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  • La decadencia de los premios

    El momento más viral de lo que llevamos de 2022, y es imposible superarlo en lo que resta de año, es la bofetada de Will Smith al humorista Chris Rock durante la ceremonia de los Oscars. Gracias a las redes sociales la secuencia dio varias veces la vuelta al mundo en cuestión de minutos y alimentó a los cuñados: asistimos a debates sobre los límites del humor, la legitimidad de la defensa a las mujeres e incluso el buenismo nos dio lecciones para no discriminar a las mujeres que sufren alopecia. Más allá de la polémica nadie se centró en hablar de los Oscars, ni siquiera de la interpretación por la que Will Smith recibió el galardón en la categoría de mejor actor principal. No hay interés general en una ceremonia que como mucho ocupa una pieza de un par de minutos en los informativos, más algún reportaje en la prensa rosa, y que lleva más de una década viviendo la peor crisis de su historia entre otras cosas porque la televisión ha dejado de ser la primera opción de entretenimiento.

    Una imagen para la historia de los Oscars y no para bien © AMPAS

    Variety nos habla de la suerte que le espera a los premios televisivos con algunos eventos como los galardones del sindicato de actores y los Independent Spirit que están buscando un canal de difusión mientras que otras asociaciones, entre ellas la que conceden los Critics Choice, están en el punto de mira por su falta de transparencia, y los Globos de Oro están renegociando sus derechos de emisión con la NBC tras un prudencial ejercicio de lavado de imagen tras la falta de diversidad en la Asociación de prensa extranjera en Hollywood. La ceremonia más reciente de los SAG, el sindicato más numeroso y poderoso en el mundo del espectáculo estadounidense, apenas alcanzó los dos millones de espectadores. Es una cifra bastante ridícula que ni siquiera se puede permitir en las operadoras de televisión por cable e internet y que obliga a negociar a la baja. Una verdad incómoda para los gremios y las asociaciones que dependen del escaparate televisivo para su supervivencia porque no despertarían el interés de los inversores y dependerían solamente de las cuotas de los socios, lo cual sería insostenible.

    Globos de Oro, Critic’s Choice, SAG, Independent Spirit, premios de la crítica. Demasiados galardones para unos espectadores cada vez menos interesados © SAG-AFTRA

    En un momento en el que la audiencia no está respondiendo a las galas de premios nos encontramos desbordados por los eventos de este tipo porque ha sido un negocio bastante atractivo y se ha visto como una manera de medrar en la industria. El director de una web del gremio, con experiencia en el departamento de prensa de una productora y harto de ser considerado como un perchero por las actrices, se cree más importante que los festivales y las academias y junto a unos colegas crea una asociación de prensa para entregar sus premios, tener su momento de gloria en la televisión y ser primera vedette en el mundo del espectáculo, con tanta mala suerte que sus galardones dejan de interesar en muy poco tiempo y sigue siendo el guardabolsos de las luminarias.

    En los últimos años, meses antes de la ceremonia de los Oscars internet se convierte en un campo de minas porque van surgiendo asociaciones de críticos que se creen más importantes que los miembros de las fundaciones decanas de la crítica para entregar sus premios, galardones que casi siempre se repiten con la salvedad de un par de variantes. Les mueven las ganas de casito en redes de los autoproclamados analistas porque leen muchos tweets.

    En el mundo televisivo hay dos eventos que se han considerado infalibles: las retransmisiones deportivas y las entregas de premios. Los Oscars despectivamente han sido llamados la Super Bowl para gays blancos y marujas de la ABC, eso se lo debemos a Chris Rock. La comparación es humillante ya que la última Super Bowl le reportó a la NBC 112,3 millones de espectadores frente a los 16,6 de los Oscars. El mayor espectáculo en el mundo del deporte estadounidense sigue siendo una tradición pero la celebración de los premios por antonomasia son vistos como algo que ha perdido la conexión con el mundo en el que vivimos.

    Lady Gaga y Liza Minnelli siendo conscientes de que en ese momento todo el mundo estaba hablando del arrebato de Will Smith © AMPAS

    En el siglo XXI el consumo televisivo ha cambiado. Las generaciones más jóvenes probablemente no hayan visto nunca la televisión convencional porque la oferta en streaming es infinita y a la carta. Por otro lado, internet ha creado sus propias estrellas y muchas de ellas generan más tráfico en redes y tienen más seguidores que cualquier luminaria. Los repartos y los equipos de colaboradores en programas de televisión y en los medios de comunicación se cierran en base a los seguidores en redes, es más, también se mira ese detalle cuando se solicita una acreditación para cubrir un evento tan elitista como es la feria de ARCO. Se busca la viralidad y la difusión inmediata en la red. Aunque curiosamente el mundo internet está más pendiente de alguien sin redes como es Carlos Boyero.

    Por esa misma razón no se ha dado un verdadero relevo generacional en las estrellas de Hollywood, solamente hay que ver que dos de los mayores éxitos cinematográficos de este año están protagonizados por estrellas tan de finales del siglo XX como son Tom Cruise (de 60 años con «Top Gun: Maverick») y Sandra Bullock (de 58 con «La ciudad perdida»). En la actualidad un chico de Ohio de 24 años que sube vídeos todos los días a una plataforma tiene más influencia que Timothée Chalamet y nadie siente deseos de partirle la cara. Las estrellas en este siglo XXI carecen de poder, están al servicio de una marca, son muy pocos los que gozan de autonomía, y tendemos a caer en el error de considerar que determinado actor es una estrella porque proporciona gifs, de nada vale si después no genera consumo porque nadie paga por verle actuar. La siempre pacífica comunidad de Tinseltown está llena de generadores de memes que están al borde de quedarse sin agentes debido a sus últimos fracasos.

    Zendaya es un reclamo en cualquier alfombra roja o producción porque tiene una importantísima bolsa de seguidores en las redes sociales © GettyImages

    Por último lugar está lo que en su momento comentó Anthony Mackie sobre que el negocio se hace para contentar a China y a los adolescentes. En un período de crisis tan fuerte como el que estamos atravesando el sector audiovisual se ha convertido en un laboratorio que elabora productos para ajustarse a los gustos del mercado o a lo que demandan los gurús de los departamentos de responsabilidad social de las grandes multinacionales. El cine y la televisión ya no se hace para buscar la excelencia sino para inculcar una serie de valores que promuevan la justicia social y sus campañas se hacen derribando a un hombre de paja. Generalmente esos productos no alcanzan la excelencia porque están demasiado enfocados en el discurso y se olvidan de todo lo demás. Curiosamente «Hasta el último hombre» de Mel Gibson fue masacrada por la prensa más cool en el festival de Venecia (principalmente española) por ser una promoción de la fe católica, y la ideología conservadora de Mel Gibson, pero la película triunfó porque más allá de su mensaje había una gran historia y estaba narrada de manera excelente. Tendemos a identificar a los Estados Unidos con las zonas más progresistas de California y Nueva York y hay un sector bastante grande de la audiencia que se siente insultado por un grupo de privilegiados que nos observan desde una torre de marfil y que consideran que el público no solamente tiene la culpa del fracaso de sus películas sino de los problemas que hay en el mundo. Ante tal panorama lo que menos apetece es ponerse a ver los Oscars ni siquiera de manera pirata con un flipao mirando a la nada.

  • Rescatando a Pía

    Cuenta la leyenda que Marujita Díaz, la folclórica más pizpireta que ha tenido nuestra piel de toro, en uno de esos días que iba caminando por una céntrica calle madrileña un motorista le dio un tirón en el bolso y ella se agarró tan fuerte que terminó derribando al amigo de lo ajeno. La tacañería de Marujita Díaz era tan conocida como su frenético movimiento de ojos, de hecho ella se enorgullecía al decir que de los hombres que tuvo en su vida, fueron muchos y bastante caraduras, el único que realmente le sacó dinero fue el bailarín Antonio Gades y que para ello se tuvo que casar con ella, así que no resultó extraño que la protagonista de «Pelusa» se convirtiera en la versión hispánica de «Hulka» en las proximidades de la Gran Vía cuando vio su bolso en peligro. Cuando los vecinos de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown se dieron cuenta de que era muy feo tener un Globo de Oro en su salón de trofeos, tras publicar Los Angeles Times un artículo en donde lo que realmente molestó a la gente bien pensante fue que la Asociación de prensa extranjera en Hollywood no favorecía la diversidad entre sus miembros, algunas estrellas afearon a la HFPA, Tom Cruise devolvió sus tres premios y, se quedó incluso sin el respaldo de la NBC para emitir la ceremonia hasta que la asociación realizara una serie de cambios para no espantar a los anunciantes. Todos renegaron de los Globos de Oro menos una persona: Pia Zadora que al igual que Marujita Díaz se agarró fuertemente a su Globo de Oro para que nadie se lo arrebatara, porque lo que se da no se quita o como diría Lola Flores, porque su dinerito costó.

    Cuarenta años después Pia Zadora sigue agarrando con fuerza el Globo de Oro © GettyImages

    La 39ª edición de los Globos de Oro, celebrada el 30 de enero de 1982, pasó a la historia por el Zadoragate. Pia Zadora recibió el premio a la revelación del año por la película «La marca de la mariposa», que aspiraba a otros dos premios, mejor actor de reparto para Orson Welles y mejor canción para un tema compuesto por Ennio Morricone. El problema era que «La marca de la mariposa» ni siquiera se había estrenado, lo haría cuatro días después de la gala, y el productor de la película y en aquel momento marido de Zadora, el millonario de origen israelí Meshulam Riklis, había invertido dos millones de dólares en promocionar las virtudes de su joven esposa y en eso se incluyó una invitación a los miembros de la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood a un fin de semana a Las Vegas, en donde la principal atracción era un espectáculo privado ofrecido por Zadora en el hotel Riviera que era de su propiedad. Dicha excursión se realizó en noviembre de 1981, a pocas semanas de que los votantes de los Globos de Oro eligieran a sus nominados. Que una adaptación de una novela de James M. Cain, el autor de «Perdición», «El cartero siempre llama dos veces» y «Alma en suplicio», que nadie había visto se colara en los premios con tres candidaturas fue lo suficiente goloso para que el resto de la prensa atara cabos. En la campaña promocional pagada por el marido ricachón de Zadora también se incluía el empapelado de las vallas publicitarias de Sunset Boulevard con la anatomía de la joven aspirante luminaria y una sesión fotográfica con la revista Playboy. Cuando Pia Zadora se convirtió en la flamante ganadora del Globo de Oro a la mejor revelación de 1981 recogió su sentencia de muerte porque aquel premio costó una excursión a Las Vegas.

    Si Alla Nazimova superaba los 40 cuando interpretó a Salomé todo lo demás es posible. Pia Zadora haciéndonos creer que es una adolescente en «La marca de la mariposa» © Par-Par Productions

    «La marca de la mariposa» se estrenó inmediatamente después, envuelta en el escándalo del Globo de Oro de Zadora, y los medios se cebaron con el film y especialmente con la actuación de su protagonista, empeñada en hacer creer a la audiencia que era creíble como una adolescente cuando ya rondaba los 30, y lo más suave que dijo la crítica de ella fue que era una inútil. Zadora se veía a sí misma como el relevo de Barbra Streisand y Liza Minelli. Se había criado en una familia vinculada con el mundo de Broadway y siendo una niña estuvo en el reparto del musical de «El violinista en el tejado» pero su carrera nunca llegó a despegar y terminó convirtiéndose en la modelo publicitaria de una marca de bebidas. Fue así como conoció a Meshulam Riklis, un hombre de negocios importante que construyó un imperio financiero absorbiendo empresas como Playtex o Elizabeth Arden, con él se casó en 1977 y fue su principal promotor para su lanzamiento al estrellato. «La marca de la mariposa» fue la primera de las tres películas que financió para ella, las otras dos fueron «Fuera de juego» y «Chica solitaria», y lo único que se consiguió fue que Pia Zadora se convirtiera en la fuente de inspiración para los recientemente creados premios Razzies. Dos cosas buenas que le sucedieron a Zadora fue que John Waters la reivindicó como su actriz mala favorita, la reclutó para el reparto de «Hairspray», y que a nivel musical dejó de ser mirada con la condescendencia del mundo del cine y cosechó algún éxito, de hecho fue nominada al Grammy, actuó junto a Frank Sinatra y «When the Rain Begins to Fall» es un temazo.

    El lanzamiento al etrellato de Pia Zadora fue una inversión a pérdida realizada por el financiero Meshulam Riklis © GettyImages

    Por otro lado la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood eliminó el apartado «revelación» de sus galardones y siguió hacia adelante en su camino a la espera de que el escándalo pasara al olvido lo antes posible. El Zadoragate no fue el primer caso de tongo en la historia de los Globos de Oro, de hecho a finales de la década de los 50 algunos de los miembros más destacados de la asociación admitieron que los galardones no eran más que un intercambio de favores y hace más de medio siglo la NBC llegó a amenazar con la rescisión de su contrato de emisión debido a la falta de trasparencia de los premios, tampoco ha sido el último pero sí fue el más notorio porque en la ecuación entraron un multimillonario con su esposa que quería ser una estrella y un grupo de periodistas extranjeros y a todos les unía la ambición de hacer carrera en una industria a la que no pertenecían: Hollywood.

  • El factor biopic en la búsqueda del Oscar

    Uno de los platos fuertes de la próxima edición del festival de Venecia es la presentación de «Blonde» de Andrew Dominik. Un proyecto de gestación catedralicia, que ha estado en la fase de desarrollo durante 12 años teniendo a Naomi Watts, Jessica Chastain y finalmente a Ana de Armas encarnando a Marilyn Monroe y que ha salido adelante gracias al empeño de su productor Brad Pitt y a la intervención de Netflix, en su papel de salvadora de las causas perdidas. «Blonde» se basa en la aclamada novela biográfica sobre Marilyn Monroe por la que la escritora Joyce Carol Oates recibió el premio Pulitzer en el año 2000 y de la que ya existe una adaptación, la CBS estrenó en 2001 una miniserie de cuatro horas que tuvo a Poppy Montgomery como protagonista y que descarriló en sus ambiciones de llegar a los Emmy básicamente porque a nadie le interesó, al igual que a los inversores que se negaron a financiar a Dominik desde que comenzó a patearse las calles de Hollywood y los festivales de clase A pidiendo pasta.

    La versión televisiva de «Blonde» que nadie vio hace 20 años © CBS

    Si con el trabajo realizado hace dos décadas por Poppy Montgomery nadie se volvió histérico ni se le organizó ninguna campaña de marketing para promoverla en la industria, las expectativas en torno a la encarnación de Ana de Armas de Marilyn Monroe son enormes. Cada vez más caemos en la tontería de glorificar o enterrar antes de ver y eso ha empeorado en estos tiempos dominados por la explosión de las redes sociales y los medios digitales, muchos de ellos salidos de las mismas granjas de usuarios falsos empleados para beneficiarse de la publicidad. Los expertos de salón, y los que no lo son lo cual es bastante más ridículo, han situado a Ana de Armas como la favorita al Oscar a la mejor actriz por «Blonde» sin haber visto realmente la película, primero, porque el equipo de publicistas de Netflix ya se ha encargado de alimentar la rumorología y rendimos culto a los tweets entusiastas, y segundo, por el factor biopic.

    Antes de Ana de Armas «Blonde» iba a estar protagonizada por Naomi Watts y Jessica Chastain y a ambas les dieron el Oscar por una película que no llegaron a rodar © Netflix

    Si un intérprete quiere el respeto de la industria ha de hacer un biopic y si el interesado es insultantemente atractivo ha de afearse y mucho, Rami Malek no cuenta. Marilyn Monroe ha sido el mayor mito que ha tenido Hollywood, por encima de Greta Garbo, y las circunstancias de su muerte han alimentado su leyenda durante décadas, además su encarnación de sex symbol era en realidad el mecanismo de defensa de una chica desamparada que solamente conoció el abandono y los abusos. Es, en definitiva, un personaje con múltiples dimensiones convertido en una fantasía para cualquier actriz con ambición y también para toda choni con ínfulas de sex symbol.

    Will Smith («El método Williams»), Jessica Chastain («Los ojos de Tammy Faye»), Daniel Kaluuya («Judas y el mesías negro»), Renée Zellweger («Judy»), Rami Malek («Bohemian Rhapsody»), Olivia Colman («La favorita») Mahershala Ali («Green Book»), Gary Oldman («El instante más oscuro»), Allison Janney («Yo, Tonya»), Leonardo DiCaprio («El renacido»), Mark Rylance («El puente de los espías»), Alicia Vikander («La chica danesa»), Eddie Redmayne («La teoría del todo»), Matthew McConaughey («Dallas Buyers Club»), Jared Leto («Dallas Buyers Club»), Daniel Day Lewis («Lincoln»), Meryl Streep («La dama de hierro»), Christopher Plummer («Beginners»), Colin Firth («El discurso del rey») y Sandra Bullock («The Blind Side») han ganado el Oscar desde el año 2010 por interpretar a personajes reales. La lista de actores que han sido recompensados por los académicos por el factor biopic es interminable, desde la asesina en serie interpretada por Charlize Theron en «Monster», hasta el rey Enrique VIII encarnado por Charles Laughton en «La vida privada de Enrique VIII», pasando por la monja de «Pena de muerte» a la que inmortalizó Susan Sarandon o la Loretta Lynn versionada por Sissy Spacek de «Quiero ser libre». Se unen la gran construcción de un personaje, que ya cuenta con la riqueza de la realidad, y el trabajo de composición e imitación del actor. Lo realmente difícil es no situarse de manera automática bajo el radar de los premios porque la propia historia real ya ha construido buena parte del relato de cara a la promoción e incluso puede salvar a un trabajo nada brillante: el ejemplo de superación a base de mucho esfuerzo dado por las hermanas Williams y Will Smith pesó más que la propia calidad de la interpretación galardonada con el Oscar del actor.

    Will Smith recordándonos lo mal actor que era en «El príncipe de Bel Air» pero los millones invertidos en su campaña y su relato de superación tuvieron su recompensa © Warner

    Dar premios a quien interpreta a un personaje real se ha convertido en una opción realmente cómoda y cuanto más aparatosa sea la persona retratada y el trabajo de imitación de quien lo lleva a la pantalla mayores serán sus opciones de victoria, bien lo saben Eddie Redmayne y Jessica Chastain, por ejemplo.

    Jessica Chastain en una exhibición, en mal, de todo lo que hay que hacer para ganar un Oscar © Disney

    Pero el factor biopic no es siempre una fórmula ganadora. Recientemente se ha cancelado «The First Lady», uno de los proyectos estrella de Showtime para la temporada televisiva 2021/22 y cuyo objetivo era reunir a grandes intérpretes femeninas para que dieran vida a históricas Primeras Damas de los Estados Unidos. Un teórico imán para los galardones que reclutó a Viola Davis (Michelle Obama), Michelle Pfeiffer (Betty Ford) y Gillian Anderson (Eleanor Roosevelt). «The First Lady» fue tan desastrosa que ni siquiera los prescriptores de los digitales se atrevieron a hablar de ella, y estos son capaces de dar el coñazo con lo que sea y también de venderse por una bolsa de gominolas.

    Con semejante imagen promocional era difícil disimular el desastre © Showtime

    Los herederos de Marilyn Monroe han tenido que salir en defensa del trabajo de la actriz de origen cubano Ana de Armas ya que está siendo muy criticada en las redes sociales por su acento materno interpretando a la Monroe. Es algo habitual, Kristen Stewart probablemente provocara los delirios de sus fans al ponerse una peluca rubia y ladear la cabeza como Lady Di en «Spencer» pero no se libró de las críticas por no ser británica. «Spencer» le proporcionó una candidatura al Oscar a Kristen Stewart y aún no sabemos qué le deparará a Ana de Armas por «Blonde» pero la opinión negativa en torno a las elecciones de casting pueden destrozar las pretensiones de una película. Eso fue lo que le sucedió a «Nina» el biopic de la cantante Nina Simone. La elección de casting de Zoe Saldana para dar vida a la legendaria artista no gustó y lo que resultó más ofensivo fue que oscurecieran su piel para ajustarla al tono de Simone, hasta la propia familia de la cantante fue crítica con la selección de la actriz de origen latino. Como resultado «Nina» se pasó mucho tiempo guardada en un cajón, tuvo un estreno muy limitado y con críticas negativas, y con la escena de Nina Simone dando mamporros en un hospital como si fuera la secuela de «Colombiana» las merecían. Lo que parecía el «Hollywood me debe un Oscar» de Zoe Saldana por poco acaba con su carrera.

    Una hiriente «black face» estuvo a punto de acabar con la carrera de Zoe Saldana © RLJ Entertaiment

    Pero nadie ha llegado a estar tan devorada por la ambición que conlleva el factor biopic como Faye Dunaway. Fue junto a Jane Fonda la estrella femenina más importante que tuvo Hollywood hace medio siglo. Saltó a la fama gracias a «Bonnie & Clyde» y aunaba belleza, talento, personalidad y magnetismo lo que le hacía emparentar con las grandes divas del Hollywood clásico. Faye Dunaway ganó el Oscar a la mejor actriz por interpretar a una despiadada productora en «Network». Poco después de llevarse el preciado galardón su carrera comenzó a decaer porque en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown pesaba demasiado su condición de problemática. Sus peleas con Roman Polanski en el set de «Chinatown» llegaron a ser más que palabras y Bette Davis que trabajó con ella en el telefilm «La desaparición de Aimée» dijo de ella que era la peor profesional con la que se había topado nunca.

    El equivalente en la gente de Hollywood de encamarse por fin con quien te gusta desde que te salieron los dientes © Terry O’Neil

    A inicios de la década de los ochenta Faye Dunaway buscaba ese proyecto con el que regresar a la primera línea y de paso volver a situarse bajo el radar de los académicos. Su «Hollywood me debe un segundo Oscar» fue «Queridísima mamá», la traslación a la gran pantalla de la historia de la gran estrella Joan Crawford a través de los ojos de su hija adoptiva Christina. Ese ajuste de cuentas se había convertido en un gran éxito editorial y el relato, en donde Crawford dejaba a cualquier supervillana de Disney a la altura de una misionera, poseía demasiados ingredientes para ser una golosina en Hollywood. Faye Dunaway era la actriz ideal para encarnar a Joan Crawford. Es más, la propia Crawford comentó en una entrevista realizada durante la década de los setenta que de la vulgaridad reinante en el Hollywood de esos días Faye Dunaway era la única que poseía la clase propia de una gran estrella, era una señora y ejercía como tal, algo con lo que Joan Crawford estuvo batallando siempre porque nunca llegó a ser una dama de verdad. «Queridísima mamá», estrenada en 1982, fue uno de esos proyectos concebidos para estar en la carrera de premios, reclutando a históricos de la comunidad fílmica, pero resultó tan hilarante que fue imposible tomársela en serio. La Paramount cambió su estrategia promocional y la vendió como una comedia, su humor es involuntario, y se convirtió en un enorme éxito comercial pero también en objeto de escarnio ya que la prensa la consideró la peor película de ese año. El tan ansiado regreso de Faye Dunaway al Olimpo de Hollywood pasó a ser su tumba y desde ese entonces comenzó a vivir de las rentas de lo que fue en su época de reinado.

    Faye Dunaway como Joan Crawford y convirtiéndose automáticamente en un referente de lo camp, no era lo querido por ella © Paramount

    Un biopic es un arma de doble filo, si la estrategia es buena, y en eso no tiene que ser clave una incontestable actuación, el intérprete puede ser elevado de estatus pero si es un trabajo mal recibido puede suponer el final de una carrera. Así que recordad el porrazo de Faye Dunaway antes de conceder premios a ciegas.

  • Construyendo el relato para triunfar

    El 17 de abril de 1961 se celebró en Santa Monica la 33ª edición de la ceremonia de los Oscars en la que «El apartamento» de Billy Wilder se convirtió en la cinta vencedora de la edición, alzándose con los premios a la mejor película, dirección, guión original y dirección artística. Indudablemente en esos galardones se echan en falta el reconocimiento a las interpretaciones de Jack Lemmon y Shirley MacLaine que también fueron fundamentales en el éxito del film. Burt Lancaster por «El fuego y la palabra» y Elizabeth Taylor por «La mujer marcada» fueron los vencedores. Billy Wilder se acercó a una desconsoladísima Shirley MacLaine y le dijo «Querida, no puedes competir con una traqueotomía». Elizabeth Taylor ganó su primer Oscar por una película que odiaba, ya que fue una imposición, pero apenas un mes antes de la ceremonia la actriz estuvo a punto de morir en Londres durante el rodaje de «Cleopatra» por culpa de una neumonía y se le tuvo que realizar una traqueotomía para que pudiera respirar. A la gala de los Oscars la Taylor llegó viva de milagro y recibió un premio porque su mala salud de hierro le hizo elaborar uno de los mejores relatos de la historia de los Oscars.

    Elizabeth Taylor luciendo traqueotomía y Oscar © GettyImages

    Los problemas de salud forjaron el mito de Elizabeth Taylor, tanto como su belleza, sus maridos, su afición al exceso y las joyas. La planificación de sus películas se hacía en función de su ciclo menstrual ya que se contaba con la ausencia de la diva en la semana en la que ella tuviera la regla, un detalle que ya se tenía en cuenta desde que era una adolescente y que comenzó a ser un problema cuando dejó de ser un valor en la taquilla. Pese a sus numerosos achaques sobrevivió a maridos, amigos e incluso al autor de algún obituario. Que su primer Oscar le cayera por tener por encima de una interpretación (espléndida) la narrativa de una biología desafiante era lógico. Al igual que también lo fue que Peter Finch ganara el Oscar a título póstumo al mejor actor por su trabajo en «Network» por las circunstancias en las que se dieron su candidatura. Peter Finch falleció de un infarto el 14 de enero de 1977. Cayó fulminado en el vestíbulo de un hotel mientras estaba haciendo una gira promocional para conseguir la nominación al Oscar al mejor actor principal por «Network», una estrategia que chocaba con la pretendida por Warner que quería favorecer la candidatura en solitario de William Holden en dicho apartado y relegar a Finch a la categoría de mejor actor secundario. Quedaban apenas cuatro semanas para que la Academia diera a conocer sus candidatos cuando el corazón de Finch se paró y dos meses después de su fallecimiento el intérprete australiano se convirtió en el primer actor en ser reconocido a título póstumo. ¿Habrían ganado Taylor y Finch si el relato no estuviera por encima de sus trabajos? Estarían en igualdad de condiciones que el resto de candidatos así que es probable que no.

    Peter Finch , mártir de los Oscars © Warner

    Tanto Elizabeth Taylor como Peter Finch fueron beneficiados por una narrativa excepcional. Heath Ledger también, aunque a su favor cuenta con el enorme impacto de su interpretación de Joker en «El caballero oscuro» y de haber vivido para verlo la trascendencia de su trabajo sería bastante similar.

    La construcción de un relato es fundamental para convertirse en un candidato único y en un momento de tal sobreexposición como es el actual cuanto más apele a las emociones mejor. Las historias de superación funcionan de fábula en los concursos televisivos, la narrativa del individuo frente al sistema es prioritaria en determinados partidos políticos. Quien quiere ganar un Oscar no se diferencia demasiado de una productora de televisión o un candidato político, es más, probablemente cuenten con el asesoramiento de los mismos estrategas.

    El festival de Sundance de 2020 es recordado por dos cuestiones: fue el primer foco de Coronavirus en los Estados Unidos y se presentó «Una joven prometedora» de Emerald Fennell. La película gira en torno a una mujer que decide vengar a su mejor amiga de la universidad que fue violada en el campus ante la impasividad del resto. Una cinta, perteneciente al género «comando chichi» de «Charos» justicieras al grito de «si nos tocan a una nos tocan a todas» y claramente deudora del #MeToo, lo que le hacía tener un buen argumento para construir una narrativa pero lo mejor estaba por suceder. Dennis Harvey, crítico de la revista Variety, escribió una reseña desde Sundance en donde amparándose en su libertad de expresión consideró que Carey Mulligan era un error de casting porque era muy poco sexy para interpretar a su personaje y que Margot Robbie, productora del film, era la actriz ideal. Un comentario de un crítico con el que se puede estar o no de acuerdo pero que tenía el mismo destino que cualquier texto: el olvido rápido. «Una joven prometedora» por su impacto en Sundance se convirtió en una película a tener en consideración para los Oscars pero cuando realmente comenzó la ronda de entrevistas Carey Mulligan se declaró ofendida por el crítico de Variety hasta el punto de que la publicación tuvo que actualizar la crítica para pedirle disculpas a la intérprete y retirar los comentarios hirientes de Dennis Harvey. Los publicistas de la campaña de «Una joven prometedora» y el equipo de la película ya tenían el relato sobre el que hacer la promoción de la película de cara a los Oscars, porque estar en contra de una actriz herida por las palabras de un señoro es estar a favor de la violencia contra las mujeres. El clavo al que hay que agarrarse si eres un experto de salón y “aliade” con pretensiones de casito.

    «Hacer campaña con cara de Charo hervida» el concepto © GettyImages

    Leonardo DiCaprio aprendió la lección para ganar el Oscar por “El renacido”. Peggy Siegal, conocida publicista, relaciones públicas y una pieza fundamental de Hollywood para su promoción en la élite neoyorquina, le convenció para que se metiera de una puñetera vez en el fango, hiciera campaña y construyera un relato para que ese Oscar fuera lo más parecido al Nobel de La Paz por su activismo ecologista. DiCaprio durante meses exageró sobre el sufrimiento vivido durante el rodaje, en donde Iñárritu era el mal menor, por ser un vegano obligado a zamparse unas vísceras y llevar pieles y lo mucho que afectó a la producción los cambios de escenario, de hemisferio, porque a la primavera le dio por adelantarse. DiCaprio recogió el Oscar por ser uno de los mayores iconos de Hollywood y su compromiso ecologista, aunque no coja un vuelo comercial desde que salió del plató de “Los problemas crecen”, y durante su discurso nos regaló una frase insuperable en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown “nos quedamos sin nieve”.

    En su campaña promocional DiCaprio se fue a ver al Papa ©GettyImages

    Una de las películas que pretende estar bajo el radar de los premios de la cada vez más próxima temporada es «She Said» de Maria Schrader y que se basa en la investigación periodística que destapó el historial de abusos y violencia sexual de Harvey Weinstein, la primera que lo hace de manera directa ya que en «La asistente» de Kitty Green se le intuía como el productor que hacía y deshacía con su bragueta. La cinta protagonizada por Carey Mulligan y Zoe Kazan se estrenará en noviembre, presumiblemente tras pasar por las plazas mediáticas, y es una producción de Annapurna y Plan B, la compañía de Brad Pitt, protagonista de la exitosa «Malditos bastardos» de Quentin Tarantino que era una producción del innombrable y que según su ex mujer Angelina Jolie era plenamente consciente de lo que se escondía tras el temible magnate de Hollywood. Teniendo en cuenta que el escándalo Weinstein fue el que propició el nacimiento del #MeToo, que ha sido el productor que más ha influido en la industria desde finales de la década de los 80 y que era un auténtico genio a la hora de construir un relato para sus promovidos pues ya tenemos a la narrativa ganadora de la temporada. Hay que tener muy presente que desde hace algo más de una década, especialmente a raíz de los movimientos identitarios y del activismo woke, lo que menos importa en la prensa cinematográfica es destacar la excelencia sino enfatizar el discurso. No hay gran diferencia entre el crítico oficial de una organización religiosa que destaca las películas por sus valores humanistas y el crítico de una publicación con tendencias progresistas que considera necesarias a las películas con una ideología más próxima a la suya, lo que les separa es que del primero se ríen y al segundo le llevan a la TV a impartir cátedra.

    Harvey Weinstein fue el primer «aliade» que aprovechó la narrativa de la reivindicación de la mujer en los Oscars para promover «El piano» © GettyImages

    En el verano de 2016 la revista Variety se columpió al calificar a «El nacimiento de una nación» de Nate Parker como la candidata más oportuna en la historia más reciente de los Oscars. A inicios de ese mismo año explotó el movimiento twittero «#Oscarsowhite», teniendo a la actriz Jada Pinkett como una de sus voces más activas y que lamentaba la ausencia de su marido Will Smith en las candidaturas por su trabajo en «La verdad duele». Prácticamente al mismo tiempo se presentaba en Sundance «El nacimiento de una nación» protagonizada, dirigida y escrita por Nate Parker que se hizo con los dos premios más importantes del certamen, provenientes del jurado y del público, y vendió la película a la Fox Searchlight por 17,5 millones de dólares, prácticamente el doble de lo que costó hacerla. El relato era perfecto para que «El nacimiento de la nación» arrasara con todo en una industria a la que le habían sacado los colores por racista y que trataba de expiar su culpa. Pero el pasado de Nate Parker y su colaborador Jean McGianni Celestin no iba a tardar demasiado en dinamitar a la candidata perfecta. En el año 1999 Parker y McGianni Celestin estudiaban juntos en la universidad del estado de Pennsylvania y abusaron sexualmente de una joven con la que habían salido y que se había desmayado tras una borrachera. Ya se conocía que Parker fue acusado, absuelto pero suspendido por la universidad que le expulsó de su equipo de lucha libre y la entidad tuvo que indemnizar a la víctima por no protegerla de un acoso posterior. Su compañero de habitación sí fue declarado culpable. Cuando a finales del verano de 2016, pocas semanas antes de que Nate Parker presentara la película en el festival de Toronto, se filtró a la prensa que la víctima se suicidó en el año 2012 se sepultó «El nacimiento de una nación» que se estrenó sin nada de promoción y la división independiente de la Fox no llegó a recuperar la inversión. Nate Parker pasó de ser una promesa a hundirse en las divisiones subterráneas.

    Nate Parker y Armie Hammer antes de ser repudiados por Hollywood © Fox

    Pocas semanas después del hundimiento de «El nacimiento de una nación» de Nate Parker Hollywood encontró en el festival de Telluride una película llamada «Moonlight» sobre un afroamericano homosexual, ya tenían al relato ganador y a la cinta adecuada. Su victoria en los Oscars fue histórica.

  • «La culpa es de Meryl»

    «A la oficina de mi agente llegan las sobras que deja Meryl Streep, desde que empezó mi carrera siempre ha sido así». Esta frase la pronunció Glenn Close durante la promoción de «Hillbilly, una elegía rural» cuando se le preguntó por su situación como mujer en la industria. Close ha sido nominada en ocho ocasiones al Oscar, la estatuilla se le sigue resistiendo pese a trabajos tan incontestables como «Las amistades peligrosas» o «El mundo según Garp», tiene tres premios Tony y el mismo número de galardones de la Academia de televisión. Pero la industria siempre la ha visto como una marca blanca de Meryl Streep lo cual no deja de ser una ofensa para alguien tan exquisita como Close, de hecho persiguió protagonizar «Atracción fatal», convirtiéndose de paso en la pesadilla de cualquier señor infiel, primero porque estaba harta de las comparaciones y segundo porque estaba plenamente convencida de que ni de coña se llegó a pensar en Meryl Streep para que interpretase a Alex Forrest, aunque sí le llegaron a ofrecer el papel a Sally Field.

    Glenn Close en el papel con el que dijo a Hollywood «¡No soy la marca blanca de Meryl Streep!» © Paramount Pictures

    Las quejas de Close no han sido las únicas. Existe una generación completa de actrices, las nacidas entre 1945 y 1957, que a pesar de tenerlo todo a favor se han visto relegadas a ser la marca blanca de Meryl Streep porque ella ha acaparado los grandes personajes femeninos que se han concebido en Hollywood durante los últimos cuarenta años y eso se ha ido agudizando con el paso de las décadas ya que son menos los proyectos concebidos para una mujer que supera los 65 años. Son muy pocas las excepciones: Frances McDormand, ganadora de cuatro premios Oscar y uno de ellos como productora, porque forma parte de la realeza artística de Hollywood al ser una parte fundamental de la obra de los hermanos Coen, Diane Keaton porque su colaboración con Woody Allen le ha convertido en un género propio y las británicas Helen Mirren y Judi Dench porque tienen acento británico y se pueden disfrazar sin perder la dignidad.

    Glenn Close y Meryl Streep frente a frente en «La casa de los espíritus» © Miramax

    Que las actrices se quejen de falta de oportunidades no es nuevo, ni siquiera cuando se está en el apogeo de fama. Joan Crawford cuando era uno de los principales activos de la Metro Goldwyn Mayer, estudio que la explotó como la mujer más sofisticada y moderna de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown, se lamentaba de que no podía acceder a los papeles con entidad que recibía Norma Shearer porque ella no tenía su derecho de alcoba, Shearer estaba casada con Irving G. Thalberg que era el jefe de producción de la compañía. Olivia de Havilland recurrió a los tribunales para independizarse de la Warner para aspirar a ser mucho más que el florero al que la había condenado el estudio. Bette Davis fue insumisa con la misma major porque consideraba que no se le daban proyectos a su altura.

    Joan Crawford y Norma Shearer despreciándose muchísimo en «Mujeres» © MGM

    Crawford, de Havilland y Davis no fueron las únicas ni eso de sentirse infravaloradas ha sido terreno exclusivo de las mujeres. Cary Grant sentía que la Paramount le desaprovechaba, estaba harto de recibir las sobras que dejaba Gary Cooper, rescindió su contrato con la compañía y logró convertirse en la primera luminaria en conseguir su independencia con respecto a los estudios sin morir en el intento, de hecho su ascenso al firmamento se produjo a partir de su libertad. La industria no castigó a Crawford, de Havilland y Davis como sí le hizo a Grant. El actor nunca fue reconocido con el Oscar, fue nominado en 1942 y 1945 por sus trabajos en «Serenata nostálgica» y «Un corazón en peligro» y cuando le concedieron en 1970 el Oscar honorífico con él ya retirado de la interpretación le inventaron una hija secreta para que la prensa de Hollywood hablara de este escándalo en lugar de alabar las excelencias de la carrera de Cary Grant. Aunque el sistema de los estudios ya había caído y los todopoderosos Adolph Zukor, Louis B. Mayer, Jack Warner, Harry Cohn y Darryl F. Zanuck ya eran reliquias del pasado las grandes compañías no perdonaron que la mayor victoria de Cary Grant fuera que ningún estudio controlara su carrera.

    Cary Grant recogiendo un Oscar honorífico que los estudios se resistieron a dar © AMPAS

    Joan Crawford, Bette Davis, Olivia de Havilland y tantísimas otras que me estoy dejando fuera tuvieron la suerte de trabajar en una época en la que triunfaron las películas hechas para mujeres, cuyo esplendor tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial ya que las mujeres eran las que mayoritariamente iban al cine. El panorama era muy diferente al encontrado cuatro décadas después con el estallido de la era del blockbuster y la finalización de la edad dominada por el nuevo Hollywood, que fue cuando los locos (los autores) se hicieron con el control del manicomio. El cine adulto era visto como sinónimo de prestigio y si ese tenía un rostro femenino indudablemente ha sido el de Meryl Streep.

    Meryl Streep en una de las mejores interpretaciones de su carrera © Warner

    Meryl Streep se ganó el respeto de Bette Davis y el desprecio de Katharine Hepburn. A la primera le parecía que tenía el talento y la presencia escénica que separa la grandeza de lo insustancial y a la segunda le irritaba por su ausencia de naturalidad, y en realidad, ambas sensaciones han sido las despertadas por la Streep desde que comenzó su reinado en Hollywood. Una de las mejores actrices que nos ha dado la historia del cine o una intérprete a la que la industria ha sobrevalorado de manera exagerada o ambas cosas a la vez.

    Cuando a inicios de la década de los setenta Meryl Streep se especializaba en Arte Dramático en la Universidad de Yale se hartó de competir con una tal Susan Weaver por ver quién era la mejor del grupo. Susan destacaba especialmente en los dramas y se llevaba los papeles más codiciados mientras que Meryl era prodigiosa en el terreno de la comedia y una superdotada con los acentos, de pequeña soñaba con ser traductora en las Naciones Unidas. Una vez iniciada la carrera profesional de Meryl Streep en off Broadway ya pudo demostrar su madera como actriz dramática y fue a raíz de su Emmy por la miniserie «Holocausto» cuando las puertas de Hollywood se le abrieron.

    Se odian desde sus días en Yale y se nota © GettyImages

    Fue nominada al Oscar por «El cazador» y recibió su primera estatuilla por interpretar a una madre arrepentida de haber abandonado a su hijo en «Kramer contra Kramer». La Streep llegó en un momento en el que se demandaba una réplica femenina de Robert De Niro, es decir, un animal interpretativo que fuera al mismo tiempo sinónimo de calidad y garantía de éxito. Así fue. La cotización de Streep no dejaba de subir. Ganó un segundo Oscar por «La decisión de Sophie» en donde resultó conmovedora como una antigua prisionera en un campo de concentración que se vio obligada a elegir a qué hijo salvar de la muerte. Recibió nominaciones por «La mujer del teniente francés», «Skilwood», «Memorias de África», «Un grito en la oscuridad» (premiada en Cannes), «Postales desde el filo», «Los puentes de Madison», «Adaptation», «La duda» y también le han regalado muchísimas candidaturas porque es Meryl Streep («Agosto», «Into the Woods», «Los archivos del Pentágono»). Ha sido finalista al Oscar en veintiuna ocasiones y ha ganado tres premios de la Academia, el último por interpretar a Margaret Thatcher en «La dama de hierro». Curiosamente los académicos pasaron olímpicamente de dos de sus mejores trabajos en estas últimas tres décadas: «El mensajero del miedo» y «La muerte os sienta tan bien».

    Meryl con sus tres Oscars © GettyImages

    Fue tal el impacto causado por Meryl Streep que ha monopolizado los grandes papeles femeninos que se han concebido en Hollywood en los últimos cuarenta años, incluso le ganó la partida a Robert De Niro que sí ha tenido el declive artístico que no ha conocido ella, a la Streep jamás la veremos en títulos como «En guerra con mi abuelo», «El escondite» o «Las aventuras de Rocky Bullwinkle», también es verdad que ni por asomo tiene las deudas que pagar que De Niro. El efecto Streep ha perjudicado a sus compañeras de generación. Glenn Close se quejó de una realidad que han conocido Susan Sarandon, Jessica Lange, Debra Winger, Barbara Hershey, Sigourney Weaver, Sally Field o Stockard Channing, actrices excepcionales, desaprovechadas y a muchas de ellas no las estamos viendo envejecer con la dignidad que merecen. Pero la culpa no es de Meryl, como bien señalaron los titulares tras la confesión de Glenn Close a un grupo de periodistas en una charla realizada a través de Zoom, sino de una industria que crea y confía en una serie de productos a la espera de que dejen de funcionar y Meryl Streep representa al cine adulto desde la década de los ochenta y genera interés, el público sigue queriendo ver sus películas. Meryl Streep no pertenece al blockbuster, ni necesita prestarse a eso, se representa a sí misma, ella se ha convertido en un evento, tanto para sus detractores como para quienes consideran que ella tiene esa capacidad para elevar una mala película, Jessica Chastain ni en sueños puede hacerlo, o que sería la mejor «Batman» de la historia como diría Cam de «Modern Family».

  • Tom Cruise, el gran símbolo de un Hollywood en vías de extinción

    En la primavera del año 1986 se estrenó «Top Gun» de Tony Scott. La película sobre una escuela de élite para pilotos perteneciente a la Armada de los Estados Unidos, producida por Don Simpson y Jerry Bruckheimer, es en sus 110 minutos de duración la sublimación de lo que fue el cine de Hollywood de la década de los ochenta, es una exaltación del excepcionalismo estaounidense en la cúspide de la era Reagan, una llamada para reclutar pilotos de las Fuerzas Armadas envuelta en un vistoso celofán, muy propio de los primeros años de reinado de la MTV. «Top Gun» solamente costó 15 millones de dólares y luce como diez veces más, recaudó más de 350 millones en todo el mundo, terminó convirtiéndose en un título generacional e hizo de Tom Cruise una superestrella, un estatus que sigue manteniendo pese a que muy poco queda del Hollywood de entonces.

    Tom Cruise a punto de la encuadernación en «Top Gun» © Paramount

    En una industria audiovisual dominada por la explotación de la nostalgia era imperdonable que no se rescatara a un personaje tan de la cultura pop ochentera como Maverick, alguien que hizo de la aviación un póster desplegable de la «Súper Pop». «Top Gun: Maverick» comenzó a rodarse hace cuatro años. Joseph Kosinski que trabajó con Tom Cruise en «Oblivion» ha tomado el relevo del añorado Tony Scott y en el equipo creativo está el ganador de un Oscar por «Sospechosos habituales» Christopher McQuarrie que desde que escribiera «Valkiria» se ha convertido en el colaborador de máxima confianza de Tom Cruise en estos últimos 15 años.

    Tom Cruise rescata a Maverick y ¿quién habla de la jubilación? © Paramount

    Muchas cosas han pasado desde la primavera del 2018 que es cuando comenzó a rodarse la película. Nos ha pillado una pandemia que ha revolucionado el sector audiovisual, el streaming le ha ganado terreno a las salas de cine que cada vez tienen menos período de exclusividad para la explotación de las películas ya que las majors están más interesadas en ganar suscriptores para sus plataformas. Proteger el recorrido en salas ha sido un motivo para el enfrentamiento entre Tom Cruise, que además de «Top Gun: Maverick» tiene en la cartera dos entregas de «Misión imposible», y la Paramount. A la estrella y productor no le entusiasma nada la estrategia de reducción a 45 días de la ventana de exhibición en cines que ha aplicado el estudio con el que colabora, ya que considera que se le da muy poco tiempo para que una película pueda tener vida en las salas y que la mayoría de los espectadores van a pensar que no les compensa pagar para ir a verla al cine si ya con la suscripción a la plataforma en mes y medio la puede disfrutar tranquilamente en casa. Tom Cruise ha conseguido que Paramount no venda «Top Gun: Maverick» a plataformas como Netflix y Apple TV+ pero no que el estudio postergue el desembarco del film en el streaming. Ambos confían en que el carácter de «evento» de la película haga llenar las salas antes de que la tengamos disponible en nuestras casas. «Top Gun» costó 15 millones de dólares de mediados de la década de los ochenta, solamente en la taquilla recaudó 357 millones de dólares en todo el mundo, a eso hay que sumarle las ventas en vídeo y los derechos de explotación en televisión, dejamos a un lado su banda sonora que también arrasó en ventas. «Top Gun: Maverick» ha tenido unos costes de producción estimados en los 152 millones de dólares, sin contar con la promoción en la que se encuentra su presentación en el festival de Cannes que ha programado un homenaje a Tom Cruise por su carrera.

    Tom Cruise pertenece a esa generación de actores surgida durante la primera mitad de la década de los ochenta y que estaba llamada a ser el relevo de los locos que dominaron Hollywood cuando era un manicomio. El Tom Cruise de 19 años ni aparentaba ser un animal interpretativo como Robert De Niro, ni poseía la fotogenia de Paul Newman, ni el carisma de Burt Reynolds o Jack Nicholson, pero sí que se le adivinaba la fuerza de voluntad y sobre todo la ambición de Warren Beatty, eso último fue lo que le permitió alcanzar el estrellato y demostrar todo aquello que los cazatalentos de la industria no terminaban de ver en ese chaval que se había ganado la vida como camarero y que estaba a medio hacer.

    Tom Cruise con 19 años y pidiendo a gritos una oportunidad © GettyImages

    Formó parte del reparto de la generacional «Rebeldes» de Francis Ford Coppola, tuvo su primer protagonista con «Risky Business» y a punto de cumplir 24 años ya tenía a la industria a sus pies con el rotundísimo éxito de «Top Gun». Ya asentado en la cumbre Cruise se empeñó en demostrar que era un actor de verdad y antes de buscarse un vehículo para su lucimiento interpretativo para que le premiaran dejó que fueran Paul Newman y Dustin Hoffman los que se ganasen el Oscar con «El color del dinero» y «Rain Man», la batalla de Cruise era no dejarse devorar, estar siempre a la altura de dos monstruos que son plenamente conscientes de ser los dueños del espectáculo. Oliver Stone con «Nacido el 4 de julio» fue el que le entregó en bandeja el papel de Ron Kovic, veterano de la Guerra de Vietnam fatalmente herido y activista antibelicista, que además de garantizarle su primera candidatura al Oscar le permitió a Cruise jugar en la misma liga de Paul Newman, Robert De Niro o Jack Nicholson, es decir, ser al mismo tiempo un garante de éxito y también de prestigio. En cuatro décadas de carrera ha trabajado con Francis Ford Coppola, los hermanos Ridley y Tony Scott, Martin Scorsese, Steven Spielberg, Brian de Palma, Michael Mann, Oliver Stone, Paul Thomas Anderson e incluso con Stanley Kubrick. Ha logrado sobrevivir a su propia mala fama dentro de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown debido a ser uno de los principales promotores de la Iglesia de la Cienciología, ese período de oscuridad cuando se prometió con la actriz Katie Holmes y sus salidas de tono en programas de televisión pudieron haber arruinado definitivamente su carrera.

    En «Nacido el 4 de julio» hizo uno de esos trabajos de transformación que son tan agradecidos y logró su primera nominación al Oscar © Universal

    Tom Cruise es el gran símbolo de un Hollywood que está en vías de extinción. Ha sido nominado en tres ocasiones al Oscar por «Nacido el 4 de julio», «Jerry Maguire» y «Magnolia». Ha podido ganar la estatuilla en este siglo XXI sabiendo que lo que más le gusta a la industria es que uno de sus máximos referentes tenga a toda la platea en pie mientras él recibe el galardón, pero ¿queda algo de la grandeza del Hollywood que le convirtió en una estrella?

    En «Magnolia» nos ofreció su interpretación más conectada a su historia personal y logró su última nominación al Oscar © New Line Cinema

    La última vez que Tom Cruise participó en los Oscars fue en el 2012 y le entregó el premio a la mejor película a la francesa “The Artist”. Esa aparición fue la señal de bendición que le concedió la industria tras superar el episodio más oscuro de su trayectoria y que estuvo a punto de arruinar definitivamente su carrera. Tenemos que remontarnos al año 2005. Tom Cruise prescinde de su publicista Pat Kingsley, una señora que podía aplacar con su mirada laxante a cualquier periodista atrevido, y confía en una de sus hermanas, Lee Anne DeVette, para que desempeñe tal labor. Se cometen dos errores garrafales, el primero, convertirse en el principal divulgador de la Iglesia de la Cienciología, y segundo, explotar al máximo su vida personal, algo que hasta ese momento era intratable pese al calado mediático de sus relaciones con Nicole Kidman y Penélope Cruz. Se anuncia su compromiso con la actriz Katie Holmes coincidiendo con la promoción de “La guerra de los mundos” de Steven Spielberg (protagonizado por él) y “Batman Begins” de Christopher Nolan (en la que estaba ella). La imagen de un Tom Cruise enamorado como un quinceañero saltando en el sofá de Oprah Winfrey, el embarazo de Holmes, la ingesta de la placenta de la criatura, la boda, monopolizar las promociones para hablar de otros temas que no fueran sus películas dañaron seriamente su imagen profesional hasta el punto de que la Paramount rescindió su contrato de colaboración. Ese fue el tortazo de realidad que le dio la industria. Enmendó el error. Eliminó lo que no era bueno, recurrió a Paul Bloch un publicista de reconocido prestigio, su vida personal y su labor ciencióloga pasaron a un segundo plano y desde su divorcio de Katie Holmes en 2012 no ha vuelto a exhibir a una mujer para promoverse. El público no quería ver a Tom Cruise desfasado en programa de televisión o inaugurando sedes de la Iglesia de la Cienciología, quería ver a Cruise haciendo lo que se le da mejor: ser una estrella de cine y para ello recuperó a Ethan Hunt y «Misión imposible IV: Protocolo fantasma» tuvo ese éxito espectacular que Tom Cruise necesitaba.

    Tom Cruise dando al público lo que quiere ver © Paramount

    El Tom Cruise que se convirtió en una estrella a mediados de los ochenta soñaba con ganar un Oscar. Buscó los mejores proyectos, trabajó con algunos de los cineastas más grandes y demostró su eficacia como intérprete, consiguiendo lo que es rematadamente difícil y más cuando todos en el set te hacen la pelota que es dejar que el otro se luzca, en ese sentido está espectacular en «Eyes Wide Shut». Después de estrenar «Collateral» con la que fue su compañero de reparto Jamie Foxx el que estuvo nominado a todos los premios del año dejó de intentarlo. Cruise fue consciente del cambio que estaba viviendo Hollywood, de la devaluación de la marca Oscar porque las películas hechas para ganar premios se alejaban cada vez más del acontecimiento. En el 2017 Tom Cruise hizo una excepción y protagonizó «Barry Seal» de Doug Liman, en donde se rescataba la historia del piloto de la TWA que se convirtió en camello y en confidente de la CIA, un film que estaba a medio camino entre las aspiraciones para estar en la carrera de premios y el mero entretenimiento pero al que de manera injusta no se le hizo demasiado caso. Las películas de los Oscars ni interesan a los grandes estudios, que crearon el espejismo de montar unas filiales antes de ceder el negocio a las pequeñas compañías, ni tampoco a los espectadores a no ser que creamos que determinadas películas son un éxito porque cuatro pesados de Twitter hablen constantemente de ellas, y las ceremonias también han dejado de interesar porque el consumo televisivo ha cambiado definitivamente, lo más recordado de la edición de este año ha sido el bofetón de Will Smith y probablemente el 95% de los que han visto el vídeo desconocen la película por la que Smith se llevó el Oscar.

    Tom Cruise en los Oscars de 2012 © GettyImages

    En una industria en la que se están sobreexplotando los conceptos, Tom Cruise ha apostado por exprimir su propia marca antes de claudicar ante aquello que le impida llenar las salas. Tom Cruise siendo una estrella de cine, ofreciendo momentos que sean virales en redes como esquivando podcasters en Malasaña, siendo un héroe de acción como Ethan Hunt, Jack Reacher o un piloto enganchado a la adrenalina como Maverick, llega a ese público que tan solo quiere evadirse. Tom Cruise a sus casi 60 años ni se ha hipotecado a Marvel/DC/Star Wars, ni se ha asociado a Netflix, ni ha dado el salto a la televisión para recuperar el esplendor. Tom Cruise está por encima de todo eso. Es el rey. Larga vida al rey.

  • Hablemos de Netflix

    Hace unas semanas Netflix vio que «CODA» se alzaba con el Oscar a la mejor película. Probablemente la trascendencia de los ganadores de los Oscars de esta última edición sea la misma que la de la sección del Horóscopo de una revista pero «CODA» ha sido la primera gran jugada de Apple TV+ en los Oscars. La que es probablemente una de las rivales más débiles en la guerra de las plataformas, por sus ambiciones y catálogo, supo ver el enorme potencial de la gran ganadora de Sundance 2021 y compró sus derechos por la asombrosa suma de 25 millones de dólares más la promesa de invertir otros tres en su campaña promocional. «CODA» a diferencia de «El poder del perro» de Jane Campion, la apuesta de Netflix, nunca fue considerada como una rival a tener en cuenta en los Oscars, ni por la industria ni muchísimo menos por los oscarólogos de salón. A pesar de haber sido un fenómeno en Sundance no era vista como una candidata de prestigio, más bien era mirada con bastante condescendencia por los sectores más elitistas, pero fue una película que comenzó a crecer porque aunaba la eficacia a la hora de resaltar la nobleza de los sentimientos y segundo, lo más importante, es una cinta que reivindica sin necesidad de machacarnos con su discurso, «CODA» da visibilidad a la comunidad sorda. El académico que la posicionó en los primeros lugares se sintió buena persona sin tener que pasar por el peaje de pagarle la fianza a un antifascista como cualquier celebridad con aspiraciones a ser adoptado por el movimiento woke. Todo lo contrario que “El poder del perro” cuya campaña comenzó a lo grande en el festival de Venecia, su inversión publicitaria ha sido mucho mayor, se enfatizó la importancia de que una mujer directora de prestigio utilizara el género cinematográfico de pelo en pecho por excelencia (el western) para deconstruir la masculinidad y se ha afeado a quienes no han comulgado con esta propuesta, fue el caso de Sam Elliot que durante varias semanas le dio alas a los consultores de Netflix y a los defensores del catecismo buenista de las redes por decir que la película es “un pedazo de mierda” fue tal la caña que le dieron y se vio amenazado por una posible cancelación que se sintió obligado a pedir disculpas. La de “El poder del perro” ha sido indudablemente una campaña antipática, y eso se ha convertido en la marca de la casa de Netflix. La compañía de Ted Sarandos ha realizado una inversión millonaria en sus campañas publicitarias para ganar el Oscar, fichó a Lisa Taback, la mejor consultora de la industria y ex mano derecha de Harvey Weinstein. Con sus campañas se están recordando los peores tiempos del innombrable y si a uno de los antiguos empleados de Miramax le cayó en la cara un cigarrillo encendido del magnate cabreado tras perder una importante película en el festival de Toronto, no es peregrino pensar que un día después de la victoria de Apple TV+ en los Oscars algún consultor de Netflix fuera invitado a un paseo por el desierto. Un dato curioso, en 1993-4 Harvey Weinstein utilizó la importancia de la figura de la mujer para promover “El piano” de Jane Campion, que luego se tradujo en los Oscars a sus tres mujeres principales, desde el 2017 Harvey Weinstein ha quedado como la máxima representación de la violación de los derechos y libertades de las mujeres en la industria del espectáculo. Moraleja, no lo entendáis como responsabilidad social sino como negocio.

    El de «CODA» ha sido un Oscar histórico aunque lamentablemente no haya despertado interés ©GettyImages

    Hace una semana las acciones de Netflix se desplomaron en la bolsa, cayeron un 38% y perdió más de 50. 000 millones de dólares. Fue la consecuencia en el mercado de valores después de que la compañía líder en streaming diera a conocer que había perdido suscriptores durante estos meses del 2022. Netflix tiene más de 220 millones de abonados repartidos por todo el mundo pero en lo que llevamos de año han perdido al mercado proveniente de Rusia (cerca de 700.000 clientes) debido a la retirada del servidor en el país tras la invasión a Ucrania y prevén que de aquí a que finalice este semestre se den de baja dos millones de usuarios. Los motivos son varios pero se puede resumir en: estamos jodidos. La compañía ha subido su cuota mensual, estamos inmersos en una crisis económica que está yendo a peor, y en esto de dejarse parte de la nómina en suscripciones a diferentes plataformas la que puede salir perdiendo sea precisamente la que no cuenta con un gran catálogo de fondo de armario ventaja con la que sí cuentan Disney +, HBO Max y Amazon Prime. Otra de las consecuencias ha sido la retirada de uno de sus inversores más recientes, William Ackman, del fondo de inversión Pershing Square Capital Management que en los últimos tres meses se hizo con un paquete de acciones de la compañía por 1.100 millones de dólares.

    «El juego del calamar» ha sido uno de los fenómenos del 2021 aunque no haya frenado la pérdida de suscriptores de Netflix © Netflix

    Netflix comenzó su andadura en el año 1997 como un servicio de alquiler de DVDs que se distribuían a través del correo postal, su evolución hacia el concepto actual que tenemos de esta plataforma comenzó una década después, inicialmente en los Estados Unidos y a partir del 2011 dan sus primeros pasos para conquistar el territorio internacional y también se aventuraron en la producción propia. Las series «Orange Is The New Black» y «House of Cards» fueron determinantes para que pensáramos que Netflix había llegado para cambiar al espectador su manera de consumir el audiovisual, ahora no tenía que programar el vídeo para grabar su serie favorita ahora tendría que suscribirse a una plataforma para poder disfrutar cuando le plazca de temporadas enteras y lo mismo sucedía con el cine ya que poco a poco su catálogo comenzaba a enriquecerse.

    Cuando contar con el doblemente oscarizado Kevin Spacey no era sinónimo de problema © Netflix

    Netflix consiguió su primera candidatura al Oscar en el año 2014 con el documental egipcio «The Square» y para asegurarse la conquista de la producción, exhibición y el prestigio que dan los premios reclutó a figuras tan importantes como David Fincher, Kevin Spacey (cuando era una persona decente) con la serie «House of cards», Alfonso Cuarón («Roma» premiada con el León de Oro en Venecia 2018) y aseguraron que Martin Scorsese pudiera rodar «El irlandés», un proyecto largamente gestado y al que ningún estudio quiso respaldar por ser demasiado caro y arriesgado. Garantizar «El irlandés» se convirtió en la jugada maestra de Netflix ya que la compañía fue vista como la salvadora de las causas inviables a través de los mecanismos convencionales, pero no todos los directores se llaman Martin Scorsese ni militan en el mismo equipo.

    «El irlandés» fue una película muy cara porque tenían que hacernos creer que Robert De Niro volvía a tener 40 años y tan tontos no somos © Netflix

    Por un lado quería ganar premios y también suscriptores con películas como «Roma» o más recientemente «El poder del perro» y series como «The Crown». Por el otro ofrecer productos golosos con los que entretener a la audiencia como «Los Bridgerton», «Emily in Paris» o «La vieja guardia» con Charlize Theron y también dar un enorme recorrido internacional a producciones locales como la serie surcoreana «El juego del calamar», la serie española «La casa de papel» o la película española «El hoyo», que fue uno de los títulos más vistos en la plataforma durante las primeras semanas del confinamiento en la primavera de 2020.

    Regé- Jean Page convertido en el protagonista de los sueños húmedos desde el estreno en Netflix de «Los Bridgerton» © Netflix

    De las diferentes plataformas que tenemos a nuestro alcance Netflix es la que está continuamente renovando su catálogo, ofreciendo estrenos todas las semanas y solamente hay que echarle un vistazo a sus próximos lanzamientos para comenzar a entender los motivos de la marcha de suscriptores de esta plataforma de streaming: la cuarta temporada de la serie «Stranger Things», un documental sobre la figura de Jennifer Lopez, el enésimo drama romántico protagonizado por una ejecutiva que se pone a tono con un peón de obra y programas que parecen descartes de hace 15 años de las cadenas generalistas no invitan a darse de alta.

    ¿Ha reventado la burbuja de Netflix?. La compañía ha revelado que invierte mucho más de lo que gana, sus películas las paga en un plazo de cinco años y aún no ha terminado de sufragar «El irlandés» de Martin Scorsese cuyo presupuesto superó los 250 millones de dólares, tampoco se encuentra entre los grandes éxitos de la plataforma ni garantizó el aumento de suscripciones.

    Lo que es evidente es que la compañía está haciendo un ejercicio de contención tanto en su producción como en sus compras. Eso sí, ya ha anunciado que se ha hecho con los derechos de lanzamiento de «Bardo» que supone el regreso a México del director Alejandro González Iñárritu (ganador de cuatro Oscars más uno especial) y cuyo rodaje se caracterizó por las deserciones y acusaciones de explotación y malos tratos. Tom Hardy estuvo a punto de partirle la cara durante el rodaje de «El renacido» y Liev Schrieber también tras la ceremonia de los Oscars del 2016 en la que el mexicano se hizo con su segundo Oscar consecutivo en la categoría de dirección por «El renacido». A Schreiber uno de los protagonistas de la oscarizada en dicha ceremonia «Spotlight» y pareja hasta unos meses después de Naomi Watts (que trabajó con «El negro» en «21 gramos» y «Birdman») le había llegado los comentarios del cineasta que le birló una novia a Luis Miguel en los que aseguraba que jamás trabajaría con Liev Schreiber porque le parecía un inútil. Netflix que se ha convertido en una de las herramientas para impartir de la doctrina del nuevo catecismo pop, sus documentales constantemente nos señala como malos ciudadanos porque carecemos de conciencia ecologista, racial o social, lo va a tener complicado para que Alejandro González Iñárritu se gane las simpatías de la prensa más ruidosa, especialmente la que cacarea en las redes sociales, aseguro que su jugada en España de repartir gominolas entre determinados voceros para promover una de sus series nacionales salió muy bien. Los de la Asociación de prensa extranjera en Hollywood puede que se vendan por viajes aquí siempre hemos tirado por lo bajo.

    La primera imagen de «Bardo» bien podría llamarse «Un tirano viene a verme» ©Netflix

  • El guantazo de realidad de los Oscars

    A nivel cinematográfico el año 1927 fue extraordinario. Probablemente uno de los más apabullantes de la Historia del cine porque a dicha cosecha pertenecen «Metrópolis», «Amanecer», «El enemigo de las rubias», «Napoleón», «Garras humanas» y también se estrenó «El cantor de jazz» que puso patas arriba al mundo del cine al ser la primera película sonora. En 1927 también sucedió algo que ha sido determinante para Hollywood y por extensión para el mundo del entretenimiento y también para la élite cultural que ve cualquier concesión al capitalismo de la industria como una herejía y que luego pierde el trasero por acudir al festival de Cannes, se creó la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas.

    Los primeros ganadores del Oscar en 1929 ©AMPAS

    En la segunda década del siglo XX la siempre pacífica comunidad de Tinseltown estaba sufriendo los efectos de su propia existencia. Hollywood se había convertido en sinónimo de escándalo. Fatty Arbuckle fue acusado de haberle provocado la muerte a una aspirante a luminaria llamada Virginia Rappe, fue sometido a tres juicios y aunque fuera absuelto e incluso el jurado le pidiera disculpas por el tormento fue condenado por la sociedad moralista y la industria. El caso del pobre Fatty fue paradigmático aunque no el único ya que también eran habituales las muertes por sobredosis de heroína (o el eufemismo de la peritonitis), los ingresos en algún centro de desintoxicación, las maratonianas jornadas de piernas abiertas en casa de Clara Bow o los crímenes como el del director William Desmond que salpicó a la estrella del cine mudo Mabel Normand. La sociedad protestante, mucho más que la católica, condenó a la comunidad fílmica por sus pecados e instaba al boicot e incluso al sabotaje en los cines.

    El otro problema que tenía Hollywood era el auge del sindicalismo. Los fundadores de la industria cinematográfica eran de origen europeo y exhibían su patriotismo estadounidense por miedo a ser calificados de malos ciudadanos. El ascenso de las ideas comunistas entre los trabajadores les hizo temer una intervención por parte del gobierno, perder el control del negocio, en definitiva. Louis B. Mayer, jefe y cofundador de la Metro Goldwyn Mayer, un emigrante ruso cuyo nombre real era Lazar Meir, ideó crear una organización para que mediara en los conflictos laborales sin la intervención de los sindicatos y para mejorar la imagen de la industria cinematográfica cuya cotización estaba por los suelos, no a nivel artístico sino mediático. La mejor herramienta para promover la excelencia de Hollywood fueron los premios que luego se llamaron Oscar, cuya primera ceremonia tuvo lugar el 16 de mayo de 1929. El otro mecanismo para erradicar el escándalo fue la autocensura con la implantación del Código Hays. Paulatinamente se fue consiguiendo aquello que los fundadores de Hollywood querían, mejorar su imagen de cara a la audiencia moralista y atar en corto a los disidentes aunque no por mucho tiempo ya que no se pudieron frenar a los grupos gremiales.

    Louis B. Mayer, el ideólogo de todo esto @GettyImages

    Es curioso que lo único que ha logrado trascender de la 94ª edición de los Oscars sea precisamente la abochornante secuencia de la bofetada propinada por Will Smith al humorista Chris Rock después de un chiste sobre el aspecto de Jada Pinkett, una broma obviamente de mal gusto pero que no lo era más que otras lindezas soltadas durante esta u otras ceremonias y que también va en el sueldo de una estrella nominada a un Oscar que está en oferta de simpatía mientras traga sapos y culebras escupidos por la gentuza de Hollywood. Smith diez minutos después de defender el honor de su señora ganó el Oscar al mejor actor por “El método Williams”, cuya campaña de promoción tuvo la inversión más fuerte de todas las candidatas. Will Smith ha podido perder una estatuilla que le ha costado una fortuna ganar, invirtió prácticamente todo su salario de 40 millones de dólares en su promoción, y prefirió renunciar a su condición de miembro de la Academia, por otro lado la junta de Gobernadores de la institución acordó el veto de la presencia del actor en los Oscars o en cualquier evento organizado por la Academia durante una década. Probablemente Smith, cuyos últimos años se han caracterizado por sus intentos para recuperar su estrellato y por convertir la vida de su familia en un culebrón explotado en las redes sociales, no consiga aguantar en Hollywood en los próximos 10 años y es bastante posible que el concepto que tenemos de los Oscars deje de existir en ese plazo. Lo que sí es seguro es que los fundadores de la Academia estarán bramando desde otra dimensión.

    Oscars 2022. El recuerdo © AMPAS

    Como bien ha dicho José Luis Garci hay algo que está podrido en la Academia y no solamente por un escándalo que de un golpe, nunca mejor dicho, se ha cargado la esencia de unos premios cuyo objetivo es fomentar la excelencia sino por las decisiones tomadas desde el año 2009 para tratar de adaptarse a las exigencias de la masa enfurecida con un teclado en la mano y la cadena de televisión ABC que ve que su «Superbowl» para marujas y mariquitas blancas (esto último son palabras de Chris Rock cuando debutó como presentador en 2005) interesa cada vez menos a la audiencia y con esto me refiero a la señora de Wisconsin no al grupo de autoproclamados gurús de los Oscars que desde su habitación con olor a pizza rancia se consideran expertos en estos premios porque leen tweets y se apuntan a las modas demandando casito. La ampliación del número de candidatas de cinco a las diez actuales, la eliminación de la ceremonia de los Oscars honoríficos y la imposición de la satisfacción de cuotas para no molestar a las minorías han abaratado la marca y nos han proporcionado imágenes tan humillantes como el Oscar al mejor actor ganado por Anthony Hopkins por «El padre» tirado por el suelo porque ese momento estaba reservado para rendirle un tributo al afroamericano Chadwick Boseman nominado a título póstumo por «La madre del blues».

    La situación que están viviendo los Oscars es una de las consecuencias de ese activismo buenista llevado a cabo por un grupo de privilegiados que desde su torre de marfil contemplan y tratan de dominar el mundo. El estado de California beneficia con exenciones fiscales a aquellas producciones que se adapten a las cláusulas de inclusión y que fomenten la justicia social. Una película no podrá optar a los Oscars si no se ajusta a estos imperativos. En la actualidad las obras audiovisuales se conciben para contentar a la prensa, crítica y redes sociales pero no por sus valores artísticos sino ideológicos. «El poder del perro» de Jane Campion iba a ser el “monstruo que arrasaría” de esta última carrera al Oscar pero no por acercarse a la excelencia cinematográfica sino porque es un western dirigido por una mujer en el que se deconstruye al macho alfa.

    «Bright Star» estrenada en 2009 no la vio nadie, Jane Campion todavía no era un referente para la crítica molona ©GettyImages

    A la señora de Wisconsin no le interesa meterse entre pecho y espalda una entrega de premios en la que un grupo de snobs imparten lecciones de moralidad a la audiencia. La señora de Wisconsin quiere disfrutar de un espectáculo ameno y buscar luego los trabajos premiados para verlos. A mí que no soy una señora de Wisconsin, que llevo siguiendo los Oscars desde antes de mi adolescencia y que incluso me he pasado demasiados años escribiendo sobre aspirantes, nominados y ganadores tampoco me interesan unos premios en donde la identidad y no el trabajo se ha convertido en un mérito, y me niego a ajustarme al canon ideológico porque eso no es fomentar la afición al cine y sus premios sino adoctrinar, también es verdad que no pretendo medrar, ni que una plataforma me monte un podcast, ya estoy vetada en alguno, y sexualmente no soy del género que se demanda en el que ha sido mi sector. Tras las últimas ceremonias siento una profunda tristeza por asistir al declive de algo que de alguna manera ha formado parte de mí, no quiero recordar los Oscars por el bofetón de Will Smith a Chris Rock, ni por el premio de Anthony Hopkins en el suelo, ni por el sobre equivocado que dio la victoria a «La La land» sino por Shirley MacLaine diciendo «Me lo merezco» cuando recogió el Oscar por «La fuerza del cariño» pero eso sucedió en 1984 y leyendas como ella escasean en este 2022.

  • El signo de los tiempos

    Estamos a muy pocas horas de que se celebre la 94ª edición de los Oscars. Los datos de audiencia de las pasadas ediciones han sido muy negativos y los de la gala del 2021 fueron catastróficos ya que se situaban por debajo de los 10 millones y ya congregar a menos de 30 millones supone una tragedia. La ABC y la Academia están nerviosas y más la cadena de televisión dependiente de Disney. Tal y como ha ido informando The Hollywood Reporter a lo largo de las últimas semanas las tensiones entre la Academia y la ABC han sido constantes, hasta el punto de que la cadena amenazó con suspender la ceremonia si no se eliminaban doce de los galardones de los considerados técnicos. Finalmente la Academia optó por ceder a la presión y acordó la supresión de ocho de los premios, en la ceremonia se emitirá un vídeo sobre su entrega, y recuperar la figura del presentador.

    El Oscar tratando de salvarse de la deriva ©GettyImages

    La gala estará dividida en tres bloques encaminados a diferentes sectores de la audiencia. Las maestras de ceremonias serán las actrices y comediantes Amy Schumer, Regina Hall y Wanda Sykes. Los productores no han echado el resto para escoger a unas presentadoras de alto perfil, al igual que tampoco han seleccionado a las figuras más icónicas de la industria para que participen en la gala. Pero es que en este momento los Oscars son una patata caliente a la que hay que quitarse de encima lo antes posible. Desde la edición de 2010 y con la salvedad de Ellen DeGeneres (antes del repudio porque ha vivido lo suficiente para pasar de heroína a villana) no ha habido una figura capaz de hacer de los Oscars un gran show que pudiera atraer a una audiencia numerosísima de espectadores. Cuando a la desesperada se reclutó a Billy Crystal, uno de los maestros más icónicos de la historia de los Oscars, no resultó nada agradable ver a un presentador que ya no encajaba ni con el espectáculo, ni con la audiencia ni con el Hollywood del siglo XXI.

    Las presentadoras de los Oscars 2022 ©AMPAS

    En estos días no hemos dejado de ver vídeos en las redes sociales sobre las intervenciones memorables en los Oscars de Bob Hope, Fred Astaire, David Niven, Elizabeth Taylor, Paul Newman e incluso con la aparición de una Katharine Hepburn en pijama, en una clara exhibición de arrogancia que le hizo creerse por encima del resto. Ese Hollywood ya no existe. Para la gala de este año se ha vendido un homenaje al cincuenta aniversario de «El padrino» y lo propio sería reunir a quienes quedan del mítico film de Francis Ford Coppola, eso coincide también con la estrella en el paseo de la fama que por fin ya se la han pagado al cineasta, y solamente los más nostálgicos estarán pendientes de ello, al resto le dará igual o estará esperando al meme.

    Elizabeth Taylor y Paul Newman entregaron el Oscar a la mejor película en 1992 ©GettyImages

    Hollywood ha sido desde sus inicios un cementerio de elefantes. No es la excepción al mundo en el que vivimos y en donde o hacemos el esfuerzo para adaptarnos a los nuevos tiempos, aunque es posible que hagamos el ridículo, o lo más probable es que pasemos al ostracismo. Louise Brooks pasó de trabajar como actriz, ser una it girl para la moda y protagonizar «La caja de Pandora» a ser una dependienta de unos grandes almacenes neoyorquinos. Lo mismo le sucedió a Veronica Lake y a tantas otras luminarias y no solamente de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown.

    Probablemente Leonardo DiCaprio sea la última gran estrella de ese concepto que hemos tenido de Hollywood como meca del cine, alguien tan excepcional que ha estado por encima de la tiranía de la industria y que no ha tenido que meterse en títulos alimenticios o que fueran un peaje. DiCaprio hizo que «El renacido», por la que recibió el Oscar al mejor actor en 2016, rebosara las salas a pesar de que no era una película de masas y también consiguió que «No mires arriba» de Adam McKay se convirtiera en un éxito histórico para la plataforma Netflix. Él tiene ese poder y muy pocos en el Hollywood surgido en el siglo XXI pueden equipararse a eso. Hoy confundimos a una estrella por el número de seguidores que tenga en las redes sociales y luego no es capaz de generar interés cuando estrena una película, por eso cada vez más son los actores que se reciclan en el mundo publicitario de las redes.

    Leonardo Dicaprio es una de las pocas estrellas de este siglo XXI que realmente conoce la señora de Wisconsin ©GettyImages

    Los Oscars son la mayor expresión de Hollywood y están sufriendo la indefinición de la industria y el star system. Es el signo de los tiempos. Los hábitos de consumo han cambiado. Vemos el cine a través de las plataformas en cualquier dispositivo móvil y preferimos YouTube o Twich antes que la televisión convencional. La retransmisión de los Oscars es ahora mismo lo más parecido a un botellón vía Zoom, estaremos más pendientes de vivirlo a través de las redes sociales y de la cobertura en diversos canales que de atender realmente a la gala. Mientras se adaptan al modelo del siglo XXI a los Oscars le tocarán seguir atravesando el desierto hasta que lleguen a un oasis si no es que perecen por el camino, y por el paso que van cada vez más me decanto por lo segundo.

  • Recuperando el Código Hays

    El pasado 13 de febrero la cadena de televisión británica Channel 5 emitió el clásico de Blake Edwards «Desayuno con diamantes» y los espectadores de este film protagonizado por Audrey Hepburn, en la cumbre de su belleza, y George Peppard se dieron cuenta de que se había prescindido del señor Yunioshi, el vecino japonés protestón interpretado por Mickey Rooney. «Desayuno con diamantes», basado en un relato de Truman Capote, se estrenó en 1961 y ya en su momento se consideró que la encarnación de Rooney era una caricatura y el propio actor se mostró arrepentido por haber enfocado el papel de una manera tan hiriente. Previamente a este movimiento de Channel 5, dependiente de Paramount, se ha advertido a la audiencia de que el contenido no se ajusta a la corrección política.

    En 1961 se pasó un corte que en 2022 es intolerable ©Paramount

    Hulu ha retirado de su plataforma cinco episodios de la veterana comedia «Colgados en Filadelfia» porque uno de sus personajes se pinta la cara de negro. «Colgados en Filadelfia» que en breve aterrizará en Disney + en su formato censurado es una serie que se caracteriza por romper continuamente los cánones de la corrección política pero que no duda en condenar las acciones de unos personajes que son perfectamente reconocibles en el mundo real. Lo mismo sucede con otras comedias emblemáticas de este siglo XXI como son «The office» y «Community», alojadas en Netflix, y de las que han eliminado dos episodios por actitudes racistas. Previamente HBO Max sacó momentáneamente de su catálogo «Lo que el viento se llevó» después de las protestas de algunos suscriptores por blanquear la esclavitud, finalmente la plataforma dependiente de Warner, repuso el clásico concebido por David O. Selznick advirtiendo de su contenido.

    Una serie que expone a lo peor de la sociedad pero sin los subrayados que exige la comunidad © Disney +

    Ese afán revisionista, tan propio de alguien con aspiraciones púbicas que mira entre sus tweets por si hay algo inapropiado, se debe al ascenso mediático de los movimientos sociales nacidos en Twitter, especialmente #BlackLivesMatter y #MeToo. En el año 2013 el vigilante jurado George Zimmerman fue absuelto por la muerte del adolescente afroamericano Trayvon Martin y en las redes sociales se iniciaron unas protestas bajo el lema #BlackLivesMatter que con el paso de los años fueron adquiriendo un significado social y que se tradujeron en los disturbios en Ferguson en 2014, las manifestaciones por diversas ciudades no solamente de Estados Unidos a raíz de la muerte de George Floyd en 2020 y que han condicionado las últimas campañas presidenciales en los Estados Unidos. En el otoño de 2017 The New York Times desenmascaraba a Harvey Weinstein como un depredador sexual. Los hechos fueron condenados en las redes y se creó en Twitter el movimiento #MeToo para que se denunciaran situaciones de acoso y violencia sexual.

    Justin Trudeau, el colmo del buenismo ©GettyImages

    Los movimientos #BlackLivesMatter, #MeToo y en menor medida el activismo «queer» realizan esfuerzos para condicionar el mundo de nuestros días y han derivado en el nacimiento de los «Woke» de los «despertados» que se han convertido en guerrilleros contra la desigualdad social, como las «criaturas» de «La parada de los monstruos» que vengaron a uno de los suyos cuando fue atacado por quienes representaban a la sociedad opresora . Son los herederos de los feligreses de las iglesias de inicios del siglo XX, los que condenaron a Hollywood por promover la inmoralidad a través del cine y los que en parte llevaron a la industria a crear el «Código Hays» como mecanismo de autocontrol. Como bien dice mi admirada Rosa Belmonte el twittero que pone el grito en el cielo por la proyección de «Lo que el viento se llevó» en una sala de cine o por los desnudos femeninos en el Museo del Prado es como una señora desmayada del siglo XVIII a la que hay que darle unas sales.

    Llegará el día en el que se quiera borrar la película de la memoria colectiva © Warner

    El «Código Hays» murió de manera oficial en el año 1968. En realidad ya llevaba unos años en desuso y más de medio siglo después de su enterramiento se ha recuperado para apaciguar los ataques de los despertados. La era woke ha llevado a las plataformas a iniciar una cura de desintoxicación, para someter a su catálogo a las cláusulas de corrección política, y la producción audiovisual ha de cumplir las condiciones de inclusión para poder beneficiarse de las ventajas fiscales y en el caso del cine optar al Oscar a la mejor película. El revisionismo también nos ha traído de vuelta a los tribunales de la Santa Inquisición en donde un grupo selecto se dedica a perseguir a los creadores del pasado que no se ajusten al catecismo del siglo XXI. Lo grave es que algo que estaba limitado a un grupo de twitteros con ansias de protagonismo se ha institucionalizado.

    El «Código Hays» como mecanismo de Hollywood para lavar su imagen también impuso cláusulas de moralidad. La homosexualidad, la promiscuidad femenina, el alcoholismo y las adicciones a las drogas no se toleraban en la siempre pacífica comunidad de Tinseltow. Una de las víctimas del Código Hays fue William Haines. Antes de que el Código Hays entrara en vigor era una de las estrellas más importantes de la Metro Goldwyn Mayer pero tenía un problema, era homosexual y se negaba a mantenerse encerrado en el armario. Vivía con su novio, Jimmy Shields, y en 1933 el actor fue arrestado cuando se hizo una redada en un antro y le pillaron catando la hombría de un marine. Louis B. Mayer hizo elegir a Haines entre su carrera, aceptando un matrimonio de conveniencia con alguna secretaria del estudio, o su pareja. Haines escogió lo segundo y dijo adiós a sus días como actor. En el futuro junto a su novio triunfó como decorador, convirtiéndose en el más demandado en Hollywood. La leyenda dice que Haines fue el peaje que tuvo que pagar Clark Gable para trepar en la MGM y que era algo que sabía George Cukor y que por ese motivo el «Rey» logró que le despidieran como director de «Lo que el viento se llevó».

    William Haines sí que fue valiente y no el twittero que denuncia que le miran mal en el súper por comprar mascarillas rosas © GettyImages

    Haines renunció a una carrera exitosa porque quería defender su integridad personal, vivir plenamente su sexualidad y compartir su vida con el hombre que amaba. Todo un ejemplo de valentía y no lo de Eddie Redmayne arrepintiéndose de haber interpretado a una mujer trans en «La chica danesa» básicamente porque quiere seguir trabajando o lo de la Marvel incluyendo una escena de un beso entre dos hombres en «Eternals» y alardear de ello en el primer mundo y eliminando la escena de marras en los países en los que la homosexualidad está institucionalmente perseguida.