El Oscar del perdón

El 27 de marzo de 1957 se celebró la 29ª edición de los Oscars en la que se coronó «La vuelta al mundo en ochenta días», pero esa ceremonia ha pasado a la historia por un premio en forma de perdón: el que recibió la actriz Ingrid Bergman por su actuación en «Anastasia», un galardón que recogió su íntimo amigo Cary Grant en una de sus contadas apariciones en las galas de la Academia. La intérprete sueca había regresado a Hollywood después de ser proclamada la Hester Prynne del siglo XX, al protagonizar uno de los mayores escándalos tras el final de la Segunda Guerra Mundial al abandonar a su marido y padre de su primera hija por el director italiano Roberto Rossellini, pero esa absolución llegó cuando la Bergman recibió de su propia medicina.

Cary Grant fue de los pocos en Hollywood que realmente mostraron su apoyo a Ingrid Bergman cuando fue condenada por adúltera. Él le prometió recoger su Oscar por «Anastasia» © GettyImages

Tras la Garbo, la Bergman había sido la mejor exportación de Suecia a Hollywood. Tenía 24 años cuando llegó a la meca del cine de la mano del productor David O. Selznick, que se había quedado fascinado con la actriz cuando la vio en «Intermezzo», de la que compró sus derechos para producir un remake protagonizado por ella. Era 1939 y faltaban dos años para la retirada de Greta Garbo del mundo del cine, pero ya se le estaba buscando una sucesora, e Ingrid Bergman era una buena candidata para ello. Era una presencia magnética con un hermosísimo rostro especialmente dotado para la tragedia, perfecta para el perfil de heroína en los dramas románticos. A la Bergman le sucedió lo mismo que a Garbo, Lilian Gish, Luise Rainer, Janet Gaynor, Vivien Leigh o, más recientemente, Marion Cotillard, el público se regocijaba más cuanto mayor fuera su tragedia. Además, era muy fácil caer rendido ante ella. Poseía ese encanto que solamente los extremadamente tímidos son capaces de forjar. Su personalidad estuvo marcada por el dolor de haber perdido a sus padres siendo tan solo una niña, y tuvo el coraje de proteger su nombre y su belleza natural en la industria, cuando lo sistemático en esa época era pasar por el taller de futuras luminarias y someterse a una serie de cambios hasta conseguir el aspecto deseado. Ingrid Bergman poseía la facultad de sumergirse en los papeles más exigentes a nivel dramático sin resultar impostada. Su facilidad para abordar los personajes más complejos le llevó a situarse entre las mejores actrices de Hollywood. Alcanzó el estrellato gracias a «Casablanca», resultó perfecta a las órdenes de Alfred Hitchcock en «Recuerda» y «Encadenados», y en 1944 ganaría su primer Oscar por «Luz que agoniza», donde interpretaba a la víctima de la violencia de su marido.

Ingrid Bergman en una foto promocional de 1938 © GettyImages

Ingrid Bergman llegó a Hollywood con su marido, el dentista Petter Lindström, con quien tuvo a su primogénita Pía. Él realmente residía en Nueva York, ya que estaba completando su formación para convertirse en neurocirujano, y ella tenía que cumplir con sus compromisos laborales tanto en el cine como en el teatro. Bergman apenas disponía de tiempo para su vida personal, algo que realmente detestaba su marido, quien llegó a considerar que su mujer se estaba dejando arrastrar por la feria de vanidades de Hollywood. Paradójicamente, era él quien controlaba la carrera y las finanzas de Ingrid Bergman, porque ahí estaba la unión del matrimonio. La actriz había mantenido aventuras con otros hombres, entre ellos el fotógrafo Robert Capa, quien se encargó de retratar el rodaje de «Encadenados», y su marido lo toleraba porque le convenía el dinero ganado por ella para sostener su tren de vida.

Ingrid Bergman junto a su primer marido, Petter Lindstrom © GettyImages

Conforme iba finalizando la década de los cuarenta, se afianzaba el estatus de Ingrid Bergman. Tenía un Óscar por «Luz que agoniza», había sido candidata a la estatuilla por «Por quién doblan las campanas», «Las campanas de Santa María» y «Juana de Arco», esta última basada en la obra de teatro que le hizo ganar el Tony a la mejor actriz en 1947. No solamente destacaba por su talento y belleza, sino por poseer una personalidad arrolladora. En muchos aspectos se adelantó a las luminarias de décadas posteriores. Se opuso fuertemente a la segregación racial en los Estados Unidos, lo que le llevó a ser amenazada durante las giras teatrales, y, curiosamente, siempre se destacó por apoyar a los presidentes republicanos. En 1949, todo eso iba a saltar por los aires.

En el año 1945 finalizó la Segunda Guerra Mundial y el director Roberto Rossellini mostró los horrores de la ocupación nazi en Italia en «Roma, ciudad abierta», una película que se preparó en tiempo récord y que se rodó prácticamente de manera improvisada, debido a las limitaciones propias del conflicto y a la voluntad de que estuviera más cercana a un reportaje periodístico que a una obra inspirada por la realidad. Rossellini sufrió la censura en Italia, a pesar de consagrarse a nivel internacional. La película fue una de las ganadoras de la Palma de Oro del festival de Cannes y su guión, escrito junto a Federico Fellini y Sergio Amidei, fue nominado al Oscar, lo cual fue una proeza para una producción en lengua no inglesa. Entre los admiradores que tuvo «Roma, ciudad abierta» en Hollywood se encontraba Ingrid Bergman, quien siempre guardó el sentimiento de culpa por no darle importancia a la amenaza que suponía el nazismo hasta que comprobó las consecuencias de ello. Antes de su llegada a la meca del cine, Bergman estaba trabajando en Berlín. Había visto la película en Nueva York y quedó conmovida por el relato. Se convirtió en admiradora del director y del neorrealismo italiano en general. En 1948 decidió escribirle una carta para declarar su estima al cineasta y ofrecerse como actriz.

Querido señor Rossellini:

He visto sus dos filmes, «Roma, ciudad abierta» y «Paisá» que me han gustado mucho. Si necesita una actriz sueca, que habla el inglés perfectamente, que no ha olvidado el alemán, a quien apenas se entiende en francés y que del italiano solo sabe decir ‘Ti amo’, estoy dispuesta a acudir para hacer una película con usted.

Ingrid Bergman

Roberto Rossellini quedó cautivado al tener como admiradora a la que ya era considerada la actriz más importante de Hollywood. Se conocieron en Londres, lugar en el que la intérprete estaba rodando «Atormentada» de Hitchcock, y le propuso «Stromboli», una oferta que la estrella sueca no quiso rechazar y que cambiaría para siempre su vida. No tardaron demasiado en enamorarse, y cuando el idilio trascendió porque ella se había quedado embarazada, el escándalo fue monumental, siendo Ingrid Bergman la principal perjudicada. La prensa le consideró una adúltera, fue repudiada por Hollywood por haber abandonado a su marido e hija y se promovió un boicot. El asunto llegó incluso al Senado de los Estados Unidos: el senador por Colorado y perteneciente al partido demócrata, Edwin C. Johnson, declaró que la que había sido su actriz favorita había perpetrado un asalto contra la institución del matrimonio. Ingrid Bergman se divorció de Petter Lindström, y Roberto Rossellini, que hasta conocer a Ingrid mantenía un idilio con la actriz Anna Magnani, se divorció de la escenógrafa y diseñadora Marcella De Marchis. Bergman y Rossellini se casaron por poderes en México; antes de eso nació el primero de los tres hijos que tuvo la pareja. «Stromboli», que fue financiada gracias a la ayuda de Howard Hughes, fue un absoluto fracaso. El escándalo también afectó a «Atormentada», que fue la última colaboración entre Ingrid Bergman y Alfred Hitchcock, suponiendo uno de los mayores descalabros en la carrera del cineasta, aunque, en honor a la verdad, era un proyecto que ya estaba sentenciado desde el inicio.

Ingrid Bergman y Roberto Rossellini ajenos al escándalo provocado por su relación © GettyImages

La unión entre Roberto Rossellini, uno de los hombres que marcaron el rumbo del cine europeo a partir de la Segunda Guerra Mundial, e Ingrid Bergman, una de las mejores actrices que conoció el siglo XX, no alcanzó esa excelencia que se podía esperar de ellos. Realmente no lo tuvieron nada fácil. Fueron duramente criticados por la iglesia, tanto por la católica como por la protestante, y el escándalo se vivió con la misma intensidad en los Estados Unidos como en Italia y Suecia. Ingrid Bergman llegó a recibir cartas amenazantes en las que le auguraban el mismo destino de su personaje preferido, Juana de Arco, muriendo quemada en la hoguera. Fueron perseguidos por los guardianes de la moral y tampoco contaban con el respaldo financiero, porque tanto «Stromboli» como las otras películas que rodaron juntos no tuvieron éxito, ni tampoco fueron defendidas por la crítica. Pese a esos fracasos, Ingrid Bergman fue premiada con la Copa Volpi en el festival de Venecia del año 1952 por «Europa’51», y «Te querré siempre» resultó tan revolucionaria en el género del melodrama que su influencia posterior es innegable. Todo eso hizo mella en su relación personal, en la que lo mejor fueron sus tres hijos, Roberto y las gemelas Isotta e Isabella. Estaban prácticamente arruinados y Roberto Rossellini le prohibió a Ingrid Bergman que se pusiera a las órdenes de otro director, por celos. Hizo una excepción cuando le permitió protagonizar «Elena y los hombres» del cineasta francés Jean Renoir, pero porque Roberto Rossellini ya estaba interesado en otras mujeres, entre ellas la escritora nacida en India, Sonali Senroy DasGupta, colaboradora en el documental «India», y por quien rompió su relación con la Bergman. Con Sonali DasGupta estuvo hasta que un ataque al corazón acabó con él en el año 1977.

Ingrid Bergman y Roberto Rossellini exhibiendo en el festival de Venecia el esplendor de su relación © GettyImages

Ingrid Bergman había abandonado su acomodada vida como estrella de Hollywood por el amor a Roberto Rossellini. Eso le llevó a ser condenada por una sociedad que seguía siendo profundamente moralista, fue declarada persona non grata en los Estados Unidos y desde la propia industria que se nutrió de sus películas más exitosas se promovió un boicot. Cuando Ingrid Bergman pagó su castigo y, sobre todo, fue desechada por otra, ya estaba preparada para recibir una palmadita en la espalda a modo de perdón, o mejor dicho, quienes la señalaron como a Hester Prynne estaban desesperados por exhibir su superioridad moral. Cuando ya estaba tocando fondo, Ingrid Bergman recibió una oferta de la Fox para protagonizar «Anastasia» de Anatole Litvak, sobre el mito de la hija de los Romanov que pudo huir tras la caída de la familia imperial rusa durante la revolución bolchevique. «Anastasia» fue un éxito, en parte debido a la interpretación de una Ingrid Bergman en estado de gracia, que recordaba al público cada una de esas cualidades que la llevaron a lo más alto de Hollywood. El Oscar era suyo y de manera indiscutible. No lo recogió. Su reconciliación con Hollywood se selló en 1959 cuando se encargó de presentar el Oscar a la mejor película, y ahí el público le brindó una clamorosa ovación. Una década después del escándalo, la vida de Ingrid Bergman había cambiado, pero la siempre pacífica comunidad de Tinseltown no; seguía siendo igual de hipócrita.

El triunfal regreso de Ingrid Bergman a Hollywood © LIFE

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