La noche del 29 de marzo de 1989 la siempre pacífica comunidad de Tinseltown se sintió como esa catequista de Malasaña escuchando una antología del recientemente fallecido humorista Arévalo, abochornada y pidiendo las sales. Lo que despertó tanta indignación fue la 61ª edición de los Oscars de cuya producción se encargó Allan Carr, el tipo que alcanzó lo más alto con el musical «Grease» también lo más bajo con «¡Que no pare la música!» de los Village People, y que había concebido en su primer tramo un homenaje al Hollywood dorado y a uno de los géneros que lo engrandecieron, el musical. Algo muy bien intencionado pero que terminó siendo una exhibición que solamente entendieron los amantes de lo kitsch, para el resto fue como ver a Gene Kelly y Olivia Newton John entre patinadores en el salón de una discoteca de «Xanadú», algo tan desfasado que ni siquiera invitaba al placer culpable. La Academia y la ABC estaban preocupados porque en las últimas ediciones se estaba notando una pérdida de interés por parte del público, en las ceremonias en las que se consagraron «Platoon» y «Memorias de África» se bajó de los 40 millones de espectadores, ahora se mataría por conseguir la mitad, y recurrieron a la desesperada a Allan Carr, alguien tan conocido por su extravagancia como por su talento para el marketing. Hollywood tenía a Allan Carr como un señor Lobo vestido con un abrigo de visón pero aquella vez le pagó el favor con un linchamiento.

“Rain Man» se consagró como la mejor película de la cosecha, alzándose con cuatro de los galardones principales, película, dirección para Barry Levinson, actor para Dustin Hoffman y guión original. Hoffman entró a formar parte de esa privilegiada lista de actores que hacen doblete en la categoría principal. Jodie Foster ganó su primer Oscar por interpretar a una mujer violada en «Acusados», tres años después se llevaría el segundo por la icónica Clarice Starling de «El silencio de los corderos», Geena Davis se lo llevó como actriz de reparto por «El turista accidental» y Kevin Kline logró la proeza de ser reconocido con el Oscar por una interpretación puramente cómica realizada en «Un pez llamado Wanda». Pedro Almodóvar consiguió su primera nominación al Oscar por «Mujeres al borde de un ataque de nervios» y decidió ningunear a su protagonista, Carmen Maura, al negarle un asiento a su lado, un gesto que supuso el final de una etapa. Todo eso quedó en un segundo plano.
Aquella ceremonia no tuvo presentador así que nadie tuvo que aguantar el chaparrón por pronunciar un monólogo con unos cuantos chistes sin gracia. Para Allan Carr se cumplía el sueño de producir el mayor espectáculo televisivo del año y se propuso revolucionarlo, alejarlo del aburrimiento y también de la cursilería. Convirtió el escenario en un fastuoso club nocturno, lugar familiar para alguien que había hecho de la fiesta el motor de su vida y que se había construido una discoteca en su mansión, le confió a Marvin Hamlisch la dirección musical, le brindó un homenaje a Bob Hope, el maestro de ceremonias más legendario que ha tenido los Oscars, y a Lucille Ball que casualmente realizó su última aparición pública ya que falleció cuatro semanas después. Carr convirtió a una actriz llamada Eileen Bowman en «Blancanieves» que era la gran protagonista del primer tramo musical. Con una voz muy aguda, especialmente molesta, se encargaba de dar la bienvenida a los invitados o presentar a leyendas como Vincent Price, Alice Faye o Roy Rogers, se ayudaba también de la sangre fresca de Hollywood mientras se preparaba para la traca final coprotagonizada por el actor Rob Lowe, todo ello complementado con muchísima purpurina. La estrella juvenil no fue una buena elección porque estaba en medio de un escándalo sexual por haberse grabado en vídeo mientras mantenía una relación sexual con dos jóvenes y una de ellas era menor de edad, un material que se extendió como la pólvora en el mercado negro. Ver a Rob Lowe y a aquella «Blancanieves» que parecía el fruto de la fantasía de un pederasta era como mínimo inquietante. Lo peor no fue eso, ya que Walt Disney demandó a la Academia por violar sus derechos de autor ya que no se le había pedido permiso por utilizar la imagen de «Blancanieves». La audiencia subió a 42 millones de espectadores pero el bochorno vivido no invitaba a la celebración. Las críticas fueron espantosas y apenas una semana después un grupo de personalidades entre las que se encontraba el actor Gregory Peck (ex presidente de la Academia) firmó un manifiesto declarando que la ceremonia suponía una vergüenza tanto para la institución como para la industria y Los Angeles Times publicó una serie de cartas que expresaban su indignación. Para todos solamente había un responsable, Allan Carr que vio que a sus 51 años se declaraba su muerte civil. No volvió a producir nada más ni para el cine ni para la televisión, le quedaron la industria musical y teatral como salvavidas hasta su muerte en 1999 víctima de un cáncer hepático.

Allan Carr era un farandulero y un genio. Le organizó una fiesta a Truman Capote en una prisión abandonada de Los Ángeles, invertía sus ahorros en financiar obras de teatro que no siempre estaban destinadas al éxito, se convirtió en colaborador de confianza de Hugh Hefner, dirigió durante varios años la carrera de Peter Sellers, descubrió a Michelle Pfeiffer, impulsó y ganó el Tony por el musical «La jaula de las locas» e hizo que la adaptación cinematográfica del musical «Grease» fuera todo un fenómeno cultural. Si alguien estaba en apuros solamente tenía que hacer una señal para que actuara. Dio muestras de su eficacia cuando Roger Stigwood le contrató para que se encargara de la promoción de la versión en la gran pantalla de la ópera rock de The Who «Tommy» que había rodado Ken Russell y que logró convertir en un gran éxito. Lo mismo sucedió con «Fiebre del sábado noche» que hizo de John Travolta un icono. Carr se aprovechaba de la fuerza que tenía la televisión para convertir un preestreno en un evento televisivo para crear la necesidad de ir a ver la película al cine porque iba a ser el centro de cualquier conversación.

La influencia de Allan Carr era cada vez mayor en los estudios de Hollywood y el éxito cosechado con «Grease» le convirtió en un millonario, también en un derrochador. En el año 1978 estaba en la cima del mundo y en ese momento cambiaría el modelo de promoción en los Oscars. Había una película llamada «El cazador» escrita y dirigida por Michael Cimino que era un problema porque mostraba los devastadores efectos de la guerra de Vietnam, un tema del que no se podía hablar por la vergüenza de haberse metido en una guerra que les llevó a la derrota, los Estados Unidos todavía estaba sangrando. La película protagonizada por Robert De Niro iba a ser distribuida por Universal y uno de sus productores, Barry Spikings, acudió a Carr como quien viaja a Medjugorje buscando un milagro. Allan Carr vio que era imposible hacer un gran estreno de una película de esas características en todo el país porque en el cinturón de la nación la masacrarían. Se le ocurrió hacer un estreno limitado en las zonas más progresistas de los Estados Unidos, Los Ángeles y Nueva York, ir avanzando paulatinamente durante las próximas semanas, y recurrir a la emisión en la televisión por cable. Cuando se anunciaron las nominaciones a los Oscar, «El cazador» ya era la película que se tenía que ver, convirtiéndose en un enorme éxito de taquilla. Ganó cinco de los nueve premios Oscar a los que aspiraba, entre ellos los de mejor película, dirección y actor de reparto para Christopher Walken. Además, Hollywood le perdió el miedo a hablar de algo tan doloroso porque de esa misma edición de los Oscars salió «El regreso» que coronó las interpretaciones de Jane Fonda y Jon Voight que previamente había sido premiada en Cannes.

Es difícil pensar en las estrategias de Harvey Weinstein y su ex consultora de confianza, Lisa Taback, sin el ejemplo de Allan Carr alguien que también sabía decir que no. En el año 1987 se negó a promover «Ishtar» de Elaine May que pasó a ser uno de los mayores fracasos de la década de los ochenta, la sentenció diciendo que su título era en inglés «mierda de rata al revés». «Ishtar» fue una bala que esquivó, la de los Oscars del año 1989 no logró verla.

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