
El 20 de mayo del año 2016 el festival de Cannes vivió un momento especialmente incómodo que no solamente ha sido determinante para el desarrollo del certamen en estos últimos tiempos sino que también ha sido clave para limitar el papel de la prensa que cubre los festivales de clase A en los que se manejan muchísimos intereses. La 69ª edición del festival de Cannes asumía su penúltima jornada competitiva con la presentación de «The Last Face» de Sean Penn. Más que una película, un capricho de Penn que quería expiar su pecado de haber nacido en el primer mundo al hablar de la labor en África de la ONG «Médicos sin fronteras» y cuya financiación comenzó a buscarla en el mercado de Cannes del año 2000, cuando estaba casado con la actriz Robin Wright que era su inicial protagonista. Sean Penn siempre ha sido muy bien tratado por Cannes, en 1997 ganó el premio al mejor actor por «Atrapada entre dos hombres», fue presidente del jurado en la edición de 2008, como director ya había competido a la Palma de Oro por «El juramento» y es una de esas presencias que dan lustre primero porque no deja de ser una estrella de Hollywood, el chico malo y perdonavidas que posee un envidiable palmarés en el que se incluyen sus dos Oscars por protagonizar «Mystic River» y «Milk», y segundo porque los revolucionarios del Café de Flore de la élite cultural europea se licúan con alguien a la izquierda de Mao Tse Tung. En mayo del 2015 Sean Penn se convirtió en el hombre más envidiado de Cannes al pasearse del brazo de la actriz Charlize Theron, con quien había empezado una relación unos meses antes, que presentaba en la Croisette «Mad Max: Furia en la carretera» de George Miller cuyo impacto la convertía en una de las estrellas más populares de Hollywood. Penn se aprovechó de ello para completar la financiación en el mercado de «The Last Face» con su nueva y flamante pareja como protagonista junto a Javier Bardem, en el proyecto desde el 2004, y la película pudo convertirse finalmente en realidad. El romance entre Penn y Theron duró menos de un año debido a una infidelidad de él pero eso sucedió después del rodaje que se realizó con la promesa de Cannes de tenerla en su competición.

En la mañana de ese viernes se realizó el primer pase para la prensa de «The Last Face». Ya en su inicio Penn se reveló como un cruce adulterado entre Paulo Coelho y Corín Tellado y los asistentes no pudieron tomárselo en serio, por lo que la proyección resultó un absoluto desastre y cuando finalizó todo ello quedó plasmado en Twitter. Cuando el equipo de la película tuvo que comparecer ante los medios la tensión era evidente ya que no se podía disimular que en internet se estaban mofando de la película. La premiere fue mucho más cortés ya que estaba reservada a los grandes invitados que no se iban a comportar como la jauría de la prensa, pero Sean Penn estaba derrotado. Había asumido que esa película que le había costado casi dos décadas levantar era un auténtico desastre porque su pretensión de poner el foco en la labor humanitaria realizada en países de altísimo riesgo terminó siendo tan superficial como el posado de una influencer con el patrocinio de una ONG. Charlize Theron que acudió a Cannes porque estaba obligada no miró en ningún momento a su director y ex amante, de hecho su publicista trató de desviar la atención al publicar imágenes de proyectos más importantes, pero se apiadó de él al verle destruido y le abrazó delante de los reporteros y la primera plana en el certamen. «The Last Face» salió de Cannes sentenciada ya que muy pocos fueron los que se atrevieron a comprarla.

El tratamiento de la prensa a «The Last Face» en el festival de Cannes mosqueó a Hollywood. Aunque Sean Penn había hecho una película al margen de la gran industria, tirando del poder de su nombre y de favores personales, lo sucedido era un aviso de que los tuiteros acreditados en el certamen más importante del mundo podían tumbar a una gran producción de Hollywood, con una inversión millonaria, mucho antes de que llegara a las salas de cine. Pese a que Sean Penn no había rodado ninguna obra maestra, era tan corriente que ni merecía la pena tanto alboroto, aquella reacción fue una exhibición de esa corte tan tóxica que se ha apoderado del mundo de la información, en la que es más importante ser protagonista de una exhibición que quede para la posteridad que la propia noticia. Cannes perdió el favor de Hollywood que decidió priorizar a Venecia y Toronto como principales escaparates de su artillería pesada, especialmente la confeccionada para conseguir el prestigio que dan los premios. Ante eso y el temor de perder a su principal atracción que le haría sacrificar los aproximadamente 30 milllones de Euros de presupuesto, Thierry Freamux impuso el embargo a las críticas hasta que no tuvieran su premiere oficial, medida que ya se había establecido en Berlín y a la que se apuntó Venecia. Al director del festival de Cannes nunca le han gustado los tuiteros que están más pendientes de armar ruido en las redes pero lo cierto es que nunca ha establecido ningún tipo de filtro para otorgar la acreditación.
Desde que los principales festivales de cine han impuesto el embargo para agradar a Hollywood que es quien justifica la existencia de un certamen de clase A con gran presupuesto, la acogida en las proyecciones de postín han pasado a acaparar la atención dejando en un segundo plano la valoración de los críticos. Quienes sigan la información en redes sociales de los principales medios informativos de la industria cinematográfica estarán al tanto de la existencia del ovacionómetro que mide la aclamación de los estrenos en festivales con estrellas. La última edición de Cannes se inauguró con una atronadora ovación de siete minutos brindada a Johnny Depp, un gesto que irritó a las feministas. El vídeo de Depp emocionado tras vivir un calvario y ser cancelado llegó a todas partes gracias a las redes sociales, eso dejó a un lado a las críticas recibidas por su película «Jeanne du Barry» que no fueron buenas. Para el público lo que quedó fue la viralidad de los aplausos a Depp, anulándose los calificativos de “rancia”, “decepcionante”, “nefasta” y “aburrida” de la prensa acreditada en Cannes dedicados al título dirigido por Maïwenn.

Lo que sucede en los pases de gala de un certamen de clase A se retransmite en las redes sociales y eso facilita el trabajo promocional hecho por las compañías. Ver a Brendan Fraser siendo devorado por sus lágrimas en Venecia tras la exhibición de «La ballena» fue una gran herramienta para su campaña promocional que le llevó a ganar el Oscar al mejor actor y en la que se construyó el relato de su recuperación tras una pésima etapa personal y profesional. Lamentablemente la Warner no tuvo nada así para poder encarrilar la promoción de «No te preocupes querida» de Olivia Wilde ya que lo único que consiguió de su presentación en el festival de Venecia fue un escupitajo de Harry Styles a Chris Pine.

En estos últimos años hay una pugna por ver quién es la estrella que revienta el ovacionómetro, devaluando el elogio y los certámenes cinematográficos. Tal y como sucedió con esa reacción desaforada de los primeros espectadores de «The Last Face» las ovaciones desmedidas son una manera de sentirse protagonista de un acontecimiento que pasará a la posteridad porque se está ahí, una acción de exhibicionismo que explica el comportamiento de quien ha fingido estar en un campo de concentración, en las torres gemelas durante el 11-S o en coma varios años.
Moraleja: no hagáis llorar a nadie de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown, ni siquiera a Sean Penn.
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