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  • El signo de los tiempos

    Estamos a muy pocas horas de que se celebre la 94ª edición de los Oscars. Los datos de audiencia de las pasadas ediciones han sido muy negativos y los de la gala del 2021 fueron catastróficos ya que se situaban por debajo de los 10 millones y ya congregar a menos de 30 millones supone una tragedia. La ABC y la Academia están nerviosas y más la cadena de televisión dependiente de Disney. Tal y como ha ido informando The Hollywood Reporter a lo largo de las últimas semanas las tensiones entre la Academia y la ABC han sido constantes, hasta el punto de que la cadena amenazó con suspender la ceremonia si no se eliminaban doce de los galardones de los considerados técnicos. Finalmente la Academia optó por ceder a la presión y acordó la supresión de ocho de los premios, en la ceremonia se emitirá un vídeo sobre su entrega, y recuperar la figura del presentador.

    El Oscar tratando de salvarse de la deriva ©GettyImages

    La gala estará dividida en tres bloques encaminados a diferentes sectores de la audiencia. Las maestras de ceremonias serán las actrices y comediantes Amy Schumer, Regina Hall y Wanda Sykes. Los productores no han echado el resto para escoger a unas presentadoras de alto perfil, al igual que tampoco han seleccionado a las figuras más icónicas de la industria para que participen en la gala. Pero es que en este momento los Oscars son una patata caliente a la que hay que quitarse de encima lo antes posible. Desde la edición de 2010 y con la salvedad de Ellen DeGeneres (antes del repudio porque ha vivido lo suficiente para pasar de heroína a villana) no ha habido una figura capaz de hacer de los Oscars un gran show que pudiera atraer a una audiencia numerosísima de espectadores. Cuando a la desesperada se reclutó a Billy Crystal, uno de los maestros más icónicos de la historia de los Oscars, no resultó nada agradable ver a un presentador que ya no encajaba ni con el espectáculo, ni con la audiencia ni con el Hollywood del siglo XXI.

    Las presentadoras de los Oscars 2022 ©AMPAS

    En estos días no hemos dejado de ver vídeos en las redes sociales sobre las intervenciones memorables en los Oscars de Bob Hope, Fred Astaire, David Niven, Elizabeth Taylor, Paul Newman e incluso con la aparición de una Katharine Hepburn en pijama, en una clara exhibición de arrogancia que le hizo creerse por encima del resto. Ese Hollywood ya no existe. Para la gala de este año se ha vendido un homenaje al cincuenta aniversario de «El padrino» y lo propio sería reunir a quienes quedan del mítico film de Francis Ford Coppola, eso coincide también con la estrella en el paseo de la fama que por fin ya se la han pagado al cineasta, y solamente los más nostálgicos estarán pendientes de ello, al resto le dará igual o estará esperando al meme.

    Elizabeth Taylor y Paul Newman entregaron el Oscar a la mejor película en 1992 ©GettyImages

    Hollywood ha sido desde sus inicios un cementerio de elefantes. No es la excepción al mundo en el que vivimos y en donde o hacemos el esfuerzo para adaptarnos a los nuevos tiempos, aunque es posible que hagamos el ridículo, o lo más probable es que pasemos al ostracismo. Louise Brooks pasó de trabajar como actriz, ser una it girl para la moda y protagonizar «La caja de Pandora» a ser una dependienta de unos grandes almacenes neoyorquinos. Lo mismo le sucedió a Veronica Lake y a tantas otras luminarias y no solamente de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown.

    Probablemente Leonardo DiCaprio sea la última gran estrella de ese concepto que hemos tenido de Hollywood como meca del cine, alguien tan excepcional que ha estado por encima de la tiranía de la industria y que no ha tenido que meterse en títulos alimenticios o que fueran un peaje. DiCaprio hizo que «El renacido», por la que recibió el Oscar al mejor actor en 2016, rebosara las salas a pesar de que no era una película de masas y también consiguió que «No mires arriba» de Adam McKay se convirtiera en un éxito histórico para la plataforma Netflix. Él tiene ese poder y muy pocos en el Hollywood surgido en el siglo XXI pueden equipararse a eso. Hoy confundimos a una estrella por el número de seguidores que tenga en las redes sociales y luego no es capaz de generar interés cuando estrena una película, por eso cada vez más son los actores que se reciclan en el mundo publicitario de las redes.

    Leonardo Dicaprio es una de las pocas estrellas de este siglo XXI que realmente conoce la señora de Wisconsin ©GettyImages

    Los Oscars son la mayor expresión de Hollywood y están sufriendo la indefinición de la industria y el star system. Es el signo de los tiempos. Los hábitos de consumo han cambiado. Vemos el cine a través de las plataformas en cualquier dispositivo móvil y preferimos YouTube o Twich antes que la televisión convencional. La retransmisión de los Oscars es ahora mismo lo más parecido a un botellón vía Zoom, estaremos más pendientes de vivirlo a través de las redes sociales y de la cobertura en diversos canales que de atender realmente a la gala. Mientras se adaptan al modelo del siglo XXI a los Oscars le tocarán seguir atravesando el desierto hasta que lleguen a un oasis si no es que perecen por el camino, y por el paso que van cada vez más me decanto por lo segundo.

  • Recuperando el Código Hays

    El pasado 13 de febrero la cadena de televisión británica Channel 5 emitió el clásico de Blake Edwards «Desayuno con diamantes» y los espectadores de este film protagonizado por Audrey Hepburn, en la cumbre de su belleza, y George Peppard se dieron cuenta de que se había prescindido del señor Yunioshi, el vecino japonés protestón interpretado por Mickey Rooney. «Desayuno con diamantes», basado en un relato de Truman Capote, se estrenó en 1961 y ya en su momento se consideró que la encarnación de Rooney era una caricatura y el propio actor se mostró arrepentido por haber enfocado el papel de una manera tan hiriente. Previamente a este movimiento de Channel 5, dependiente de Paramount, se ha advertido a la audiencia de que el contenido no se ajusta a la corrección política.

    En 1961 se pasó un corte que en 2022 es intolerable ©Paramount

    Hulu ha retirado de su plataforma cinco episodios de la veterana comedia «Colgados en Filadelfia» porque uno de sus personajes se pinta la cara de negro. «Colgados en Filadelfia» que en breve aterrizará en Disney + en su formato censurado es una serie que se caracteriza por romper continuamente los cánones de la corrección política pero que no duda en condenar las acciones de unos personajes que son perfectamente reconocibles en el mundo real. Lo mismo sucede con otras comedias emblemáticas de este siglo XXI como son «The office» y «Community», alojadas en Netflix, y de las que han eliminado dos episodios por actitudes racistas. Previamente HBO Max sacó momentáneamente de su catálogo «Lo que el viento se llevó» después de las protestas de algunos suscriptores por blanquear la esclavitud, finalmente la plataforma dependiente de Warner, repuso el clásico concebido por David O. Selznick advirtiendo de su contenido.

    Una serie que expone a lo peor de la sociedad pero sin los subrayados que exige la comunidad © Disney +

    Ese afán revisionista, tan propio de alguien con aspiraciones púbicas que mira entre sus tweets por si hay algo inapropiado, se debe al ascenso mediático de los movimientos sociales nacidos en Twitter, especialmente #BlackLivesMatter y #MeToo. En el año 2013 el vigilante jurado George Zimmerman fue absuelto por la muerte del adolescente afroamericano Trayvon Martin y en las redes sociales se iniciaron unas protestas bajo el lema #BlackLivesMatter que con el paso de los años fueron adquiriendo un significado social y que se tradujeron en los disturbios en Ferguson en 2014, las manifestaciones por diversas ciudades no solamente de Estados Unidos a raíz de la muerte de George Floyd en 2020 y que han condicionado las últimas campañas presidenciales en los Estados Unidos. En el otoño de 2017 The New York Times desenmascaraba a Harvey Weinstein como un depredador sexual. Los hechos fueron condenados en las redes y se creó en Twitter el movimiento #MeToo para que se denunciaran situaciones de acoso y violencia sexual.

    Justin Trudeau, el colmo del buenismo ©GettyImages

    Los movimientos #BlackLivesMatter, #MeToo y en menor medida el activismo «queer» realizan esfuerzos para condicionar el mundo de nuestros días y han derivado en el nacimiento de los «Woke» de los «despertados» que se han convertido en guerrilleros contra la desigualdad social, como las «criaturas» de «La parada de los monstruos» que vengaron a uno de los suyos cuando fue atacado por quienes representaban a la sociedad opresora . Son los herederos de los feligreses de las iglesias de inicios del siglo XX, los que condenaron a Hollywood por promover la inmoralidad a través del cine y los que en parte llevaron a la industria a crear el «Código Hays» como mecanismo de autocontrol. Como bien dice mi admirada Rosa Belmonte el twittero que pone el grito en el cielo por la proyección de «Lo que el viento se llevó» en una sala de cine o por los desnudos femeninos en el Museo del Prado es como una señora desmayada del siglo XVIII a la que hay que darle unas sales.

    Llegará el día en el que se quiera borrar la película de la memoria colectiva © Warner

    El «Código Hays» murió de manera oficial en el año 1968. En realidad ya llevaba unos años en desuso y más de medio siglo después de su enterramiento se ha recuperado para apaciguar los ataques de los despertados. La era woke ha llevado a las plataformas a iniciar una cura de desintoxicación, para someter a su catálogo a las cláusulas de corrección política, y la producción audiovisual ha de cumplir las condiciones de inclusión para poder beneficiarse de las ventajas fiscales y en el caso del cine optar al Oscar a la mejor película. El revisionismo también nos ha traído de vuelta a los tribunales de la Santa Inquisición en donde un grupo selecto se dedica a perseguir a los creadores del pasado que no se ajusten al catecismo del siglo XXI. Lo grave es que algo que estaba limitado a un grupo de twitteros con ansias de protagonismo se ha institucionalizado.

    El «Código Hays» como mecanismo de Hollywood para lavar su imagen también impuso cláusulas de moralidad. La homosexualidad, la promiscuidad femenina, el alcoholismo y las adicciones a las drogas no se toleraban en la siempre pacífica comunidad de Tinseltow. Una de las víctimas del Código Hays fue William Haines. Antes de que el Código Hays entrara en vigor era una de las estrellas más importantes de la Metro Goldwyn Mayer pero tenía un problema, era homosexual y se negaba a mantenerse encerrado en el armario. Vivía con su novio, Jimmy Shields, y en 1933 el actor fue arrestado cuando se hizo una redada en un antro y le pillaron catando la hombría de un marine. Louis B. Mayer hizo elegir a Haines entre su carrera, aceptando un matrimonio de conveniencia con alguna secretaria del estudio, o su pareja. Haines escogió lo segundo y dijo adiós a sus días como actor. En el futuro junto a su novio triunfó como decorador, convirtiéndose en el más demandado en Hollywood. La leyenda dice que Haines fue el peaje que tuvo que pagar Clark Gable para trepar en la MGM y que era algo que sabía George Cukor y que por ese motivo el «Rey» logró que le despidieran como director de «Lo que el viento se llevó».

    William Haines sí que fue valiente y no el twittero que denuncia que le miran mal en el súper por comprar mascarillas rosas © GettyImages

    Haines renunció a una carrera exitosa porque quería defender su integridad personal, vivir plenamente su sexualidad y compartir su vida con el hombre que amaba. Todo un ejemplo de valentía y no lo de Eddie Redmayne arrepintiéndose de haber interpretado a una mujer trans en «La chica danesa» básicamente porque quiere seguir trabajando o lo de la Marvel incluyendo una escena de un beso entre dos hombres en «Eternals» y alardear de ello en el primer mundo y eliminando la escena de marras en los países en los que la homosexualidad está institucionalmente perseguida.

  • El juego buenista de Hollywood

    Contaba Frank Capra en su autobiografía «El nombre delante del título» que cuando rodó junto a Spencer Tracy y Katharine Hepburn «El Estado de la Unión» al doblemente oscarizado actor le encantaba relatar una anécdota sobre la familia de Hepburn sabiendo que a la actriz le abochornaba. Katharine Hepburn pertenecía a una familia de clase alta de Connecticut, su padre Thomas Hepburn era un eminente urólogo y su madre Katharine Martha Houghton lideró el movimiento sufragista en los Estados Unidos. Una noche los Hepburn estaban cenando en su lujosa casa de Connecticut, manteniendo una animada charla sobre lo que podían hacer para mejorar un mundo cada vez más destrozado por los conflictos bélicos y las consecuentes crisis económicas. Todo iba bien hasta que un ruido les alteró. Thomas, el cabeza de familia, salió y vio que en la puerta había un hombre, era un pescador que tenía serios problemas económicos y que le pedía ayuda para poder darle de comer a su familia, Thomas, el prestigioso urólogo y reconocido filántropo le amenazó con llamar a la policía si no se largaba de su casa. El anfitrión se libró de su visitante, volvió a reunirse con los suyos y se retomó su conversación favorita sobre sus méritos para alzarse con el Nobel de la Paz. La familia de Katharine Hepburn era lo más parecido a las señoras de la alta sociedad tan bien retratadas por Luis García Berlanga y Rafael Azcona en «Plácido», esas que se llevaban a un pobre a la cena de Navidad o como los dirigentes de los partidos políticos que dicen velar por un pueblo al que desprecia.

    La pequeña Katharine Hepburn junto a sus influyentes padres © Familia Houghton

    La Academia creó el premio humanitario en honor a la figura de Jean Hersholt. El actor danés, tío de Leslie Nielsen, que fue presidente de la entidad contribuyó a la creación la MPTF (Motion Picture Relief Fund) que proveía de atención médica a los empleados de la industria del entretenimiento que no pudieran costeársela y de dicha fundación benéfica dependen un hospital y una residencia. Audrey Hepburn pasó a ser embajadora de buena voluntad de UNICEF en 1955 pero ya estaba implicada en las causas humanitarias antes de que se hiciera famosa gracias a «Vacaciones en Roma» porque la actriz belga y su familia padecieron el horror durante la Segunda Guerra Mundial y cuando se retiró de la actuación durante la década de los ochenta se dedicó a tiempo completo a la filantropía, incluso cuando ya sabía que estaba sentenciada de muerte. Por otro lado hay que mencionar a Paul Newman que pudo haberse hecho multimillonario con la venta de su salsa para aliñar ensaladas y donó todas sus ganancias a la caridad, además fundó campamentos de verano para niños con enfermedades graves. Tampoco me olvido de Elizabeth Taylor que encontró un refugio espiritual en el activismo, especialmente en la lucha contra el SIDA después de perder a seres queridos como Rock Hudson por culpa de la enfermedad.

    Paul Newman con el premio humanitario Jean Hersholt, el único galardón que quiso recoger © GettyImages

    Jean Hersholt, Audrey Hepburn, Paul Newman, Elizabeth Taylor fueron un ejemplo de la utilización de la fama para ayudar a una buena causa. El problema viene cuando se utiliza la filantropía para venderse en la propia industria. Solamente hay que recordar el discurso de Vanessa Redgrave cuando en el año 1978 recogió el Oscar a la mejor actriz de reparto por «Julia» y agradeció que Hollywood no cediera al chantaje de los matones sionistas y le premiasen a pesar de su apoyo a Palestina, traducido en un documental producido por ella y que meses antes se había emitido en TV. El discurso de Vanessa Redgrave fue afeado en la misma ceremonia por el dramaturgo Paddy Chayefsky, ganador de tres Oscars por los guiones de «Marty», «Anatomía de un hospital» y «Network», que dijo que los Oscars no deberían ser utilizados como vehículos para la promoción personal. A Chayefsky y a cualquiera con sentido común le pareció una tomadura de pelo que Marlon Brando enviase a una activista para que hiciera propaganda del Movimiento Amerindio para rechazar el Oscar al mejor actor conseguido por «El padrino» en 1973, y seguramente que desde el más allá se revuelve cada vez que ve en una entrega de premios al ganador que aprovecha su momento de gloria para hacerse además con el trofeo a la mejor persona viva.

    La activista enviada por Marlon Brando para denunciar el maltrato de Hollywood a los indígenas de los Estados Unidos © AMPAS

    El activismo se ha convertido en una religión y eso en Hollywood lo saben. Las principales agencias y los publicistas tienen asesores en causas y cuando un actor es fichado por una agencia firma para que haga campañas con alguna organización, Russell Crowe siempre se negó a pasar por ese trance y por ese motivo nunca gozó de la buena prensa en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown. Hay episodios realmente patéticos cuando se acerca el gran estreno de un título de Disney (una de Marvel o de la serie «Star Wars») y los publicistas de la compañía inician un casting para buscar a enfermos terminales, si son niños mejor, para que las estrellas de la película de turno hagan el papel de sus vidas ante los fotógrafos.

    Los héroes del cine nunca fallan en los hospitales cuando toca promoción ©Instagram

    Hubo un momento en el que Lindsay Lohan era una de las estrellas más prometedoras de Hollywood. A mediados de la primera década de este siglo XXI la actriz había cosechado un enorme éxito con «Chicas malas» y estaba preparando el terreno para dar el salto a una liga superior, dejar atrás su faceta como ídolo juvenil y consagrarse como intérprete adulta. Llegaron de esta manera «El último show» la obra de despedida de Robert Altman (la leyenda dice que realmente fue dirigida por Paul Thomas Anderson) y «Bobby» de Emilio Estévez. Lohan consiguió buenas críticas y ella no dudó en declarar que se veía a sí misma recogiendo un Oscar en unos pocos años. El problema estaba a la vuelta de la esquina y era su afición cada vez más desmedida por la fiesta. La actriz que en aquel momento acababa de cumplir los 20 años se había convertido en la pieza más perseguida por los paparazzi y una foto suya pasada de rosca era realmente codiciada. En mayo de 2007 llegó su primera detención por conducir bajo los efectos de las drogas y el alcohol y ahí comenzó su declive. Volvió a ser detenida por la misma causa, se le impuso tres años de libertad condicional, más cumplir con trabajos al servicio de la comunidad y su ingreso en un centro de rehabilitación. Ella no cumplió y sus agentes y publicistas idearon una maniobra para buscar su redención. En diciembre de 2009 se la llevaron a la India para rodar un documental con la BBC en donde se denuncia la explotación infantil, meses antes «Slumdog Millionaire» de Danny Boyle que habla de la extrema pobreza en la India arrasó en la ceremonia de los Oscars así que la sensibilidad estaba a flor de piel en la audiencia bien pensante. Ese intento desesperado para lavar la imagen de Lindsay Lohan a costa de denunciar la trata de personas resultó repugnante. Hollywood ya no le dio más oportunidades. En 2010 permaneció 14 días en prisión pero sus problemas con la justicia no terminaron ahí.

    Una de las maniobras más desesperadas para lavar la imagen de una estrella en apuros © BBC

    La familia de Katharine Hepburn estaba en una situación privilegiada, pertenecía a la élite social y económica de la Costa Este de los Estados Unidos, renegaba de sus orígenes conservadores y presumía de su condición progresista, como buen convertido con el carnet reluciente. Las estrellas de Hollywood (también las de fuera) no paran de pedir perdón por el hecho de ser unos privilegiados y para ello presumen de virtud. A Natalie Portman que podría disputarse con Jessica Chastain el título de «Doña Perfecta» sus lecciones de moralidad le han dado en la cara un par de veces. En 2017 se sumó a la lista de actores que renegaban de Woody Allen tras recordarse que fue acusado en 1992 de haber abusado sexualmente de su hija Dylan cuando ésta era tan sólo una niña, ocho años antes Portman se encontraba entre los firmantes por la liberación de Roman Polanski tras su detención en Suiza por no cumplir con la justicia estadounidense debido a la violación de una menor de edad. Portman, en su defensa por la integración de la mujer en la industria, no ha dudado en reivindicar a las mujeres directoras y afear a los señoros votantes en las entregas de premios. Portman es productora a través de Handsomecharlie Films y su compañía solamente ha dado luz verde a los trabajos de una sola directora: Natalie Portman. La actriz de origen israelí, ganadora de un Oscar por “Cisne negro”, licenciada en Psicología en la Universidad de Harvard es la quintaesencia del buenismo, alguien que va a la caza de tendencias para apuntarse y ganarse el respeto de la comunidad. Vanidad e hipocresía, nada nuevo bajo el sol.

    En la ceremonia de los Oscars de 2020 Natalie Portman lucía en su chaqueta los nombres de mujeres directoras. Portman en su productora no ha apoyado a otra mujer que no sea ella ©GettyImages

    Cuando en el otoño del año 2017 The New York Times destapó el historial de abusos de Harvey Weinstein tres de los nombres que se vieron salpicados fueron los de Matt Damon, Ben Affleck y Russell Crowe. La periodista Sharon Waxman, fundadora de The Wrap, comentó que en el año 2004 ella estaba investigando a Harvey Weinstein y había conseguido el testimonio de una mujer que había sido acosada por el productor y que recibió presiones por parte de Matt Damon, Ben Affleck y Russell Crowe para que se retirara del asunto, finalmente «The Times» cedió ante las presiones de los hombres de Harvey y destruyó la historia. Damon y Affleck afirmaron que actuaron como mensajeros pero que en realidad no eran conscientes de la realidad. Damon fue calificado de «cuñado» cuando dijo que no es lo mismo tocarle el culo a alguien que una violación y el movimiento #MeToo se le echó encima. Damon y Affleck expiaron su culpa escribiendo y protagonizando «El último duelo» de Ridley Scott en donde precisamente se narra la historia de una mujer que es violada y la cinta fue un rotundo fracaso de público, no tanto de crítica. Por otro lado, Russell Crowe lo hizo protagonizando la miniserie «La voz más alta» sobre Roger Ailes, fundador de la cadena Fox News y depredador sexual.

    El «aliado» Damon buscándose el perdón del #MeToo ©20th Century Fox

    La ausencia de fe nos ha llevado a la creación de una nueva religión, el activismo. En estos tiempos no quedas como alguien a favor del progreso social si te declaras un ser de misa diaria. Quienes crean los dogmas de la nueva fe son los lobbys que quieren implementar su agenda y se ayudan del poder político, los medios de comunicación, las grandes empresas, las entidades bancarias y de las celebridades que se han convertido en activistas. Todos, desde la élite, nos echan la culpa a nosotros, en la parte más baja de la pirámide, de la deriva de nuestro mundo porque comemos carne, no conducimos un coche eléctrico, nos duchamos con agua caliente, viajamos en avión o simplemente apelamos al sentido común o a nuestra libertad individual. Ellos seguirán haciendo todo eso que condenan que hagamos y harán como si nada cuando sean descubiertos en su exhibición de hipocresía porque dan por hecho que nosotros les vamos a perdonar sus pecados, porque somos el populacho.

  • Los Oscars vs el pueblo

    Que la marca Oscar está cada vez más devaluada es un hecho, debido a que es el mayor símbolo de una industria a la que le está tocando vivir una de las crisis más profundas de su historia. Solamente hay que mirar la evolución de los datos de audiencia de la ceremonia, en caída libre desde el último lustro y que tocó fondo en la edición del 2021 con una pírrica cifra de 9,85 millones de espectadores, también es verdad que las películas no fueron grandes éxitos de taquilla y el caballo a batir era «Nomadland» cuya escena cumbre era la de Frances McDormand haciendo sus necesidades en un cubo. Ante este panorama la Academia ha optado por tratar de recuperar el favor del público otorgándole la oportunidad de conceder el Oscar del pueblo. Este premio no formará parte de las categorías formales de los Oscars pero sí que puede ser entendido como una toma de contacto con el mundo real, la Academia del Cine Europeo y los BAFTA también han optado por dejar en manos del público algunos de los galardones, los correspondientes a la mejor comedia y estrella emergente respectivamente.

    El califato del Oscar Film Twitter jamás ha aspirado a tanto en la vida ©AMPAS

    Las intenciones de la Academia para conectarse con la audiencia son lógicas en un momento en el que el interés por parte del público es cada vez menor. Pero esta iniciativa puede ser una bomba que les estalle en la cara porque es la herramienta perfecta para que los usuarios más traviesos de internet traten de reventar esta edición de los Oscars desde dentro o para que las diferentes productoras recurran a la creación de perfiles falsos en las redes para salir beneficiadas en el recuento de votos. El sistema permite hasta veinte votaciones diarias y los participantes tendrán acceso a un sorteo cuyo premio es asistir a la ceremonia de los Oscars del 2023.

    Convertir los Oscars en un evento para el pueblo se pudo comprobar en la lectura de las candidaturas el pasado 8 de febrero. Tradicionalmente era un acto pequeño ante los medios de comunicación en donde el presidente de turno de la Academia se ayudaba de alguna estrella anteriormente ganadora o nominada para dar los nombres de los finalistas de las categorías principales. Desde hace un lustro el formato ha cambiado, ya se dan a conocer todos los apartados y se ha prescindido del directo, lo que vemos es un vídeo preparado por la Academia. Para presentar las candidaturas del 2022 se contó con la colaboración de bomberos y de estudiantes pero lo mejor fue la participación de un entusiasta del cine profesional en calidad de comentarista de las nominaciones. Un intento de bajar al populacho que ha sido tan ridículo que le ha convertido objeto de mofa.

    El entusiasta profesional, ni el Chanantismo es capaz de mejorar esto©AMPAS

    Las decisiones de los Oscars no han estado siempre ligadas a las preferencias del público ni a los dictados de la prensa que obedece a la voz de su amo. En el 2006 fue un escándalo que el drama romántico gay «Brokeback Mountain» de Ang Lee, el caballo ganador para la crítica y la prensa, no se llevase el Oscar a la mejor película y que el premio fuera para «Crash» de Paul Haggis. La ausencia en 2009 de «El caballero oscuro» de Christopher Nolan en las candidaturas principales llevó a la Academia a ampliar el número de finalistas en la categoría de mejor película.

    La de «Crash» fue la victoria más dolorosa de la historia reciente de los Oscars ©GettyImages

    Estos desagravios fueron ampliamente comentados en internet pero el hecho que marcó el nacimiento de una nueva era en la Academia sucedió en enero de 2015, cuando se revelaron unas candidaturas a los premios en donde había muy poca diversidad racial. La indignación en parte de la industria llevó a la creación del hashtag #Oscarsowhite en donde se denunciaba el racismo imperante en los premios de la Academia. Ante las críticas por falta de diversidad la Academia prometió introducir una serie de cambios para garantizar el relevo generacional y cumplir con las cuotas de integración. El número de académicos se ha ampliado, la Academia ha fijado como objetivo reclutar a los profesionales de otras cinematografías y hacérselo cada vez más complicado al sector del cementerio de elefantes. Ha modernizado sus estructuras y ha dado prioridad al formato digital. José Luis Garci, ganador del Oscar a la mejor película en lengua no inglesa por «Volver a empezar» en 1983 y miembro de la Academia desde entonces ha confesado recientemente que ya no ejerce su derecho al voto debido a lo complicado que le resulta el actual procedimiento.

    La creación de los movimientos #Oscarsowhite (2015) y #MeToo (2016) han condicionado el rumbo de los Oscars en los últimos años. Prevalece el relato de una víctima de un sistema opresor que la excelencia artística y contribuir a la industria cinematográfica. Convertir la identidad en un mérito, en definitiva.

    El talento de Viola Davis, ganadora de Oscar, Emmy y Tony, está muy por debajo de su condición de oprimida por el sistema ©GettyImages

    El 16 de mayo de 1929 tuvo lugar la primera edición de los premios de la Academia que a partir de una década después se conocieron como los Oscars, por el parecido con el tío Oscar de la secretaria ejecutiva de la academia, Margaret Herrick, o porque Bette Davis vio que las nalgas del eunuco eran idénticas a las de su primer marido, el músico Harmon Oscar Nelson. Los premios fueron una respuesta de la industria a dos cosas que eran muy preocupantes. La popularidad de Hollywood estaba cayendo en picado debido a los continuos escándalos vividos durante la segunda década del siglo XX: asesinatos, muertes por sobredosis, ingresos en clínicas de rehabilitación eran noticia semana sí y semana también y la sociedad victoriana condenó a siempre pacífica comunidad de Tinseltown por su inmoralidad. Por otro lado se quería frenar el auge del comunismo a través de los sindicatos y los fundadores de Hollywood, muy de derechas y de fuera de los Estados Unidos, temían la intervención por parte del gobierno. La creación de una academia para fomentar la excelencia era una manera de lavar su propia imagen y recuperar el control de la industria. La primera ganadora fue «Alas» de William A. Wellman y Harry d’Abbadie d’Arrast un film puramente de industria, un éxito inmediato en la taquilla y cuya influencia se sigue notando después. Frente a la ganadora de la industria la Academia decidió concederle un premio especial a una película por sus valores artísticos y la elegida fue «Amanecer» de F.W. Murnau. Este galardón al mérito artístico desapareció porque los Oscars son los premios a la excelencia con la que se quiere promover la industria.

    En la batalla entre la industria y el arte ganó lo primero © Fox

    Tendemos a pensar que las redes sociales, especialmente Twitter, son un reflejo del mundo real cuando estamos ante un rebaño guiado por unos manipuladores que pretenden imponer lo que está bien, lo que no lo está y condenar al contrario. La burbuja twittera no tiene efectos reales porque de ser así las estrellas veneradas en las redes llenarían los cines sin problemas.

  • La campaña al Oscar en el siglo XXI

    Los Angeles, 7 de enero de 2018, celebración de la 75ª edición de los Globos de Oro. Han pasado tres meses desde que «The New York Times» sacara el larguísimo historial de abusos sexuales de Harvey Weinstein. El escándalo impulsó el nacimiento del movimiento #MeToo y no fue el único caído el tiburón que estuvo detrás de Miramax, del cine independiente de la década de los 90, y de buena parte de los Oscars que se han concedido en los últimos 30 años, aunque es verdad que ha sido de los pocos que sí que han sido juzgados y condenados. Los Globos de Oro del 2018 fue la puesta de largo de la fundación Time’s Up, amadrinada por actrices como Natalie Portman y Reese Whiterspoon, que tiene como fin asesorar a las víctimas de acoso y abuso sexual. Hollywood aprovechó los Globos de Oro para expresar su condena a tipos a los que representaba Harvey Weinstein, alguien que ejerce su poder para actuar como un depredador sexual, y los invitados al evento acudieron de negro y cuando tenían un micrófono delante hablaban de la importancia de visibilizar el infierno de las víctimas y reivindicar los derechos y las libertades de las mujeres en la sociedad. Hubo una nota discordante en aquella estrategia de marketing elaborada por los equipos de publicistas de las agencias de Hollywood y que residía en la figura de Frances McDormand. La gran favorita al Oscar en aquel año, y así fue, por su interpretación de madre coraje en «Tres anuncios a las afueras» fue de oscuro pero no de negro sino de azul e hizo lo que ha hecho siempre, no someterse a las directrices, sabe que no lo necesita y tampoco sería ella. Ejerciendo su libertad aquella noche Frances McDormand hizo más por reivindicarse como mujer que el resto que salió con la actitud y las palabras aprendidas de casa.

    La autenticidad de Frances McDormand frente al feminismo pop ©GettyImages

    Harvey Weinstein cambió el concepto de campaña llevándolo al extremo porque era alguien que venía de fuera. Weinstein era como Harry Cohn durante los primeros años de la Academia, era mirado por encima del hombro porque era jefazo de la Columbia, una compañía de divertimentos considerados menores hasta que Frank Capra demostró lo contrario, y casualmente Cohn era conocido en Hollywood por su afición a los castings horizontales y temido por las actrices, Rita Hayworth fue el mejor ejemplo de su tiranía. Harvey Weinstein hizo que el cine independiente se convirtiera en una amenaza para los grandes estudios. Explotaba a sus contendientes, utilizaba a la prensa, filtraba historias falsas u oscuras sobre sus rivales, ofrecía trabajo a cambio de votos, falseaba los datos de recaudación para no repartir las ganancias y todo lo hacía con descaro. Weinstein era despreciable y se sabía pero llegó a acumular tanto poder que era mejor mirar hacia otro lado. A Harvey Weinstein también le debemos la creación del «cine indiewood», un cine independiente sintético, con estrellas y dependiente de las filiales de los grandes estudios. Lo que tenemos ahora.

    «Harvey, no sé a quién te has cargado para que esté recogiendo este premio» Jennifer Lawrence después calificó la conducta de Weinstein de intolerable ©GettyImages

    Harvey Weinstein ha marcado tanto al Hollywood de los últimos 30 años que su influencia se sigue notando pese a su caída en el otoño de 2017. Desde que fuera repudiado la industria ha puesto en práctica las lecciones de Marie Kondo y más que una limpieza a conciencia en sus cajones ha hecho una purga para expiar sus pecados. No solamente se han destapado casos de abusos sexuales sino también conductas tóxicas en el ambiente laboral, y a partir de ahí han caído Kevin Spacey, Ellen DeGeneres, Josh Whedon, Vincent Kartheiser y más recientemente Chris Noth.

    Desde la caída de Harvey Weinstein la industria se ha empeñado en demostrar su tolerancia cero contra las situaciones de abuso y eso también ha afectado a los Oscars, especialmente en las campañas. Para ganar el premio lo importante es enfatizar que se está en contra de la tiranía porque lo contrario es un suicidio. A la mencionada gala de los Globos de Oro del 2018 acudió Timothée Chalamet que expresó su apoyo al movimiento #MeToo, algo que hizo arder a las redes sociales (como dirían en la prensa deportiva) que tildaron de hipócrita al actor por acabar de rodar a las órdenes de Woody Allen «Un día lluvioso en Nueva York», cancelado al recordarse que fue acusado en 1992 de haber abusado sexualmente de su hija menor de edad. Chalamet no tardó mucho en hacerle caso a su publicista y comunicar que se sumaba a la lista de intérpretes que renegaban de su trabajo con Woody Allen y que donaba su salario a la fundación Time’s up. Para Chalamet no solamente estaba en juego su campaña publicitaria por su trabajo en «Call me by your name» por la que resultó nominado al Oscar sino también su proyección como nuevo golden boy de Hollywood.

    Timothée Chalamet ha dejado de ganarse las simpatías pero de momento mantiene a salvo su carrera ©GettyImages

    Hace casi un siglo la industria decidió crear unos premios para fomentar la excelencia y despojarse de cualquier atisbo de escándalo y de frivolidad. Era una estrategia para luchar contra la moralidad de la sociedad que había condenado al cine por su mala influencia. Pese a los esfuerzos para que sean tomados muy en serio el concepto de los Oscars no deja de ser visto como la máxima expresión de una feria de vanidades o parafraseando a Chris Rock, un evento para marujas y mariquitas blancas. Ese espíritu está ahora más vivo que nunca. En la actualidad se busca el reconocimiento a la excelencia a través del relato que condena cualquier conducta incorrecta. Lo realmente importante no es defender un trabajo que ha supuesto un gran esfuerzo sino destacarse como víctima de un sistema opresor. Es una lástima que Anne Hathaway ganara el Oscar por «Los miserables» en 2013 y no un lustro después porque habría basado su campaña exclusivamente en hablar del hambre que tuvo que pasar para poder interpretar a Fantine y lo mal que se sentía por ello durante la promoción de la película.

    Años después de ganar el Oscar por «Los miserables» Anne Hathaway confesó que todo ese glamour le generó angustia por el contraste con el sufrimiento durante el rodaje ©GettyImages

    Los esfuerzos de la Academia para garantizar la inclusión en la industria, promoviendo la diversidad en las producciones que aspiran al Oscar, el movimiento #MeToo y la crisis del COVID han condicionado los encuentros entre los académicos y las estrellas que desean ganar una estatuilla. Si la era del selfie existe en Hollywood es para que gente como Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Meryl Streep o Emma Stone desciendan del Olimpo y se saquen fotos con la gente que puedan hacer que ganen un Oscar, o para que las aspirantes a novias de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown exhibieran su simpatía ante los votantes porque hasta 2017 cuanto más jóvenes y guapas fueran las actrices ganadoras del Oscar mejores fotos tendrían los medios de comunicación. Lo único bueno que ha tenido el COVID son los encuentros a través de Zoom. Especialmente si son con Glenn Close que ya está tan de vuelta de todo que no le importa insinuar la naturaleza de la campaña de Gwyneth Paltrow por «Shakespeare enamorado».

  • La crisis en Hollywood y la devaluación de la marca Oscar

    «La evolución del cine de superhéroes se ha cargado al concepto de estrella de cine. El negocio está concebido para contentar a los chavales de 16 años y a China y el público ya no quiere ver a las estrellas sino a los X Men». De esto se lamentaba el actor Anthony Mackie en el año 2017 en un arranque de honestidad pero las palabras del intérprete que se dio a conocer con la oscarizada «En tierra hostil» fueron vistas como una manera de morder la mano que le da de comer debido a su vinculación al Universo Marvel en donde interpreta a Falcon en «Capitán América». De la integridad no se come y esa actitud de estar por encima de los caprichos de la industria solamente se le puede perdonar a un bicho raro como Daniel Day Lewis porque garantiza prestigio.

    «Yo no soy Anthony Mackie yo soy Falcon» © Disney

    En lo que llevamos de siglo XXI Hollywood está experimentando una de las peores crisis de su historia y no es exagerado decir que la presente es equiparable a las vividas con la llegada del cine sonoro o con el invento de la televisión.

    La actual tiene que ver con su identidad, con lo que respondemos cuando nos preguntan ¿qué es el cine?. En los últimos 25 años el cine ha visto que su rival más directo, la televisión, ha dado un salto gigantesco a la hora de asumir riesgos con los que poder llegar a todo tipo de públicos. Las historias más interesantes se conciben para la televisión. Si antes los directores y actores consagrados veían la llamada de la tele como una manera de degradarse ahora desean encabezar una miniserie de la televisión por cable o plataforma de turno para poder ganar un Emmy y revalorizar su cotización en la industria. En la última década hay que sumarle un nuevo enemigo a batir: las plataformas.

    Nicole Kidman tuvo que producir y protagonizar «Big Little Lies» para que se recordara lo valiente que ha sido siempre ©GettyImages

    La televisión con fenómenos tan contundentes como «Juego de tronos», la piratería de la que poco se habla pero que sigue siendo muy dañina y la llegada de las plataformas digitales han cambiado los hábitos de consumo del espectador. Es mucho más cómodo ser suscriptor de un servicio por streaming y ver películas o series en el salón de casa o en el portátil que ir a una sala de cine. Esa situación se ha agravado con la crisis sanitaria derivada del COVID-19 y el espectador, especialmente el mayor de 35 años, ya no pisa un cine a no ser que sea un título evento.

    Otro factor y que no solamente afecta al mundo del cine ni tampoco a Hollywood es la sobreexplotación de un concepto. Lo de las ideas que se repiten una y otra vez no es nada nuevo, siempre ha habido remakes, pero sí que es verdad que apelar continuamente a la nostalgia para dar luz verde a remakes, secuelas y reinicios solamente demuestra el miedo a salirse de la zona de confort. Ni siquiera podemos considerar arriesgado que se haga pagar sus pecados a James Bond, ni la «feminixplotaition», ni la vocación woke de la industria porque Hollywood no va a estar al margen del buenismo que impone la dictadura de la corrección política.

    El cine pidiendo perdón por haber ganado dinero explotando un personaje misógino © MGM

    Dicha explotación de una marca ha llevado a las estrellas a un momento de gran debilidad porque ya no son ellas las que llevan al público a las salas sino el concepto. La franquicia se ha convertido en el evento y lo que se salga de ahí está condenado al fracaso. Si «El método Williams» se hubiera estrenado en el 2010 probablemente habría sido un éxito de público porque Will Smith en uno de sus intentos descarados por llevarse el Oscar habría llenado las salas de espectadores, pero hoy «El método Williams» se ha considerado un título muy caro, por el salario de Smith y su campaña publicitaria, y mundialmente apenas ha recaudado la mitad de su presupuesto.

    Todo esto lo supo Tom Cruise antes que nadie y por eso ha hipotecado lo que le queda de vida a sobreexplotar «Misión imposible» y «Jack Reacher». Le sale más a cuenta demostrar sus habilidades físicas y colgarse de algo que buscarse un proyecto con el que pueda ganar el Oscar. Primero, porque las películas de los Oscars ya no son eventos, sino productos destinados a un público cada vez más residual, y segundo, porque la marca Oscar ha sido la gran perjudicada en esta crisis de identidad que ha estado viviendo Hollywood.

    Tom Cruise tiene claro que es mejor partirse varios huesos que ganar el Oscar © Paramount Pictures

    En el verano del año 2009 los Oscars tomaron la medida de ampliar el número de candidatas a mejor película, pasando de cinco a diez. La Academia quiso iniciar de esta manera un aperturismo en sus premios para reconocer a propuestas que de otra manera no habrían entrado en los Oscars y ha ampliado considerablemente el número de académicos, de esta manera pudo ser posible que la surcoreana «Parásitos» de Bong Joon-ho se llevase el Oscar a la mejor película en el año 2020. Pero lo que llevó a la Academia a tomar dicha medida fue la vergüenza de que «El caballero oscuro» de Christopher Nolan, el acontecimiento cinematográfico del 2008, no fuera nominado al Oscar a la mejor película y estuviera muy por encima del quinteto de aquella edición y simplemente por ver a una película de superhéroes como un producto menor. Curiosamente la única película de superhéroes que ha entrado en la candidatura reina de los Oscars ha sido «Pantera negra» porque pesó su condición de ser un título que reivindicaba la raza negra, algo que también le permitió ser un fenómeno sociológico en los Estados Unidos.

    Los Oscars no han sido ajenos a la crisis que ha vivido Hollywood y eso se ha reflejado en los bandazos que ha ido dando a lo largo de este siglo y también en el interés cada vez menor de la audiencia. Se ha estado demasiado pendiente de lo que se cuece fuera de la Academia, de quedar bien con la opinión pública, eso ha hecho que su actitud sea cada vez más acomplejada y que se impongan medidas como no cualificar a las producciones que no se sometan a las cláusulas de inclusión. Como bien dijo Gary Oldman en el año de «12 años de esclavitud» hubo miedo a decir que no se votaba a la película de Steve McQueen por si caía la acusación de racismo. Dicha actitud buenista ha llevado a una de las imágenes más vergonzosas de la Historia de los Oscars, que no es otra que el plano final de la gala del pasado año en la que se veía la estatuilla en el suelo, porque se había decidido cerrar la ceremonia con el premio al mejor actor y el ganador fue un señor octogenario de Gales, de nombre Anthony Hopkins por su interpretación en «El padre, y no un actor afroamericano ya fallecido como Chadwick Boseman que era candidato por «La madre del blues» y cuya viuda había recogido todos los premios entregados en los Estados Unidos. A Hopkins ni siquiera se le dio la oportunidad de agradecer el galardón vía Zoom. La imagen del Oscar de Hopkins tirado en el suelo fue tan insultante que fue eliminada cuando la secuencia fue resubida al canal que tiene los Oscars en Youtube. En 1940 Hatie McDaniel tuvo que acceder por la parte de atrás del hotel Ambassador para recoger su Oscar a la mejor actriz de reparto por «Lo que el viento se llevó» debido a las leyes segregacionistas, 81 años después podemos decir que se sigue actuando de una manera racista pero desde el complejo.

    Anthony Hopkins agradeciendo su Oscar en redes sociales porque no se le permitió hacerlo en la ceremonia © Instagram

    Si hablamos de los Oscars no podemos borrar la sombra de Harvey Weinstein. El productor que fue desterrado de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown cuando salió a la luz su larguísimo historial de abusos sexuales es recordado por convertir las campañas de los Oscars en un juego sucio, aunque las promociones siempre han sido intensas y Peter Finch literalmente se murió de agotamiento buscándose la nominación como protagonista por «Network» que luego se convirtió en un Oscar póstumo en 1977. Él nunca disimuló que ofrecía trabajo a cambio de votos. Era capaz de llevar al extremo a sus actores para que estuvieran presentes en todas partes y también de cometer atrocidades como comprar los derechos de una película con el fin de secuestrarla, José Luis Garci lo sabe bien, o manipular a alguien como un anciano y enfermo Robert Wise para que firmara una carta pidiendo el voto para Martin Scorsese en «Gangs of New York». Aunque Harvey Weinstein esté pudriéndose en una celda y en todo ese tiempo a la sombra siga sin conocer al califato de gurús de Film Twitter, el concepto de campaña no se ha alterado en absoluto. Lo único que ha cambiado es la pose de quienes las hacen, si antes se aspiraba a ganarse la simpatía de los académicos y del público en los programas de televisión, ahora se quiere ganar el aplauso de los defensores de la justicia social.

    «Hacer campaña desde el desprecio al mundo» La nueva actitud para ganar un puñetero Oscar ©THR

    También ha hecho muchísimo daño a la marca Oscar que los premios de la Academia sean los últimos de una larga lista de galardones cinematográficos haciendo que al espectador le importe muy poco lo que ahí suceda. Seguir la carrera al Oscar es cada vez más ridículo si se tiene que estar pendiente de las 7.436 nuevas asociaciones de críticos que surgen al año, los premios de los gremios y los BAFTA que ante todo quiere invitados a su fiesta.

    No deja de ser un reflejo de nuestra propia decadencia como sociedad porque vamos como vacas sin cencerro como dirían en «La flor de mi secreto».

  • Netflix y los Oscars

    Cuando Frances McDormand, en calidad de productora de «Nomadland», recogió el Oscar a la mejor película en la edición del pasado año rogó a la escasa audiencia que estaba viendo la ceremonia que buscara el film de Chloé Zhao en la pantalla de cine más grande posible. Curiosamente una semana después la película iba a llegar a todos los hogares a través de la plataforma Disney +.

    Frances McDormand dándole una bofetada a Disney + ©AMPAS

    La 93ª edición de los Oscars, celebrada el 23 de abril de 2021, tuvo un claro objetivo: reivindicar la experiencia cinematográfica. No era para menos. La crisis sanitaria causada por el COVID-19 provocó el cierre de salas, para muchas de ellas la situación no fue transitoria, y se retrasaron muchísimos estrenos. Llegar a los cines sin el respaldo de plataformas como Netflix, HBO Max, Disney + o Amazon Prime ha sido desde la primavera de 2020 un acto de valientes y entrar a las salas también lo es.

    El 2020 aceleró el proceso de transición al nuevo modelo de consumo que son las plataformas y que llevan varios lustros con nosotros. El streaming ha sido la solución para muchos estrenos y también ha sido la primera opción de algunas majors que estaban más interesadas en conseguir suscriptores a sus contenedores digitales. Lamentablemente las salas han quedado relegadas a los acontecimientos cinematográficos y uno de los pocos que pueden ajustarse a ese calificativo ha sido «Spider-Man: No Way Home» ya ha conseguido convertirse en la sexta película más taquillera de la historia pese a las restricciones debido a la variante Omicron del COVID-19.

    Pese a la convivencia entre los dos modelos de exhibición el streaming ha sido incapaz de romper el techo de cristal y hacerse con el Oscar a la mejor película. «Roma» de Alfonso Cuarón sigue siendo la apuesta de Netflix que ha llegado más lejos en los premios de la Academia ya que se hizo con tres de los galardones entre ellos el de mejor dirección. «El irlandés» de Martin Scorsese se fue de vacío y «Mank» de David Fincher tampoco gozó de las simpatías de los académicos.

    ¿Salvación o condena? ©Netflix

    ¿Podemos considerar como cine a los estrenos directos en las plataformas? Esa ha sido la cuestión desde la irrupción de Netflix y sucesivas compañías en streaming. Si Steven Spielberg, Christopher Nolan o Quentin Tarantino son defensores de diferenciar lo que llega a las salas de cine otros directores ven en las plataformas una vía de desarrollo para aquellos proyectos inviables, fue el caso de «El irlandés» de Scorsese.

    También es verdad que la situación en las plataformas, especialmente en Netflix, va derivando hacia las exigencias de los algoritmos y por lo tanto erradicar cualquier evidencia autoral. Es lo que considera la cineasta argentina Lucrecia Martel que no ha dudado en ir a contracorriente a la hora de hablar de los peligros para la cultura de este tipo de contenedores. El mejor ejemplo lo podemos encontrar en «No mires arriba» de Adam McKay en donde no se deja de satisfacer una serie de cuotas: gran reparto, denuncia ecologista, crítica a la clase política, los medios de comunicación y la sociedad alienada. De esa manera ha conseguido convertirse en uno de los grandes éxitos de la plataforma y estar presente en las redes sociales más allá de sus prescriptores y de los días de rigor, aunque la hayamos olvidado tan rápido como Carlos Boyero.

    Cuando el algoritmo manda ©Netlix

    «Roma» de Alfonso Cuarón se estrenó en 2018 y ese año Netflix decidió apostarlo todo para lograr romper el techo de cristal para ello contrató a la mejor directora de campañas de la industria: Lisa Taback. La compañía alcanzó un importante acuerdo de exclusividad con la estratega que reclutó a sus colaboradores más cercanos para encargarse de la publicidad de Netflix.

    Aunque Lisa Taback sea una consultora independiente lo cierto es que ha estado indiscutiblemente asociada a la figura de Harvey Weinstein. Entre los años 1994 y 2014 fue una pieza clave para las campañas en los Oscars de Miramax y The Weinstein Co. Gracias a ella se materializaron las victorias de «El paciente inglés», «Shakespeare in love», «Chicago», «El discurso del rey» y «The Artist». También fue la estratega de la campaña de «Gangs of New York» que es recordada por ofrecernos una de las maniobras más sucias de la historia de los Oscars, la carta firmada por un Robert Wise en sus últimos años en donde pedía el voto para Martin Scorsese y que fue escrita por alguien sin identificar. La relación entre Harvey Weinstein y Lisa Taback terminó de muy malas maneras en el año 2014 después de que la estratega dirigiera la campaña promocional de «Al encuentro de Mr. Banks», entre los Weinstein y Taback nunca hubo un contrato de exclusividad, pero ella logró emerger y en 2016 consiguió que «Spotlight» se llevara el Oscar a la mejor película y materializar las estatuillas de Brie Larson («La habitación»), «Amy» en la categoría de mejor documental, los efectos visuales de «Ex Machina» y el del cantante y compositor Sam Smith por la canción principal de «Spectre». Suyas también fueron las campañas de «Moonlight» de Barry Jenkins y «La la land» de Damien Chazelle que se repartieron las estatuillas en la edición de 2017.

    La estratega que ha definido los últimos 30 años de los Oscars ©THR

    «Roma» de Alfonso Cuarón era la película bendecida por la crítica. Ganó el festival de Venecia y se llevó la mayoría de los galardones de las asociaciones de prensa. Era la cinta de la que todo el mundo hablaba, sus actrices protagonistas hicieron una gira que fue realmente agotadora, pero probablemente imperó el postureo y ese apoyo no fue tan fuerte. Tal vez por la ambición de Netflix en su objetivo de conseguir materializar un Oscar a la mejor película la campaña de «Roma» fue considerada antipática y esa sensación empeoró con las promociones de «El irlandés» de Martin Scorsese y «Mank» de David Fincher. Netflix con el asesoramiento de Lisa Taback y su equipo ha recuperado parte de la esencia de Harvey Weinstein que no solamente es recordado por su historial de abusos sino por la agresividad de sus campañas.

    La gran esperanza de Netflix es «El poder del perro» de Jane Campion que además de contar con el respaldo de la crítica es un título que está lejos de convencionalidades y que se ajusta a lo premiado en las últimas ediciones, «Parásitos» y «Nomadland». «El poder del perro» es un western crepuscular, cargado de represión y toxicidad, que nos habla de las nuevas masculinidades y Benedict Cumberbatch juega con lo suyo. Todo eso lo cuenta una mujer que ya sabe lo que es vivir una campaña tan intensa como fue la de «El piano». Casualidades de la vida «El piano» fue la primera contienda que dirigió Taback para Miramax y en donde se puso el énfasis en la importancia de ser una película femenina. Tras una agotadora promoción consiguió tres Oscars, para sus actrices Holly Hunter y Anna Paquin, y para Jane Campion como guionista. La sombra de Harvey Weinstein es demasiado alargada.

  • La cultura de la cancelación

    A inicios del siglo XX la moralidad victoriana condenó al cine, consideraba que las películas eran obras del demonio y que sus estrellas eran una mala influencia para la sociedad. Los feligreses no dejaban de escuchar los sermones en las iglesias sobre los peligros que conllevaba el hecho de exponerse a esa propaganda de la inmoralidad y se amenazaba a quien iba a ver una película.

    En septiembre del año 1921 estalló el primer gran escándalo en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown y tuvo como protagonista a Roscoe «Fatty» Arbuckle que fue acusado de provocarle la muerte a la aspirante a luminaria Virginia Rappe. Arbuckle era uno de los principales activos de la Paramount, había firmado un contrato valorado en 3 millones de dólares de hace un siglo, y alcanzó la cima de Hollywood gracias a sus dimensiones y su destreza, era la representación de la comedia embrutecida y convirtió el lanzamiento de tartas en una de sus señas de identidad. El 5 de septiembre del año 1921 Fatty Arbuckle se encontraba en un hotel de San Francisco y un par de amigos suyos decidieron montar una fiesta en su honor e invitaron a muchas mujeres. Entre ellas se encontraba Virginia Rappe, una aspirante a actriz de 26 años, que en el transcurso de la noche comenzó a sentirse francamente mal. A pesar de que fue examinada por el médico del hotel, que le dio morfina para calmar sus dolores, la joven no fue hospitalizada hasta dos días después. Ya en el hospital una amiga suya acusó a Roscoe Arbuckle de haber violado a Virginia que no tardó en fallecer debido a una peritonitis causada por una rotura de vejiga. El médico que la examinó no halló ninguna prueba de que fuera violada pero los informes forenses sí que determinaron que arrastraba una infección severa en el tracto urinario y que dicha situación se agravó por el abuso del alcohol. Arbuckle fue sometido tres juicios en el período de tres años, fue absuelto de los cargos y el jurado emitió una declaración para pedirle disculpas por el escarnio al que fue sometido. Pero el daño cometido ya era irreparable. Roscoe Arbuckle fue juzgado y condenado por la opinión pública en aquel fatídico mes de septiembre de 1921. Los medios de comunicación fantasearon con la manera en la que el gordo de «Fatty» reventó a su pobre víctima, los moralistas instaban al boicot de sus películas que dejaron de ser distribuidas. Fue abandonado por su mujer, su carrera se arruinó y murió en 1933 con tan solo 46 años.

    La ficha policial de Roscoe «Fatty» Arbuckle ©GettyImages

    Roscoe Arbuckle se convirtió en el primer cancelado de Hollywood. Lo mismo le sucedió a Clara Bow que tuvo que soportar la traición de una antigua empleada que reveló a la prensa que en su casa tenía jornadas de piernas abiertas y que en un fin de semana se acostó con los miembros de un equipo universitario de fútbol americano, entre ellos estaba una futura estrella llamada John Wayne. Los días de esplendor de Clara Bow, la «it girl» por excelencia de 1927, se acabaron ahí y la llegada del cine sonoro hizo el resto con una actriz de voz aflautada.

    El Hollywood de la década de 1920 estaba formado por nuevos ricos que disfrutaban tanto del dinero como del sexo, las drogas, el alcohol y el jazz. Hollywood era visto por la sociedad moralista como la cuna del pecado y la industria ante el temor de ver peligrar sus ingresos decidió poner en marcha un mecanismo de autocensura. Fue así como nacieron los Oscars, en donde se buscaba premiar la excelencia y dar buena imagen, y el código Hays que impuso unas cláusulas de moralidad a toda la comunidad y quien no se ajustara a ellas era expulsado. El código Hays dejó de emplearse oficialmente a partir del año 1968 aunque en realidad fue mucho antes.

    Cualquier excusa era buena para montarse una fiesta ©GettyImages

    Ha pasado un siglo desde que Hollywood se viera amenazado por la sociedad victoriana que juzgaba sus escándalos y repudiaba a la siempre pacífica comunidad de Tinseltown por sus excesos. Pero nosotros como sociedad estamos condenados a repetir la historia porque nuevamente estamos inmersos en la cultura de la cancelación y curiosamente está sucediendo al revés porque quienes castigan son los abanderados de la sociedad woke, que abogan por los derechos identitarios, y quienes defienden las libertades individuales son los herederos de los hijos de la era victoriana.

    Los escándalos sexuales protagonizados por Bill Cosby y Harvey Weinstein pusieron a la sociedad en pie de guerra. Nació el movimiento #MeToo para exponer los casos de violencia y abuso sexual y actrices como Natalie Portman y Reese Witherspoon amadrinaron la fundación Time’s up con el fin de recaudar fondos para el asesoramiento legal y psicológico de las víctimas. En diferentes ámbitos empezó a ser común que se preguntara quién ha sido nuestro Harvey Weinstein y muchísimas mujeres de todo el mundo confesaron haber sido víctimas de conductas inapropiadas por parte de compañeros o de jefes de trabajo. Buena parte de las acusaciones no tuvieron sus consecuencias judiciales porque se quedaron únicamente plasmadas en las redes sociales, muchos de quienes fueron acusados no llegaron a ser juzgados, ni siquiera se presentaron cargos en su contra, es que ni se les investigó. Las redes sociales han pasado a actuar como denunciantes, investigadores, fiscales y jueces, sin dar opciones de defensa, y hacen ejecutar su condena mediante la expulsión.

    Harvey Weinstein dejó de pasearse por la alfombra roja de los Oscars ©GettyImages

    El mundo recordó que Woody Allen fue acusado en el año 1992 de haber abusado sexualmente de su hija Dylan cuando ésta era una niña y aunque ni siquiera llegó a ser juzgado el mero recordatorio de la acusación fue suficiente para reavivar la sombra de la sospecha y dar por finalizada la carrera del director. Tuvo que surgir una editorial valiente que no se achantara ante las amenazas de boicot de los defensores de la virtud del siglo XXI para que «A propósito de nada», las memorias del cineasta, pudiera ver la luz en los Estados Unidos.

    En enero de 2021 las redes condenaron al actor Armie Hammer después de que fuera acusado por canibalismo por varias mujeres. La situación llegó a complicarse cuando una de ellas, de nombre Effie Angelova, aseguró que el actor con quien había estado saliendo la violó y que dicha agresión fue una pesadilla que duró cuatro horas. Los hechos fueron lo suficientemente graves para que la policía de Los Angeles iniciara una investigación y Hammer fue expulsado de su agencia de representantes y también de los proyectos que tenía para rodar, entre ellos una comedia romántica con Jennifer Lopez, una obra de teatro y una serie sobre el rodaje de «El padrino», curiosamente su presencia en la nueva versión de «Muerte en el Nilo» se ha mantenido, también es verdad que estaba rodada. Este pasado mes de diciembre la policía de Los Angeles concluyó sus investigaciones sin tener algo realmente firme en contra de Armie Hammer y envió el informe a la fiscalía que hasta este momento no ha presentado cargos contra uno de los protagonistas de «Call Me By Your Name».

    Armie Hammer ha sido una de las últimas víctimas de esta era de la cancelación ©GTRES

    Las redes sociales se han convertido en el nuevo mecanismo inquisidor. Torquemada es ahora un «influencer» que ha dado el salto de sus redes a la tribuna de un medio de comunicación porque genera tráfico y desde su púlpito señala a quienes no se ajusten a su catecismo pop, la turba hace el resto y el condenado es cancelado, ni se le otorga el derecho de defensa ni muchísimo menos debe esperar que su honor sea reparado en caso de que se esté cometiendo un error porque la opinión pública jamás falla. En determinados casos ni siquiera se puede apelar a la presunción de inocencia.

    La luchadora y actriz Gina Carano fue despedida de la serie de Disney «The mandalorian» tras las quejas de los usuarios de las redes sociales debido a que Carano expresó su apoyo al ex presidente Donald Trump y realizara unos comentarios desafortunados sobre los transexuales. Disney como buena compañía que cuida muy bien sus inversiones también despidió al director James Gunn de la tercera entrega de «Guardianes de la galaxia», muy crítico con la administración Trump, porque se recuperaron unos tweets del pasado en donde Gunn se mofaba de la pederastia.

    Vivimos tiempos muy complicados, estamos inmersos en una crisis económica de la que nos va a costar salir y pertenecemos a una sociedad en la que le hemos otorgado demasiado poder a las redes sociales. La industria audiovisual, Hollywood en particular, está atravesando uno de los momentos más inciertos de su historia y la situación se ha complicado debido a la pandemia y perder el favor del público es un lujo que no se puede permitir.

  • Un problema llamado los Oscars

    La cadena de televisión ABC anunció el pasado 11 de enero que en la 94ª edición de los Oscars que tendrá lugar el próximo 27 de marzo se volverá a contar con la figura del maestro de ceremonias. El último anfitrión que tuvo la gala de premios más importante del mundo fue Jimmy Kimmel que presentó las ediciones de 2017-18. Si en la industria del entretenimiento era considerado un privilegio presentar la ceremonia de los Oscars y se tiene como referentes a Bob Hope, Johnny Carson, Billy Crystal y Whoopi Goldberg lo cierto es que en estos años es una papeleta que se ha pretendido evitar.

    Jimmy Kimmel en su papel como último maestro de ceremonias de los Oscars ©AMPAS

    En la primavera de 2019 Pedro Almodóvar comenzaba la promoción de “Dolor y gloria” y protagonizó un especial para uno de los canales cinematográficos de una conocida plataforma multimedia. Una de las entrevistadoras quiso hablarle de los Oscars y de la oportunidad que se había perdido al premiar a la bienintencionada y convencional “Green Book” de Peter Farrelly en lugar de reconocer a una obra mucho más desafiante y reivindicativa de la comunidad latina como “Roma” de Alfonso Cuarón que había sido la cinta más premiada de dicha temporada. A Almodóvar eso de que los miembros de la Academia votasen mal no le preocupaba tanto en ese momento como el hecho de que estemos sometidos a la dictadura del moralismo y la corrección política y que no existiera ningún valiente que se hubiera atrevido a presentar la gala de los Oscars por si escarbaban en su pasado y descubrieran alguna conducta inapropiada era bastante explicativo del miedo que se está viviendo. Las palabras del cineasta manchego galardonado con dos Oscars no debió sentar del todo bien a las presentadoras nada sospechosas de neutralidad que soltaron un “nos hemos quedado sin tiempo para más”

    Almodóvar no iba nada desencaminado. Para la ceremonia del año 2019 la Academia había anunciado que el presentador iba a ser Kevin Hart pero el humorista no tardó en abandonar el barco después de que se rescatasen tuits homófobos escritos en el pasado y la organización le obligara a pedir disculpas, básicamente porque la condena de las redes sociales ya la tenían y se enfrentaban a una más que probable campaña de boicot. La gala del 2019 no tuvo presentador. La ABC y la Academia optaron por ello después de que les dejaran claro en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown que era mejor pillar ladillas que asumir ese marrón. Probablemente por el efecto novedad los datos de audiencia mejoraron relativamente a la de su predecesora y desde entonces se ha prescindido del maestro de ceremonias.  Era algo cómodo y les ahorraba problemas,  la Academia y la ABC bastante tienen con tratar de evitar el naufragio que supone la pérdida de interés del público. 

    Tenemos que viajar al otoño de 2011 para encontrarnos con un precedente. La Academia y la ABC habían depositado su confianza en el productor Brett Ratner y el actor Eddie Murphy para que se encargaran de la gala de los Oscars de 2012.  Aprovechaban que la dupla había rodado “Un golpe de altura” y que Murphy tiene esa capacidad de ofrecer un buen espectáculo a pesar de su tendencia a la incorrección política y que hacía mucho tiempo que había dejado de estar en la cúspide. La cosa iba bien hasta que comenzó la promoción de “Un golpe de altura”. Brett Ratner se fue de la lengua soltando que eso de ensayar “es para maricones”, que Chris Rock dijera en el 2004 que los Oscars eran para «marujas y mariquitas blancas» no causó mayores problemas, y se fue al programa radiofónico de Howard Stern en donde no dudó en fardar de sus habilidades sexuales. Al día siguiente de la intervención en las ondas de Ratner la actriz Olivia Munn se adelantó algo más de un lustro al nacimiento del #MeToo y contó que en el año 2004 ella fue invitada por un amigo al rodaje de “El gran golpe” dirigida por Ratner y protagonizada por Pierce Brosnan, Salma Hayek y Woody Harrelson y que cuando se encontró con el director en su caravana él comenzó a masturbarse mientras disfrutaba de una ración de langostinos. A Brett Ratner se le invitó a abandonar la producción de la gala de los Oscars y Eddie Murphy renunció a presentar la ceremonia si en el pack no estaba incluido el director. En el año 2017 cuando cayó Harvey Weinstein, tras destaparse su historial de abusos de poder, y se instauraron el #MeToo y la fundación Time’s Up, también tuvo lugar la cancelación de Brett Ratner que fue acusado por seis mujeres de acoso sexual, Elliot Page estaba en el grupo, y la Warner decidió no renovar el acuerdo de producción que tenía con él y que estaba valorado en 450 millones de dólares. A diferencia de Harvey Weinstein que sí que fue juzgado y condenado por un tribunal Brett Ratner no se ha sometido realmente a la administración de justicia a no ser que entendamos como tal a las redes.

    Eddie Murphy iba a ser el presentador de la gala de 2012 ©AMPAS

    Quien sustituyó a Eddie Murphy fue Billy Crystal. La Academia y la ABC apelaron a la nostalgia y recuperaron al maestro de ceremonias favorito de la década de los noventa, con el permiso de Whoopi Goldberg. Pero el espectador del 2012 que ve la gala de los Oscars y la comenta en las redes sociales poco tiene que ver con el que se lo pasó en grande con el Billy Crystal del arranque de la ceremonia de 1998 y el espectáculo tampoco lo era, ni siquiera Hollywood. Billy Crystal no encajó y se le notaba especialmente incómodo.

    Billy Crystal asumiendo la gala del 2012 ©AMPAS

    Hay que reconocer que existe una importantísima crisis en Hollywood, comenzó a evidenciarse a inicios de la pasada década y eso ha afectado a los Oscars. Los hábitos de consumo han cambiado y el concepto de “acontecimiento cinematográfico” tiene mucho más que ver con un espectáculo fallero destinado a las audiencias más jóvenes que con las gestas más grandes que la vida y pensadas para los espectadores de más de 35 años. La Academia ha tratado de modernizarse abriendo sus horizontes y ampliando el número de candidatas a mejor película, algo que permitió que se coronara a la surcoreana “Parásitos”, pero le queda algo que es fundamental que es conquistar a las nuevas generaciones de espectadores y no me refiero a la burbuja de Film Twitter ni al califato de gurús de los premios. Que los Oscars no sean cada vez más residuales y sí algo al alcance del gran público. Tarea difícil. 

    La gala de 2021 obtuvo la peor audiencia de su historia ya que solamente atrajo a 9,85 millones de espectadores, un 58% menos que la de su predecesora que congregó a 23,6 millones. Había muchos motivos. En los primeros tiempos de la pandemia se retrasaran los grandes estrenos de las majors y tan solo los títulos más pequeños tuvieron la valentía de llegar a las salas sin el respaldo de las plataformas. Hubo muy buenos títulos, probablemente fue una de las mejores cosechas de los últimos años, pero el gran público estuvo al margen de ellos y eso se tradujo en el poco interés que despertó el evento que fue dirigido por Steven Soderbergh y que lo mejor que nos ofreció fue el pelo de Frances McDormand.  

    Frances McDormand haciendo que Lana Turner se revuelva en su tumba ©AMPAS

    Los datos del pasado año fueron terribles pero eran esperables, porque los cosechados por la edición del 2020 ya fueron muy malos. La ceremonia más vista de la pasada década fue la celebrada en el año 2014, presentada por Ellen DeGeneres, que congregó a más de 40 millones de dólares y cuyo momento crucial fue el selfie protagonizado por la maestra de ceremonias y algunos de los célebres invitados. Esa foto probablemente hoy tenga dos manchones borrosos que se corresponden con los rostros de Kevin Spacey, cancelado tras las acusaciones de acoso sexual, y la de la propia Ellen DeGeneres que este año terminará de hacer su célebre programa de televisión tras ser acusada de conducta tóxica.

    Hoy nadie invitaría a Ellen DeGeneres y a Kevin Spacey ©AMPAS

    Desde el año 2011 la Academia y la ABC han confiado en Anne Hathaway y James Franco (37,6 millones), Billy Crystal (39,4 millones), Seth MacFarlane (40,3), Ellen DeGeneres (43 millones), Neil Patrick Harris (36,6 millones), Chris Rock (37,3) y Jimmy Kimmel que fue el último maestro de ceremonias que tuvo la gala en sus ediciones de 2017 (32,9 millones vieron la victoria de “Moonlight” frente a “La La Land”) y 2018 tuvo una audiencia de 26,5 millones. La primera ceremonia sin presentador por el efecto novedad congregó a 29,7 millones pero desde entonces ha ido a peor. 

    El momento más comentado de la historia más reciente de la historia de los Oscars tuvo una de sus audiencias más bajas ©AMPAS

    Las cifras no invitan al optimismo y los responsables de la Academia y la cadena ABC han decidido recuperar la figura del maestro de ceremonias. Jimmy Kimmel es lo fácil y más teniendo en cuenta su vinculación a la ABC, pero la audiencia no le acompañó pese a su buen hacer y todos recordamos cómo fue su reacción con el cambiazo del sobre en el premio a la mejor película en 2017. Sea quien sea la persona elegida tendrá que asumir un desafío y que no bastará con tener talento, chispa y ser resolutivo ante posibles imprevistos sino que tendrá que ser inmaculado, es más, en estos tiempos importa más la virtud que el ingenio.

  • Cancelando al monstruo

    Este domingo 9 de enero va a tener lugar la 79ª edición de los Globos de Oro, pero ninguna televisión va a estar pendiente de ver lo que sucede en un evento que antes del Covid era lo más parecido a un botellón, en el que la gracia era contemplar a la gente borracha como en un piso de Magaluf. Solamente los más cafeteros van a estar deseosos de saber qué es lo que van a premiar los miembros de la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood, que dará a conocer su palmarés en una breve comparecencia ante los medios. No va haber ceremonia, la NBC anunció que no la va a emitir y ninguna estrella quiere saber nada de ella.

    Ricky Gervais, el maestro de ceremonias sacacolores © GettyImages

    ¿Qué ha pasado para que hayamos llegado a esta situación? En la pasada primavera Los Angeles Times destapaba que la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood había sido demandada por la periodista noruega Kjersti Flaa por haberle denegado el acceso y también les acusaba de institucionalizar la «cultura de la corrupción». Citando su demanda, Flaa alegaba que la organización que está exenta de impuestos funcionaba como un cártel, prohibiendo el acceso a solicitantes calificados como ella, y monopolizando el acceso a la prensa tan importante mientras subvencionaba indebidamente los ingresos de sus miembros. La periodista dejaba caer además que el grupo está plagado de conflictos éticos y sus miembros aceptan miles de dólares en emolumentos de los mismos estudios y las celebridades y que todo ello se escondía bajo un «código de silencio».

    A pesar de que la demanda de Kjersti Flaa fue desestimada, el artículo de Los Angeles Times fue la puntilla, porque en el influyente medio de comunicación se les acusaba de algo que hoy en día es determinante: de ser racistas. Se dejaba ver que la organización es muy poco dada a favorecer la diversidad entre sus miembros, la mayoría de sus integrantes son de raza blanca, algo que puede condicionar a la hora de votar. En una era como la que vivimos en la que estamos dominados por el buenismo y el activismo woke de justicia social ha resultado intolerable que la industria se siguiera rigiendo por el «código de silencio» con respecto a la HFPA y comenzó a ejercer presión para que la formación hiciera un lavado de cara ante la galería. Tom Cruise que ganó en tres ocasiones el Globo de Oro por «Nacido el 4 de julio», «Jerry Maguire» y «Magnolia» devolvió sus trofeos, una actitud que no ha dejado de resultar sorprendente, y Scarlett Johansson y Mark Ruffalo (él ganó el año pasado por la miniserie «La innegable verdad») denunciaron que las conductas de algunos de sus miembros rozaban el acoso sexual. Para contribuir a la cancelación algunas compañías de Hollywood como Netflix y Amazon anunciaron que no seguirían colaborando con la HFPA y el remate fue la NBC cuando canceló la retransmisión de la ceremonia del 2022 con la condición de que se pueden retomar los fastos el próximo año si se producen los cambios que la industria demanda. La cadena de televisión sabía a lo que se exponía y retiró una inversión de 30 millones de dólares ante el temor de una campaña en su contra en redes y medios para atemorizar a los patrocinadores.

    Tom Cruise con el Globo de Oro ganado por «Nacido el 4 de julio» ©GettyImages

    La sombra de la duda siempre ha acompañado a la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood. Desde su fundación en 1943 la industria ha mirado por encima del hombro a una organización de periodistas extranjeros cuya mayoría de integrantes no vive de los medios de comunicación, de hecho un chiste que se repite muy a menudo en la ciudad de Los Angeles es que en la noche de la ceremonia de los Globos de Oro no hay camareros en la ciudad. Pero ha sido Hollywood el encargado de sobrealimentar al monstruo que ahora mismo ha querido cancelar porque es lo que procede.

    En el año 1943 se fundó la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood que aglutinaba a dos asociaciones de corresponsales extranjeros en Hollywood. El mundo estaba sufriendo los efectos de la Segunda Guerra Mundial y Hollywood vio en el trabajo de la prensa internacional una manera de vender su cine al mundo y en 1944 se celebró la primera ceremonia de los Globos de Oro, siendo «La canción de Bernadette» y su protagonista Jennifer Jones los principales galardonados. Esa ha sido la esencia de la relación entre la industria y esta minúscula asociación a pesar de los escándalos.

    Hasta el año 2020 la Asociación de Prensa Extranjera en Hollywood estaba compuesta de 86 miembros. Ya en 1958 la HFPA se había ganado su mala fama, algunos de sus miembros más destacados admitieron que los galardones no eran más que intercambios de favores, y la NBC a finales de la década de los 60 amenazó con la no emisión debido a la falta de transparencia en sus galardones.

    Pero a pesar de las sospechas se seguía imponiendo el «código de silencio» y la alianza entre los corresponsales extranjeros y Hollywood continuaba retroalimentándose. La industria ha apremiado a los miembros de la asociación a lo largo de más de siete décadas y no se ha escondido. La prensa de todo el mundo se ha acostumbrado a ver que alguien de la HFPA ha tenido acceso VIP a muchos eventos organizados por los estudios y que son beneficiados con viajes a festivales de cine tan para privilegiados como Cannes o Venecia, Gary Oldman sirvió de anfitrión para los corresponsales asociados en el festival de Venecia de 2011 para promover «El topo» y tres años después calificaba a sus integrantes de pajilleros pidiendo el boicot a los premios, cuando le galardonaron por hacer de Winston Churchill en 2018 por «El instante más oscuro» se olvidó de aquello, y Netflix invitó a los periodistas de la HFPA a París para promover su serie «Emily in Paris» que posteriormente se vio beneficiada en el reparto de candidaturas en la edición de 2021. Cuando Pia Zadora se llevó el Globo de Oro a la estrella emergente en 1982 por «La marca de la mariposa» y al cabo de un tiempo la prensa informara que el marido millonario de la actriz y cantante invitó a los miembros de la HFPA a Las Vegas lo único que hizo la asociación fue retirar el premio en dicha categoría.

    Pia Zadora con el Globo de Oro de la discordia ©GettyImages

    A Hollywood no le convenía seguir alimentando al monstruo. Las amenazas de cancelación por parte de los espectadores pueden tener unos efectos nefastos y más en un momento de crisis tan importante como el que estamos viviendo. Durante décadas se puede tolerar que se acuse a una de las asociaciones que les hace la pelota que sea corrupta pero no que seas la protectora de un grupo tildado de racista.