El primer fin de semana del mes de septiembre Telluride se convierte en el centro de la actividad cinematográfica de los Estados Unidos. No deja de ser curioso que una localidad tan pequeña del estado de Colorado, con una población que apenas llega a los 3.000 habitantes, y en el que no hay cines sea el principal laboratorio de Hollywood para testar sus apuestas del último trimestre del año, principalmente las que buscan el prestigio. Este certamen nació para evitar el colapso económico tras el cierre de las minas. Inicialmente se buscaba la inocencia de quienes están al margen de los caprichos de Hollywood, pero la voracidad de internet y de la industria se han cargado su esencia, haciéndole ganar enemigos como los festivales de Venecia y Toronto.

El festival de Telluride fue fundado en el año 1974 por el Consejo de las Artes y Humanidades, conformado por Tom Luddy, James Card, Bill y Stella Pence, que decidieron desvincularse de la organización en el año 2007. En sus orígenes se buscaba revitalizar una comunidad que había dejado de ser próspera. La década de los setenta supuso el fin de la actividad minera. A mediados del siglo XIX se descubrieron que las minas de San Juan eran muy ricas en depósitos minerales pero en 1972 se cerraron porque ya no quedaba nada. Eso dejó a la población de Telluride sentenciada. Buena parte de sus habitantes que trabajaban en las minas tuvieron que emigrar y el resto quedó dedicándose a la ganadería o convirtiendo a esa localidad de Colorado en una importante área de esquí. Se decidió apostar por la cultura para atraer a la zona al mundo de las artes y vender las bondades de la comunidad. Desde el año 2010 el festival de Telluride se ha asociado con la Escuela de Teatro, Cine y Televisión de la Universidad del Sur de California. Ambos han creado el programa FilmLab que está enfocado a la producción cinematográfica. Ha sido una inyección económica importante para la población ya que Telluride ha servido de plató para producciones como «Los odiosos ocho» de Quentin Tarantino. Una obra de The Weinstein Co y que costó 44 millones de dólares.

Telluride era un evento cultural más, enfocado al homenaje a las figuras clásicas del mundo del cine y la promoción de las obras de autor y de otras cinematografías sin el carácter competitivo de otros certámenes, pero fue Harvey Weinstein el que descubrió su potencial como laboratorio de futuros éxitos. Tenía dudas con respecto a «Juego de lágrimas» de Neil Jordan y en el año 1992 decidió testarla con el público de Telluride. Pese a que tocaba cuestiones muy arriesgadas, los espectadores quedaron fascinados con aquella historia de amor entre un terrorista del IRA y la pareja transexual de una de sus víctimas. «Juego de lágrimas», que coincidió en la programación con «Reservoir Dogs» de Quentin Tarantino, se convirtió en un éxito en los Estados Unidos, consiguió cinco nominaciones al Oscar y Neil Jordan se llevó el premio de la Academia al mejor guión original. A Weinstein la jugada le salió redonda y hasta el otoño de 2017, fecha en la que se produjo su caída tras destaparse su historial de abusos sexuales, siempre se dejó ver. Entre las montañas de Colorado comenzó la promoción en Norteamérica de «El discurso del rey» de Tom Hopper (días después se haría con el premio del público de Toronto) y «The Artist» de Michel Hazanavicius que fueron sus últimas grandes gestas en los Oscars al coronarse con el premio a la mejor película en las ediciones de 2011 y 2012.

La edición que determinó el rumbo del festival de Telluride y que lo convirtió en el primer gran acto de campaña de cara a los Oscars fue la celebrada en el año 2008. Fox Searchlight organizó la presentación fuera del programa de «Slumdog Millionaire» de Danny Boyle. Dos meses antes de su premiere la compañía dependiente de la Fox había acudido al rescate de la película que había rodado Danny Boyle en la India sobre los niños de la calle porque cuando Warner cerró su división independiente quiso quitársela de encima estrenándola directamente en DVD. El éxito cosechado por «Slumdog Millionaire» fue monumental y armó el ruido suficiente para que semanas después se hiciera con el premio del público en el festival de Toronto. A finales de febrero de 2009 «Slumdog Millionaire» era un fenómeno en la taquilla, se había llevado prácticamente todos los premios de la crítica y no le costó hacerse con ocho premios Oscar frente a una competencia inexistente.

A raíz del éxito en Telluride de «Slumdog Millionaire» y del ruido que generó en internet, que le allanó el camino para su triunfo en Toronto, Hollywood se dio cuenta del potencial que tiene un festival organizado en un lugar en el que hay más cabezas de ganado por metro cuadrado que habitantes. El despliegue mediático es cada vez mayor, hasta el año 2008 su número de acreditados era bastante limitado, destinado principalmente a blogueros con pijama, y ahora los principales medios de comunicación envían a sus críticos a Telluride. En la actualidad el festival de Telluride se considera el primer gran acto de campaña. Las agencias y los publicistas de las compañías presionan para que se organicen homenajes a las estrellas con películas que buscan estar en la carrera al Oscar.

Teniendo en cuenta la importancia que se le da a Telluride en cualquier campaña, en el año 2019 Martin Scorsese se dejó ver en el certamen como sorpresa en un homenaje brindado al actor Adam Driver que promovía «Historia de un matrimonio». El verdadero propósito de su visita era que se hablara de «El irlandés», el gran estreno de Netflix para esa temporada. En «El irlandés» la compañía en streaming había invertido un total de 225 millones de dólares, y se había convertido en la samaritana de aquellos proyectos arriesgados que de manera convencional no habrían conseguido financiación. La mera presencia del cineasta en Telluride, de la mano de Ted Sarandos, era suficiente para que la maquinaria promocional del film se engrasara y crear expectación entre la comunidad cinéfila. Fue un decisivo primer paso para iniciar una carrera que lamentablemente no se tradujo en un éxito. «El irlandés» no proporcionó nuevos clientes a Netflix, ni se encontró entre sus títulos más vistos y tampoco ganó premios. Pero su caso ha sido excepcional. Difícilmente se hubieran dado las victorias de «12 años de esclavitud» de Steve McQueen y «Moonlight» de Barry Jenkins en los Oscar si estas no hubieran pasado con gran fortuna por Telluride. El ruido mediático en torno a ambas ayudaron a que se convirtieran en dos opciones cómodas de cara a la temporada de premios.

Este año se celebrará entre el 31 de agosto y el 4 de septiembre. Es tan particular que su programación se da a conocer horas antes de su inicio. Conforme fue ganando relevancia se buscó problemas con sus principales competidores, Venecia y Toronto, especialmente con el primero ya que coinciden. A la Mostra no le sentó nada bien que Telluride le robara la primicia de algunos títulos de peso, entre ellos el de la oscarizada «Spotlight» de Tom McCarthy, y desde la edición del 2016 obliga que se le dé prioridad a Venecia a la hora de proyectar por primera vez una película que esté en ambas programaciones. A Alberto Barbera ya le resulta bastante desagradable que a mitad de cada edición de Venecia haya una desbandada de acreditados porque se van a cubrir Toronto, como para tener que aguantar a un festivalito pequeñito que le ha ido robando cada vez más la atención de Hollywood.

Aunque Hollywood esté paralizado debido a las huelgas de guionistas y actores la actividad festivalera no se va a ver afectada. SAG/AFTRA (el sindicato de actores) ha firmado un acuerdo interno que permite a los intérpretes promover aquellos títulos independientes, producidos al margen de la Alianza de Productores, programados en los festivales de otoño. Así que Telluride, Toronto, Venecia y Nueva York se han librado de convertirse en un páramo. Las luminarias de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown se dirigirán a la pequeña Telluride con el mismo entusiasmo que una moderna de Malasaña a un pueblo de la España vaciada, buscando el exotismo entre reses y descubriendo horrorizadas que la red va a pedales.
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