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  • Rock Hudson lo agradeció

    El 2 de octubre de 1985 falleció el actor Rock Hudson, a pocas semanas de cumplir sesenta años. En el tramo final de su vida se convirtió, involuntariamente, en el primer rostro público del sida, una enfermedad que por entonces generaba un profundo pánico social y que estigmatizaba a quienes la padecían. Existía un enorme desconocimiento sobre su naturaleza y transmisión, y debido al alto porcentaje de hombres homosexuales entre los primeros afectados, se llegó a denominar —de forma tan ignorante como cruel— “el cáncer gay”. Cuando Hudson reveló públicamente su diagnóstico terminal, también hizo explícita su homosexualidad: una condición que la siempre pacífica comunidad de Tinseltown conocía, aunque se había esforzado durante décadas por encubrir.

    La muerte de Rock Hudson se convirtió en un punto de inflexión en la lucha contra el sida. © GettyImages

    En el momento de su muerte, Hudson poseía una fortuna estimada en 27 millones de dólares, una suma considerable hace cuatro décadas. Entre los beneficiarios figuraban su secretario personal, Mark Miller, y su pareja, George Nader. La decisión tenía una razón de peso que iba más allá del afecto: era también un acto de reparación.

    Tres décadas antes, Rock Hudson había alcanzado el estrellato al reunir de forma excepcional talento, carisma y presencia física. En 1949 fue fichado por Universal, que vio en él una réplica moderna e impecable de Cary Grant. No se equivocaron: poseía magnetismo, elegancia y una notable capacidad para abordar papeles complejos. Se convirtió en el actor fetiche de Douglas Sirk, y brilló bajo la dirección de cineastas de primera línea como George Stevens —por «Gigante» obtuvo su única candidatura al Oscar—, John Frankenheimer, Norman Jewison, Delbert Mann, Charles Vidor y Howard Hawks. También cosechó un notable éxito en televisión. Su química en pantalla con Elizabeth Taylor y Doris Day, unida a la profunda amistad que los unía fuera de los focos, consolidó aún más su popularidad.

    En Rock Hudson habitaba esa cualidad inconfundible que distingue a las estrellas de los simples mortales. © GettyImages

    La carrera de Hudson estuvo férreamente controlada por su agente, Henry Wilson. En 1955, cuando su fama se encontraba en pleno ascenso, comenzaron a circular rumores sobre su orientación sexual en las cloacas de la villa y corte. En una época en la que la libertad sexual no formaba parte de la agenda pública, cualquier imagen comprometedora era oro para los paparazzi. Fotógrafos y tabloides se beneficiaban de un lucrativo sistema de extorsiones: estudios, agentes e incluso los propios actores estaban dispuestos a pagar sumas importantes para proteger su imagen. Que uno de los galanes más prometedores de Hollywood no se ajustara a las normas morales impuestas no solo habría supuesto un escándalo devastador, sino probablemente el fin de su carrera.

    Rock Hudson casándose con la secretaria de su agente para salvar su carrera en Hollywood. ©GettyImages

    Cuando unos reporteros acudieron al despacho de Wilson con fotografías comprometedoras destinadas a los tabloides más extremistas, el agente actuó con frialdad: decidió “sacrificar” a otro de sus clientes, George Nader, revelando su homosexualidad para desviar la atención. Además, organizó un matrimonio exprés entre Hudson y su secretaria, Phyllis Gates, para frenar los rumores. El enlace duró poco más de un año: cuando se divorciaron, Hudson ya estaba completamente consolidado como gran estrella, tras el éxito monumental de «Gigante».

    George Nader, como Hudson, pertenecía a la nómina de Universal y destacaba por su atractivo, aunque no había demostrado todavía la cualidad necesaria para ascender a la primera división de Hollywood. Aun así, obtuvo el Globo de Oro a la estrella emergente por «Entre el valor y el dinero». Cuando Wilson filtró su relación con Mark Miller, su carrera quedó marcada. A Nader le había costado conseguir papeles protagonistas, tras una larga etapa en roles secundarios y producciones menores; el escándalo truncó cualquier ascenso posterior.

    La caída de George Nader apenas dolió, ni a Henry Wilson ni a Hollywood. © GettyImages

    Su presencia en Hollywood se fue diluyendo: logró trabajos esporádicos en televisión y, junto a su pareja, se trasladó a Europa, siguiendo el ejemplo de otros intérpretes que encontraron allí un refugio artístico. Sin embargo, Nader no era Burt Lancaster y Europa no le ofreció un Visconti, sino producciones de serie B. Su carrera quedó definitivamente interrumpida en 1970, tras un grave accidente de tráfico que le dañó la vista. A partir de entonces se dedicó a la literatura.

    Hudson fue siempre consciente del sacrificio personal y profesional que se realizó con George Nader para protegerle. Le ayudó económicamente y, en los años setenta, incorporó a Mark Miller como su secretario personal, estrechando aún más el vínculo entre los tres. Al dejarles parte de su fortuna, Hudson quiso retribuirles con gratitud y justicia por todo lo que habían soportado en silencio.

    En la última etapa de su vida, Rock Hudson hizo de George Nader y de Mark Miller su familia, buscando en ellos la paz que tanto necesitaba. © GettyImages

  • Will Haines, el más valiente entre mil

    Will Haines, el más valiente entre mil

    En 2021, Emma Corrin, irrumpió en el debate – activo desde la pasada década – sobre la eliminación de las categorías interpretativas por género en los premios del espectáculo. La reforma promete avanzar hacia una igualdad más inclusiva, erradicando la incomodidad de quienes no se reconocen en identidades binarias y legitimando candidaturas como la de Karla Sofía Gascón, mujer transexual nominada al Oscar por su actuación en «Emilia Pérez». Corrin, quien se define como persona de género fluido, fue candidata al Emmy por su fantástica interpretación de Diana de Gales en «The Crown». Sin embargo, expresó su malestar ante un sistema que la encasilla en una categoría femenina que no termina de representarla. Sus palabras fueron aplaudidas en los sectores progresistas, ávidos de reafirmar nuevos dogmas identitarios.

    Emma Corrin como Diana de Gales en ‘The Crown’, representación de la lucha por la inclusión en la industria del entretenimiento © Netflix

    La de Corrin no ha sido una voz excepcional, ni ha inventado nada. Un año después, Ariana DeBose, se proclamó la primera actriz queer ganadora del Oscar, omitiendo que Linda Hunt ya había realizado ese camino casi cuarenta años antes. Más allá de la autenticidad, estos discursos cumplen una función estratégica: las agencias, conscientes de su responsabilidad social y comercial, adoptan banderas activistas para conectar con la generación Z, consumidor voraz y demandante de referentes, aunque muchos de estos sean construcciones cuidadosamente diseñadas. El gesto de Corrin – cuya vida sentimental conocida incluye solamente parejas masculinas – fue percibido por algunos más como una maniobra calculada que como un acto de coraje; su carrera transcurre en un entorno donde la diversidad sexual es un derecho garantizado, no una batalla.

    Emma Corrin y Rami Malek han formado una pareja que ha enloquecido a los editores de moda © People

    Muy diferente fue la realidad de William Haines en los años 30, cuando vivir su homosexualidad abiertamente equivalía a la ruina profesional.

    William Haines, pionero del cine de Hollywood y símbolo de la libertad sexual © MGM

    Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, sus estrellas respondieron al llamado patriótico como si se tratara de un casting nacional. Glark Gable, destrozado por la muerte trágica de Carole Lombard, parecía buscar en el frente un desenlace seguro a su existencia. Habría sido humillante y desastroso para la propaganda que cayera en manos enemigas. Gable no era solo la mayor estrella de Hollywood: era la encarnación del cine americano. «Lo que el viento se llevó» cimentó su lugar como icono absoluto, un cruce perfecto de talento, magnetismo y carisma. Los hombres lo admiraban, las mujeres lo deseaban. Era, sin discusión, el rey.

    Clark Gable, simbolizando el esplendor del Hollywood de los años 30 © Warner

    Su carrera se forjó en la Metro Goldwyn Mayer, estudio que alardeaba de tener más estrellas que el firmamento: Garbo, Harlow, Shearer, Crawford… estaban en sus filas. Pero más que a Louis B. Mayer, Gable debió su ascenso a Joan Crawford, quien insistió en contar con él en «Amor en venta». Según la leyenda, William Haines – estrella de la compañía y muy cercano a Crawford – lo recomendó cuando Gable buscaba desesperadamente su salto a la primera fila. Algunos vinculan esta historia con el despido de George Cukor – íntimo de Haines y cómplice en sus andanzas – de «Lo que el viento se llevó», un reflejo de las tensiones personales en el Hollywood de influencias y traiciones.

    En 1933, William Haines era una figura establecida, epítome de sofisticación y transición exitosa al cine sonoro. A diferencia de sus colegas, no ocultó su homosexualidad. Desde 1926, compartía su vida con Jimmy Shields, también actor, relación conocida por MGM. La maquinaria publicitaria presentaba a Haines como «eterno soltero» mientras la situación fuera manejable. Todo cambió con una redada en la que fue sorprendido dando lo mejor de sí con un marinero. Louis B. Mayer intentó imponer un matrimonio de conveniencia para salvar la imagen, pero Haines rechazó renunciar a su sexualidad y a su pareja, pese a sus conocidas aventuras paralelas.

    William Haines apostó por una jovencísima Joan Crawford y ella le fue leal hasta el final © MGM

    El precio por su libertad fue inmediato: despido fulminante, veto absoluto y ostracismo. En una industria que toleraba la hipocresía mientras la disidencia sexual permaneciera oculta, Haines fue el primer gran símbolo de resistencia visible. Lejos del calor de los platós cinematográficos, Haines y Shields encontraron prosperidad en el diseño de interiores, con el apoyo de las luminarias de Hollywood, su principal valedora fue Joan Crawford, siempre agradecida por la ayuda que Will le prestó en sus comienzos.

    William Haines y su pareja Jimmy Shields: una historia de amor y resistencia en la era dorada de Hollywood © Getty Images

    La relación de William Haines y Jimmy Shields fue una de las más sólidas de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown. Ni la presión de una industria puritana ni las tentaciones pasajeras lograron quebrar su vínculo. Permanecieron juntos hasta la muerte de Haines por cáncer en 1973. Jimmy, incapaz de soportar la ausencia y afectado por el Alzheimer, decidió seguirlo poco después. Fue la última escena de un amor real en un Hollywood que solo sabía fingirlo.

  • Karla ha quedado en tierra de nadie

    Entre las ganadoras de la pasada edición de los Oscars estaba la película «American Fiction», que, además de alzarse con el galardón al mejor guión adaptado, estuvo optando en la categoría reina y llevó a dos de sus intérpretes, los excelentes Jeffrey Wright y Sterling K. Brown, a la disputa de las estatuillas. El film de Cord Jefferson está basado en la aclamada novela «Erasure» de Percival Everett, que ridiculizaba la utilización de los estereotipos raciales con fines comerciales. El protagonista de la historia es un intelectual de raza negra a quien el negocio editorial y los académicos le quieren explicar lo que supone ser negro, alguien condenado a la marginalidad por el sistema, y que, por muy ventajosa que sea su situación, él siempre tendrá opciones de entrar en el medallero de un campeonato de opresión. «American Fiction» es indudablemente una de las denuncias más inteligentes que se han hecho contra el racismo porque expone a una sociedad paternalista que actúa como las familias ricachonas que acogían a un pobre en «Plácido» de Luis García Berlanga, realizando una exhibición de virtud para ganarse el perdón social.

    «American Fiction» señalaba la hipocresía de la élite cultural © Amazon Prime

    «American Fiction» ganó la edición del festival de Toronto de 2023 y se estrenó en un momento oportuno, en pleno delirio de la cultura woke cuyos efectos se están notando cada vez más en una sociedad que ha dividido en guetos. El mundo de este siglo XXI está bastante lejos del imaginado por Martin Luther King, que quería que sus hijos no fueran mirados por el color de su piel, sino por sus actos. Con el primer mandato de Barack Obama y ante la amenaza del ala más radical del Partido Republicano, la gente de bien de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown y de la prensa del entretenimiento se alistó y se fue a las trincheras para luchar contra las tropas opresoras, y ese movimiento se ha replicado en otras latitudes. En 2014, Gary Oldman se atrevió a decir que en Hollywood había miedo a ser declarado mala persona si no se votaba por «12 años de esclavitud» en los Oscars, y el actor tuvo que disculparse y moderar su discurso para poder seguir trabajando en la industria. En algo más de quince años, la cultura del entretenimiento ha muerto; no importan las obras sino el mensaje, las agencias han sido tomadas por abogados especializados en derechos civiles y los principales medios de comunicación por periodistas que son conscientes de que ejerciendo el activismo de la superpop tienen garantizada la nómina.

    Cuando en el año 2018 Frances McDormand ganó el Oscar a la mejor actriz por «Tres anuncios en las afueras», puso de pie a la audiencia del teatro Dolby al pedir que la industria impusiera la «cláusula de inclusión» para conseguir una representación de la diversidad. En 2020, la Academia introdujo como medida que las aspirantes al Oscar a la mejor película cumplieran con dicha cláusula y dio un plazo de cuatro años para que la industria se adaptara. La diversidad ha de estar representada no solamente en la pantalla, sino también entre el equipo artístico y técnico de las películas. No solamente se ha impuesto en el terreno del cine, ya que también se exige en las otras áreas del espectáculo. La culminación de la «cláusula de inclusión», término acuñado por la profesora universitaria y activista Stacy L. Smith, es la película francesa «Emilia Pérez», que desde el pasado festival de Cannes se ha convertido en la película que ha generado más debate. «Emilia Pérez» es un musical ambientado en el peligroso mundo del narcotráfico mexicano y que nos narra el proceso de redención de un peligroso criminal tras cambiar de sexo. La película está escrita y dirigida por Jacques Audiard, perteneciente a la élite cultural europea. Tiene una Palma de Oro por «Dheepan» y fue aclamado a nivel internacional con «Un profeta». Se escribió originalmente en francés, se rodó en París y de su reparto principal solamente Adriana Paz es mexicana. Audiard, que considera que el español es un idioma de países en desarrollo, ofrece una visión paternalista de México, tratando cuestiones tan importantes como la violencia, la misoginia y el racismo con la frivolidad propia de un burgués que a través del arte quiere hacer un negocio disfrazado de ejercicio de conciencia social. Pese a que Sean Baker se llevó la Palma de Oro de 2024 con «Anora», fue «Emilia Pérez» la película que definió la edición y Greta Gerwig lo hizo saber otorgando el premio del jurado y el galardón a la mejor interpretación femenina para sus cuatro actrices principales: Karla Sofía Gascón, Zoe Saldaña, Adriana Paz y Selena Gómez. Gascón marcaba un hito porque se convertía en la primera intérprete transexual en tener una de las distinciones más importantes del mundo de la cultura y en su emocionado discurso le dedicó el triunfo a las transexuales que, como ella, estaban sufriendo delitos de odio y advertía a los responsables de la película de las críticas que iban a recibir de quienes están en contra del movimiento trans.

    Doce millones de dólares pagó Netflix por «Emilia Pérez» para su distribución en Estados Unidos y Reino Unido © Elastica Films

    Antes de su aparición en el festival de Cannes, apenas se conocía a Karla Sofía Gascón. Su caso tiene bastantes similitudes con el de Caitlyn Jenner, solo que Gascón no es una estrella del deporte ni es patrimonio de la cultura pop por su vinculación al clan Kardashian. Bajo el nombre de Carlos Gascón trabajó en muchas teleseries, como «Calle nueva» o «El pasado es mañana», sin obtener nunca un papel relevante y, cuando llegaron las vacas flacas en la industria televisiva, se refugió en México, donde su carrera se desarrolló de manera similar. Gascón desapareció de la vida pública y, cuando reapareció, reveló que había transicionado, relatando en un libro cómo había sido su proceso, iniciado a la edad de 45 años, en el que sus grandes apoyos fueron su mujer y su hija. En ese momento, Karla Sofía Gascón se convirtió en una estrella mediática en México, participando en «Masterchef Celebrity» en la edición de 2022. Tanto su transición como su vinculación a la industria del entretenimiento mexicano fueron determinantes para ponerse bajo la consideración de Jacques Audiard.

    La participación más notoria de Karla Sofía Gascón en TV antes de su lanzamiento al estrellato. Quedó la quinta en Masterchef Celebrity México © TV Azteca

    El premio en Cannes y proclamarse una víctima de los delitos de odio convirtieron a Karla Sofía Gascón en una heroína. “Emilia Pérez” fue comprada por Netflix para su estreno en los Estados Unidos, con una campaña publicitaria estimada por encima de los 25 millones de dólares, y Gascón se convirtió en la principal estrella de la gira promocional. Pasó a ser una máquina generadora de contenidos y en la nueva patrona de las catequistas de Malasaña porque, a diferencia de Caitlyn Jenner, Gascón está en las antípodas de los votantes de la derecha más férrea. En estos meses no ha dejado de dar entrevistas, de ganar premios, consiguiendo una histórica candidatura al Oscar como actriz principal y, conforme su fama ha ido en ascenso, también ha ido mostrando una actitud cada vez más arrogante, autodenominándose la mejor actriz del mundo de manera totalmente objetiva, y combativa, dedicándose a insultar a los que se han mostrado en contra de la película, los más críticos han sido los mexicanos, siendo siempre jaleada por la élite periodística del sector cultural.

    Karla Sofía Gascón erigida en nuevo símbolo de lo bueno © GettyImages

    Cuando logró la trascendental candidatura al Oscar, siendo la segunda ciudadana de Alcobendas tras Penélope Cruz, Karla Sofía Gascón se puso bajo el foco al relacionar a la brasileña Fernanda Torres, candidata por su trabajo en “Aún estoy aquí”, con una serie de amenazas que había recibido en redes sociales; la Academia prohíbe el juego sucio de una manera tan explícita. Esa maniobra de Gascón fue tan excesiva que puso en peligro su candidatura, pero ya estaba sentenciada por algo que estaba a punto de salir: su historial en redes sociales antes de pisar el set de “Emilia Pérez”.

    Karla Sofía Gascón convertida en un símbolo de la resistencia ante el regreso de Donald Trump © GettyImages

    La periodista canadiense Sarah Hagi, musulmana, que actúa como freelance en el sector cultural, escarbó en el pasado de Gascón en la red social X y descubrió escritos en contra de musulmanes, judíos, movimientos como el “Black Lives Matter“ y, mi parte favorita, las políticas de inclusión de los Oscars. Los textos de la discordia fueron publicados en Variety, ha sido el contenido más visto durante esta campaña al Oscar, y en una entrevista al citado medio, Hagi asegura que se dejó llevar por la intuición y que no está a sueldo de ningún estudio. Pese a las palabras de la periodista, tan ociosa como quienes han querido profundizar más en las entrañas de Gascón descubriendo dardos lanzados contra la izquierda purpurina que terminó apadrinándola e incluso insultos dedicados a Selena Gómez, cabe preguntarse a quién le beneficia esta polémica y a lo mejor la respuesta no está en la competencia.

    El equipo de ‘Emilia Pérez’ preparado para dominar las tertulias © GettyImages

    Karla Sofía Gascón ha pasado de ser una heroína a una villana y de ser una abanderada del movimiento trans a ser considerada una tarántula, término utilizado para definir a las transexuales que apoyan a la derecha más radical. No se veía una caída tan estrepitosa desde la de Johann (Juanito) Mühlegg. Lejos de asumir la responsabilidad de sus comentarios en las redes sociales, Gascón siguió cavándose su tumba llamando gentuza a quienes destaparon su actividad en redes antes de crearse la narrativa para poder conseguir lo que ha querido toda su vida: tener una carrera de la que sentirse orgullosa. A Gascón le ha fallado su arrogancia y también no tener un agente de prensa que, más que alimentar a la bestia, controlara sus acciones y borrara todo aquello que pudiera causar problemas. La actriz nominada al Oscar ha pasado de ser motivo de orgullo a vergüenza nacional, al ministro de cultura, Ernest Urtasun, le faltó muy poco para expresarlo de manera tan contundente, y de ser la principal estrella en todos los saraos a ser vetada por la productora de “Emilia Pérez”.

    Días después de esta foto el ministro Urtasun estaba renegando de Karla Sofía Gascón © Ministerio de Cultura

    La campaña de “Emilia Pérez” probablemente sea la más cara de esta edición de los Oscars. Netflix se la juega con una cinta que ha sido muy cuestionada, la cantidad de detractores es tan notoria como la de admiradores, y que siendo una producción francesa y rodada mayoritariamente en español ha conseguido trece candidaturas a los Oscar, codeándose con “Lo que el viento se llevó”, “Forrest Gump” y “El Señor de los Anillos: La comunidad del anillo”. La compañía de Ted Sarandos retiró su apoyo a la campaña de Gascón, dejó de financiar sus viajes, la desconvocó de las fiestas a las que estaba invitada, ante las presiones de otros asistentes, y tanto Zoe Saldaña, la única que realmente tiene opciones de ganar, como Jacques Audiard han mostrado su rechazo a la estrella de su película. Más que salvar a la soldada Gascón, el equipo de “Emilia Pérez” ha optado por el escarnio.

    Netflix no tardó en eliminar a Karla Sofía Gascón de su estrategia publicitaria © Netflix

    No solamente está en juego una millonaria inversión para ganar unos premios, sino la exhibición de la superioridad moral. Ser una de las figuras más mediáticas del último año llenó la agenda de Gascón de proyectos que han sido cancelados, como la publicación de un nuevo libro que ya estaba en imprenta, o están en el aire a la espera de decisiones empresariales. Los acontecimientos y las presiones han obligado a Karla Sofía Gascón a retirarse de la vida pública para no seguir perjudicando a “Emilia Pérez”.

    En el año 2021, Karla Sofía Gascón sentenció a la ceremonia de los Oscars con un “solamente ha faltado dar el Oscar al mejor cortometraje a mi primo por ser cojo”. Extraordinaria paradoja. A lo mejor Gascón ha considerado que ella no ha sido la protagonista de todos los premios del año por su condición de transexual, sino por sus méritos artísticos. A lo mejor considera que su película no se ha beneficiado en el reparto de candidaturas por la cláusula de inclusión, sino por su calidad incuestionable, y que no tiene nada que ver que haya sido calificado el acontecimiento del año por plasmar todas las inquietudes de la cultura woke. No vayamos a ser tan cínicos para pensar en lo contrario.

    Karla Sofía Gascón se ha convertido en un juguete roto. Ha sido repudiada por aquellos que la convirtieron en un mito en la pasada primavera, cuando triunfó en Cannes, quienes han ejercido de inquisidores y la han condenado por no comprar el pack ideológico del movimiento que la representa; ese ha sido su pecado. Gascón está en tierra de nadie, ni siquiera la derecha que ahora defiende su libertad de expresión la consideraría uno de los suyos, sino más bien una herramienta para atacar al contrario. Gascón ha sufrido un juicio sumarísimo que la ha condenado antes de que se le diera una oportunidad para defenderse. Se le ha aplicado la cancelación, se ha declarado su muerte civil, y es un aviso a navegantes. Esta historia puede volver a repetirse, y a lo mejor por ser considerada la complicidad por guardar silencio o por cuestiones más banales. El escándalo de Gascón es una muestra de nuestro fracaso como sociedad, donde la libertad individual es una osadía que solamente se puede permitir si se es consciente de que no hay nada que perder.

  • La legión de la decencia del siglo XXI

    El pasado 28 de octubre falleció el actor Matthew Perry a la edad de 54 años. Lamentablemente, la suya fue la crónica de una muerte anunciada. La estrella fue tan conocida por formar parte del elenco de «Friends» como por sus múltiples adicciones, las cuales se encargó de exponer mediante libros y charlas. Tras su muerte, los medios se despidieron de quien encarnó a Chandler Bing, uno de los personajes más queridos de la serie gracias al dominio del humor más sarcástico de Perry, y en las redes sociales se hizo lo mismo. Sin embargo, en un descarado ejercicio de exhibicionismo, también se quiso reivindicar a «Seinfeld» como la mejor comedia de la década de los noventa, y hubo quien quiso marcarse un Sergio del Molino para mostrar su superioridad cultural, afirmando no conocer algo tan popular. Más allá de la valoración de un talento desaprovechado y de situar a «Friends» como un símbolo generacional, fue especialmente llamativo que nadie resucitara la crítica a una producción protagonizada por seis actores caucásicos, tal y como sucedió cuando HBO Max estrenó el especial que reunía a todo el reparto y alojó todas sus temporadas en la plataforma que anteriormente estaba en Netflix.

    La televisión noventera levantando ampollas a la generación Z © GettyImages

    Cuando en el año 2015 Netflix se aseguró la licencia para ofrecer en streaming «Friends» a los suscriptores de los principales mercados, como Estados Unidos, Canadá y Europa, realizó una importante campaña publicitaria para captar a los fans de la serie. No era extraño que se pagaran y bastante bien los artículos sobre sus bondades. Seis años después, con «Friends» en HBO Max y con todo su equipo analizando el legado dejado, los activistas que inundan los medios y las redes sociales, que conforman la legión de la decencia de este siglo XXI, clamaron contra la falta de diversidad de «Friends»: demasiado blanca y demasiado heterosexual, pese a tener una pareja de lesbianas entre sus personajes recurrentes. En julio de 2022, año y medio después de ese episodio especial y del ensañamiento en internet, Marta Kauffman, quien ya había mostrado su arrepentimiento por no apostar por un reparto multirracial, anunció la donación de cuatro millones de dólares al departamento de estudios africanos y afroamericanos de la elitista Universidad Brandeis. Lo de Kauffman fue lo más parecido a pagar el impuesto revolucionario. Tiró de chequera para silenciar el ruido, porque una posible cancelación en internet podía acabar con la gallina de los huevos de oro. La fortuna de Kauffman, al igual que la de los seis protagonistas de «Friends», se sustenta en las varias decenas de millones de dólares que recibe anualmente en concepto de regalías. Con el fin de evitar problemas, HBO dio luz verde a una continuación de «Sexo en Nueva York» para adaptar ese universo de la mujer blanca y cosmopolita de revista femenina de alta gama a la filosofía woke, a nadie le gusta pero eso no importa.

    Carrie y sus viejas amigas asumiendo que tienen la culpa de todos los males de nuestra sociedad © MAX

    El movimiento woke se lo debemos a las universidades más caras de los Estados Unidos y Canadá que han adoptado los postulados del postmodernismo, con filósofos como Rorty, Foucault, Lyotard a la cabeza, para expiar la culpa de haber nacido en el primer mundo, aunque es bastante poco probable que en universidades como la de Brandeis se enarbole determinada bandera por el origen de sus donantes. El movimiento woke nos presenta un mundo dividido entre opresores y oprimidos. El sistema capitalista es el yugo y está representado por el hombre, blanco y heterosexual y en el bando de los oprimidos está el resto de la población. No importan las condiciones en las que esté ese símbolo del mal que siempre va a estar en la cúspide de la pirámide. Si comparamos a un obrero de la construcción de raza blanca de Iowa, prácticamente analfabeto, que no puede acceder a un seguro médico decente y que está enganchado a los opiáceos porque padece dolores insoportables con Viola Davis, formada en la prestigiosa Juilliard, ganadora del EGOT (Emmy, Grammy, Oscar y Tony) y que es una de las mujeres más ricas del mundo del espectáculo, Viola se impondría en los Juegos Olímpicos de la opresión porque es una mujer de raza negra. Aunque ese moralismo ya existía desde la caída del muro de Berlín, fue durante la administración de Barack Obama cuando la religión woke se hizo fuerte en los campus dominados por quienes proceden de la élite. Los cachorros de las familias burguesas parisinas promovieron el Mayo del 68, porque en caso de una revolución no hay mejor manera que ponerse a quemar contenedores para evitar el mismo destino que María Antonieta. De los campus universitarios, con una lista importante de profesores y alumnos purgados porque al cuestionar o no compartir del todo los postulados automáticamente incitaban el discurso de odio, se pasó a los laboratorios de ideas, a las charlas TED, a la contratación de activistas disfrazados de abogados en las diferentes agencias y áreas de responsabilidad social de las multinacionales, las tribunas en los medios de comunicación, las campañas publicitarias, los cursos impartidos por periodistas en las grandes empresas para crear conciencia social y, finalmente, las reformas legislativas. El nacimiento del Trumpismo como nueva ideología, con los señalados y asfixiados por la crisis, y el ascenso de determinados movimientos políticos es la respuesta al movimiento woke.

    Llegará el día en el que Glenn Close tenga que disculparse por interpretar a la abuela de JD Vance por la que se dejó el alma promoviendo su nominación al Oscar © Netflix

    En el año 2020, la pandemia del COVID-19 nos obligó a encerrarnos en casa y eso nos pasó factura, también a nivel estético. Fue el momento oportuno en el que tomó fuerza el movimiento de liberación de las canas, que tiene entre sus máximos exponentes a la actriz Andie McDowell, que debe gran parte de su popularidad, por no decir toda, a ser la imagen más emblemática de la firma L’Oreal y por haber anunciado durante los últimos 30 años las bondades de los tintes de supermercado de la compañía. McDowell, elevada ya a la categoría de icono por no ocultar sus canas, ha sostenido en estos últimos años que ya no se siente esclavizada por la tiranía impuesta por la sociedad de tener que estar aplicándose un tinte cada tres semanas. No cuenta McDowell que detrás de su esplendorosa melena plateada está L’Oreal, que está muy interesada en promover su línea de productos para el mantenimiento de las canas. Tampoco cuenta que es igual o todavía más esclavizante que el tinte estar todas las semanas aplicándose un champú y una mascarilla morada para que tu pelo no quede como el de Marc Ostarcevic, gran usuario del tinte, cuando se fue de concursante a «La isla de los famosos», ni, por supuesto, que la inversión realizada es muchísimo mayor que la que se hace en el tinte y que hay que complementarlo con muchísima hidratación capilar porque lo más probable es que tu melena quede como un estropajo. Algo similar está sucediendo con Pamela Anderson, que ha regresado al primer plano para la opinión pública porque asiste a eventos sin maquillaje, según ella, porque ha renunciado a ese tipo de producción, ya que su persona de confianza para tal labor ha fallecido por un cáncer. A la antigua sex symbol se le olvida un pequeño detalle: todo forma parte de una campaña de marketing, pues ha invertido gran parte de su fortuna en reflotar una firma de cosméticos de origen vegano y también en una buena agencia de comunicación que la sitúa en todo tipo de eventos. Detrás de esos lemas «empoderantes» que están quedando marcados en varias generaciones de mujeres, lo que hay es negocio, ya sean productos capilares o cremas. Tampoco está de más señalar que el objetivo de movimientos como el «body positive» es aumentar el número de pacientes de diabetes a los que vender Ozempic, ganadores del Princesa de Asturias 2024.

    Puede que te hayas encontrado con un vídeo de Anne Hathaway reivindicando a las mujeres con una talla superior a la 40 y también artículos defendiendo su valentía, pero una vez que ha bajado de la talla 36 es cuando se ha convertido en un reclamo para diseñadores, marcas y editores de las principales publicaciones y ella puede vivir de ello más que de su carrera como actriz. © GettyImages

    La extrema izquierda se ha cargado la cultura del espectáculo y también de la frivolidad. Si hace tres décadas, una periodista contaba la simpática anécdota de Julie Christie, quien había solicitado una cita con una esteticista de San Sebastián para depilarse una sola pierna, hoy la misma informadora, situada a la cabeza de la legión de la decencia, le lee la cartilla a Emma Stone en una rueda de prensa del festival de Cannes por trabajar con Yorgos Lanthimos, tachándolo de misógino disfrazado de aliado. Todo se lee en clave identitaria. No importa si un producto audiovisual alcanza la excelencia si transmite determinados mensajes. Tampoco preocupa recuperar la inversión en una producción, debería ser con compañías en números rojos. El verdadero éxito se mide en la creación de nuevos activistas de la Superpop que puedan dar la brasa en las redes sociales.

    Cuando «la turba opresora» ha criticado a esa periodista que dio la nota en una rueda de prensa al cuestionar el feminismo de Emma Stone por trabajar con alguien que disfruta especialmente llevando a sus actrices a situaciones humillantes, surgieron voces en su defensa, por supuesto, tan legítimas como las críticas. Lo curioso es que alguno que sacó su espada para defender la honra de su admirada compañera fue firmante de una carta en la que un grupo de personalidades del mundo de la cultura, escritores de medios digitales y aficionados protestaban ante la dirección del medio de comunicación más importante en España por el fichaje del crítico Carlos Boyero, alguien con sensibilidad de izquierdas pero no siempre afín con el discurso progresista de las películas y totalmente opuesto a la imposición del pensamiento único. No se está en contra de Jerónimo José Martín, el crítico oficial de la Conferencia Episcopal, porque se dirige a los lectores de derechas, se está en contra de quien está en el medio de referencia de la gente de bien. La ausencia de disidencia llevará a la sustitución por la inteligencia artificial. Que el gran acontecimiento musical del año acabe con el patriarcado da igual que sea descrito en un medio de comunicación por su jefa de cultura o por la última actualización del ChatGPT.

    Emma Stone es poco feminista según las catequistas de Malasaña © GettyImages

    Uno de los paraísos del movimiento woke está en los campus universitarios más elitistas de Canadá, por eso existe un presidente maniquí como Justin Trudeau, que hincó su rodilla en el suelo porque “Black lives matter”, y se persigue a Jordan Peterson, profesor de la Universidad de Toronto, por afirmar que lo realmente importante son las capacidades y no las identidades. Aunque sea enemigo a batir por los catequistas de lo woke, Jordan Peterson procede del sector progresista al igual que el cineasta Denis Arcand, quien ha ejercido su militancia en la izquierda nacionalista quebequense a través de sus películas, algo que le permitió ser laureado en el festival de Cannes y ganar el Oscar por “Las invasiones bárbaras”. En 2023, Arcand fue tildado de reaccionario por la crítica más progresista por la película “Testament”, una visión cargada de mala baba sobre la dictadura woke. Una pintura instalada en un geriátrico, realizada por un ilustre pintor quebequense sobre la conquista y que ilustra las diferencias entre dos civilizaciones, es considerada racista e intolerable por un grupo de activistas que ha iniciado una protesta, y que termina siendo una bola a que se apuntan la histeria colectiva y la clase política y que acaba devorando a la pobre funcionaria que tiene que lidiar con el problema, optando por ir más allá de poner unos cuantos paños calientes como haría cualquier agencia de comunicación o como Benedict Cumberbatch que se disculpa cada vez que respira por descender de esclavistas.

    Denis Arcand se pasó de basado en «Testament» © Movistar +

    Arcand no tuvo la suerte, probablemente porque hablaba desde dentro, que Cord Jefferson que se alzó con el codiciado premio del público del festival de Toronto por “American Fiction”, en la que adaptaba la novela de 2001 “Erasure” de Percival Everett sobre un escritor de raza negra que renuncia a sus aspiraciones de ser un autor elevado cuando, bajo seudónimo, escribe una exitosa novela marcada por las exigencias editoriales con el decálogo buenista sobre las víctimas del blanco opresor. Posteriormente, Jefferson se llevó el Oscar al mejor guión adaptado y sus actores (Jeffrey Wright y Sterling K. Brown) resultaron nominados. No deja de ser paradójico que en un momento en el que las cláusulas de inclusión son determinantes para poder entrar en la pugna de premios, resultara nominada al Oscar a la mejor película una obra como «American Fiction» que ofrece una sátira sobre el negocio del arte disfrazado de justiciero social, realizado por aquellos que son considerados víctimas del sistema. Una invitación a la esperanza.

    Un intelectual de raza negra sintiéndose realmente oprimido por el decálogo buenista © Amazon Prime

    Hubo un momento en el que en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown se peleaban por situarse bajo el foco de Woody Allen porque daba prestigio. Cualquier luminaria, cansada de la mofa de la crítica, podía ponerse muy pesada con su agente para conseguir un pequeño papel en una película del cineasta neoyorquino si con eso podía demostrar que era mucho más que una revolucionaria portada del Vanity Fair. Todo eso cambió cuando el #MeToo nos recordó que aunque Woody Allen no fuera juzgado por la acusación de haber abusado de una menor, su hija adoptiva, la sociedad tenía que condenarlo por ello. Los actores le dieron la espalda, se suspendió su contrato con Amazon y en Estados Unidos hubo problemas para conseguir una editorial que publicara sus memorias y también para que sus películas llegaran a los cines. La que puede ser su despedida cinematográfica, «Golpe de suerte» fue proyectada en secreto en Nueva York y sus pases fueron promovidos por un grupo de fans. Desde el año 2017, Woody Allen ha pasado de estar en la cima cultural estadounidense a ser un autor al que hay que seguir en la clandestinidad.

    «Wonder Wheel» se estrenó en 2017, tras la adopción en Hollywood del #MeToo, y ahí Kate Winslet defendió a Woody Allen. Pasados los años tuvo que mostrar su arrepentimiento para poder seguir con su carrera © GettyImages

    La llegada del cine sonoro, hace casi un siglo, y la modernización de las historias llevó a la indignación a la sociedad más puritana. Se fundó la católica legión de la decencia y se estableció un mecanismo de autorregulación para proteger la moral del espectador. El mundo seguía estando podrido, pero el Código Hays, o cualquier herramienta de censura, evitaba su exposición. Era también un decálogo de conducta para evitar dar carnaza a la prensa y la tan temida publicidad negativa. Basándose en eso, las estrellas de cine exhibían su superioridad moral. Lo mismo que sucede ahora. Si en los años cincuenta June Allyson y Loretta Young eran el espejo en el que se miraban las buenas ciudadanas por su encarnación de la corrección, a inicios de este siglo XXI ese modelo a seguir es Natalie Portman, que presume de haber cambiado al género neutro a los personajes de los cuentos que lee a sus hijos. Tanto la edulcorada June Allyson como la Natalie Portman más enfadada que va a las entregas de premios son productos del tiempo que les ha tocado vivir y del publicista que no quiere perder su trabajo. Lo mismo sucede con quien ha encontrado en el activismo disfrazado de periodismo su seña de “identidad”. Todos quieren seguir facturando porque más allá de la capilla de Malasaña la vida es muy dura.

  • El Oscar del perdón

    El 27 de marzo de 1957 se celebró la 29ª edición de los Oscars en la que se coronó «La vuelta al mundo en ochenta días», pero esa ceremonia ha pasado a la historia por un premio en forma de perdón: el que recibió la actriz Ingrid Bergman por su actuación en «Anastasia», un galardón que recogió su íntimo amigo Cary Grant en una de sus contadas apariciones en las galas de la Academia. La intérprete sueca había regresado a Hollywood después de ser proclamada la Hester Prynne del siglo XX, al protagonizar uno de los mayores escándalos tras el final de la Segunda Guerra Mundial al abandonar a su marido y padre de su primera hija por el director italiano Roberto Rossellini, pero esa absolución llegó cuando la Bergman recibió de su propia medicina.

    Cary Grant fue de los pocos en Hollywood que realmente mostraron su apoyo a Ingrid Bergman cuando fue condenada por adúltera. Él le prometió recoger su Oscar por «Anastasia» © GettyImages

    Tras la Garbo, la Bergman había sido la mejor exportación de Suecia a Hollywood. Tenía 24 años cuando llegó a la meca del cine de la mano del productor David O. Selznick, que se había quedado fascinado con la actriz cuando la vio en «Intermezzo», de la que compró sus derechos para producir un remake protagonizado por ella. Era 1939 y faltaban dos años para la retirada de Greta Garbo del mundo del cine, pero ya se le estaba buscando una sucesora, e Ingrid Bergman era una buena candidata para ello. Era una presencia magnética con un hermosísimo rostro especialmente dotado para la tragedia, perfecta para el perfil de heroína en los dramas románticos. A la Bergman le sucedió lo mismo que a Garbo, Lilian Gish, Luise Rainer, Janet Gaynor, Vivien Leigh o, más recientemente, Marion Cotillard, el público se regocijaba más cuanto mayor fuera su tragedia. Además, era muy fácil caer rendido ante ella. Poseía ese encanto que solamente los extremadamente tímidos son capaces de forjar. Su personalidad estuvo marcada por el dolor de haber perdido a sus padres siendo tan solo una niña, y tuvo el coraje de proteger su nombre y su belleza natural en la industria, cuando lo sistemático en esa época era pasar por el taller de futuras luminarias y someterse a una serie de cambios hasta conseguir el aspecto deseado. Ingrid Bergman poseía la facultad de sumergirse en los papeles más exigentes a nivel dramático sin resultar impostada. Su facilidad para abordar los personajes más complejos le llevó a situarse entre las mejores actrices de Hollywood. Alcanzó el estrellato gracias a «Casablanca», resultó perfecta a las órdenes de Alfred Hitchcock en «Recuerda» y «Encadenados», y en 1944 ganaría su primer Oscar por «Luz que agoniza», donde interpretaba a la víctima de la violencia de su marido.

    Ingrid Bergman en una foto promocional de 1938 © GettyImages

    Ingrid Bergman llegó a Hollywood con su marido, el dentista Petter Lindström, con quien tuvo a su primogénita Pía. Él realmente residía en Nueva York, ya que estaba completando su formación para convertirse en neurocirujano, y ella tenía que cumplir con sus compromisos laborales tanto en el cine como en el teatro. Bergman apenas disponía de tiempo para su vida personal, algo que realmente detestaba su marido, quien llegó a considerar que su mujer se estaba dejando arrastrar por la feria de vanidades de Hollywood. Paradójicamente, era él quien controlaba la carrera y las finanzas de Ingrid Bergman, porque ahí estaba la unión del matrimonio. La actriz había mantenido aventuras con otros hombres, entre ellos el fotógrafo Robert Capa, quien se encargó de retratar el rodaje de «Encadenados», y su marido lo toleraba porque le convenía el dinero ganado por ella para sostener su tren de vida.

    Ingrid Bergman junto a su primer marido, Petter Lindstrom © GettyImages

    Conforme iba finalizando la década de los cuarenta, se afianzaba el estatus de Ingrid Bergman. Tenía un Óscar por «Luz que agoniza», había sido candidata a la estatuilla por «Por quién doblan las campanas», «Las campanas de Santa María» y «Juana de Arco», esta última basada en la obra de teatro que le hizo ganar el Tony a la mejor actriz en 1947. No solamente destacaba por su talento y belleza, sino por poseer una personalidad arrolladora. En muchos aspectos se adelantó a las luminarias de décadas posteriores. Se opuso fuertemente a la segregación racial en los Estados Unidos, lo que le llevó a ser amenazada durante las giras teatrales, y, curiosamente, siempre se destacó por apoyar a los presidentes republicanos. En 1949, todo eso iba a saltar por los aires.

    En el año 1945 finalizó la Segunda Guerra Mundial y el director Roberto Rossellini mostró los horrores de la ocupación nazi en Italia en «Roma, ciudad abierta», una película que se preparó en tiempo récord y que se rodó prácticamente de manera improvisada, debido a las limitaciones propias del conflicto y a la voluntad de que estuviera más cercana a un reportaje periodístico que a una obra inspirada por la realidad. Rossellini sufrió la censura en Italia, a pesar de consagrarse a nivel internacional. La película fue una de las ganadoras de la Palma de Oro del festival de Cannes y su guión, escrito junto a Federico Fellini y Sergio Amidei, fue nominado al Oscar, lo cual fue una proeza para una producción en lengua no inglesa. Entre los admiradores que tuvo «Roma, ciudad abierta» en Hollywood se encontraba Ingrid Bergman, quien siempre guardó el sentimiento de culpa por no darle importancia a la amenaza que suponía el nazismo hasta que comprobó las consecuencias de ello. Antes de su llegada a la meca del cine, Bergman estaba trabajando en Berlín. Había visto la película en Nueva York y quedó conmovida por el relato. Se convirtió en admiradora del director y del neorrealismo italiano en general. En 1948 decidió escribirle una carta para declarar su estima al cineasta y ofrecerse como actriz.

    Querido señor Rossellini:

    He visto sus dos filmes, «Roma, ciudad abierta» y «Paisá» que me han gustado mucho. Si necesita una actriz sueca, que habla el inglés perfectamente, que no ha olvidado el alemán, a quien apenas se entiende en francés y que del italiano solo sabe decir ‘Ti amo’, estoy dispuesta a acudir para hacer una película con usted.

    Ingrid Bergman

    Roberto Rossellini quedó cautivado al tener como admiradora a la que ya era considerada la actriz más importante de Hollywood. Se conocieron en Londres, lugar en el que la intérprete estaba rodando «Atormentada» de Hitchcock, y le propuso «Stromboli», una oferta que la estrella sueca no quiso rechazar y que cambiaría para siempre su vida. No tardaron demasiado en enamorarse, y cuando el idilio trascendió porque ella se había quedado embarazada, el escándalo fue monumental, siendo Ingrid Bergman la principal perjudicada. La prensa le consideró una adúltera, fue repudiada por Hollywood por haber abandonado a su marido e hija y se promovió un boicot. El asunto llegó incluso al Senado de los Estados Unidos: el senador por Colorado y perteneciente al partido demócrata, Edwin C. Johnson, declaró que la que había sido su actriz favorita había perpetrado un asalto contra la institución del matrimonio. Ingrid Bergman se divorció de Petter Lindström, y Roberto Rossellini, que hasta conocer a Ingrid mantenía un idilio con la actriz Anna Magnani, se divorció de la escenógrafa y diseñadora Marcella De Marchis. Bergman y Rossellini se casaron por poderes en México; antes de eso nació el primero de los tres hijos que tuvo la pareja. «Stromboli», que fue financiada gracias a la ayuda de Howard Hughes, fue un absoluto fracaso. El escándalo también afectó a «Atormentada», que fue la última colaboración entre Ingrid Bergman y Alfred Hitchcock, suponiendo uno de los mayores descalabros en la carrera del cineasta, aunque, en honor a la verdad, era un proyecto que ya estaba sentenciado desde el inicio.

    Ingrid Bergman y Roberto Rossellini ajenos al escándalo provocado por su relación © GettyImages

    La unión entre Roberto Rossellini, uno de los hombres que marcaron el rumbo del cine europeo a partir de la Segunda Guerra Mundial, e Ingrid Bergman, una de las mejores actrices que conoció el siglo XX, no alcanzó esa excelencia que se podía esperar de ellos. Realmente no lo tuvieron nada fácil. Fueron duramente criticados por la iglesia, tanto por la católica como por la protestante, y el escándalo se vivió con la misma intensidad en los Estados Unidos como en Italia y Suecia. Ingrid Bergman llegó a recibir cartas amenazantes en las que le auguraban el mismo destino de su personaje preferido, Juana de Arco, muriendo quemada en la hoguera. Fueron perseguidos por los guardianes de la moral y tampoco contaban con el respaldo financiero, porque tanto «Stromboli» como las otras películas que rodaron juntos no tuvieron éxito, ni tampoco fueron defendidas por la crítica. Pese a esos fracasos, Ingrid Bergman fue premiada con la Copa Volpi en el festival de Venecia del año 1952 por «Europa’51», y «Te querré siempre» resultó tan revolucionaria en el género del melodrama que su influencia posterior es innegable. Todo eso hizo mella en su relación personal, en la que lo mejor fueron sus tres hijos, Roberto y las gemelas Isotta e Isabella. Estaban prácticamente arruinados y Roberto Rossellini le prohibió a Ingrid Bergman que se pusiera a las órdenes de otro director, por celos. Hizo una excepción cuando le permitió protagonizar «Elena y los hombres» del cineasta francés Jean Renoir, pero porque Roberto Rossellini ya estaba interesado en otras mujeres, entre ellas la escritora nacida en India, Sonali Senroy DasGupta, colaboradora en el documental «India», y por quien rompió su relación con la Bergman. Con Sonali DasGupta estuvo hasta que un ataque al corazón acabó con él en el año 1977.

    Ingrid Bergman y Roberto Rossellini exhibiendo en el festival de Venecia el esplendor de su relación © GettyImages

    Ingrid Bergman había abandonado su acomodada vida como estrella de Hollywood por el amor a Roberto Rossellini. Eso le llevó a ser condenada por una sociedad que seguía siendo profundamente moralista, fue declarada persona non grata en los Estados Unidos y desde la propia industria que se nutrió de sus películas más exitosas se promovió un boicot. Cuando Ingrid Bergman pagó su castigo y, sobre todo, fue desechada por otra, ya estaba preparada para recibir una palmadita en la espalda a modo de perdón, o mejor dicho, quienes la señalaron como a Hester Prynne estaban desesperados por exhibir su superioridad moral. Cuando ya estaba tocando fondo, Ingrid Bergman recibió una oferta de la Fox para protagonizar «Anastasia» de Anatole Litvak, sobre el mito de la hija de los Romanov que pudo huir tras la caída de la familia imperial rusa durante la revolución bolchevique. «Anastasia» fue un éxito, en parte debido a la interpretación de una Ingrid Bergman en estado de gracia, que recordaba al público cada una de esas cualidades que la llevaron a lo más alto de Hollywood. El Oscar era suyo y de manera indiscutible. No lo recogió. Su reconciliación con Hollywood se selló en 1959 cuando se encargó de presentar el Oscar a la mejor película, y ahí el público le brindó una clamorosa ovación. Una década después del escándalo, la vida de Ingrid Bergman había cambiado, pero la siempre pacífica comunidad de Tinseltown no; seguía siendo igual de hipócrita.

    El triunfal regreso de Ingrid Bergman a Hollywood © LIFE

  • “Pídele ayuda a Allan Carr”

    La noche del 29 de marzo de 1989 la siempre pacífica comunidad de Tinseltown se sintió como esa catequista de Malasaña escuchando una antología del recientemente fallecido humorista Arévalo, abochornada y pidiendo las sales. Lo que despertó tanta indignación fue la 61ª edición de los Oscars de cuya producción se encargó Allan Carr, el tipo que alcanzó lo más alto con el musical «Grease» también lo más bajo con «¡Que no pare la música!» de los Village People, y que había concebido en su primer tramo un homenaje al Hollywood dorado y a uno de los géneros que lo engrandecieron, el musical. Algo muy bien intencionado pero que terminó siendo una exhibición que solamente entendieron los amantes de lo kitsch, para el resto fue como ver a Gene Kelly y Olivia Newton John entre patinadores en el salón de una discoteca de «Xanadú», algo tan desfasado que ni siquiera invitaba al placer culpable. La Academia y la ABC estaban preocupados porque en las últimas ediciones se estaba notando una pérdida de interés por parte del público, en las ceremonias en las que se consagraron «Platoon» y «Memorias de África» se bajó de los 40 millones de espectadores, ahora se mataría por conseguir la mitad, y recurrieron a la desesperada a Allan Carr, alguien tan conocido por su extravagancia como por su talento para el marketing. Hollywood tenía a Allan Carr como un señor Lobo vestido con un abrigo de visón pero aquella vez le pagó el favor con un linchamiento.

    Allan Carr era capaz de vender una nevera en el polo norte, ganó una fortuna y vivió a lo grande © GettyImages

    “Rain Man» se consagró como la mejor película de la cosecha, alzándose con cuatro de los galardones principales, película, dirección para Barry Levinson, actor para Dustin Hoffman y guión original. Hoffman entró a formar parte de esa privilegiada lista de actores que hacen doblete en la categoría principal. Jodie Foster ganó su primer Oscar por interpretar a una mujer violada en «Acusados», tres años después se llevaría el segundo por la icónica Clarice Starling de «El silencio de los corderos», Geena Davis se lo llevó como actriz de reparto por «El turista accidental» y Kevin Kline logró la proeza de ser reconocido con el Oscar por una interpretación puramente cómica realizada en «Un pez llamado Wanda». Pedro Almodóvar consiguió su primera nominación al Oscar por «Mujeres al borde de un ataque de nervios» y decidió ningunear a su protagonista, Carmen Maura, al negarle un asiento a su lado, un gesto que supuso el final de una etapa. Todo eso quedó en un segundo plano. 

    Aquella ceremonia no tuvo presentador así que nadie tuvo que aguantar el chaparrón por pronunciar un monólogo con unos cuantos chistes sin gracia. Para Allan Carr se cumplía el sueño de producir el mayor espectáculo televisivo del año y se propuso revolucionarlo, alejarlo del aburrimiento y también de la cursilería. Convirtió el escenario en un fastuoso club nocturno, lugar familiar para alguien que había hecho de la fiesta el motor de su vida y que se había construido una discoteca en su mansión, le confió a Marvin Hamlisch la dirección musical, le brindó un homenaje a Bob Hope, el maestro de ceremonias más legendario que ha tenido los Oscars, y a Lucille Ball que casualmente realizó su última aparición pública ya que falleció cuatro semanas después. Carr convirtió a una actriz llamada Eileen Bowman en «Blancanieves» que era la gran protagonista del primer tramo musical. Con una voz muy aguda, especialmente molesta, se encargaba de dar la bienvenida a los invitados o presentar a leyendas como Vincent Price, Alice Faye o Roy Rogers, se ayudaba también de la sangre fresca de Hollywood mientras se preparaba para la traca final coprotagonizada por el actor Rob Lowe, todo ello complementado con muchísima purpurina. La estrella juvenil no fue una buena elección porque estaba en medio de un escándalo sexual por haberse grabado en vídeo mientras mantenía una relación sexual con dos jóvenes y una de ellas era menor de edad, un material que se extendió como la pólvora en el mercado negro. Ver a Rob Lowe y a aquella «Blancanieves» que parecía el fruto de la fantasía de un pederasta era como mínimo inquietante. Lo peor no fue eso, ya que Walt Disney demandó a la Academia por violar sus derechos de autor ya que no se le había pedido permiso por utilizar la imagen de «Blancanieves». La audiencia subió a 42 millones de espectadores pero el bochorno vivido no invitaba a la celebración. Las críticas fueron espantosas y apenas una semana después un grupo de personalidades entre las que se encontraba el actor Gregory Peck (ex presidente de la Academia) firmó un manifiesto declarando que la ceremonia suponía una vergüenza tanto para la institución como para la industria y Los Angeles Times publicó una serie de cartas que expresaban su indignación. Para todos solamente había un responsable, Allan Carr que vio que a sus 51 años se declaraba su muerte civil. No volvió a producir nada más ni para el cine ni para la televisión, le quedaron la industria musical y teatral como salvavidas hasta su muerte en 1999 víctima de un cáncer hepático.

    Todo mal. Rob Lowe estaba implicado en un escándalo sexual con una menor. Disney demandó por la utilización del diseño de «Blancanieves». Fue como ver un accidente a cámara lenta © AMPAS

    Allan Carr era un farandulero y un genio. Le organizó una fiesta a Truman Capote en una prisión abandonada de Los Ángeles, invertía sus ahorros en financiar obras de teatro que no siempre estaban destinadas al éxito, se convirtió en colaborador de confianza de Hugh Hefner, dirigió durante varios años la carrera de Peter Sellers, descubrió a Michelle Pfeiffer, impulsó y ganó el Tony por el musical «La jaula de las locas» e hizo que la adaptación cinematográfica del musical «Grease» fuera todo un fenómeno cultural. Si alguien estaba en apuros solamente tenía que hacer una señal para que actuara. Dio muestras de su eficacia cuando Roger Stigwood le contrató para que se encargara de la promoción de la versión en la gran pantalla de la ópera rock de The Who «Tommy» que había rodado Ken Russell y que logró convertir en un gran éxito. Lo mismo sucedió con «Fiebre del sábado noche» que hizo de John Travolta un icono. Carr se aprovechaba de la fuerza que tenía la televisión para convertir un preestreno en un evento televisivo para crear la necesidad de ir a ver la película al cine porque iba a ser el centro de cualquier conversación. 

    Allan Carr y una de sus apadrinadas, Olivia Newton John ©GettyImages

    La influencia de Allan Carr era cada vez mayor en los estudios de Hollywood y el éxito cosechado con «Grease» le convirtió en un millonario, también en un derrochador. En el año 1978 estaba en la cima del mundo y en ese momento cambiaría el modelo de promoción en los Oscars. Había una película llamada «El cazador» escrita y dirigida por Michael Cimino que era un problema porque mostraba los devastadores efectos de la guerra de Vietnam, un tema del que no se podía hablar por la vergüenza de haberse metido en una guerra que les llevó a la derrota, los Estados Unidos todavía estaba sangrando. La película protagonizada por Robert De Niro iba a ser distribuida por Universal y uno de sus productores, Barry Spikings, acudió a Carr como quien viaja a Medjugorje buscando un milagro. Allan Carr vio que era imposible hacer un gran estreno de una película de esas características en todo el país porque en el cinturón de la nación la masacrarían. Se le ocurrió hacer un estreno limitado en las zonas más progresistas de los Estados Unidos, Los Ángeles y Nueva York, ir avanzando paulatinamente durante las próximas semanas, y recurrir a la emisión en la televisión por cable. Cuando se anunciaron las nominaciones a los Oscar, «El cazador» ya era la película que se tenía que ver, convirtiéndose en un enorme éxito de taquilla. Ganó cinco de los nueve premios Oscar a los que aspiraba, entre ellos los de mejor película, dirección y actor de reparto para Christopher Walken. Además, Hollywood le perdió el miedo a hablar de algo tan doloroso porque de esa misma edición de los Oscars salió «El regreso» que coronó las interpretaciones de Jane Fonda y Jon Voight que previamente había sido premiada en Cannes. 

    «El cazador» y «El regreso» y la pérdida del miedo a hablar de la guerra de Vietnam © GettyImages

    Es difícil pensar en las estrategias de Harvey Weinstein y su ex consultora de confianza, Lisa Taback, sin el ejemplo de Allan Carr alguien que también sabía decir que no. En el año 1987 se negó a promover «Ishtar» de Elaine May que pasó a ser uno de los mayores fracasos de la década de los ochenta, la sentenció diciendo que su título era en inglés «mierda de rata al revés». «Ishtar» fue una bala que esquivó, la de los Oscars del año 1989 no logró verla.

    Allan Carr, el tipo que cambió la manera de hacer promoción en los Oscars ©GettyImages

  • El camino hacia la libertad de Olivia de Havilland

    El 26 de febrero de 1942 tuvo lugar la 14ª edición de los Oscars y durante esa velada una de las protagonistas, Olivia de Havilland, candidata a la estatuilla por «Si no amaneciera», sintió que había tocado fondo. En primer lugar, vio que su hermana Joan Fontaine, a quien detestaba desde el momento de su concepción y que con todo ese desprecio que era mutuo era la segunda persona a la que más odiaba del planeta, le ganaba en la categoría de mejor actriz por su trabajo en «Sospecha» de Alfred Hitchcock. En segundo lugar, tenía la certeza de que Jack Warner le estaba arrastrando a una carrera mediocre y era explotada por una compañía que consideraba que tenía más éxito del que le correspondía. Olivia de Havilland que en ese momento tenía 26 años, siempre se había caracterizado por su vitalidad y su afición a los deportes de riesgo, pero llevaba varios años arrastrando severos problemas de salud y batallando contra una depresión por culpa del estrés. Además, toda esa frustración le hizo ser muy puñetera en los rodajes de aquellas películas que para ella eran basura y se ganó a pulso la fama de ser altiva y muy mala profesional. Un año y medio después de vivir la peor humillación de su vida, Olivia de Havilland se puso en manos del mejor abogado de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown para poner patas arriba la industria.

    Olivia de Havilland y Joan Fontaine demostrando que eran unas grandísimas actrices © GettyImages

    Olivia de Havilland tenía solamente 17 años cuando en 1934 llegó a Hollywood. No era una aspirante a luminaria más que encontraba en la meca del cine un refugio para huir de la pobreza. Ella sentía que descendía de la pata del Cid. Era de origen noble, perteneciente a la milenaria estirpe británica de los de Havilland, y junto a su hermana Joan había nacido en Tokio ya que su padre era un prestigioso abogado especializado en patentes que trabajaba para el gobierno japonés. Walter de Havilland arrastraba los efectos de la endogamia de sus ancestros puesto que durante sus últimos años fue devorado por la locura. Cambió a su mujer por una geisha, cuando sus hijas eran muy pequeñas, denunció que su famosa prole le tenía abandonado y antes de eso trató de chantajear a la RKO, estudio en el que estuvo vinculada Joan Fontaine durante sus primeros años, para no publicar un relato erótico de su autoría en el que la protagonista era su hija. Olivia de Havilland no solamente era una joven bendecida con el don de la belleza, no era una diosa del sexo como Joan Crawford, pero sí alguien fotogénico y de rostro muy dulce del que destacaban sus enormes ojos marrones. Además, poseía talento, determinación y había sido instruida por su madre, Lilian, que había depositado en su hija mayor las esperanzas para que llegara a ser alguien en el mundo del espectáculo, algo que ella no pudo lograr.

    Olivia de Havilland fue descubierta por el prestigioso productor y director teatral Max Reinhardt que buscaba a jóvenes talentos para poner en pie «Sueño de una noche de verano» en Hollywood., una obra que la propia Olivia ya estaba interpretando y le tenía inmersa en una gira. Como buen diamante que tenía en su manos, el precursor del teatro moderno, se encargó de pulir a la actriz principiante y recomendó su fichaje para la adaptación cinematográfica que iba a producir para la Warner. Jack Warner quedó deslumbrado por la frescura de Olivia de Havilland y le ofreció un contrato con el estudio. La Warner era una compañía muy masculina, alcanzó la gloria gracias al cine negro y a las producciones de aventuras protagonizadas por Errol Flynn, y tenía a las mujeres relegadas a un segundo plano. Jack Warner había fichado a Olivia de Havilland pero no sabía muy bien qué hacer con ella, así que lo mejor que encontró para la actriz eran los papeles de florero en producciones nada memorables. Olivia de Havilland alcanzó la notoriedad gracias a su emparejamiento con Errol Flynn, de quien se enamoró locamente pero que luego llegó a repudiar, en títulos como «Capitán Blood» y sobre todo «Robin de los bosques».

    Olivia de Havilland consagrada por la Warner como la pánfila de la compañía © Warner Bros

    Desde su entrada en la Warner en 1934, Olivia de Havilland sentía que no estaba haciendo nada relevante en el estudio y que solamente podía aspirar a algo mejor cuando era cedida a otra compañía, y siempre era porque a Jack Warner le convenía tener a una estrella de peso para uno de sus proyectos. Fue así como le llegó la gran oportunidad de trabajar en «Lo que el viento se llevó» que estaba produciendo David O. Selznick. Olivia de Havilland había demostrado que el papel de Melanie Hamilton había sido concebido para ella porque era capaz de transmitir calidad humana y una extraordinaria dignidad. A Jack Warner la idea de que Olivia de Havilland estuviera en el proyecto más ambicioso que se había concebido en Hollywood le repugnaba porque si funcionaba bien le iba a convertir en una gran estrella y eso era imposible de gestionar en alguien que se estaba caracterizando por ser un incordio en los rodajes. Cuando a Olivia de Havilland no le gustaba la película en la que estaba, y eso en la Warner era la tónica habitual, lo transmitía con su comportamiento, llegando tarde y discutiendo con todo el mundo. Jack Warner decidió aplacar la rebeldía de su empleada no dándole descanso, haciéndole compaginar varias producciones a la vez. Ante la notoriedad alcanzada por Olivia de Havilland por su inclusión en «Lo que el viento se llevó» él decidió vengarse, haciendo de la experiencia un verdadero infierno. Le obligó a rodar al mismo tiempo una película mediocre, le prohibió acudir al estreno y hacer promoción, y como ella se saltó las normas le castigó con la suspensión de empleo y sueldo durante unas semanas. Cuando la recuperó la relegó a proyectos menores y le hirió de lleno en su orgullo al ofrecerle a Joan Fontaine protagonizar «La ninfa constante», sabiendo que era un papel soñado por Olivia y que a su actriz no le podía reventar más la proyección que estaba alcanzando su odiada hermanita que había sido lanzada al estrellato gracias a «Rebeca» de Alfred Hitchcock.

    Acudir al estreno de «Lo que el viento se llevó» le llevó a ser suspendida de empleo y sueldo por Jack Warner © GettyImages

    Olivia de Havilland había logrado dos nominaciones al Oscar por sus trabajos en «Lo que el viento se llevó», como actriz de reparto, y «Si no amaneciera» como actriz principal. Ambos fueron desarrollados fuera de la Warner, «Lo que el viento se llevó» fue una misión suicida emprendida por David O. Selznick como productor independiente, y «Si no amaneciera» era un proyecto desarrollado en la Paramount. Si hoy en día, con la cotización de los Oscars en el subsuelo, cualquier aspirante a la estatuilla adquiere un estatus superior, en el año 1942 suponía realmente estar en la liga de campeones. Con 26 años, dos candidaturas y habiendo cautivado a la crítica y el público con su sola presencia era para estar en producciones que supieran explotar su talento, y más teniendo en cuenta que durante la Segunda Guerra Mundial se estaba viviendo el esplendor de las películas protagonizadas por mujeres que se aprovechaban de un público mayoritariamente femenino. Olivia de Havilland no formaba parte del plantel de grandes estrellas de la Warner, con Bette Davis a la cabeza en su división femenina, sino que era una intérprete más de la plantilla con el defecto de poseer un concepto demasiado elevado de sí misma. Olivia de Havilland le guardaba un enorme rencor a Jack Warner que ya había pasado a ser un odio africano. Le responsabilizaba de una carrera mediocre, de su deterioro físico y mental, sorprende que la actriz llegara esplendorosa a los 104 años con episodios de anemia que estuvieron a punto de llevarle a la tumba durante su juventud, y de los castigos más severos cada vez que su talento era reconocido fuera de la compañía.

    El orgullo de Olivia de Havilland por los suelos tras una de las suspensiones de su contrato con el estudio © Warner

    Tras vivir una experiencia tortuosa durante el rodaje de «Predilección», que pese a girar en torno a las hermanas escritoras Emily y Charlotte Brontë apuntaba a despropósito, la actriz dio por terminada su vinculación con la Warner. Llevaba casi nueve años en el estudio y había sido suspendida seis veces. Se veía condenada a permanecer en la compañía hasta que Jack Warner se la quitara de encima y sin posibilidades de continuar con su carrera. Desesperada, sumida en la depresión y con ataques de ansiedad constantes, en agosto de 1943 visitó al célebre abogado Martin Gang que le dio la clave para poder demandar al estudio. La salvación para Olivia de Havilland se encontró en una antigua ley antipeonaje del estado de California que limitaba a los siete años el tiempo en que una empresa puede exigir el cumplimiento de un contrato en contra de la voluntad del trabajador. La actriz, con el respaldo del sindicato de actores, exigió una declaración de desagravio en la Corte Superior de California.

    Jack Warner, uno de los dueños de Hollywood y protagonista de las pesadillas de Olivia de Havilland © GettyImages

    Lo que estaba haciendo Olivia de Havilland era una temeridad porque podía ser el fin de su carrera. Jack Warner hizo todo lo posible para destrozar a la actriz ante la opinión pública, pagó tribunas en los medios de comunicación para retratar a la víbora que encarnó a la bondad personificada en «Lo que el viento se llevó», le puso en una lista negra, amenazó a cualquier productor que se atreviera a darle trabajo y castigó a los empleados que mostraran su apoyo. Desde la distancia, Olivia de Havilland contó con el respaldo de Bette Davis, apodada en sus años de esplendor artístico «La cuarta hermana Warner», que pasó de considerar una pésima profesional a Olivia a ser su confidente y admirarla profundamente porque fue capaz de llegar hasta el final en su enfrentamiento con Jack Warner, algo que la propia Davis no logró años atrás.

    Davis y de Havilland coincidieron por primera vez en «El amor es lo que busco». No se cayeron especialmente bien. Bette dejó de despreciar a Olivia en cuanto fue conocedora del tormento que estaba pasando en la Warner y pasó a admirarla. Fueron dos iguales que lejos de enfrentarse se convirtieron en grandísimas amigas © Warner

    El juicio que podía cambiar el rumbo de la industria fue seguido al detalle por la prensa y en marzo de 1944 la justicia falló a favor de Olivia de Havilland. Jack Warner presentó una apelación que perdió en diciembre de ese mismo año. Olivia de Havilland ya era libre para poder confeccionar una carrera a su medida, siempre y cuando estuviera en manos de los agentes adecuados. En 1946 regresó por la puerta grande con «Vida íntima de Julia Norris» de Mitchell Leisen, un melodrama sobre una adinerada mujer que en su juventud se vio obligada a desprenderse de su hijo, que le proporcionó el Oscar a la mejor actriz, tres años después se coronaría con «La heredera» de William Wyler que le dio el segundo. Las críticas cosechadas por «Vida íntima de Julia Norris» fueron fabulosas y Jack Warner quiso vengarse estrenando «Predilección», que llevaba tres años guardada en un cajón, pero su última jugada no tuvo ningún efecto.

    Olivia de Havilland ignorando a su hermana Joan tras ganar el Oscar por «Vida íntima de Julia Noris». Dio a la prensa una de las mejores fotografías de Hollywood © GettyImages

    El caso de Olivia de Havilland marcó un punto de inflexión en Hollywood. Hirió profundamente al sistema de estudios que confiaba en los contratos de larga duración, para pagar muy poco por sus actores en nómina con la justificación de la inversión que se hacía en promover e incluso formar a sus estrellas, teniendo en cuenta que en su mayoría partían desde cero. El fallo vino a dar la razón a los vinculados al comunismo en Hollywood que se mostraban contrarios a este tipo de contrataciones. Pero más que los actores, los principales beneficiados fueron los agentes que constantemente se quejaban de que no podían llegar a acuerdos independientes para sus clientes, de esta manera podrían negociar al alza y apretar más a las compañías. En realidad, controlar el negocio. De hecho, dos años después de salir victoriosa ante la Warner, Olivia de Havilland denunció a sus agentes, Jimmy Townsend y Phil Berg, por obligarle a aceptar rodar la película «Abismos», que finalmente hizo la Fontaine, ya que ellos tenían intereses en su producción, les acusó de hacerle perder ingresos e incluso de sobornos.

    Tras protagonizar la batalla judicial que marcó el rumbo de Hollywood, y que terminó derivando en una ley, Olivia de Havilland se convirtió en una de las mejores actrices de Hollywood, demostrando versatilidad y fortaleza con sus personajes. Ganó dos premios Oscar por «Vida íntima de Julia Norris» y «La heredera» y pudo habérselo llevado también por «Nido de víboras», donde también estaba superlativa. El papel que le dio la inmortalidad fue el de Melania Hamilton de «Lo que el viento se llevó». Ella estaba enamorada de ese personaje, a diferencia de todas las actrices de Hollywood que soñaban con interpretar a Escarlata O’Hara. Le cautivó por su bondad y sobre todo por su fortaleza y dignidad, cualidades que le ayudaron a no flaquear ante la adversidad. Olivia de Havilland tenía muy poco que ver con Melania Hamilton. Su arrogancia y su carácter conflictivo eran sobradamente conocidos en Hollywood, pero sí que tuvo la fortaleza y la dignidad que le permitieron batallar hasta el final.

    Un ejemplo de lo grandísima actriz que fue Olivia de Havilland al meterse en la piel de alguien que estaba en sus antípodas © MGM

  • Julia Ormond contra el iceberg

    El pasado 4 de octubre la actriz Julia Ormond presentó ante la Corte Suprema del Estado de Nueva York una demanda contra Harvey Weinstein por haberla agredido sexualmente en el año 1995 y ha extendido la acción contra Disney y la agencia CAA por actuar de manera negligente. Cuando estalló el escándalo Weinstein en el otoño de 2017 y tras pasarse la inicial y fingida sorpresa, actrices como Emma Thompson aseguraron que el caso del afamado y defenestrado productor era solamente la punta del iceberg y que era el momento de depurar responsabilidades. Harvey Weinstein ha sido acusado por aproximadamente un centenar de mujeres, ya ha sido condenado por las jurisdicciones de California y Nueva York y está en prisión cumpliendo condena. Ormond, que se acoge a la ley de supervivientes adultos del estado de Nueva York, es la primera víctima que se dirige a quienes permitieron a Harvey Weinstein ejercer su superioridad, es decir, a las verdaderas herramientas de poder de la industria: los Estudios y las agencias de talentos.

    Julia Ormond es consciente de que ya es persona non grata en Hollywood © GettyImages

    La actriz inglesa Julia Ormond tenía 28 años cuando llegó a Hollywood. Hasta ese momento su interpretación más memorable la hizo en la miniserie «Traffik», que luego adaptó Steven Soderbergh para la gran pantalla, como la hija enganchada a la heroína de un miembro del gobierno británico. «Leyendas de pasión» supuso su debut en la meca del cine. Era la mujer a la que se disputaron los tres hermanos del film dirigido por Edward Zwick, recordado especialmente por ser el primer gran spot de champú protagonizado por un esplendoroso Brad Pitt. Pese a que era una película destinada al lucimiento de WonderBrad como nuevo ídolo carpetero, los suspiros y alaridos en las proyecciones eran notorios, la presencia de Ormond sirvió para certificar el nacimiento de una nueva aspirante a luminaria, alguien que había aterrizado en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown para ser el relevo de Julia Roberts.

    El prometedor debut de Ormond en Hollywood © Sony

    Paralelamente a conseguir su primer proyecto de campanillas en Hollywood la actriz entró a formar parte de la nutrida galería de clientes de la CAA, la Creative Artist Agency, que es como acceder a la liga superior de la industria. Es la agencia más poderosa de Hollywood y la que brinda a sus talentos la posibilidad de estar entre los pesos pesados. Para que nos hagamos una idea de la proyección que tenía Ormond se le asignó como agentes a dos miembros de la cúpula, Bryan Lourd y Kevin Huvane, el primero, director de la CAA desde 1995, tiene como clientes a Brad Pitt, George Clooney y Scarlett Johansson y el segundo a Meryl Streep y Nicole Kidman. Tras «Leyendas de pasión» estuvo en otros dos títulos con aspiraciones, «El primer caballero» de Jerry Zucker y en el remake de «Sabrina» dirigido por Sydney Pollack, ambos fueron estrenados en 1995 y no tuvieron el éxito esperado. Ese mismo año la actriz tuvo su puesta de largo en la ceremonia de los Oscars para que la audiencia millonaria repartida por el mundo quedara cautivada por esa cualidad que solamente tienen las estrellas de Hollywood.

    Julia Ormond en el proyecto con el que se buscaba su consagración como estrella que fue un fracaso © Paramount

    Julia Ormond no tuvo mucho tiempo para saborear las mieles del éxito porque comenzó su pesadilla al toparse con el tipo más peligroso de la villa y corte, Harvey Weinstein. El productor la reclutó para Miramax, compañía perteneciente a Disney dirigida en aquel momento por Jeffrey Katzenberg. Tras una cena de negocios en Nueva York, Weinstein agredió sexualmente a la actriz. En su demanda, Ormond alega que tanto Disney como la agencia CAA eran conocedores del historial como depredador sexual de Weinstein y que no se le advirtió del peligro que corría ya que gracias al productor tanto el estudio como los agentes obtenían ganancias. También sostiene que Lourd y Huvane le convencieron para que no denunciara lo sucedido, para evitar la ira del temible Harvey, y porque se había firmado un acuerdo de confidencialidad con el productor que si se violaba implicaba una multa de 100.000 dólares, dando a entender que era una práctica habitual. En venganza Harvey Weinstein rompió el contrato con Ormond, suspendió los proyectos que ya estaban en marcha, y su agencia la puso en manos de un representante novato para que su carrera en Hollywood muriera. Julia Ormond logró sobrevivir gracias al cine europeo y especialmente la televisión, ganó el Emmy por el telefilm «Temple Grandin» y fue una sorpresa verla en el reparto de una gran producción de Estudio como «El curioso caso de Benjamin Button» de David Fincher, paradójicamente haciendo de hija del personaje de Brad Pitt.

    La carrera de Julia Ormond en Hollywood se pudo revitalizar al convertirse en una presencia de lujo en la televisión © GettyImages

    A inicios de la década de los noventa Harvey Weinstein ya había sido declarado el chico malo oficial de Hollywood. La élite de la industria le despreciaba porque no dejaba de ser un matón que organizaba conciertos de rock de la costa Este, pero tenía el suficiente ingenio para dar siempre en la diana con sus negocios. Apostó por Steven Soderbergh, estrenó la revolucionaria «Sexo, mentiras y cintas de vídeo», descubrió a Quentin Tarantino y se garantizó el cine con pedigrí procedente de Europa. Sus películas ganaban premios y conseguían amortizar el negocio. La meca del cine le repudiaba pero no tenía más remedio que integrarle en el equipo. En el año 1993 Disney compró Miramax por 60 millones de dólares, en 2010 el estudio la vendió por 663 millones a un fondo de inversión y en ese momento ya no quedaba nada de los hermanos Weinstein que hicieron efectiva su marcha en 2005. Cuando Harvey Weinstein se situó bajo el paraguas de Disney sus métodos eran conocidos en la industria. Peter Biskind, que en el 2006 publicó el libro «Sexo, mentiras y Hollywood» teniendo a Weinstein como uno de sus principales protagonistas, relató que durante esos años él estaba preparando un artículo sobre el productor para la revista «Premiere» y que cuando Weinstein fue consciente de ello se ofreció como firma invitada a la revista, proporcionando con ello una importante suma publicitaria, para que la publicación le dijera a Biskind que no era buena idea continuar verificando la rumorología. El de Biskind no fue el único intento. Sharon Waxman, fundadora de «The Wrap», vivió una situación similar y Weinstein recurrió a Matt Damon y Russell Crowe para que «The New York Times» le tumbara una investigación. La caída de Weinstein ocurrió en el otoño de 2017 cuando «The New York Times» y «The New Yorker» destaparon su historial de abusos sexuales a través de los testimonios de muchas de sus víctimas. En ese momento Harvey Weinstein ya no era una figura de poder en la industria sino todo lo contrario, The Weinstein Co estaba al borde de declararse en quiebra y ya había sido superado por los nuevos cachorros del cine independiente. Harvey Weinstein que en la actualidad tiene 71 años puede que pase lo que le queda de su achacosa vida en prisión, ha sido condenado por las jurisdicciones de los estados de Nueva York y California por los delitos de violación y agresión sexual. Sus víctimas ascienden al centenar de mujeres entre modelos, actrices, empleadas de Miramax y The Weinstein Co, presentadoras de televisión y masajistas.

    Harvey Weinstein ha cambiado los despachos de Hollywood, las ceremonias de los Oscars y los festivales más prestigiosos del mundo por los juzgados y la cárcel © GettyImages

    Cuando estalló el escándalo Weinstein, Hollywood pasó del «no tenía ni idea» a exhibir su superioridad moral. El 15 de octubre de 2017, diez días después de la publicación de «The New York Times», la actriz Alyssa Milano escribió en Twitter «Si has sido acosada o agredida sexualmente, escribe #MeToo como respuesta a este tuit». Milano dio visibilidad a un movimiento creado en el 2006 por la activista Tarana Burke para denunciar los abusos sexuales. Alyssa Milano está casada con Dave Bugliari, agente de la CAA hasta que montó su propia empresa en 2020 y que en su clientela cuenta con Bradley Cooper. El 1 de enero de 2018 nació la fundación Time’s Up cuyo objetivo es recaudar fondos para proveer asistencia legal a las víctimas de acoso y agresión sexual. Actualmente está dirigida por la abogada y activista Tina Tchen y entre sus principales promotoras y asesoras se encuentran las actrices Reese Witherspoon, Natalie Portman, Jessica Chastain y Brie Larson. Casualmente todas son clientas de la agencia CAA. Durante esas semanas la masa enfurecida, que se manifiesta a través de medios quebrados como VICE y BuzzFeed y las redes sociales, señaló a Mark Wahlberg por la diferencia salarial con respecto a su compañera de reparto en «Todo el dinero del mundo», Michelle Williams, y a Timothée Chalamet por haber trabajado a las órdenes de Woody Allen (acusado de haber abusado a una menor de edad) en «Día de lluvia en Nueva York» y ambos acabaron donando sus salarios por dichas películas a Time’s Up. Curiosamente ninguno es cliente de la CAA. Wahlberg es representado por la agencia de William Morris y Chalamet por UTA.

    La plana mayor de las representadas por la CAA en la puesta de largo de Time’s Up © GettyImages

    La actriz, documentalista y activista Rose McGowan, en la lista de víctimas de Harvey Weinstein, comentó en una entrevista televisiva que la CAA ha impulsado el movimiento #MeToo y la fundación Time’s Up porque ellos también son el problema. Estando detrás de iniciativas en defensa de los derechos civiles y asesorando a las víctimas de delitos de índole sexual querían evitar movimientos como el realizado por Julia Ormond, la estrategia habitual del aliado feminista. La CAA dice que las acusaciones de Ormond no tienen fundamentos y que el pasado mes de marzo la actriz y sus abogados solicitaron a la agencia la suma de 15 millones de dólares a cambio de no presentar una demanda. El caso Ormond ha llegado en el momento en el que la agencia ha llegado a un acuerdo con Artémis, del multimillonario francés François-Henri Pinault y que es el marido de Salma Hayek representada por la CAA, para que se convierta en su socio mayoritario. Julia Ormond ha decidido actuar contra el iceberg. Solamente nos queda ser testigos del recorrido judicial.

  • El día en el que Hollywood se la devolvió a Cary Grant

    El 7 de abril de 1970 se celebró la 42ª edición de los Oscars en la que se coronó a la revolucionaria «Cowboy de medianoche» de John Schlesinger, un título estrenado con la clasificación X, como la mejor película de la cosecha de 1969. Aquella ceremonia también merece ser recordada por una de las maniobras más sucias ejecutadas por los Estudios y que tenía como objetivo vengarse del actor Cary Grant, premiado con el Oscar honorífico, porque la industria no perdonó que se convirtiera en una de las estrellas más icónicas de Hollywood sin depender de ninguna compañía.

    Cary Grant y la venganza ejecutada por la industria © AMPAS

    Cary Grant se retiró de la actuación en el año 1966 tras el estreno de «Apartamento para tres» que hizo bastante dinero en la taquilla. Fue listo. Tenía 62 años y era consciente de que su futuro era exhibir su decadencia en la televisión o en producciones de medio pelo rodadas en Europa, como tantos otros símbolos de la edad dorada de Hollywood. Era clamoroso que fuera uno de los intérpretes favoritos del público y que no tuviera un Oscar. Fue nominado en dos ocasiones a la estatuilla por sus interpretaciones en «Serenata nostálgica» (1942) y «Un corazón en peligro» (1945) y nos faltarían dedos para señalar aquellos trabajos en los que se habría merecido la candidatura. Que la Academia le entregara el Oscar honorífico fue un empeño del actor Gregory Peck, presidente de la entidad, y su propuesta fue vetada por los miembros más próximos a los Estudios e incluso puso su puesto en peligro. Finalmente logró salir adelante en 1970 después de que se resolviera una disputa entre Grant con la Universal por los derechos televisivos de las películas rodadas para dicha compañía.

    Cuando la Academia anunció que Cary Grant iba a ser el receptor del Oscar honorífico, la siempre pacífica comunidad de Tinseltown, incluido el propio Grant, se preparó para ver la exhibición preparada por los Estudios para humillar al actor que se había declarado su enemigo. Recurrieron a un escándalo sexual para restar esplendor a la celebración de una carrera ejemplar. Cynthia Bouron, una antigua prostituta de Hollywood que se vendía a sí misma como actriz, presentó una demanda de paternidad contra Cary Grant asegurando que era el padre de su hija de siete semanas. Sí fue cierto que un año antes el actor había tenido un «quelque chose» con la mujer, que en aquel momento tenía 33 años, pero la demanda fue archivada porque la demandante no se presentó cuando fue requerida judicialmente. Los Estudios, de quienes se sospechó que pagaron a Bouron para que sedujera a Grant y orquestaron la maniobra judicial, hicieron extender el rumor de que el actor había pagado a la que fuera su amante ocasional para acabar con el tema. El escándalo era lo suficientemente jugoso para que la prensa solamente hablara de ello y no de Cary Grant como una de las estrellas más absolutas que ha tenido Hollywood. El acto se quedó sin la presencia de Grace Kelly, como presentadora del homenaje, que quiso mantenerse al margen del asunto. También estuvo a punto de no tener a Cary Grant. Fue su gran amigo Howard Hughes quien le convenció de que lo mejor era aparecer ante el público como si nada hubiera sucedido. Además, su ausencia habría sido una victoria para la industria que conseguiría humillarle de la manera más miserable.

    Frank Sinatra sustituyó a Grace Kelly que alegó motivos personales para no verse devorada por la polvareda © AMPAS

    Tenemos que remontarnos al año 1937 para hablar de los orígenes del conflicto entre Cary Grant y la industria de Hollywood. En ese momento expiró el contrato que unía al actor con la Paramount. El intérprete no se sentía satisfecho con el Estudio que le hizo una presencia notable. Cobraba 3.500 dólares a la semana, no podía soportar el trato favorable que la compañía le daba a Gary Cooper, a quien pagaba casi el doble y se llevaba los mejores proyectos, y no perdonó que no se le pusiera en valor cuando Estudios rivales, de la talla de la Metro Goldwyn Mayer, les pidiera estrellas para proyectos de campanillas. Una vez fuera de la Paramount, el actor tuvo ofertas de las otras compañías y anunció que no se uniría exclusivamente a ninguna sino que firmaría sus contratos por película. Para demostrar que lo suyo como actor independiente iba en serio solicitó su baja de la Academia y fueron contadas sus apariciones en la ceremonia, tan solo para realizar favores personales.

    Aquella decisión fue considerada un suicidio. Quienes lo intentaron murieron. Solamente Charles Chaplin fue capaz de sobrevivir a la tiranía de los Estudios que crearon la Academia para atar en corto a quienes demandaban mejoras salariales o que pretendían conseguir su carta de libertad. Chaplin pagó cara su independencia. Fue perseguido por sus ideas políticas y también por sus preferencias sexuales. Pero nunca dejó de ser realeza de Hollywood algo que le permitió ser uno de los fundadores de la United Artist junto a Mary Pickford, Douglas Fairbanks y D.W. Griffith, los otros nombres que hicieron grande a la industria cinematográfica en sus primeros años.

    Cary Grant no era nada de eso. Tan solo cinco años antes había llegado a Hollywood procedente de los espectáculos de vodevil de Nueva York, con un contrato de la Paramount bajo el brazo y dejando atrás una existencia que parecía sacada de una novela de Charles Dickens, estando presentes componentes como la miseria, el abandono y la tragedia . El mundo del espectáculo libró a Archibald Alexander Leach de convertirse en un delincuente más de las calles de Bristol. Archie Leach construyó a Cary Grant empapándose de aquello que le fascinaba y que encontró en la alta sociedad neoyorquina, supuestamente su buena planta le permitió servir como acompañante durante sus inicios, y posteriormente en los directores que más le influyeron, especialmente Leo McCarey y Alfred Hitchcock. Se retiró en 1966, falleció veinte años después y sigue siendo una estrella imperecedera, pese a los bandazos que hemos ido dando en estas últimas décadas.

    «Fingí ser alguien que deseaba ser, hasta que finalmente me convertí en esa persona. O él se convirtió en mí» © GettyImages

    Cary Grant estaba condenado a seguir comiéndose las sobras que dejaba Gary Cooper. Una vez lograda su autonomía consiguió despegar como estrella. Llegaron de esta manera «La pícara puritana», «Vivir para gozar», «Luna nueva», «Gunga Din», «Sólo los ángeles tienen alas», «Historias de Filadelfia», «Mi mujer favorita» y «Sospecha». En tan solo cuatro años el recorrido realizado por Grant como actor independiente fue muchísimo más provechoso que estando a sueldo de una compañía. No solamente controlaba los proyectos en los que se metía y podía demostrar su versatilidad como intérprete, sino que le abrió el camino a otros actores. Sin la apuesta por el individualismo de Grant, Olivia de Havilland no hubiera llevado a los tribunales a la Warner en 1943, solicitando su libertad, ni el gobierno de los Estados Unidos hubiera interpuesto en el año 1948 una demanda antimonopolio contra la industria de Hollywood, por el control absoluto de los Estudios en la producción, distribución y la exhibición de las películas. El mayor éxito de Grant supuso la derrota en su propio campo de Hollywood. Eso la industria no lo perdonó jamás.

    Cary Grant sigue superando a cualquiera de sus imitadores © GettyImages

  • Solamente hay cabezas de ganado

    El primer fin de semana del mes de septiembre Telluride se convierte en el centro de la actividad cinematográfica de los Estados Unidos. No deja de ser curioso que una localidad tan pequeña del estado de Colorado, con una población que apenas llega a los 3.000 habitantes, y en el que no hay cines sea el principal laboratorio de Hollywood para testar sus apuestas del último trimestre del año, principalmente las que buscan el prestigio. Este certamen nació para evitar el colapso económico tras el cierre de las minas. Inicialmente se buscaba la inocencia de quienes están al margen de los caprichos de Hollywood, pero la voracidad de internet y de la industria se han cargado su esencia, haciéndole ganar enemigos como los festivales de Venecia y Toronto.

    El fin de semana en el que en Telluride podemos encontrar por metro cuadrado a más tuiteros y luminarias que cabezas de ganado © Awards Radar

    El festival de Telluride fue fundado en el año 1974 por el Consejo de las Artes y Humanidades, conformado por Tom Luddy, James Card, Bill y Stella Pence, que decidieron desvincularse de la organización en el año 2007. En sus orígenes se buscaba revitalizar una comunidad que había dejado de ser próspera. La década de los setenta supuso el fin de la actividad minera. A mediados del siglo XIX se descubrieron que las minas de San Juan eran muy ricas en depósitos minerales pero en 1972 se cerraron porque ya no quedaba nada. Eso dejó a la población de Telluride sentenciada. Buena parte de sus habitantes que trabajaban en las minas tuvieron que emigrar y el resto quedó dedicándose a la ganadería o convirtiendo a esa localidad de Colorado en una importante área de esquí. Se decidió apostar por la cultura para atraer a la zona al mundo de las artes y vender las bondades de la comunidad. Desde el año 2010 el festival de Telluride se ha asociado con la Escuela de Teatro, Cine y Televisión de la Universidad del Sur de California. Ambos han creado el programa FilmLab que está enfocado a la producción cinematográfica. Ha sido una inyección económica importante para la población ya que Telluride ha servido de plató para producciones como «Los odiosos ocho» de Quentin Tarantino. Una obra de The Weinstein Co y que costó 44 millones de dólares.

    Gloria Swanson fue la invitada de honor en la edición de 1974 © Getty Images

    Telluride era un evento cultural más, enfocado al homenaje a las figuras clásicas del mundo del cine y la promoción de las obras de autor y de otras cinematografías sin el carácter competitivo de otros certámenes, pero fue Harvey Weinstein el que descubrió su potencial como laboratorio de futuros éxitos. Tenía dudas con respecto a «Juego de lágrimas» de Neil Jordan y en el año 1992 decidió testarla con el público de Telluride. Pese a que tocaba cuestiones muy arriesgadas, los espectadores quedaron fascinados con aquella historia de amor entre un terrorista del IRA y la pareja transexual de una de sus víctimas. «Juego de lágrimas», que coincidió en la programación con «Reservoir Dogs» de Quentin Tarantino, se convirtió en un éxito en los Estados Unidos, consiguió cinco nominaciones al Oscar y Neil Jordan se llevó el premio de la Academia al mejor guión original. A Weinstein la jugada le salió redonda y hasta el otoño de 2017, fecha en la que se produjo su caída tras destaparse su historial de abusos sexuales, siempre se dejó ver. Entre las montañas de Colorado comenzó la promoción en Norteamérica de «El discurso del rey» de Tom Hopper (días después se haría con el premio del público de Toronto) y «The Artist» de Michel Hazanavicius que fueron sus últimas grandes gestas en los Oscars al coronarse con el premio a la mejor película en las ediciones de 2011 y 2012.

    «Juego de lágrimas» convirtió a Telluride en el laboratorio de Harvey Weinstein © Miramax

    La edición que determinó el rumbo del festival de Telluride y que lo convirtió en el primer gran acto de campaña de cara a los Oscars fue la celebrada en el año 2008. Fox Searchlight organizó la presentación fuera del programa de «Slumdog Millionaire» de Danny Boyle. Dos meses antes de su premiere la compañía dependiente de la Fox había acudido al rescate de la película que había rodado Danny Boyle en la India sobre los niños de la calle porque cuando Warner cerró su división independiente quiso quitársela de encima estrenándola directamente en DVD. El éxito cosechado por «Slumdog Millionaire» fue monumental y armó el ruido suficiente para que semanas después se hiciera con el premio del público en el festival de Toronto. A finales de febrero de 2009 «Slumdog Millionaire» era un fenómeno en la taquilla, se había llevado prácticamente todos los premios de la crítica y no le costó hacerse con ocho premios Oscar frente a una competencia inexistente.

    El mayor éxito de la historia de Telluride y que determinó su influencia en la industria © Fox Searchlight

    A raíz del éxito en Telluride de «Slumdog Millionaire» y del ruido que generó en internet, que le allanó el camino para su triunfo en Toronto, Hollywood se dio cuenta del potencial que tiene un festival organizado en un lugar en el que hay más cabezas de ganado por metro cuadrado que habitantes. El despliegue mediático es cada vez mayor, hasta el año 2008 su número de acreditados era bastante limitado, destinado principalmente a blogueros con pijama, y ahora los principales medios de comunicación envían a sus críticos a Telluride. En la actualidad el festival de Telluride se considera el primer gran acto de campaña. Las agencias y los publicistas de las compañías presionan para que se organicen homenajes a las estrellas con películas que buscan estar en la carrera al Oscar.

    En el año 2019 Renée Zellweger fue homenajeada en Telluride como parte de la proyección de «Judy y se inició el relato de su regreso que culminó meses después con el segundo Oscar de su carrera © Getty Images

    Teniendo en cuenta la importancia que se le da a Telluride en cualquier campaña, en el año 2019 Martin Scorsese se dejó ver en el certamen como sorpresa en un homenaje brindado al actor Adam Driver que promovía «Historia de un matrimonio». El verdadero propósito de su visita era que se hablara de «El irlandés», el gran estreno de Netflix para esa temporada. En «El irlandés» la compañía en streaming había invertido un total de 225 millones de dólares, y se había convertido en la samaritana de aquellos proyectos arriesgados que de manera convencional no habrían conseguido financiación. La mera presencia del cineasta en Telluride, de la mano de Ted Sarandos, era suficiente para que la maquinaria promocional del film se engrasara y crear expectación entre la comunidad cinéfila. Fue un decisivo primer paso para iniciar una carrera que lamentablemente no se tradujo en un éxito. «El irlandés» no proporcionó nuevos clientes a Netflix, ni se encontró entre sus títulos más vistos y tampoco ganó premios. Pero su caso ha sido excepcional. Difícilmente se hubieran dado las victorias de «12 años de esclavitud» de Steve McQueen y «Moonlight» de Barry Jenkins en los Oscar si estas no hubieran pasado con gran fortuna por Telluride. El ruido mediático en torno a ambas ayudaron a que se convirtieran en dos opciones cómodas de cara a la temporada de premios.

    Fue notoria la visita de Martin Scorsese a la edición de 1978 porque estuvo a punto de morirse por un colapso provocado por la cocaína © Getty Images

    Este año se celebrará entre el 31 de agosto y el 4 de septiembre. Es tan particular que su programación se da a conocer horas antes de su inicio. Conforme fue ganando relevancia se buscó problemas con sus principales competidores, Venecia y Toronto, especialmente con el primero ya que coinciden. A la Mostra no le sentó nada bien que Telluride le robara la primicia de algunos títulos de peso, entre ellos el de la oscarizada «Spotlight» de Tom McCarthy, y desde la edición del 2016 obliga que se le dé prioridad a Venecia a la hora de proyectar por primera vez una película que esté en ambas programaciones. A Alberto Barbera ya le resulta bastante desagradable que a mitad de cada edición de Venecia haya una desbandada de acreditados porque se van a cubrir Toronto, como para tener que aguantar a un festivalito pequeñito que le ha ido robando cada vez más la atención de Hollywood.

    De Venecia a Telluride en menos de 24 horas © GettyImages

    Aunque Hollywood esté paralizado debido a las huelgas de guionistas y actores la actividad festivalera no se va a ver afectada. SAG/AFTRA (el sindicato de actores) ha firmado un acuerdo interno que permite a los intérpretes promover aquellos títulos independientes, producidos al margen de la Alianza de Productores, programados en los festivales de otoño. Así que Telluride, Toronto, Venecia y Nueva York se han librado de convertirse en un páramo. Las luminarias de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown se dirigirán a la pequeña Telluride con el mismo entusiasmo que una moderna de Malasaña a un pueblo de la España vaciada, buscando el exotismo entre reses y descubriendo horrorizadas que la red va a pedales.