Karla ha quedado en tierra de nadie

Entre las ganadoras de la pasada edición de los Oscars estaba la película «American Fiction», que, además de alzarse con el galardón al mejor guión adaptado, estuvo optando en la categoría reina y llevó a dos de sus intérpretes, los excelentes Jeffrey Wright y Sterling K. Brown, a la disputa de las estatuillas. El film de Cord Jefferson está basado en la aclamada novela «Erasure» de Percival Everett, que ridiculizaba la utilización de los estereotipos raciales con fines comerciales. El protagonista de la historia es un intelectual de raza negra a quien el negocio editorial y los académicos le quieren explicar lo que supone ser negro, alguien condenado a la marginalidad por el sistema, y que, por muy ventajosa que sea su situación, él siempre tendrá opciones de entrar en el medallero de un campeonato de opresión. «American Fiction» es indudablemente una de las denuncias más inteligentes que se han hecho contra el racismo porque expone a una sociedad paternalista que actúa como las familias ricachonas que acogían a un pobre en «Plácido» de Luis García Berlanga, realizando una exhibición de virtud para ganarse el perdón social.

«American Fiction» señalaba la hipocresía de la élite cultural © Amazon Prime

«American Fiction» ganó la edición del festival de Toronto de 2023 y se estrenó en un momento oportuno, en pleno delirio de la cultura woke cuyos efectos se están notando cada vez más en una sociedad que ha dividido en guetos. El mundo de este siglo XXI está bastante lejos del imaginado por Martin Luther King, que quería que sus hijos no fueran mirados por el color de su piel, sino por sus actos. Con el primer mandato de Barack Obama y ante la amenaza del ala más radical del Partido Republicano, la gente de bien de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown y de la prensa del entretenimiento se alistó y se fue a las trincheras para luchar contra las tropas opresoras, y ese movimiento se ha replicado en otras latitudes. En 2014, Gary Oldman se atrevió a decir que en Hollywood había miedo a ser declarado mala persona si no se votaba por «12 años de esclavitud» en los Oscars, y el actor tuvo que disculparse y moderar su discurso para poder seguir trabajando en la industria. En algo más de quince años, la cultura del entretenimiento ha muerto; no importan las obras sino el mensaje, las agencias han sido tomadas por abogados especializados en derechos civiles y los principales medios de comunicación por periodistas que son conscientes de que ejerciendo el activismo de la superpop tienen garantizada la nómina.

Cuando en el año 2018 Frances McDormand ganó el Oscar a la mejor actriz por «Tres anuncios en las afueras», puso de pie a la audiencia del teatro Dolby al pedir que la industria impusiera la «cláusula de inclusión» para conseguir una representación de la diversidad. En 2020, la Academia introdujo como medida que las aspirantes al Oscar a la mejor película cumplieran con dicha cláusula y dio un plazo de cuatro años para que la industria se adaptara. La diversidad ha de estar representada no solamente en la pantalla, sino también entre el equipo artístico y técnico de las películas. No solamente se ha impuesto en el terreno del cine, ya que también se exige en las otras áreas del espectáculo. La culminación de la «cláusula de inclusión», término acuñado por la profesora universitaria y activista Stacy L. Smith, es la película francesa «Emilia Pérez», que desde el pasado festival de Cannes se ha convertido en la película que ha generado más debate. «Emilia Pérez» es un musical ambientado en el peligroso mundo del narcotráfico mexicano y que nos narra el proceso de redención de un peligroso criminal tras cambiar de sexo. La película está escrita y dirigida por Jacques Audiard, perteneciente a la élite cultural europea. Tiene una Palma de Oro por «Dheepan» y fue aclamado a nivel internacional con «Un profeta». Se escribió originalmente en francés, se rodó en París y de su reparto principal solamente Adriana Paz es mexicana. Audiard, que considera que el español es un idioma de países en desarrollo, ofrece una visión paternalista de México, tratando cuestiones tan importantes como la violencia, la misoginia y el racismo con la frivolidad propia de un burgués que a través del arte quiere hacer un negocio disfrazado de ejercicio de conciencia social. Pese a que Sean Baker se llevó la Palma de Oro de 2024 con «Anora», fue «Emilia Pérez» la película que definió la edición y Greta Gerwig lo hizo saber otorgando el premio del jurado y el galardón a la mejor interpretación femenina para sus cuatro actrices principales: Karla Sofía Gascón, Zoe Saldaña, Adriana Paz y Selena Gómez. Gascón marcaba un hito porque se convertía en la primera intérprete transexual en tener una de las distinciones más importantes del mundo de la cultura y en su emocionado discurso le dedicó el triunfo a las transexuales que, como ella, estaban sufriendo delitos de odio y advertía a los responsables de la película de las críticas que iban a recibir de quienes están en contra del movimiento trans.

Doce millones de dólares pagó Netflix por «Emilia Pérez» para su distribución en Estados Unidos y Reino Unido © Elastica Films

Antes de su aparición en el festival de Cannes, apenas se conocía a Karla Sofía Gascón. Su caso tiene bastantes similitudes con el de Caitlyn Jenner, solo que Gascón no es una estrella del deporte ni es patrimonio de la cultura pop por su vinculación al clan Kardashian. Bajo el nombre de Carlos Gascón trabajó en muchas teleseries, como «Calle nueva» o «El pasado es mañana», sin obtener nunca un papel relevante y, cuando llegaron las vacas flacas en la industria televisiva, se refugió en México, donde su carrera se desarrolló de manera similar. Gascón desapareció de la vida pública y, cuando reapareció, reveló que había transicionado, relatando en un libro cómo había sido su proceso, iniciado a la edad de 45 años, en el que sus grandes apoyos fueron su mujer y su hija. En ese momento, Karla Sofía Gascón se convirtió en una estrella mediática en México, participando en «Masterchef Celebrity» en la edición de 2022. Tanto su transición como su vinculación a la industria del entretenimiento mexicano fueron determinantes para ponerse bajo la consideración de Jacques Audiard.

La participación más notoria de Karla Sofía Gascón en TV antes de su lanzamiento al estrellato. Quedó la quinta en Masterchef Celebrity México © TV Azteca

El premio en Cannes y proclamarse una víctima de los delitos de odio convirtieron a Karla Sofía Gascón en una heroína. “Emilia Pérez” fue comprada por Netflix para su estreno en los Estados Unidos, con una campaña publicitaria estimada por encima de los 25 millones de dólares, y Gascón se convirtió en la principal estrella de la gira promocional. Pasó a ser una máquina generadora de contenidos y en la nueva patrona de las catequistas de Malasaña porque, a diferencia de Caitlyn Jenner, Gascón está en las antípodas de los votantes de la derecha más férrea. En estos meses no ha dejado de dar entrevistas, de ganar premios, consiguiendo una histórica candidatura al Oscar como actriz principal y, conforme su fama ha ido en ascenso, también ha ido mostrando una actitud cada vez más arrogante, autodenominándose la mejor actriz del mundo de manera totalmente objetiva, y combativa, dedicándose a insultar a los que se han mostrado en contra de la película, los más críticos han sido los mexicanos, siendo siempre jaleada por la élite periodística del sector cultural.

Karla Sofía Gascón erigida en nuevo símbolo de lo bueno © GettyImages

Cuando logró la trascendental candidatura al Oscar, siendo la segunda ciudadana de Alcobendas tras Penélope Cruz, Karla Sofía Gascón se puso bajo el foco al relacionar a la brasileña Fernanda Torres, candidata por su trabajo en “Aún estoy aquí”, con una serie de amenazas que había recibido en redes sociales; la Academia prohíbe el juego sucio de una manera tan explícita. Esa maniobra de Gascón fue tan excesiva que puso en peligro su candidatura, pero ya estaba sentenciada por algo que estaba a punto de salir: su historial en redes sociales antes de pisar el set de “Emilia Pérez”.

Karla Sofía Gascón convertida en un símbolo de la resistencia ante el regreso de Donald Trump © GettyImages

La periodista canadiense Sarah Hagi, musulmana, que actúa como freelance en el sector cultural, escarbó en el pasado de Gascón en la red social X y descubrió escritos en contra de musulmanes, judíos, movimientos como el “Black Lives Matter“ y, mi parte favorita, las políticas de inclusión de los Oscars. Los textos de la discordia fueron publicados en Variety, ha sido el contenido más visto durante esta campaña al Oscar, y en una entrevista al citado medio, Hagi asegura que se dejó llevar por la intuición y que no está a sueldo de ningún estudio. Pese a las palabras de la periodista, tan ociosa como quienes han querido profundizar más en las entrañas de Gascón descubriendo dardos lanzados contra la izquierda purpurina que terminó apadrinándola e incluso insultos dedicados a Selena Gómez, cabe preguntarse a quién le beneficia esta polémica y a lo mejor la respuesta no está en la competencia.

El equipo de ‘Emilia Pérez’ preparado para dominar las tertulias © GettyImages

Karla Sofía Gascón ha pasado de ser una heroína a una villana y de ser una abanderada del movimiento trans a ser considerada una tarántula, término utilizado para definir a las transexuales que apoyan a la derecha más radical. No se veía una caída tan estrepitosa desde la de Johann (Juanito) Mühlegg. Lejos de asumir la responsabilidad de sus comentarios en las redes sociales, Gascón siguió cavándose su tumba llamando gentuza a quienes destaparon su actividad en redes antes de crearse la narrativa para poder conseguir lo que ha querido toda su vida: tener una carrera de la que sentirse orgullosa. A Gascón le ha fallado su arrogancia y también no tener un agente de prensa que, más que alimentar a la bestia, controlara sus acciones y borrara todo aquello que pudiera causar problemas. La actriz nominada al Oscar ha pasado de ser motivo de orgullo a vergüenza nacional, al ministro de cultura, Ernest Urtasun, le faltó muy poco para expresarlo de manera tan contundente, y de ser la principal estrella en todos los saraos a ser vetada por la productora de “Emilia Pérez”.

Días después de esta foto el ministro Urtasun estaba renegando de Karla Sofía Gascón © Ministerio de Cultura

La campaña de “Emilia Pérez” probablemente sea la más cara de esta edición de los Oscars. Netflix se la juega con una cinta que ha sido muy cuestionada, la cantidad de detractores es tan notoria como la de admiradores, y que siendo una producción francesa y rodada mayoritariamente en español ha conseguido trece candidaturas a los Oscar, codeándose con “Lo que el viento se llevó”, “Forrest Gump” y “El Señor de los Anillos: La comunidad del anillo”. La compañía de Ted Sarandos retiró su apoyo a la campaña de Gascón, dejó de financiar sus viajes, la desconvocó de las fiestas a las que estaba invitada, ante las presiones de otros asistentes, y tanto Zoe Saldaña, la única que realmente tiene opciones de ganar, como Jacques Audiard han mostrado su rechazo a la estrella de su película. Más que salvar a la soldada Gascón, el equipo de “Emilia Pérez” ha optado por el escarnio.

Netflix no tardó en eliminar a Karla Sofía Gascón de su estrategia publicitaria © Netflix

No solamente está en juego una millonaria inversión para ganar unos premios, sino la exhibición de la superioridad moral. Ser una de las figuras más mediáticas del último año llenó la agenda de Gascón de proyectos que han sido cancelados, como la publicación de un nuevo libro que ya estaba en imprenta, o están en el aire a la espera de decisiones empresariales. Los acontecimientos y las presiones han obligado a Karla Sofía Gascón a retirarse de la vida pública para no seguir perjudicando a “Emilia Pérez”.

En el año 2021, Karla Sofía Gascón sentenció a la ceremonia de los Oscars con un “solamente ha faltado dar el Oscar al mejor cortometraje a mi primo por ser cojo”. Extraordinaria paradoja. A lo mejor Gascón ha considerado que ella no ha sido la protagonista de todos los premios del año por su condición de transexual, sino por sus méritos artísticos. A lo mejor considera que su película no se ha beneficiado en el reparto de candidaturas por la cláusula de inclusión, sino por su calidad incuestionable, y que no tiene nada que ver que haya sido calificado el acontecimiento del año por plasmar todas las inquietudes de la cultura woke. No vayamos a ser tan cínicos para pensar en lo contrario.

Karla Sofía Gascón se ha convertido en un juguete roto. Ha sido repudiada por aquellos que la convirtieron en un mito en la pasada primavera, cuando triunfó en Cannes, quienes han ejercido de inquisidores y la han condenado por no comprar el pack ideológico del movimiento que la representa; ese ha sido su pecado. Gascón está en tierra de nadie, ni siquiera la derecha que ahora defiende su libertad de expresión la consideraría uno de los suyos, sino más bien una herramienta para atacar al contrario. Gascón ha sufrido un juicio sumarísimo que la ha condenado antes de que se le diera una oportunidad para defenderse. Se le ha aplicado la cancelación, se ha declarado su muerte civil, y es un aviso a navegantes. Esta historia puede volver a repetirse, y a lo mejor por ser considerada la complicidad por guardar silencio o por cuestiones más banales. El escándalo de Gascón es una muestra de nuestro fracaso como sociedad, donde la libertad individual es una osadía que solamente se puede permitir si se es consciente de que no hay nada que perder.

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