El 26 de febrero de 1942 tuvo lugar la 14ª edición de los Oscars y durante esa velada una de las protagonistas, Olivia de Havilland, candidata a la estatuilla por «Si no amaneciera», sintió que había tocado fondo. En primer lugar, vio que su hermana Joan Fontaine, a quien detestaba desde el momento de su concepción y que con todo ese desprecio que era mutuo era la segunda persona a la que más odiaba del planeta, le ganaba en la categoría de mejor actriz por su trabajo en «Sospecha» de Alfred Hitchcock. En segundo lugar, tenía la certeza de que Jack Warner le estaba arrastrando a una carrera mediocre y era explotada por una compañía que consideraba que tenía más éxito del que le correspondía. Olivia de Havilland que en ese momento tenía 26 años, siempre se había caracterizado por su vitalidad y su afición a los deportes de riesgo, pero llevaba varios años arrastrando severos problemas de salud y batallando contra una depresión por culpa del estrés. Además, toda esa frustración le hizo ser muy puñetera en los rodajes de aquellas películas que para ella eran basura y se ganó a pulso la fama de ser altiva y muy mala profesional. Un año y medio después de vivir la peor humillación de su vida, Olivia de Havilland se puso en manos del mejor abogado de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown para poner patas arriba la industria.

Olivia de Havilland tenía solamente 17 años cuando en 1934 llegó a Hollywood. No era una aspirante a luminaria más que encontraba en la meca del cine un refugio para huir de la pobreza. Ella sentía que descendía de la pata del Cid. Era de origen noble, perteneciente a la milenaria estirpe británica de los de Havilland, y junto a su hermana Joan había nacido en Tokio ya que su padre era un prestigioso abogado especializado en patentes que trabajaba para el gobierno japonés. Walter de Havilland arrastraba los efectos de la endogamia de sus ancestros puesto que durante sus últimos años fue devorado por la locura. Cambió a su mujer por una geisha, cuando sus hijas eran muy pequeñas, denunció que su famosa prole le tenía abandonado y antes de eso trató de chantajear a la RKO, estudio en el que estuvo vinculada Joan Fontaine durante sus primeros años, para no publicar un relato erótico de su autoría en el que la protagonista era su hija. Olivia de Havilland no solamente era una joven bendecida con el don de la belleza, no era una diosa del sexo como Joan Crawford, pero sí alguien fotogénico y de rostro muy dulce del que destacaban sus enormes ojos marrones. Además, poseía talento, determinación y había sido instruida por su madre, Lilian, que había depositado en su hija mayor las esperanzas para que llegara a ser alguien en el mundo del espectáculo, algo que ella no pudo lograr.
Olivia de Havilland fue descubierta por el prestigioso productor y director teatral Max Reinhardt que buscaba a jóvenes talentos para poner en pie «Sueño de una noche de verano» en Hollywood., una obra que la propia Olivia ya estaba interpretando y le tenía inmersa en una gira. Como buen diamante que tenía en su manos, el precursor del teatro moderno, se encargó de pulir a la actriz principiante y recomendó su fichaje para la adaptación cinematográfica que iba a producir para la Warner. Jack Warner quedó deslumbrado por la frescura de Olivia de Havilland y le ofreció un contrato con el estudio. La Warner era una compañía muy masculina, alcanzó la gloria gracias al cine negro y a las producciones de aventuras protagonizadas por Errol Flynn, y tenía a las mujeres relegadas a un segundo plano. Jack Warner había fichado a Olivia de Havilland pero no sabía muy bien qué hacer con ella, así que lo mejor que encontró para la actriz eran los papeles de florero en producciones nada memorables. Olivia de Havilland alcanzó la notoriedad gracias a su emparejamiento con Errol Flynn, de quien se enamoró locamente pero que luego llegó a repudiar, en títulos como «Capitán Blood» y sobre todo «Robin de los bosques».

Desde su entrada en la Warner en 1934, Olivia de Havilland sentía que no estaba haciendo nada relevante en el estudio y que solamente podía aspirar a algo mejor cuando era cedida a otra compañía, y siempre era porque a Jack Warner le convenía tener a una estrella de peso para uno de sus proyectos. Fue así como le llegó la gran oportunidad de trabajar en «Lo que el viento se llevó» que estaba produciendo David O. Selznick. Olivia de Havilland había demostrado que el papel de Melanie Hamilton había sido concebido para ella porque era capaz de transmitir calidad humana y una extraordinaria dignidad. A Jack Warner la idea de que Olivia de Havilland estuviera en el proyecto más ambicioso que se había concebido en Hollywood le repugnaba porque si funcionaba bien le iba a convertir en una gran estrella y eso era imposible de gestionar en alguien que se estaba caracterizando por ser un incordio en los rodajes. Cuando a Olivia de Havilland no le gustaba la película en la que estaba, y eso en la Warner era la tónica habitual, lo transmitía con su comportamiento, llegando tarde y discutiendo con todo el mundo. Jack Warner decidió aplacar la rebeldía de su empleada no dándole descanso, haciéndole compaginar varias producciones a la vez. Ante la notoriedad alcanzada por Olivia de Havilland por su inclusión en «Lo que el viento se llevó» él decidió vengarse, haciendo de la experiencia un verdadero infierno. Le obligó a rodar al mismo tiempo una película mediocre, le prohibió acudir al estreno y hacer promoción, y como ella se saltó las normas le castigó con la suspensión de empleo y sueldo durante unas semanas. Cuando la recuperó la relegó a proyectos menores y le hirió de lleno en su orgullo al ofrecerle a Joan Fontaine protagonizar «La ninfa constante», sabiendo que era un papel soñado por Olivia y que a su actriz no le podía reventar más la proyección que estaba alcanzando su odiada hermanita que había sido lanzada al estrellato gracias a «Rebeca» de Alfred Hitchcock.

Olivia de Havilland había logrado dos nominaciones al Oscar por sus trabajos en «Lo que el viento se llevó», como actriz de reparto, y «Si no amaneciera» como actriz principal. Ambos fueron desarrollados fuera de la Warner, «Lo que el viento se llevó» fue una misión suicida emprendida por David O. Selznick como productor independiente, y «Si no amaneciera» era un proyecto desarrollado en la Paramount. Si hoy en día, con la cotización de los Oscars en el subsuelo, cualquier aspirante a la estatuilla adquiere un estatus superior, en el año 1942 suponía realmente estar en la liga de campeones. Con 26 años, dos candidaturas y habiendo cautivado a la crítica y el público con su sola presencia era para estar en producciones que supieran explotar su talento, y más teniendo en cuenta que durante la Segunda Guerra Mundial se estaba viviendo el esplendor de las películas protagonizadas por mujeres que se aprovechaban de un público mayoritariamente femenino. Olivia de Havilland no formaba parte del plantel de grandes estrellas de la Warner, con Bette Davis a la cabeza en su división femenina, sino que era una intérprete más de la plantilla con el defecto de poseer un concepto demasiado elevado de sí misma. Olivia de Havilland le guardaba un enorme rencor a Jack Warner que ya había pasado a ser un odio africano. Le responsabilizaba de una carrera mediocre, de su deterioro físico y mental, sorprende que la actriz llegara esplendorosa a los 104 años con episodios de anemia que estuvieron a punto de llevarle a la tumba durante su juventud, y de los castigos más severos cada vez que su talento era reconocido fuera de la compañía.

Tras vivir una experiencia tortuosa durante el rodaje de «Predilección», que pese a girar en torno a las hermanas escritoras Emily y Charlotte Brontë apuntaba a despropósito, la actriz dio por terminada su vinculación con la Warner. Llevaba casi nueve años en el estudio y había sido suspendida seis veces. Se veía condenada a permanecer en la compañía hasta que Jack Warner se la quitara de encima y sin posibilidades de continuar con su carrera. Desesperada, sumida en la depresión y con ataques de ansiedad constantes, en agosto de 1943 visitó al célebre abogado Martin Gang que le dio la clave para poder demandar al estudio. La salvación para Olivia de Havilland se encontró en una antigua ley antipeonaje del estado de California que limitaba a los siete años el tiempo en que una empresa puede exigir el cumplimiento de un contrato en contra de la voluntad del trabajador. La actriz, con el respaldo del sindicato de actores, exigió una declaración de desagravio en la Corte Superior de California.

Lo que estaba haciendo Olivia de Havilland era una temeridad porque podía ser el fin de su carrera. Jack Warner hizo todo lo posible para destrozar a la actriz ante la opinión pública, pagó tribunas en los medios de comunicación para retratar a la víbora que encarnó a la bondad personificada en «Lo que el viento se llevó», le puso en una lista negra, amenazó a cualquier productor que se atreviera a darle trabajo y castigó a los empleados que mostraran su apoyo. Desde la distancia, Olivia de Havilland contó con el respaldo de Bette Davis, apodada en sus años de esplendor artístico «La cuarta hermana Warner», que pasó de considerar una pésima profesional a Olivia a ser su confidente y admirarla profundamente porque fue capaz de llegar hasta el final en su enfrentamiento con Jack Warner, algo que la propia Davis no logró años atrás.

El juicio que podía cambiar el rumbo de la industria fue seguido al detalle por la prensa y en marzo de 1944 la justicia falló a favor de Olivia de Havilland. Jack Warner presentó una apelación que perdió en diciembre de ese mismo año. Olivia de Havilland ya era libre para poder confeccionar una carrera a su medida, siempre y cuando estuviera en manos de los agentes adecuados. En 1946 regresó por la puerta grande con «Vida íntima de Julia Norris» de Mitchell Leisen, un melodrama sobre una adinerada mujer que en su juventud se vio obligada a desprenderse de su hijo, que le proporcionó el Oscar a la mejor actriz, tres años después se coronaría con «La heredera» de William Wyler que le dio el segundo. Las críticas cosechadas por «Vida íntima de Julia Norris» fueron fabulosas y Jack Warner quiso vengarse estrenando «Predilección», que llevaba tres años guardada en un cajón, pero su última jugada no tuvo ningún efecto.

El caso de Olivia de Havilland marcó un punto de inflexión en Hollywood. Hirió profundamente al sistema de estudios que confiaba en los contratos de larga duración, para pagar muy poco por sus actores en nómina con la justificación de la inversión que se hacía en promover e incluso formar a sus estrellas, teniendo en cuenta que en su mayoría partían desde cero. El fallo vino a dar la razón a los vinculados al comunismo en Hollywood que se mostraban contrarios a este tipo de contrataciones. Pero más que los actores, los principales beneficiados fueron los agentes que constantemente se quejaban de que no podían llegar a acuerdos independientes para sus clientes, de esta manera podrían negociar al alza y apretar más a las compañías. En realidad, controlar el negocio. De hecho, dos años después de salir victoriosa ante la Warner, Olivia de Havilland denunció a sus agentes, Jimmy Townsend y Phil Berg, por obligarle a aceptar rodar la película «Abismos», que finalmente hizo la Fontaine, ya que ellos tenían intereses en su producción, les acusó de hacerle perder ingresos e incluso de sobornos.
Tras protagonizar la batalla judicial que marcó el rumbo de Hollywood, y que terminó derivando en una ley, Olivia de Havilland se convirtió en una de las mejores actrices de Hollywood, demostrando versatilidad y fortaleza con sus personajes. Ganó dos premios Oscar por «Vida íntima de Julia Norris» y «La heredera» y pudo habérselo llevado también por «Nido de víboras», donde también estaba superlativa. El papel que le dio la inmortalidad fue el de Melania Hamilton de «Lo que el viento se llevó». Ella estaba enamorada de ese personaje, a diferencia de todas las actrices de Hollywood que soñaban con interpretar a Escarlata O’Hara. Le cautivó por su bondad y sobre todo por su fortaleza y dignidad, cualidades que le ayudaron a no flaquear ante la adversidad. Olivia de Havilland tenía muy poco que ver con Melania Hamilton. Su arrogancia y su carácter conflictivo eran sobradamente conocidos en Hollywood, pero sí que tuvo la fortaleza y la dignidad que le permitieron batallar hasta el final.

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