El pasado 28 de octubre falleció el actor Matthew Perry a la edad de 54 años. Lamentablemente, la suya fue la crónica de una muerte anunciada. La estrella fue tan conocida por formar parte del elenco de «Friends» como por sus múltiples adicciones, las cuales se encargó de exponer mediante libros y charlas. Tras su muerte, los medios se despidieron de quien encarnó a Chandler Bing, uno de los personajes más queridos de la serie gracias al dominio del humor más sarcástico de Perry, y en las redes sociales se hizo lo mismo. Sin embargo, en un descarado ejercicio de exhibicionismo, también se quiso reivindicar a «Seinfeld» como la mejor comedia de la década de los noventa, y hubo quien quiso marcarse un Sergio del Molino para mostrar su superioridad cultural, afirmando no conocer algo tan popular. Más allá de la valoración de un talento desaprovechado y de situar a «Friends» como un símbolo generacional, fue especialmente llamativo que nadie resucitara la crítica a una producción protagonizada por seis actores caucásicos, tal y como sucedió cuando HBO Max estrenó el especial que reunía a todo el reparto y alojó todas sus temporadas en la plataforma que anteriormente estaba en Netflix.

Cuando en el año 2015 Netflix se aseguró la licencia para ofrecer en streaming «Friends» a los suscriptores de los principales mercados, como Estados Unidos, Canadá y Europa, realizó una importante campaña publicitaria para captar a los fans de la serie. No era extraño que se pagaran y bastante bien los artículos sobre sus bondades. Seis años después, con «Friends» en HBO Max y con todo su equipo analizando el legado dejado, los activistas que inundan los medios y las redes sociales, que conforman la legión de la decencia de este siglo XXI, clamaron contra la falta de diversidad de «Friends»: demasiado blanca y demasiado heterosexual, pese a tener una pareja de lesbianas entre sus personajes recurrentes. En julio de 2022, año y medio después de ese episodio especial y del ensañamiento en internet, Marta Kauffman, quien ya había mostrado su arrepentimiento por no apostar por un reparto multirracial, anunció la donación de cuatro millones de dólares al departamento de estudios africanos y afroamericanos de la elitista Universidad Brandeis. Lo de Kauffman fue lo más parecido a pagar el impuesto revolucionario. Tiró de chequera para silenciar el ruido, porque una posible cancelación en internet podía acabar con la gallina de los huevos de oro. La fortuna de Kauffman, al igual que la de los seis protagonistas de «Friends», se sustenta en las varias decenas de millones de dólares que recibe anualmente en concepto de regalías. Con el fin de evitar problemas, HBO dio luz verde a una continuación de «Sexo en Nueva York» para adaptar ese universo de la mujer blanca y cosmopolita de revista femenina de alta gama a la filosofía woke, a nadie le gusta pero eso no importa.

El movimiento woke se lo debemos a las universidades más caras de los Estados Unidos y Canadá que han adoptado los postulados del postmodernismo, con filósofos como Rorty, Foucault, Lyotard a la cabeza, para expiar la culpa de haber nacido en el primer mundo, aunque es bastante poco probable que en universidades como la de Brandeis se enarbole determinada bandera por el origen de sus donantes. El movimiento woke nos presenta un mundo dividido entre opresores y oprimidos. El sistema capitalista es el yugo y está representado por el hombre, blanco y heterosexual y en el bando de los oprimidos está el resto de la población. No importan las condiciones en las que esté ese símbolo del mal que siempre va a estar en la cúspide de la pirámide. Si comparamos a un obrero de la construcción de raza blanca de Iowa, prácticamente analfabeto, que no puede acceder a un seguro médico decente y que está enganchado a los opiáceos porque padece dolores insoportables con Viola Davis, formada en la prestigiosa Juilliard, ganadora del EGOT (Emmy, Grammy, Oscar y Tony) y que es una de las mujeres más ricas del mundo del espectáculo, Viola se impondría en los Juegos Olímpicos de la opresión porque es una mujer de raza negra. Aunque ese moralismo ya existía desde la caída del muro de Berlín, fue durante la administración de Barack Obama cuando la religión woke se hizo fuerte en los campus dominados por quienes proceden de la élite. Los cachorros de las familias burguesas parisinas promovieron el Mayo del 68, porque en caso de una revolución no hay mejor manera que ponerse a quemar contenedores para evitar el mismo destino que María Antonieta. De los campus universitarios, con una lista importante de profesores y alumnos purgados porque al cuestionar o no compartir del todo los postulados automáticamente incitaban el discurso de odio, se pasó a los laboratorios de ideas, a las charlas TED, a la contratación de activistas disfrazados de abogados en las diferentes agencias y áreas de responsabilidad social de las multinacionales, las tribunas en los medios de comunicación, las campañas publicitarias, los cursos impartidos por periodistas en las grandes empresas para crear conciencia social y, finalmente, las reformas legislativas. El nacimiento del Trumpismo como nueva ideología, con los señalados y asfixiados por la crisis, y el ascenso de determinados movimientos políticos es la respuesta al movimiento woke.

En el año 2020, la pandemia del COVID-19 nos obligó a encerrarnos en casa y eso nos pasó factura, también a nivel estético. Fue el momento oportuno en el que tomó fuerza el movimiento de liberación de las canas, que tiene entre sus máximos exponentes a la actriz Andie McDowell, que debe gran parte de su popularidad, por no decir toda, a ser la imagen más emblemática de la firma L’Oreal y por haber anunciado durante los últimos 30 años las bondades de los tintes de supermercado de la compañía. McDowell, elevada ya a la categoría de icono por no ocultar sus canas, ha sostenido en estos últimos años que ya no se siente esclavizada por la tiranía impuesta por la sociedad de tener que estar aplicándose un tinte cada tres semanas. No cuenta McDowell que detrás de su esplendorosa melena plateada está L’Oreal, que está muy interesada en promover su línea de productos para el mantenimiento de las canas. Tampoco cuenta que es igual o todavía más esclavizante que el tinte estar todas las semanas aplicándose un champú y una mascarilla morada para que tu pelo no quede como el de Marc Ostarcevic, gran usuario del tinte, cuando se fue de concursante a «La isla de los famosos», ni, por supuesto, que la inversión realizada es muchísimo mayor que la que se hace en el tinte y que hay que complementarlo con muchísima hidratación capilar porque lo más probable es que tu melena quede como un estropajo. Algo similar está sucediendo con Pamela Anderson, que ha regresado al primer plano para la opinión pública porque asiste a eventos sin maquillaje, según ella, porque ha renunciado a ese tipo de producción, ya que su persona de confianza para tal labor ha fallecido por un cáncer. A la antigua sex symbol se le olvida un pequeño detalle: todo forma parte de una campaña de marketing, pues ha invertido gran parte de su fortuna en reflotar una firma de cosméticos de origen vegano y también en una buena agencia de comunicación que la sitúa en todo tipo de eventos. Detrás de esos lemas «empoderantes» que están quedando marcados en varias generaciones de mujeres, lo que hay es negocio, ya sean productos capilares o cremas. Tampoco está de más señalar que el objetivo de movimientos como el «body positive» es aumentar el número de pacientes de diabetes a los que vender Ozempic, ganadores del Princesa de Asturias 2024.

La extrema izquierda se ha cargado la cultura del espectáculo y también de la frivolidad. Si hace tres décadas, una periodista contaba la simpática anécdota de Julie Christie, quien había solicitado una cita con una esteticista de San Sebastián para depilarse una sola pierna, hoy la misma informadora, situada a la cabeza de la legión de la decencia, le lee la cartilla a Emma Stone en una rueda de prensa del festival de Cannes por trabajar con Yorgos Lanthimos, tachándolo de misógino disfrazado de aliado. Todo se lee en clave identitaria. No importa si un producto audiovisual alcanza la excelencia si transmite determinados mensajes. Tampoco preocupa recuperar la inversión en una producción, debería ser con compañías en números rojos. El verdadero éxito se mide en la creación de nuevos activistas de la Superpop que puedan dar la brasa en las redes sociales.
Cuando «la turba opresora» ha criticado a esa periodista que dio la nota en una rueda de prensa al cuestionar el feminismo de Emma Stone por trabajar con alguien que disfruta especialmente llevando a sus actrices a situaciones humillantes, surgieron voces en su defensa, por supuesto, tan legítimas como las críticas. Lo curioso es que alguno que sacó su espada para defender la honra de su admirada compañera fue firmante de una carta en la que un grupo de personalidades del mundo de la cultura, escritores de medios digitales y aficionados protestaban ante la dirección del medio de comunicación más importante en España por el fichaje del crítico Carlos Boyero, alguien con sensibilidad de izquierdas pero no siempre afín con el discurso progresista de las películas y totalmente opuesto a la imposición del pensamiento único. No se está en contra de Jerónimo José Martín, el crítico oficial de la Conferencia Episcopal, porque se dirige a los lectores de derechas, se está en contra de quien está en el medio de referencia de la gente de bien. La ausencia de disidencia llevará a la sustitución por la inteligencia artificial. Que el gran acontecimiento musical del año acabe con el patriarcado da igual que sea descrito en un medio de comunicación por su jefa de cultura o por la última actualización del ChatGPT.

Uno de los paraísos del movimiento woke está en los campus universitarios más elitistas de Canadá, por eso existe un presidente maniquí como Justin Trudeau, que hincó su rodilla en el suelo porque “Black lives matter”, y se persigue a Jordan Peterson, profesor de la Universidad de Toronto, por afirmar que lo realmente importante son las capacidades y no las identidades. Aunque sea enemigo a batir por los catequistas de lo woke, Jordan Peterson procede del sector progresista al igual que el cineasta Denis Arcand, quien ha ejercido su militancia en la izquierda nacionalista quebequense a través de sus películas, algo que le permitió ser laureado en el festival de Cannes y ganar el Oscar por “Las invasiones bárbaras”. En 2023, Arcand fue tildado de reaccionario por la crítica más progresista por la película “Testament”, una visión cargada de mala baba sobre la dictadura woke. Una pintura instalada en un geriátrico, realizada por un ilustre pintor quebequense sobre la conquista y que ilustra las diferencias entre dos civilizaciones, es considerada racista e intolerable por un grupo de activistas que ha iniciado una protesta, y que termina siendo una bola a que se apuntan la histeria colectiva y la clase política y que acaba devorando a la pobre funcionaria que tiene que lidiar con el problema, optando por ir más allá de poner unos cuantos paños calientes como haría cualquier agencia de comunicación o como Benedict Cumberbatch que se disculpa cada vez que respira por descender de esclavistas.

Arcand no tuvo la suerte, probablemente porque hablaba desde dentro, que Cord Jefferson que se alzó con el codiciado premio del público del festival de Toronto por “American Fiction”, en la que adaptaba la novela de 2001 “Erasure” de Percival Everett sobre un escritor de raza negra que renuncia a sus aspiraciones de ser un autor elevado cuando, bajo seudónimo, escribe una exitosa novela marcada por las exigencias editoriales con el decálogo buenista sobre las víctimas del blanco opresor. Posteriormente, Jefferson se llevó el Oscar al mejor guión adaptado y sus actores (Jeffrey Wright y Sterling K. Brown) resultaron nominados. No deja de ser paradójico que en un momento en el que las cláusulas de inclusión son determinantes para poder entrar en la pugna de premios, resultara nominada al Oscar a la mejor película una obra como «American Fiction» que ofrece una sátira sobre el negocio del arte disfrazado de justiciero social, realizado por aquellos que son considerados víctimas del sistema. Una invitación a la esperanza.

Hubo un momento en el que en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown se peleaban por situarse bajo el foco de Woody Allen porque daba prestigio. Cualquier luminaria, cansada de la mofa de la crítica, podía ponerse muy pesada con su agente para conseguir un pequeño papel en una película del cineasta neoyorquino si con eso podía demostrar que era mucho más que una revolucionaria portada del Vanity Fair. Todo eso cambió cuando el #MeToo nos recordó que aunque Woody Allen no fuera juzgado por la acusación de haber abusado de una menor, su hija adoptiva, la sociedad tenía que condenarlo por ello. Los actores le dieron la espalda, se suspendió su contrato con Amazon y en Estados Unidos hubo problemas para conseguir una editorial que publicara sus memorias y también para que sus películas llegaran a los cines. La que puede ser su despedida cinematográfica, «Golpe de suerte» fue proyectada en secreto en Nueva York y sus pases fueron promovidos por un grupo de fans. Desde el año 2017, Woody Allen ha pasado de estar en la cima cultural estadounidense a ser un autor al que hay que seguir en la clandestinidad.

La llegada del cine sonoro, hace casi un siglo, y la modernización de las historias llevó a la indignación a la sociedad más puritana. Se fundó la católica legión de la decencia y se estableció un mecanismo de autorregulación para proteger la moral del espectador. El mundo seguía estando podrido, pero el Código Hays, o cualquier herramienta de censura, evitaba su exposición. Era también un decálogo de conducta para evitar dar carnaza a la prensa y la tan temida publicidad negativa. Basándose en eso, las estrellas de cine exhibían su superioridad moral. Lo mismo que sucede ahora. Si en los años cincuenta June Allyson y Loretta Young eran el espejo en el que se miraban las buenas ciudadanas por su encarnación de la corrección, a inicios de este siglo XXI ese modelo a seguir es Natalie Portman, que presume de haber cambiado al género neutro a los personajes de los cuentos que lee a sus hijos. Tanto la edulcorada June Allyson como la Natalie Portman más enfadada que va a las entregas de premios son productos del tiempo que les ha tocado vivir y del publicista que no quiere perder su trabajo. Lo mismo sucede con quien ha encontrado en el activismo disfrazado de periodismo su seña de “identidad”. Todos quieren seguir facturando porque más allá de la capilla de Malasaña la vida es muy dura.
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