televisión por cable e internet y que obliga a negociar a la baja. Una verdad incómoda para los gremios y las asociaciones que dependen del escaparate televisivo para su supervivencia porque no despertarían el interés de los inversores y dependerían solamente de las cuotas de los socios, lo cual sería insostenible.

    Globos de Oro, Critic’s Choice, SAG, Independent Spirit, premios de la crítica. Demasiados galardones para unos espectadores cada vez menos interesados © SAG-AFTRA

    En un momento en el que la audiencia no está respondiendo a las galas de premios nos encontramos desbordados por los eventos de este tipo porque ha sido un negocio bastante atractivo y se ha visto como una manera de medrar en la industria. El director de una web del gremio, con experiencia en el departamento de prensa de una productora y harto de ser considerado como un perchero por las actrices, se cree más importante que los festivales y las academias y junto a unos colegas crea una asociación de prensa para entregar sus premios, tener su momento de gloria en la televisión y ser primera vedette en el mundo del espectáculo, con tanta mala suerte que sus galardones dejan de interesar en muy poco tiempo y sigue siendo el guardabolsos de las luminarias.

    En los últimos años, meses antes de la ceremonia de los Oscars internet se convierte en un campo de minas porque van surgiendo asociaciones de críticos que se creen más importantes que los miembros de las fundaciones decanas de la crítica para entregar sus premios, galardones que casi siempre se repiten con la salvedad de un par de variantes. Les mueven las ganas de casito en redes de los autoproclamados analistas porque leen muchos tweets.

    En el mundo televisivo hay dos eventos que se han considerado infalibles: las retransmisiones deportivas y las entregas de premios. Los Oscars despectivamente han sido llamados la Super Bowl para gays blancos y marujas de la ABC, eso se lo debemos a Chris Rock. La comparación es humillante ya que la última Super Bowl le reportó a la NBC 112,3 millones de espectadores frente a los 16,6 de los Oscars. El mayor espectáculo en el mundo del deporte estadounidense sigue siendo una tradición pero la celebración de los premios por antonomasia son vistos como algo que ha perdido la conexión con el mundo en el que vivimos.

    Lady Gaga y Liza Minnelli siendo conscientes de que en ese momento todo el mundo estaba hablando del arrebato de Will Smith © AMPAS

    En el siglo XXI el consumo televisivo ha cambiado. Las generaciones más jóvenes probablemente no hayan visto nunca la televisión convencional porque la oferta en streaming es infinita y a la carta. Por otro lado, internet ha creado sus propias estrellas y muchas de ellas generan más tráfico en redes y tienen más seguidores que cualquier luminaria. Los repartos y los equipos de colaboradores en programas de televisión y en los medios de comunicación se cierran en base a los seguidores en redes, es más, también se mira ese detalle cuando se solicita una acreditación para cubrir un evento tan elitista como es la feria de ARCO. Se busca la viralidad y la difusión inmediata en la red. Aunque curiosamente el mundo internet está más pendiente de alguien sin redes como es Carlos Boyero.

    Por esa misma razón no se ha dado un verdadero relevo generacional en las estrellas de Hollywood, solamente hay que ver que dos de los mayores éxitos cinematográficos de este año están protagonizados por estrellas tan de finales del siglo XX como son Tom Cruise (de 60 años con «Top Gun: Maverick») y Sandra Bullock (de 58 con «La ciudad perdida»). En la actualidad un chico de Ohio de 24 años que sube vídeos todos los días a una plataforma tiene más influencia que Timothée Chalamet y nadie siente deseos de partirle la cara. Las estrellas en este siglo XXI carecen de poder, están al servicio de una marca, son muy pocos los que gozan de autonomía, y tendemos a caer en el error de considerar que determinado actor es una estrella porque proporciona gifs, de nada vale si después no genera consumo porque nadie paga por verle actuar. La siempre pacífica comunidad de Tinseltown está llena de generadores de memes que están al borde de quedarse sin agentes debido a sus últimos fracasos.

    Zendaya es un reclamo en cualquier alfombra roja o producción porque tiene una importantísima bolsa de seguidores en las redes sociales © GettyImages

    Por último lugar está lo que en su momento comentó Anthony Mackie sobre que el negocio se hace para contentar a China y a los adolescentes. En un período de crisis tan fuerte como el que estamos atravesando el sector audiovisual se ha convertido en un laboratorio que elabora productos para ajustarse a los gustos del mercado o a lo que demandan los gurús de los departamentos de responsabilidad social de las grandes multinacionales. El cine y la televisión ya no se hace para buscar la excelencia sino para inculcar una serie de valores que promuevan la justicia social y sus campañas se hacen derribando a un hombre de paja. Generalmente esos productos no alcanzan la excelencia porque están demasiado enfocados en el discurso y se olvidan de todo lo demás. Curiosamente «Hasta el último hombre» de Mel Gibson fue masacrada por la prensa más cool en el festival de Venecia (principalmente española) por ser una promoción de la fe católica, y la ideología conservadora de Mel Gibson, pero la película triunfó porque más allá de su mensaje había una gran historia y estaba narrada de manera excelente. Tendemos a identificar a los Estados Unidos con las zonas más progresistas de California y Nueva York y hay un sector bastante grande de la audiencia que se siente insultado por un grupo de privilegiados que nos observan desde una torre de marfil y que consideran que el público no solamente tiene la culpa del fracaso de sus películas sino de los problemas que hay en el mundo. Ante tal panorama lo que menos apetece es ponerse a ver los Oscars ni siquiera de manera pirata con un flipao mirando a la nada.

  • Rescatando a Pía

    Cuenta la leyenda que Marujita Díaz, la folclórica más pizpireta que ha tenido nuestra piel de toro, en uno de esos días que iba caminando por una céntrica calle madrileña un motorista le dio un tirón en el bolso y ella se agarró tan fuerte que terminó derribando al amigo de lo ajeno. La tacañería de Marujita Díaz era tan conocida como su frenético movimiento de ojos, de hecho ella se enorgullecía al decir que de los hombres que tuvo en su vida, fueron muchos y bastante caraduras, el único que realmente le sacó dinero fue el bailarín Antonio Gades y que para ello se tuvo que casar con ella, así que no resultó extraño que la protagonista de «Pelusa» se convirtiera en la versión hispánica de «Hulka» en las proximidades de la Gran Vía cuando vio su bolso en peligro. Cuando los vecinos de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown se dieron cuenta de que era muy feo tener un Globo de Oro en su salón de trofeos, tras publicar Los Angeles Times un artículo en donde lo que realmente molestó a la gente bien pensante fue que la Asociación de prensa extranjera en Hollywood no favorecía la diversidad entre sus miembros, algunas estrellas afearon a la HFPA, Tom Cruise devolvió sus tres premios y, se quedó incluso sin el respaldo de la NBC para emitir la ceremonia hasta que la asociación realizara una serie de cambios para no espantar a los anunciantes. Todos renegaron de los Globos de Oro menos una persona: Pia Zadora que al igual que Marujita Díaz se agarró fuertemente a su Globo de Oro para que nadie se lo arrebatara, porque lo que se da no se quita o como diría Lola Flores, porque su dinerito costó.

    Cuarenta años después Pia Zadora sigue agarrando con fuerza el Globo de Oro © GettyImages

    La 39ª edición de los Globos de Oro, celebrada el 30 de enero de 1982, pasó a la historia por el Zadoragate. Pia Zadora recibió el premio a la revelación del año por la película «La marca de la mariposa», que aspiraba a otros dos premios, mejor actor de reparto para Orson Welles y mejor canción para un tema compuesto por Ennio Morricone. El problema era que «La marca de la mariposa» ni siquiera se había estrenado, lo haría cuatro días después de la gala, y el productor de la película y en aquel momento marido de Zadora, el millonario de origen israelí Meshulam Riklis, había invertido dos millones de dólares en promocionar las virtudes de su joven esposa y en eso se incluyó una invitación a los miembros de la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood a un fin de semana a Las Vegas, en donde la principal atracción era un espectáculo privado ofrecido por Zadora en el hotel Riviera que era de su propiedad. Dicha excursión se realizó en noviembre de 1981, a pocas semanas de que los votantes de los Globos de Oro eligieran a sus nominados. Que una adaptación de una novela de James M. Cain, el autor de «Perdición», «El cartero siempre llama dos veces» y «Alma en suplicio», que nadie había visto se colara en los premios con tres candidaturas fue lo suficiente goloso para que el resto de la prensa atara cabos. En la campaña promocional pagada por el marido ricachón de Zadora también se incluía el empapelado de las vallas publicitarias de Sunset Boulevard con la anatomía de la joven aspirante luminaria y una sesión fotográfica con la revista Playboy. Cuando Pia Zadora se convirtió en la flamante ganadora del Globo de Oro a la mejor revelación de 1981 recogió su sentencia de muerte porque aquel premio costó una excursión a Las Vegas.

    Si Alla Nazimova superaba los 40 cuando interpretó a Salomé todo lo demás es posible. Pia Zadora haciéndonos creer que es una adolescente en «La marca de la mariposa» © Par-Par Productions

    «La marca de la mariposa» se estrenó inmediatamente después, envuelta en el escándalo del Globo de Oro de Zadora, y los medios se cebaron con el film y especialmente con la actuación de su protagonista, empeñada en hacer creer a la audiencia que era creíble como una adolescente cuando ya rondaba los 30, y lo más suave que dijo la crítica de ella fue que era una inútil. Zadora se veía a sí misma como el relevo de Barbra Streisand y Liza Minelli. Se había criado en una familia vinculada con el mundo de Broadway y siendo una niña estuvo en el reparto del musical de «El violinista en el tejado» pero su carrera nunca llegó a despegar y terminó convirtiéndose en la modelo publicitaria de una marca de bebidas. Fue así como conoció a Meshulam Riklis, un hombre de negocios importante que construyó un imperio financiero absorbiendo empresas como Playtex o Elizabeth Arden, con él se casó en 1977 y fue su principal promotor para su lanzamiento al estrellato. «La marca de la mariposa» fue la primera de las tres películas que financió para ella, las otras dos fueron «Fuera de juego» y «Chica solitaria», y lo único que se consiguió fue que Pia Zadora se convirtiera en la fuente de inspiración para los recientemente creados premios Razzies. Dos cosas buenas que le sucedieron a Zadora fue que John Waters la reivindicó como su actriz mala favorita, la reclutó para el reparto de «Hairspray», y que a nivel musical dejó de ser mirada con la condescendencia del mundo del cine y cosechó algún éxito, de hecho fue nominada al Grammy, actuó junto a Frank Sinatra y «When the Rain Begins to Fall» es un temazo.

    El lanzamiento al etrellato de Pia Zadora fue una inversión a pérdida realizada por el financiero Meshulam Riklis © GettyImages

    Por otro lado la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood eliminó el apartado «revelación» de sus galardones y siguió hacia adelante en su camino a la espera de que el escándalo pasara al olvido lo antes posible. El Zadoragate no fue el primer caso de tongo en la historia de los Globos de Oro, de hecho a finales de la década de los 50 algunos de los miembros más destacados de la asociación admitieron que los galardones no eran más que un intercambio de favores y hace más de medio siglo la NBC llegó a amenazar con la rescisión de su contrato de emisión debido a la falta de trasparencia de los premios, tampoco ha sido el último pero sí fue el más notorio porque en la ecuación entraron un multimillonario con su esposa que quería ser una estrella y un grupo de periodistas extranjeros y a todos les unía la ambición de hacer carrera en una industria a la que no pertenecían: Hollywood.

  • El factor biopic en la búsqueda del Oscar

    Uno de los platos fuertes de la próxima edición del festival de Venecia es la presentación de «Blonde» de Andrew Dominik. Un proyecto de gestación catedralicia, que ha estado en la fase de desarrollo durante 12 años teniendo a Naomi Watts, Jessica Chastain y finalmente a Ana de Armas encarnando a Marilyn Monroe y que ha salido adelante gracias al empeño de su productor Brad Pitt y a la intervención de Netflix, en su papel de salvadora de las causas perdidas. «Blonde» se basa en la aclamada novela biográfica sobre Marilyn Monroe por la que la escritora Joyce Carol Oates recibió el premio Pulitzer en el año 2000 y de la que ya existe una adaptación, la CBS estrenó en 2001 una miniserie de cuatro horas que tuvo a Poppy Montgomery como protagonista y que descarriló en sus ambiciones de llegar a los Emmy básicamente porque a nadie le interesó, al igual que a los inversores que se negaron a financiar a Dominik desde que comenzó a patearse las calles de Hollywood y los festivales de clase A pidiendo pasta.

    La versión televisiva de «Blonde» que nadie vio hace 20 años © CBS

    Si con el trabajo realizado hace dos décadas por Poppy Montgomery nadie se volvió histérico ni se le organizó ninguna campaña de marketing para promoverla en la industria, las expectativas en torno a la encarnación de Ana de Armas de Marilyn Monroe son enormes. Cada vez más caemos en la tontería de glorificar o enterrar antes de ver y eso ha empeorado en estos tiempos dominados por la explosión de las redes sociales y los medios digitales, muchos de ellos salidos de las mismas granjas de usuarios falsos empleados para beneficiarse de la publicidad. Los expertos de salón, y los que no lo son lo cual es bastante más ridículo, han situado a Ana de Armas como la favorita al Oscar a la mejor actriz por «Blonde» sin haber visto realmente la película, primero, porque el equipo de publicistas de Netflix ya se ha encargado de alimentar la rumorología y rendimos culto a los tweets entusiastas, y segundo, por el factor biopic.

    Antes de Ana de Armas «Blonde» iba a estar protagonizada por Naomi Watts y Jessica Chastain y a ambas les dieron el Oscar por una película que no llegaron a rodar © Netflix

    Si un intérprete quiere el respeto de la industria ha de hacer un biopic y si el interesado es insultantemente atractivo ha de afearse y mucho, Rami Malek no cuenta. Marilyn Monroe ha sido el mayor mito que ha tenido Hollywood, por encima de Greta Garbo, y las circunstancias de su muerte han alimentado su leyenda durante décadas, además su encarnación de sex symbol era en realidad el mecanismo de defensa de una chica desamparada que solamente conoció el abandono y los abusos. Es, en definitiva, un personaje con múltiples dimensiones convertido en una fantasía para cualquier actriz con ambición y también para toda choni con ínfulas de sex symbol.

    Will Smith («El método Williams»), Jessica Chastain («Los ojos de Tammy Faye»), Daniel Kaluuya («Judas y el mesías negro»), Renée Zellweger («Judy»), Rami Malek («Bohemian Rhapsody»), Olivia Colman («La favorita») Mahershala Ali («Green Book»), Gary Oldman («El instante más oscuro»), Allison Janney («Yo, Tonya»), Leonardo DiCaprio («El renacido»), Mark Rylance («El puente de los espías»), Alicia Vikander («La chica danesa»), Eddie Redmayne («La teoría del todo»), Matthew McConaughey («Dallas Buyers Club»), Jared Leto («Dallas Buyers Club»), Daniel Day Lewis («Lincoln»), Meryl Streep («La dama de hierro»), Christopher Plummer («Beginners»), Colin Firth («El discurso del rey») y Sandra Bullock («The Blind Side») han ganado el Oscar desde el año 2010 por interpretar a personajes reales. La lista de actores que han sido recompensados por los académicos por el factor biopic es interminable, desde la asesina en serie interpretada por Charlize Theron en «Monster», hasta el rey Enrique VIII encarnado por Charles Laughton en «La vida privada de Enrique VIII», pasando por la monja de «Pena de muerte» a la que inmortalizó Susan Sarandon o la Loretta Lynn versionada por Sissy Spacek de «Quiero ser libre». Se unen la gran construcción de un personaje, que ya cuenta con la riqueza de la realidad, y el trabajo de composición e imitación del actor. Lo realmente difícil es no situarse de manera automática bajo el radar de los premios porque la propia historia real ya ha construido buena parte del relato de cara a la promoción e incluso puede salvar a un trabajo nada brillante: el ejemplo de superación a base de mucho esfuerzo dado por las hermanas Williams y Will Smith pesó más que la propia calidad de la interpretación galardonada con el Oscar del actor.

    Will Smith recordándonos lo mal actor que era en «El príncipe de Bel Air» pero los millones invertidos en su campaña y su relato de superación tuvieron su recompensa © Warner

    Dar premios a quien interpreta a un personaje real se ha convertido en una opción realmente cómoda y cuanto más aparatosa sea la persona retratada y el trabajo de imitación de quien lo lleva a la pantalla mayores serán sus opciones de victoria, bien lo saben Eddie Redmayne y Jessica Chastain, por ejemplo.

    Jessica Chastain en una exhibición, en mal, de todo lo que hay que hacer para ganar un Oscar © Disney

    Pero el factor biopic no es siempre una fórmula ganadora. Recientemente se ha cancelado «The First Lady», uno de los proyectos estrella de Showtime para la temporada televisiva 2021/22 y cuyo objetivo era reunir a grandes intérpretes femeninas para que dieran vida a históricas Primeras Damas de los Estados Unidos. Un teórico imán para los galardones que reclutó a Viola Davis (Michelle Obama), Michelle Pfeiffer (Betty Ford) y Gillian Anderson (Eleanor Roosevelt). «The First Lady» fue tan desastrosa que ni siquiera los prescriptores de los digitales se atrevieron a hablar de ella, y estos son capaces de dar el coñazo con lo que sea y también de venderse por una bolsa de gominolas.

    Con semejante imagen promocional era difícil disimular el desastre © Showtime

    Los herederos de Marilyn Monroe han tenido que salir en defensa del trabajo de la actriz de origen cubano Ana de Armas ya que está siendo muy criticada en las redes sociales por su acento materno interpretando a la Monroe. Es algo habitual, Kristen Stewart probablemente provocara los delirios de sus fans al ponerse una peluca rubia y ladear la cabeza como Lady Di en «Spencer» pero no se libró de las críticas por no ser británica. «Spencer» le proporcionó una candidatura al Oscar a Kristen Stewart y aún no sabemos qué le deparará a Ana de Armas por «Blonde» pero la opinión negativa en torno a las elecciones de casting pueden destrozar las pretensiones de una película. Eso fue lo que le sucedió a «Nina» el biopic de la cantante Nina Simone. La elección de casting de Zoe Saldana para dar vida a la legendaria artista no gustó y lo que resultó más ofensivo fue que oscurecieran su piel para ajustarla al tono de Simone, hasta la propia familia de la cantante fue crítica con la selección de la actriz de origen latino. Como resultado «Nina» se pasó mucho tiempo guardada en un cajón, tuvo un estreno muy limitado y con críticas negativas, y con la escena de Nina Simone dando mamporros en un hospital como si fuera la secuela de «Colombiana» las merecían. Lo que parecía el «Hollywood me debe un Oscar» de Zoe Saldana por poco acaba con su carrera.

    Una hiriente «black face» estuvo a punto de acabar con la carrera de Zoe Saldana © RLJ Entertaiment

    Pero nadie ha llegado a estar tan devorada por la ambición que conlleva el factor biopic como Faye Dunaway. Fue junto a Jane Fonda la estrella femenina más importante que tuvo Hollywood hace medio siglo. Saltó a la fama gracias a «Bonnie & Clyde» y aunaba belleza, talento, personalidad y magnetismo lo que le hacía emparentar con las grandes divas del Hollywood clásico. Faye Dunaway ganó el Oscar a la mejor actriz por interpretar a una despiadada productora en «Network». Poco después de llevarse el preciado galardón su carrera comenzó a decaer porque en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown pesaba demasiado su condición de problemática. Sus peleas con Roman Polanski en el set de «Chinatown» llegaron a ser más que palabras y Bette Davis que trabajó con ella en el telefilm «La desaparición de Aimée» dijo de ella que era la peor profesional con la que se había topado nunca.

    El equivalente en la gente de Hollywood de encamarse por fin con quien te gusta desde que te salieron los dientes © Terry O’Neil

    A inicios de la década de los ochenta Faye Dunaway buscaba ese proyecto con el que regresar a la primera línea y de paso volver a situarse bajo el radar de los académicos. Su «Hollywood me debe un segundo Oscar» fue «Queridísima mamá», la traslación a la gran pantalla de la historia de la gran estrella Joan Crawford a través de los ojos de su hija adoptiva Christina. Ese ajuste de cuentas se había convertido en un gran éxito editorial y el relato, en donde Crawford dejaba a cualquier supervillana de Disney a la altura de una misionera, poseía demasiados ingredientes para ser una golosina en Hollywood. Faye Dunaway era la actriz ideal para encarnar a Joan Crawford. Es más, la propia Crawford comentó en una entrevista realizada durante la década de los setenta que de la vulgaridad reinante en el Hollywood de esos días Faye Dunaway era la única que poseía la clase propia de una gran estrella, era una señora y ejercía como tal, algo con lo que Joan Crawford estuvo batallando siempre porque nunca llegó a ser una dama de verdad. «Queridísima mamá», estrenada en 1982, fue uno de esos proyectos concebidos para estar en la carrera de premios, reclutando a históricos de la comunidad fílmica, pero resultó tan hilarante que fue imposible tomársela en serio. La Paramount cambió su estrategia promocional y la vendió como una comedia, su humor es involuntario, y se convirtió en un enorme éxito comercial pero también en objeto de escarnio ya que la prensa la consideró la peor película de ese año. El tan ansiado regreso de Faye Dunaway al Olimpo de Hollywood pasó a ser su tumba y desde ese entonces comenzó a vivir de las rentas de lo que fue en su época de reinado.

    Faye Dunaway como Joan Crawford y convirtiéndose automáticamente en un referente de lo camp, no era lo querido por ella © Paramount

    Un biopic es un arma de doble filo, si la estrategia es buena, y en eso no tiene que ser clave una incontestable actuación, el intérprete puede ser elevado de estatus pero si es un trabajo mal recibido puede suponer el final de una carrera. Así que recordad el porrazo de Faye Dunaway antes de conceder premios a ciegas.

  • Construyendo el relato para triunfar

    El 17 de abril de 1961 se celebró en Santa Monica la 33ª edición de la ceremonia de los Oscars en la que «El apartamento» de Billy Wilder se convirtió en la cinta vencedora de la edición, alzándose con los premios a la mejor película, dirección, guión original y dirección artística. Indudablemente en esos galardones se echan en falta el reconocimiento a las interpretaciones de Jack Lemmon y Shirley MacLaine que también fueron fundamentales en el éxito del film. Burt Lancaster por «El fuego y la palabra» y Elizabeth Taylor por «La mujer marcada» fueron los vencedores. Billy Wilder se acercó a una desconsoladísima Shirley MacLaine y le dijo «Querida, no puedes competir con una traqueotomía». Elizabeth Taylor ganó su primer Oscar por una película que odiaba, ya que fue una imposición, pero apenas un mes antes de la ceremonia la actriz estuvo a punto de morir en Londres durante el rodaje de «Cleopatra» por culpa de una neumonía y se le tuvo que realizar una traqueotomía para que pudiera respirar. A la gala de los Oscars la Taylor llegó viva de milagro y recibió un premio porque su mala salud de hierro le hizo elaborar uno de los mejores relatos de la historia de los Oscars.

    Elizabeth Taylor luciendo traqueotomía y Oscar © GettyImages

    Los problemas de salud forjaron el mito de Elizabeth Taylor, tanto como su belleza, sus maridos, su afición al exceso y las joyas. La planificación de sus películas se hacía en función de su ciclo menstrual ya que se contaba con la ausencia de la diva en la semana en la que ella tuviera la regla, un detalle que ya se tenía en cuenta desde que era una adolescente y que comenzó a ser un problema cuando dejó de ser un valor en la taquilla. Pese a sus numerosos achaques sobrevivió a maridos, amigos e incluso al autor de algún obituario. Que su primer Oscar le cayera por tener por encima de una interpretación (espléndida) la narrativa de una biología desafiante era lógico. Al igual que también lo fue que Peter Finch ganara el Oscar a título póstumo al mejor actor por su trabajo en «Network» por las circunstancias en las que se dieron su candidatura. Peter Finch falleció de un infarto el 14 de enero de 1977. Cayó fulminado en el vestíbulo de un hotel mientras estaba haciendo una gira promocional para conseguir la nominación al Oscar al mejor actor principal por «Network», una estrategia que chocaba con la pretendida por Warner que quería favorecer la candidatura en solitario de William Holden en dicho apartado y relegar a Finch a la categoría de mejor actor secundario. Quedaban apenas cuatro semanas para que la Academia diera a conocer sus candidatos cuando el corazón de Finch se paró y dos meses después de su fallecimiento el intérprete australiano se convirtió en el primer actor en ser reconocido a título póstumo. ¿Habrían ganado Taylor y Finch si el relato no estuviera por encima de sus trabajos? Estarían en igualdad de condiciones que el resto de candidatos así que es probable que no.

    Peter Finch , mártir de los Oscars © Warner

    Tanto Elizabeth Taylor como Peter Finch fueron beneficiados por una narrativa excepcional. Heath Ledger también, aunque a su favor cuenta con el enorme impacto de su interpretación de Joker en «El caballero oscuro» y de haber vivido para verlo la trascendencia de su trabajo sería bastante similar.

    La construcción de un relato es fundamental para convertirse en un candidato único y en un momento de tal sobreexposición como es el actual cuanto más apele a las emociones mejor. Las historias de superación funcionan de fábula en los concursos televisivos, la narrativa del individuo frente al sistema es prioritaria en determinados partidos políticos. Quien quiere ganar un Oscar no se diferencia demasiado de una productora de televisión o un candidato político, es más, probablemente cuenten con el asesoramiento de los mismos estrategas.

    El festival de Sundance de 2020 es recordado por dos cuestiones: fue el primer foco de Coronavirus en los Estados Unidos y se presentó «Una joven prometedora» de Emerald Fennell. La película gira en torno a una mujer que decide vengar a su mejor amiga de la universidad que fue violada en el campus ante la impasividad del resto. Una cinta, perteneciente al género «comando chichi» de «Charos» justicieras al grito de «si nos tocan a una nos tocan a todas» y claramente deudora del #MeToo, lo que le hacía tener un buen argumento para construir una narrativa pero lo mejor estaba por suceder. Dennis Harvey, crítico de la revista Variety, escribió una reseña desde Sundance en donde amparándose en su libertad de expresión consideró que Carey Mulligan era un error de casting porque era muy poco sexy para interpretar a su personaje y que Margot Robbie, productora del film, era la actriz ideal. Un comentario de un crítico con el que se puede estar o no de acuerdo pero que tenía el mismo destino que cualquier texto: el olvido rápido. «Una joven prometedora» por su impacto en Sundance se convirtió en una película a tener en consideración para los Oscars pero cuando realmente comenzó la ronda de entrevistas Carey Mulligan se declaró ofendida por el crítico de Variety hasta el punto de que la publicación tuvo que actualizar la crítica para pedirle disculpas a la intérprete y retirar los comentarios hirientes de Dennis Harvey. Los publicistas de la campaña de «Una joven prometedora» y el equipo de la película ya tenían el relato sobre el que hacer la promoción de la película de cara a los Oscars, porque estar en contra de una actriz herida por las palabras de un señoro es estar a favor de la violencia contra las mujeres. El clavo al que hay que agarrarse si eres un experto de salón y “aliade” con pretensiones de casito.

    «Hacer campaña con cara de Charo hervida» el concepto © GettyImages

    Leonardo DiCaprio aprendió la lección para ganar el Oscar por “El renacido”. Peggy Siegal, conocida publicista, relaciones públicas y una pieza fundamental de Hollywood para su promoción en la élite neoyorquina, le convenció para que se metiera de una puñetera vez en el fango, hiciera campaña y construyera un relato para que ese Oscar fuera lo más parecido al Nobel de La Paz por su activismo ecologista. DiCaprio durante meses exageró sobre el sufrimiento vivido durante el rodaje, en donde Iñárritu era el mal menor, por ser un vegano obligado a zamparse unas vísceras y llevar pieles y lo mucho que afectó a la producción los cambios de escenario, de hemisferio, porque a la primavera le dio por adelantarse. DiCaprio recogió el Oscar por ser uno de los mayores iconos de Hollywood y su compromiso ecologista, aunque no coja un vuelo comercial desde que salió del plató de “Los problemas crecen”, y durante su discurso nos regaló una frase insuperable en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown “nos quedamos sin nieve”.

    En su campaña promocional DiCaprio se fue a ver al Papa ©GettyImages

    Una de las películas que pretende estar bajo el radar de los premios de la cada vez más próxima temporada es «She Said» de Maria Schrader y que se basa en la investigación periodística que destapó el historial de abusos y violencia sexual de Harvey Weinstein, la primera que lo hace de manera directa ya que en «La asistente» de Kitty Green se le intuía como el productor que hacía y deshacía con su bragueta. La cinta protagonizada por Carey Mulligan y Zoe Kazan se estrenará en noviembre, presumiblemente tras pasar por las plazas mediáticas, y es una producción de Annapurna y Plan B, la compañía de Brad Pitt, protagonista de la exitosa «Malditos bastardos» de Quentin Tarantino que era una producción del innombrable y que según su ex mujer Angelina Jolie era plenamente consciente de lo que se escondía tras el temible magnate de Hollywood. Teniendo en cuenta que el escándalo Weinstein fue el que propició el nacimiento del #MeToo, que ha sido el productor que más ha influido en la industria desde finales de la década de los 80 y que era un auténtico genio a la hora de construir un relato para sus promovidos pues ya tenemos a la narrativa ganadora de la temporada. Hay que tener muy presente que desde hace algo más de una década, especialmente a raíz de los movimientos identitarios y del activismo woke, lo que menos importa en la prensa cinematográfica es destacar la excelencia sino enfatizar el discurso. No hay gran diferencia entre el crítico oficial de una organización religiosa que destaca las películas por sus valores humanistas y el crítico de una publicación con tendencias progresistas que considera necesarias a las películas con una ideología más próxima a la suya, lo que les separa es que del primero se ríen y al segundo le llevan a la TV a impartir cátedra.

    Harvey Weinstein fue el primer «aliade» que aprovechó la narrativa de la reivindicación de la mujer en los Oscars para promover «El piano» © GettyImages

    En el verano de 2016 la revista Variety se columpió al calificar a «El nacimiento de una nación» de Nate Parker como la candidata más oportuna en la historia más reciente de los Oscars. A inicios de ese mismo año explotó el movimiento twittero «#Oscarsowhite», teniendo a la actriz Jada Pinkett como una de sus voces más activas y que lamentaba la ausencia de su marido Will Smith en las candidaturas por su trabajo en «La verdad duele». Prácticamente al mismo tiempo se presentaba en Sundance «El nacimiento de una nación» protagonizada, dirigida y escrita por Nate Parker que se hizo con los dos premios más importantes del certamen, provenientes del jurado y del público, y vendió la película a la Fox Searchlight por 17,5 millones de dólares, prácticamente el doble de lo que costó hacerla. El relato era perfecto para que «El nacimiento de la nación» arrasara con todo en una industria a la que le habían sacado los colores por racista y que trataba de expiar su culpa. Pero el pasado de Nate Parker y su colaborador Jean McGianni Celestin no iba a tardar demasiado en dinamitar a la candidata perfecta. En el año 1999 Parker y McGianni Celestin estudiaban juntos en la universidad del estado de Pennsylvania y abusaron sexualmente de una joven con la que habían salido y que se había desmayado tras una borrachera. Ya se conocía que Parker fue acusado, absuelto pero suspendido por la universidad que le expulsó de su equipo de lucha libre y la entidad tuvo que indemnizar a la víctima por no protegerla de un acoso posterior. Su compañero de habitación sí fue declarado culpable. Cuando a finales del verano de 2016, pocas semanas antes de que Nate Parker presentara la película en el festival de Toronto, se filtró a la prensa que la víctima se suicidó en el año 2012 se sepultó «El nacimiento de una nación» que se estrenó sin nada de promoción y la división independiente de la Fox no llegó a recuperar la inversión. Nate Parker pasó de ser una promesa a hundirse en las divisiones subterráneas.

    Nate Parker y Armie Hammer antes de ser repudiados por Hollywood © Fox

    Pocas semanas después del hundimiento de «El nacimiento de una nación» de Nate Parker Hollywood encontró en el festival de Telluride una película llamada «Moonlight» sobre un afroamericano homosexual, ya tenían al relato ganador y a la cinta adecuada. Su victoria en los Oscars fue histórica.

  • «La culpa es de Meryl»

    «A la oficina de mi agente llegan las sobras que deja Meryl Streep, desde que empezó mi carrera siempre ha sido así». Esta frase la pronunció Glenn Close durante la promoción de «Hillbilly, una elegía rural» cuando se le preguntó por su situación como mujer en la industria. Close ha sido nominada en ocho ocasiones al Oscar, la estatuilla se le sigue resistiendo pese a trabajos tan incontestables como «Las amistades peligrosas» o «El mundo según Garp», tiene tres premios Tony y el mismo número de galardones de la Academia de televisión. Pero la industria siempre la ha visto como una marca blanca de Meryl Streep lo cual no deja de ser una ofensa para alguien tan exquisita como Close, de hecho persiguió protagonizar «Atracción fatal», convirtiéndose de paso en la pesadilla de cualquier señor infiel, primero porque estaba harta de las comparaciones y segundo porque estaba plenamente convencida de que ni de coña se llegó a pensar en Meryl Streep para que interpretase a Alex Forrest, aunque sí le llegaron a ofrecer el papel a Sally Field.

    Glenn Close en el papel con el que dijo a Hollywood «¡No soy la marca blanca de Meryl Streep!» © Paramount Pictures

    Las quejas de Close no han sido las únicas. Existe una generación completa de actrices, las nacidas entre 1945 y 1957, que a pesar de tenerlo todo a favor se han visto relegadas a ser la marca blanca de Meryl Streep porque ella ha acaparado los grandes personajes femeninos que se han concebido en Hollywood durante los últimos cuarenta años y eso se ha ido agudizando con el paso de las décadas ya que son menos los proyectos concebidos para una mujer que supera los 65 años. Son muy pocas las excepciones: Frances McDormand, ganadora de cuatro premios Oscar y uno de ellos como productora, porque forma parte de la realeza artística de Hollywood al ser una parte fundamental de la obra de los hermanos Coen, Diane Keaton porque su colaboración con Woody Allen le ha convertido en un género propio y las británicas Helen Mirren y Judi Dench porque tienen acento británico y se pueden disfrazar sin perder la dignidad.

    Glenn Close y Meryl Streep frente a frente en «La casa de los espíritus» © Miramax

    Que las actrices se quejen de falta de oportunidades no es nuevo, ni siquiera cuando se está en el apogeo de fama. Joan Crawford cuando era uno de los principales activos de la Metro Goldwyn Mayer, estudio que la explotó como la mujer más sofisticada y moderna de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown, se lamentaba de que no podía acceder a los papeles con entidad que recibía Norma Shearer porque ella no tenía su derecho de alcoba, Shearer estaba casada con Irving G. Thalberg que era el jefe de producción de la compañía. Olivia de Havilland recurrió a los tribunales para independizarse de la Warner para aspirar a ser mucho más que el florero al que la había condenado el estudio. Bette Davis fue insumisa con la misma major porque consideraba que no se le daban proyectos a su altura.

    Joan Crawford y Norma Shearer despreciándose muchísimo en «Mujeres» © MGM

    Crawford, de Havilland y Davis no fueron las únicas ni eso de sentirse infravaloradas ha sido terreno exclusivo de las mujeres. Cary Grant sentía que la Paramount le desaprovechaba, estaba harto de recibir las sobras que dejaba Gary Cooper, rescindió su contrato con la compañía y logró convertirse en la primera luminaria en conseguir su independencia con respecto a los estudios sin morir en el intento, de hecho su ascenso al firmamento se produjo a partir de su libertad. La industria no castigó a Crawford, de Havilland y Davis como sí le hizo a Grant. El actor nunca fue reconocido con el Oscar, fue nominado en 1942 y 1945 por sus trabajos en «Serenata nostálgica» y «Un corazón en peligro» y cuando le concedieron en 1970 el Oscar honorífico con él ya retirado de la interpretación le inventaron una hija secreta para que la prensa de Hollywood hablara de este escándalo en lugar de alabar las excelencias de la carrera de Cary Grant. Aunque el sistema de los estudios ya había caído y los todopoderosos Adolph Zukor, Louis B. Mayer, Jack Warner, Harry Cohn y Darryl F. Zanuck ya eran reliquias del pasado las grandes compañías no perdonaron que la mayor victoria de Cary Grant fuera que ningún estudio controlara su carrera.

    Cary Grant recogiendo un Oscar honorífico que los estudios se resistieron a dar © AMPAS

    Joan Crawford, Bette Davis, Olivia de Havilland y tantísimas otras que me estoy dejando fuera tuvieron la suerte de trabajar en una época en la que triunfaron las películas hechas para mujeres, cuyo esplendor tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial ya que las mujeres eran las que mayoritariamente iban al cine. El panorama era muy diferente al encontrado cuatro décadas después con el estallido de la era del blockbuster y la finalización de la edad dominada por el nuevo Hollywood, que fue cuando los locos (los autores) se hicieron con el control del manicomio. El cine adulto era visto como sinónimo de prestigio y si ese tenía un rostro femenino indudablemente ha sido el de Meryl Streep.

    Meryl Streep en una de las mejores interpretaciones de su carrera © Warner

    Meryl Streep se ganó el respeto de Bette Davis y el desprecio de Katharine Hepburn. A la primera le parecía que tenía el talento y la presencia escénica que separa la grandeza de lo insustancial y a la segunda le irritaba por su ausencia de naturalidad, y en realidad, ambas sensaciones han sido las despertadas por la Streep desde que comenzó su reinado en Hollywood. Una de las mejores actrices que nos ha dado la historia del cine o una intérprete a la que la industria ha sobrevalorado de manera exagerada o ambas cosas a la vez.

    Cuando a inicios de la década de los setenta Meryl Streep se especializaba en Arte Dramático en la Universidad de Yale se hartó de competir con una tal Susan Weaver por ver quién era la mejor del grupo. Susan destacaba especialmente en los dramas y se llevaba los papeles más codiciados mientras que Meryl era prodigiosa en el terreno de la comedia y una superdotada con los acentos, de pequeña soñaba con ser traductora en las Naciones Unidas. Una vez iniciada la carrera profesional de Meryl Streep en off Broadway ya pudo demostrar su madera como actriz dramática y fue a raíz de su Emmy por la miniserie «Holocausto» cuando las puertas de Hollywood se le abrieron.

    Se odian desde sus días en Yale y se nota © GettyImages

    Fue nominada al Oscar por «El cazador» y recibió su primera estatuilla por interpretar a una madre arrepentida de haber abandonado a su hijo en «Kramer contra Kramer». La Streep llegó en un momento en el que se demandaba una réplica femenina de Robert De Niro, es decir, un animal interpretativo que fuera al mismo tiempo sinónimo de calidad y garantía de éxito. Así fue. La cotización de Streep no dejaba de subir. Ganó un segundo Oscar por «La decisión de Sophie» en donde resultó conmovedora como una antigua prisionera en un campo de concentración que se vio obligada a elegir a qué hijo salvar de la muerte. Recibió nominaciones por «La mujer del teniente francés», «Skilwood», «Memorias de África», «Un grito en la oscuridad» (premiada en Cannes), «Postales desde el filo», «Los puentes de Madison», «Adaptation», «La duda» y también le han regalado muchísimas candidaturas porque es Meryl Streep («Agosto», «Into the Woods», «Los archivos del Pentágono»). Ha sido finalista al Oscar en veintiuna ocasiones y ha ganado tres premios de la Academia, el último por interpretar a Margaret Thatcher en «La dama de hierro». Curiosamente los académicos pasaron olímpicamente de dos de sus mejores trabajos en estas últimas tres décadas: «El mensajero del miedo» y «La muerte os sienta tan bien».

    Meryl con sus tres Oscars © GettyImages

    Fue tal el impacto causado por Meryl Streep que ha monopolizado los grandes papeles femeninos que se han concebido en Hollywood en los últimos cuarenta años, incluso le ganó la partida a Robert De Niro que sí ha tenido el declive artístico que no ha conocido ella, a la Streep jamás la veremos en títulos como «En guerra con mi abuelo», «El escondite» o «Las aventuras de Rocky Bullwinkle», también es verdad que ni por asomo tiene las deudas que pagar que De Niro. El efecto Streep ha perjudicado a sus compañeras de generación. Glenn Close se quejó de una realidad que han conocido Susan Sarandon, Jessica Lange, Debra Winger, Barbara Hershey, Sigourney Weaver, Sally Field o Stockard Channing, actrices excepcionales, desaprovechadas y a muchas de ellas no las estamos viendo envejecer con la dignidad que merecen. Pero la culpa no es de Meryl, como bien señalaron los titulares tras la confesión de Glenn Close a un grupo de periodistas en una charla realizada a través de Zoom, sino de una industria que crea y confía en una serie de productos a la espera de que dejen de funcionar y Meryl Streep representa al cine adulto desde la década de los ochenta y genera interés, el público sigue queriendo ver sus películas. Meryl Streep no pertenece al blockbuster, ni necesita prestarse a eso, se representa a sí misma, ella se ha convertido en un evento, tanto para sus detractores como para quienes consideran que ella tiene esa capacidad para elevar una mala película, Jessica Chastain ni en sueños puede hacerlo, o que sería la mejor «Batman» de la historia como diría Cam de «Modern Family».