Marilyn Monroe y la fragilidad del sueño americano

A finales de 1944, el fotógrafo David Conover visitó la fábrica de municiones Radioplane Company, en Van Nuys, enviado por la Primera Unidad Cinematográfica de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos con el encargo de encontrar trabajadoras atractivas que, convertidas en modelos, ayudaran a elevar la moral de soldados en el frente. Estados Unidos llevaba tres años implicado en la Segunda Guerra Mundial, y mientras los hombres marchaban al combate, muchas mujeres abandonaban el ámbito doméstico para incorporarse al trabajo industrial. En ese contexto, Conover se fijó en una joven de dieciocho años, casada con un soldado destinado en el Pacífico, cuya extraordinaria fotogenia rompía la rutina del lugar; para ella, tanto la fábrica como la cámara suponían un oasis en su desértica existencia. El fotógrafo no podía saber que apenas una década después aquella muchacha se convertiría en la actriz más deseada del mundo. Se llamaba Norma Jeane Mortenson y, bajo el nombre de Marilyn Monroe, terminaría encarnando el sueño americano en su versión más deslumbrante y, al mismo tiempo, más contradictoria.

La sesión fotográfica que cambió la vida de Norma Jeane © David Conover /Getty Images

En aquel momento, Norma Jeane era casi la encarnación misma de la desdicha. Creció sin conocer la identidad de su padre y fue pronto separada de su madre, diagnosticada con esquizofrenia paranoide, una herida inaugural que marcaría toda su existencia. La niña transitó por un orfanato y hasta una docena de hogares de acogida, donde su vulnerabilidad la convirtió en presa fácil de abusos, incluso por parte del marido de una amiga de su madre que ejercía como su tutora legal. Aquel itinerario de desamparo fue moldeando un carácter frágil: retraída, insegura, con episodios de tartamudez y un desempeño escolar discreto, Norma parecía avanzar por la vida con una condena silenciosa a cuestas. Sin embargo, a los quince años encontró una forma precaria de refugio en la figura de James Dougherty, un vecino con quien, tras un noviazgo fugaz, acabaría casándose. No estaba enamorada ni preparada para la vida conyugal, pero en ese vínculo halló algo esencial: una ilusión de estabilidad, un lugar donde, al menos un tiempo, pudo sentirse a salvo.

Norma Jeane, cuando era la señora del marine Jim Dougherty © Getty Images

Cuando James se enroló en la Marina y fue destinado al Pacífico, Norma se trasladó a vivir a casa de sus suegros y comenzó a trabajar en una fábrica de municiones, un entorno áspero en el que coincidió con muchas jóvenes como ella, marcadas por la penuria y las cicatrices invisibles de la vida. El día en el que el fotógrafo David Conover le pidió que posara ante su cámara, intuyó que otra existencia la aguardaba al otro lado del objetivo, una en la que podía aspirar a emular a Betty Grable, la actriz cuyas célebres piernas la habían convertido en la pin-up más deseada por los soldados en el frente. Lo que Norma no podía sospechar era que, en 1953, compartiría cartel con Grable en Cómo casarse con un millonario, y que no solo lograría eclipsarla en la pantalla, sino que terminaría encarnando un mito de una magnitud superior, destinado a trascender su tiempo.

Por primera vez en su vida, Norma vislumbró un horizonte propio, pero su matrimonio se erigía como un lastre difícil de sostener. Su marido se opuso a aquel incipiente destino, y esa resistencia precipitó el final de su relación. Ninguno de los dos lo lamentó y aquella separación era lo mejor para ambos. Años más tarde, James confesaría en un libro que se había enamorado de una muchacha sencilla de su barrio, y que fue incapaz de reconocer en la deslumbrante estrella que conquistó al mundo a aquella joven con la que un día compartía su vida.

Norma Jeane en sus primeros posados como modelo amateur © David Conover / Getty Images

Liberada de James, Norma se entregó con entusiasmo a sus primeros trabajos como modelo ante la cámara de David Conover, una oportunidad que pronto le abrió las puertas de la agencia Blue Book. Allí no tardó en destacar por una combinación poco frecuente de ambición, disciplina y una intuición casi instintiva para entender qué demandaba la cámara. No tenía reparos en transformar su imagen ni en explotar al máximo su sensualidad si eso le garantizaba más sesiones fotográficas y una mayor visibilidad.

Es cierto que no poseía la figura estilizada ni la sofisticación distante que exigían los salones de moda, pero encajaba de manera natural en el imaginario de las pin-up, donde su belleza —directa, luminosa y sin afectación— resultaba irresistible. Había en ella una cercanía casi doméstica, una frescura que parecía al alcance de cualquiera y que, precisamente por eso, la hacía inolvidable. Esa cualidad no pasó desapercibida para la dueña de la agencia, Emmeline Snively, quien supo ver más allá del fenómeno fotográfico y decidió impulsarla hacia una agencia de actuación convencida de que Hollywood estaba ávido de rostros como el suyo: mujeres capaces de encarnar el sueño americano y convertirlo en mito.

Norma Jeane siendo una perfecta encarnación de la pin up. Extraordinariamente fotogénica y cercana © GettyImages

Los inicios de Norma Jeane en Hollywood distaron mucho de ser un camino allanado. Su belleza le abrió las puertas de la 20th Century Foxy de Columbia, donde pasó por los exigentes talleres de formación de ambos estudios; pero, aunque su físico no dejaba indiferente a nadie, su fotogenia —tan poderosa en las imágenes fijas— se desdibujaba ante la cámara en movimiento, traicionada por una inseguridad que amenazaba con truncar su porvenir como actriz.

Lejos de rendirse, la joven – bautizada por la industria como Marilyn Monroe– decidió enfrentarse a sus propia limitaciones con una determinación casi obstinada. Se entregó a las clases de interpretación, puliendo gesto, voz y presencia, y comprendió pronto que en Hollywood el talento debía ir acompañado de una red de contactos sólida y estratégica. Antes de aspirar a un ascenso fulgurante, entendió que su carrera debía expandirse en horizontal, tejiendo vínculos y acumulando pequeñas oportunidades, incluso en un entorno donde las concesiones carnales formaban parte de las reglas no escritas del sistema. Había aprendido a habitar ese complejo engranaje que, con el tiempo, podía catapultarla hacia el estrellato.

Harry Cohn concibió a Marilyn Monroe como una réplica rubia de Rita Hayworth. Su paso por Columbia Pictures duró apenas seis meses y, antes de que el fenómeno Monroe explotara, el estudio intentó atribuirse el mérito de su descubrimiento © Columbia Pictures

Norma Jeane no dejaba de ser, en el fondo, un animal herido: una niña que seguía reclamando afecto en un mundo que apenas sabía concedérselo, y que no estaba preparada para moverse en un territorio tan hostil como el Hollywood de la época. Sin embargo, en medio de ese paisaje áspero, encontró a dos figuras decisivas para su destino: Natasha Lytess y Johnny Hyde.

Lytess, profesora de interpretación en Columbia, supo percibir en Norma un talento intuitivo, todavía en bruto, pero lleno de posibilidades. Se convirtió en su mentora, moldeando su técnica y su presencia escénica, y estableció con ella una relación intensa, casi absorbente, que acabaría rompiéndose en 1955, cuando Marilyn ingresó en el Actor’s Studio en busca de una nueva etapa artística.

Natasha Lytess apostó por el talento de Marilyn Monroe. Sin ella, la actriz no habría luchado por su integridad artística © Getty Images

Johnny Hyde, por su parte, vicepresidente de la agencia William Morris, fue mucho más que otro de esos hombres poderosos que orbitaban en torno a las jóvenes aspirantes. Aunque su relación tuvo una dimensión sexual, Hyde supo ver en ella algo más que otros no alcanzaron a percibir: el germen de una auténtica estrella. Se erigió en su protector y su Pigmalión, afinando su imagen, abriéndole puertas decisivas y apostando por su futuro con una convicción inquebrantable. Gracias a su impulso, Marilyn consiguió papeles en La jungla de asfalto, de John Huston, y Eva al desnudo, de Joseph L. Mankiewicz, donde encarnó un personaje que, en muchos sentidos, parecía un reflejo de sí misma. Fue también Hyde quien negoció para ella un contrato crucial con la 20th Century Fox, de siete años de duración, que sentaría las bases de su ascenso.

Marilyn Monroe cultivó la horizontalidad para ascender en la industria. Johnny Hyde fue el único de sus amantes que realmente creyó en su potencial © GettyImages

No llegó a ver el alcance de su intuición. Johnny Hyde falleció de un infarto a finales de 1950, cuando la carrera de Marilyn Monroe comenzaba a despegar. Su muerte la dejó devastada, pero también le impuso una suerte de mandato íntimo: no rendirse. Tenía que demostrar —quizá por primera vez sin apoyos— que era mucho más que el capricho pasajero de un hombre influyente, que su lugar en el firmamento de Hollywood le pertenecía por derecho propio.

El de Marilyn Monroe fue un fenómeno de cocción lenta, una alquimia paciente más que un deslumbramiento súbito. Su ascenso no respondió al fulgor inmediato del estrellato, sino a un proceso de sedimentación que se prolongó durante varios años, alimentado por una sucesión de papeles secundarios que dejaban una huella persistente en el espectador. A ello se sumó una calculada campaña publicitaria que explotaba sin disimulo su pasado como modelo pin-up, reforzando una imagen entre la cercanía y el deseo.

La sensualidad de Marilyn Monroe la convirtió en una eficaz robaescenas © 20th Century Fox

La 20th Century Fox comprendió pronto que Marilyn no era una apuesta menor, sino una inversión estratégica llamada a rendir frutos extraordinarios. Y fue en 1953 cuando esa intuición cristalizó de una manera incontestable. Tres películas bastaron para confirmar su magnetismo en la gran pantalla: Niágara, de Henry Hathaway; Cómo casarse con un millonario, de Jean Negulesco; y Los caballeros las prefieren rubias, de Howard Hawks. En ellas, Marilyn no solo capturó la atención del público sino que redefinió el arquetipo de rubia hollywoodense, consagrándose como el mayor sex symbol que había conocido la industria desde los días de Jean Harlow.

En 1953, Marilyn Monroe se convirtió en la mayor estrella mundial © 20th Century Fox

En aquel momento, Marilyn Monroe se había convertido en la encarnación misma del sueño americano: una promesa de ascenso, una aspiración tangible para los espectadores. Fue el espejo en el que muchas mujeres quisieron mirarse para alcanzar el éxito, y la fantasía persistente de innumerables hombres que soñaban con conquistarla. Sin embargo, bajo el resplandor del mito, Norma Jeane seguía sin sentirse satisfecha. Arrastraba la íntima convicción de ser una impostora en un mundo que exigía excelencia, y vivía acomplejada por sus orígenes humildes, su formación irregular y por haber utilizado su sexualidad como mercancía para ascender en Hollywood.

Marilyn Monroe actuando ante los soldados en Corea y consagrándose como gran icono popular © GettyImages

Tal vez no procediera de la más prestigiosa tradición teatral ni poseyera la cultura académica de otras actrices, pero Marilyn Monroe contaba con una cualidad rara, casi inexplicable, que la convertía en una criatura única en la pantalla: tenía ángel. Había en ella una autenticidad irreductible, una verdad que atravesaba cualquier personaje y que la cámara captaba con una fidelidad casi milagrosa. Ese magnetismo, ese don intangible que escapaba a la técnica, no se aprende en ninguna escuela de interpretación y, sin embargo, fue el cimiento de su leyenda.

En la cima de su popularidad, Marilyn Monroe se mostró firme ante la 20th Century Fox, dejando claro que no estaba dispuesta a ser una pieza más del engranaje industrial, sino una artista con criterio propio, capaz de defender sus decisiones creativas. El éxito de sus películas y el fervor del público respaldaban su posición. A regañadientes, el estudio aceptó el desafío: perder a su nueva estrella resultaba demasiado arriesgado. Sin embargo, adoptó una estrategia similar a la que había practicado Jack Warner con Bette Davis: una paciencia calculada, casi fría, confiando en que el tiempo acabaría imponiendo su lógica.

En los despachos de la Fox eran conscientes de que Marilyn Monroe era también una fuerza imprevisible, una suerte de detonación latente. Su fragilidad emocional, su inseguridad y una creciente indisciplina complicaban cada vez más los rodajes: retrasos, ausencias y una evidente dificultad para memorizar los diálogos alimentaban la inquietud del estudio. Como sentenció Billy Wilder, que la dirigió en La tentación vive arriba y Con faldas y a lo loco, «una tía suya de Viena sería mucho más profesional que Marilyn Monroe, pero nadie iría a verla». Y es que, pese al caos, Marilyn poseía la capacidad, casi milagrosa, de transformar cada escena en algo irrepetible.

El magnetismo de Marilyn Monroe era irrefutable © 20th Century Fox

En medio de una profunda crisis personal, marcada por su separación de la leyenda del béisbol Joe DiMaggio, decidió ingresar en el Actor’s Studio con la intención de perfeccionar su técnica interpretativa. Allí sería acogida por Paula Strasberg que pasó a ser su formadora personal y su sombra. Sin embargo, el método de Lee Strasberg, heredero del sistema de Stanislavski, que exigía bucear en la propia experiencia emocional y explorar sin concesiones la psicología más íntima, terminó por abrir en ella grietas aún más profundas. Lejos de fortalecerla, ese proceso la empujó hacia un territorio interior del que ya no saldría indemne.

Marilyn Monroe, ilustre alumna del Actor’s Studio © GettyImages

Nuevamente, el amor irrumpió en su vida en la figura del dramaturgo Arthur Miller, que se convertiría en su tercer marido. La unión despertó un enorme interés mediático: el prestigioso intelectual que sucumbía al supuesto encanto frívolo de una sex symbol, una lectura simplista que ignoraba deliberadamente que Norma Jeane llevaba años empeñada en enriquecerse culturalmente y en ser tomada en serio como actriz.

La intelectualidad de la costa Este sucumbiendo a los encantos de Marilyn Monroe © GettyImages

Miller supo ver de cerca a ese animal herido que habitaba tras el mito y, en cierto modo, escribió para ella Vidas rebeldes, dirigida por John Huston, como un espejo emocional en el que pudiera reconocerse. Si en Niágara había resultado deslumbrante, convertida en una encarnación perfecta del erotismo, fue en ese último papel donde Marilyn Monroe alcanzó una verdad más honda: la de una mujer a la deriva que dejaba al descubierto su fragilidad. Nunca había estado tan expuesta… y, quizá por ello, nunca había resultado tan profundamente hermosa.

Marilyn Monroe, en una sesión promocional de Vidas rebeldes, su última película estrenada, donde mostró su dimensión más humana © 20th Century Fox

El rodaje de Vidas rebeldes marcó un punto de inflexión en la vida de Norma Jeane, que arrastraba ya una carga demasiado pesada de traumas y heridas no cicatrizadas. Había sufrido un aborto, y su cuerpo acusaba las secuelas de las interrupciones —voluntarias y naturales— de sus embarazos. Su matrimonio con Arthur Miller se resquebrajó hasta romperse, en parte porque él se enamoró de otra mujer, dejándola sumida en una soledad aún más profunda. A todo ello se sumaba una dependencia creciente de los fármacos y del alcohol así como una relación cada vez más estrecha y ambivalente con su psiquiatra, Ralph Greenson. Sobrevolaba en ella un temor persistente: el de la locura que había apartado a su madre de la realidad, como si ese destino pudiera alcanzarla en cualquier momento. Incapaz de soportar la presión constante de la industria y el escrutinio implacable de los medios, Marilyn fue desmoronándose a la vista de todos poco a poco. Todo ello desembocó en un colapso que hizo necesario su ingreso en un hospital psiquiátrico de Nueva York en 1961, en un intento desesperado por contener una caída que ya parecía inevitable.

El ingreso de Marilyn Monroe en un centro psiquiátrico se convirtió en carnaza para la prensa © GettyImages

En los despachos de la 20th Century Fox se respiraba un nerviosismo casi patológico, y no únicamente por Marilyn. A comienzos de la década de los sesenta, el estudio ya no contaba con la presidencia ejecutiva de Darry F. Zanuck, uno de los hombres más lúcidos de la industria, artífice de su edad dorada. Mientras trataba de reencontrar su rumbo, la compañía se veía atrapada en el desmesurado rodaje de Cleopatra, cuyo presupuesto crecía sin freno, como una hemorragia imposible de contener. En ese contexto, Monroe se convirtió en otro foco de inestabilidad. Poseía, eso sí, un don infalible que trascendía su magnetismo en pantalla: un dominio absoluto de la publicidad. Bastaba un gesto, una aparición fugaz ante las cámaras, para eclipsar cualquier reproche sobre su falta de disciplina. Sin embargo, la ansiedad y la imprevisibilidad que generaba en el set amenazaban con traducirse en pérdidas económicas que la Fox ya no estaba en condiciones de asumir.

Pese a todo, Monroe debía aún una película al estudio, y ese compromiso tomó forma en Something’s Got to Give, bajo la dirección de George Cukor. Se trataba de una comedia de enredo —territorio donde la actriz desplegaba con mayor brillantez su talento— que revisitaba Mi esposa favorita. En ella, Monroe encarnaba a una fotógrafa que reaparece años después de haber sido dada por muerta, en el instante más inoportuno y a la vez más revelador: cuando su marido ya ha rehecho su vida y contraído un nuevo matrimonio. La premisa, ligera en apariencia, contenía sin embargo una carga de ironía casi cruel, muy acorde con la propia encrucijada vital de la actriz, atrapada entre el mito y sus propias fragilidades.

Marilyn Monroe en una de las pruebas realizadas para la inacabada Something’s Got to Give © 20th Century Fox

El clima durante la preproducción era irrespirable, envenenado por las constantes disputas entre el estudio y la actriz en torno a un guion errático que llegó a pasar por las manos de hasta siete escritores. Uno de ellos, Arnold Schulman, abandonó el proyecto en señal de protesta ante el trato que la 20th Century Fox dispensaba a quien había sido una de sus más rentables estrellas. Pero lo peor estaba por llegar con el inicio del rodaje. Marilyn Monroe causó baja por enfermedad y, cuando finalmente se reincorporó, su comportamiento distó mucho de la puntualidad y la eficacia que exigía una producción ya de por sí tambaleante. Aun así, hubo destellos en los que Monroe desplegó intacto su legendario poder de seducción. Especialmente durante la filmación de la célebre escena en la piscina, en la que su personaje se bañaba con una naturalidad desarmante: unas imágenes en las que aparecía en todo su esplendor y que, captadas por los medios, contribuyeron a alimentar el mito incluso en medio del desastre.

Su pasado como pin-up fue su principal herramienta para construir su narrativa publicitaria. Marilyn Monroe siempre ofrecía lo que los fotógrafos deseaban © 20th Century Fox

Marilyn Monroe dejó momentáneamente el rodaje de Something’s Got to Give para acudir a la celebración del 45º cumpleaños del presidente John Fitzgerald Kennedy, un acontecimiento que acabaría siendo tan legendario como controvertido. Allí, la actriz, ceñida en un vestido casi imposible diseñado por Jean Louis, que parecía fundirse con su propia piel y no dejaba espacio alguno a la imaginación, ofreció una interpretación cargada de insinuación y magnetismo que quedó grabada en la memoria colectiva como una de las exhibiciones de sensualidad más icónicas del siglo XX. Sin embargo, aquel gesto —a medio camino entre la provocación y la autopromoción— colmó la paciencia de la 20th Century Fox, que decidió rescindir su contrato y despedirla, harta de retrasos, ausencias y conflictos. La situación, sin embargo, distaba de ser definitiva: las presiones de Dean Martin, quien había firmado para protagonizar la película junto a Monroe, así como el eco mediático, empujaron al estudio a reconsiderar su postura y abrir negociaciones para su reincorporación. Pero cualquier intento de reconciliación quedó abruptamente truncado en la madrugada del 5 de agosto de 1962, cuando Marilyn Monroe fue hallada sin vida, poniendo un final trágico no solo a aquel proyecto, sino también a uno de los mitos más luminosos y frágiles de la historia del cine.

Marilyn Monroe, icono indiscutible del siglo XX © GettyImages

La muerte de Marilyn Monroe, a los 36 años, sumió a la siempre pacífica comunidad de Tinseltown en un estado de conmoción difícil de describir. Se extinguía de forma abrupta una de las mayores estrellas que había alumbrado Hollywood, un mito cuya fragilidad había sido, en buena medida, triturada por la propia industria que durante más de una década se enriqueció gracias a su fulgor… y que, paradójicamente, vería multiplicar sus beneficios tras su desaparición.

Dejando a un lado a las teorías conspiranoicas que su muerte ha alimentado con el paso del tiempo, lo cierto es que su desenlace trágico llevaba tiempo gestándose. Detrás de la imagen radiante de Marilyn Monroe habitaba Norma Jeane, una mujer profundamente herida que había atravesado varias crisis psiquiátricas. La más devastadora, en la primavera de 1961, dejó una huella de la que nunca llegó a recuperarse por completo. A partir de entonces, su existencia quedó marcada por un progresivo deterioro físico y emocional: el insomnio, la ansiedad y la dependencia del alcohol y los fármacos fueron estrechando el cerco, hasta convertir su vida en un equilibrio cada vez más precario entre el mito y el abismo.

Marilyn Monroe en su última sesión fotográfica © GettyImages

Más allá del resplandor, del mito y de la tragedia, la historia de Marilyn Monroe, de Norma Jeane, encierra una verdad incómoda sobre el propio sueño americano. Porque en su ascenso vertiginoso se cifra la promesa de una nación que se proclama tierra de oportunidades, capaz de transformar a una muchacha abandonada en el mayor icono de su tiempo; pero en su caída, lenta y devastadora, se revela también el reverso de ese mismo relato: la fragilidad de un sistema que eleva a sus mitos con la misma intensidad con la que los consume.

Norma Jean no solo conquistó Hollywood: lo encarnó en toda su complejidad. Fue la prueba viviente de que el sueño americano podía cumplirse…. y, al mismo tiempo, la evidencia de que ese sueño exigía un precio desmesurado. En su caso, el coste fue la propia identidad, diluida bajo el peso de una imagen fabricada para satisfacer el deseo colectivo. Así, su vida quedó suspendida en una paradoja dolorosa: cuanto más se acercaba a la cima, más se alejaba de sí misma.

Quizá por eso su figura sigue ejerciendo una fascinación intacta. Porque en ella no solo contemplamos a una estrella, sino una promesa quebrada. La de un país que ofrece la posibilidad de ser alguien… pero que no siempre sabe proteger a quienes lo logran. Y es en esa grieta, en ese espacio entre la ilusión y el desmoronamiento, donde la historia de Marilyn Monroe adquiere su verdadera dimensión: la de un sueño que, por deslumbrante que sea, nunca deja de ser profundamente frágil.

Marilyn Monroe fue devorada por el sueño americano, que la transformó en mito y mercancía hasta diluir a la persona bajo el brillo implacable de la fama © GettyImages

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