El 2 de octubre de 1985 falleció el actor Rock Hudson, a pocas semanas de cumplir sesenta años. En el tramo final de su vida se convirtió, involuntariamente, en el primer rostro público del sida, una enfermedad que por entonces generaba un profundo pánico social y que estigmatizaba a quienes la padecían. Existía un enorme desconocimiento sobre su naturaleza y transmisión, y debido al alto porcentaje de hombres homosexuales entre los primeros afectados, se llegó a denominar —de forma tan ignorante como cruel— “el cáncer gay”. Cuando Hudson reveló públicamente su diagnóstico terminal, también hizo explícita su homosexualidad: una condición que la siempre pacífica comunidad de Tinseltown conocía, aunque se había esforzado durante décadas por encubrir.

En el momento de su muerte, Hudson poseía una fortuna estimada en 27 millones de dólares, una suma considerable hace cuatro décadas. Entre los beneficiarios figuraban su secretario personal, Mark Miller, y su pareja, George Nader. La decisión tenía una razón de peso que iba más allá del afecto: era también un acto de reparación.
Tres décadas antes, Rock Hudson había alcanzado el estrellato al reunir de forma excepcional talento, carisma y presencia física. En 1949 fue fichado por Universal, que vio en él una réplica moderna e impecable de Cary Grant. No se equivocaron: poseía magnetismo, elegancia y una notable capacidad para abordar papeles complejos. Se convirtió en el actor fetiche de Douglas Sirk, y brilló bajo la dirección de cineastas de primera línea como George Stevens —por «Gigante» obtuvo su única candidatura al Oscar—, John Frankenheimer, Norman Jewison, Delbert Mann, Charles Vidor y Howard Hawks. También cosechó un notable éxito en televisión. Su química en pantalla con Elizabeth Taylor y Doris Day, unida a la profunda amistad que los unía fuera de los focos, consolidó aún más su popularidad.

La carrera de Hudson estuvo férreamente controlada por su agente, Henry Wilson. En 1955, cuando su fama se encontraba en pleno ascenso, comenzaron a circular rumores sobre su orientación sexual en las cloacas de la villa y corte. En una época en la que la libertad sexual no formaba parte de la agenda pública, cualquier imagen comprometedora era oro para los paparazzi. Fotógrafos y tabloides se beneficiaban de un lucrativo sistema de extorsiones: estudios, agentes e incluso los propios actores estaban dispuestos a pagar sumas importantes para proteger su imagen. Que uno de los galanes más prometedores de Hollywood no se ajustara a las normas morales impuestas no solo habría supuesto un escándalo devastador, sino probablemente el fin de su carrera.

Cuando unos reporteros acudieron al despacho de Wilson con fotografías comprometedoras destinadas a los tabloides más extremistas, el agente actuó con frialdad: decidió “sacrificar” a otro de sus clientes, George Nader, revelando su homosexualidad para desviar la atención. Además, organizó un matrimonio exprés entre Hudson y su secretaria, Phyllis Gates, para frenar los rumores. El enlace duró poco más de un año: cuando se divorciaron, Hudson ya estaba completamente consolidado como gran estrella, tras el éxito monumental de «Gigante».
George Nader, como Hudson, pertenecía a la nómina de Universal y destacaba por su atractivo, aunque no había demostrado todavía la cualidad necesaria para ascender a la primera división de Hollywood. Aun así, obtuvo el Globo de Oro a la estrella emergente por «Entre el valor y el dinero». Cuando Wilson filtró su relación con Mark Miller, su carrera quedó marcada. A Nader le había costado conseguir papeles protagonistas, tras una larga etapa en roles secundarios y producciones menores; el escándalo truncó cualquier ascenso posterior.

Su presencia en Hollywood se fue diluyendo: logró trabajos esporádicos en televisión y, junto a su pareja, se trasladó a Europa, siguiendo el ejemplo de otros intérpretes que encontraron allí un refugio artístico. Sin embargo, Nader no era Burt Lancaster y Europa no le ofreció un Visconti, sino producciones de serie B. Su carrera quedó definitivamente interrumpida en 1970, tras un grave accidente de tráfico que le dañó la vista. A partir de entonces se dedicó a la literatura.
Hudson fue siempre consciente del sacrificio personal y profesional que se realizó con George Nader para protegerle. Le ayudó económicamente y, en los años setenta, incorporó a Mark Miller como su secretario personal, estrechando aún más el vínculo entre los tres. Al dejarles parte de su fortuna, Hudson quiso retribuirles con gratitud y justicia por todo lo que habían soportado en silencio.

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