El nacimiento del #MeToo y de un ascensor social basado en el activismo

En octubre de 2017 un terremoto de 9.6 grados en escala de Ritcher derribó los cimientos de la siempre pacífica de comunidad de Tinseltown. El origen no estaba en que la falla de San Andrés se hubiera movido como si pillara éxtasis en mal estado en una rave sino porque había caído Harvey Weinstein tras destaparse su larguísimo historial de abusos sexuales. En ese momento Hollywood hizo lo que mejor sabe hacer: actuar diciendo el clásico «me estoy enterando por la prensa» y dar lecciones de moralidad.

Una de las estrategias de Weinstein para defenderse de las acusaciones era sacarse este tipo de fotos y si había víctimas mucho mejor © GettyImages

Las fechorías de Harvey Weinstein a lo largo de algo más de tres décadas eran notorias y no solamente en Hollywood. Dos años antes de la caída del productor, una periodista de «The Hollywood Reporter» que estaba cubriendo el festival de Cannes, se marcó un Jaime Peñafiel y dejó caer que un poderoso magnate de Hollywood se encontraba en uno de esos yates que rodean la costa azul francesa en compañía de algunos nombres de la industria, entre los que se citó a Tom Hanks, y que su comportamiento fue muy extremo con unas mujeres jóvenes, pero ahí no se hizo nada porque una cláusula lo impedía, si las afectadas o cualquiera de los trabajadores acababan en comisaría presentando una denuncia violaban la confidencialidad exigida. No costó identificar a Harvey Weinstein, un reclamo habitual del festival desde que en 1989 Steven Soderbergh se llevara la Palma de Oro por «Sexo, mentiras y cintas de vídeo» , como aquel peso pesado con los puños de acero de Hollywood.

El periodista Peter Biskind en su libro «Sexo, mentiras y Hollywood: Miramax, Sundance y el cine independiente», publicado en 2006, contaba que a inicios de la década de los 90 estaba preparando una investigación para la revista Premiere sobre Harvey Weinstein y que cuando él se enteró ofreció sus servicios como escritor a la publicación y solicitó tener como corrector a Biskind. Tener como firma invitada al productor más emergente de Hollywood, recién asociado a Disney, era una buena herramienta publicitaria para Premiere que ya no estaba por la labor de seguir apoyando que Biskind estuviera verificando la rumorología sobre la exhibición de abuso de poder de Weinstein. Hasta 2017 fueron varias las veces que se mandaron a parar las investigaciones relacionadas con Harvey Weinstein y cuando el productor no lo hacía directamente enviaba a alguien con bastante peso, como gente con Oscar como Matt Damon, Ben Affleck o Russell Crowe, para que los directivos de los medios de comunicación echaran el freno.

Harvey Weinstein consagrándose como el chico malo de Hollywood ©WireImage

En 2017 Harvey Weinstein ya había dejado de ser una figura poderosa en Hollywood. The Weinstein Co, la compañía que fundó tras su salida de Disney, estaba al borde de la bancarrota y ya había sido superado por la camada de cachorros de la industria, especialmente por Annapurna, de la millonaria Megan Ellison, y A24. Lejos había quedado el tipo que bastardizó al cine independiente, convirtiéndolo en una extensión más de Hollywood, el que cambió la manera de hacer el negocio en los Oscars y alguien que parecía la reencarnación de Harry Cohn, ambos mirados por encima del hombro por la élite de Hollywood y que sabían que para formar parte de un clan tenían que jugar con armas más peligrosas que los demás.

Los Estados Unidos ya se estaba dejando influir por la cuarta ola del feminismo que denuncia la violencia patriarcal y la falta de reconocimientos de los derechos fundamentales de las mujeres. En el año 2015 Patricia Arquette recogió el Oscar a la mejor actriz de reparto por interpretar a la madre chuleada por los hombres de «Boyhood» denunció en su discurso la desigualdad de género y solicitó una equiparación salarial. Sus palabras fueron jaleadas por la platea, invitaron al debate en los medios de comunicación y muchas actrices denunciaron que en igualdad de condiciones que sus compañeros cobran menos que ellos. El acontecimiento cinematográfico de ese mismo año fue «Mad Max: Furia en la carretera» de George Miller en donde el emblemático héroe postapocalíptico era un espectador de una historia que reivindicaba a las mujeres que son víctimas de la violencia y la explotación sexual.

Patricia Arquette revelándose como la gran Charo de América © GettyImages

Antes que Harvey Weinstein cayeron Bill Cosby y Roger Ailes. Dos pesos pesados. Bill Cosby estaba cómodo en su estatus de icono cultural como figura pionera en el mundo del entretenimiento afroamericano, que logró la proeza de trascender al color de su piel, ya que también era muy admirado por la población blanca, además destacó por su labor humanitaria y en el 2005 pudo llegar a un acuerdo para no enfrentarse a una demanda presentada por dos mujeres que le acusaban de haberlas drogado y abusado sexualmente. En el 2014 la figura de Cosby fue cancelada y se le retiraron los honores cuando el cómico Hannibal Buress resaltó la extraña afición de Cosby para tener sexo con las mujeres y al hacerse viral comenzaron a surgir los testimonios de sus víctimas, más de sesenta, sus primeras acciones fueron cometidas en 1965 y algunas de las mujeres eran menores cuando sucedieron los hechos. En 2018 se le condenó a diez años de prisión por abusar sexualmente de una mujer en 2004 pero la condena fue anulada en 2021 por un fallo procesal ya que uno de los fiscales no tuvo en cuenta que en el año 2005 Cosby, y ante la misma víctima, había llegado a un acuerdo de no acusación penal con la fiscalía de la que dependía el fiscal, el condado de Maryland. Roger Ailes fue la figura más influyente para la prensa conservadora de los Estados Unidos, fundador de la cadena de noticias Fox News, y durante décadas él había sido el que designó a los candidatos republicanos a la Casa Blanca. En el verano de 2016, casi un año antes de su muerte, fue acusado de acoso sexual por una antigua periodista de su cadena y se sumaron varios testimonios similares de otras presentadoras. Roger Ailes cayó pero vivió lo suficiente para ver la victoria de su último protegido, Donald Trump.

La caída de Bill Cosby posibilitó la del resto © GettyImages

El 5 de octubre de 2017 The New York Times publicó un artículo en donde se destapaba parte del historial como depredador sexual de Harvey Weinstein y que el productor llevaba desde la década de los noventa pagando el silencio de sus víctimas. Posteriormente The New Yorker dio voz a algunas de las mujeres que sufrieron los abusos de poder del productor. La cobertura llevada a cabo por ambos medios fue reconocida con el premio Pulitzer y a finales de este año veremos la película «She Said» en donde se recoge la investigación periodística. Uno de esos escritores galardonados es Ronan Farrow que ha sido acusado de sensacionalista, de exagerar sus historias, y también que estuvo movido por los deseos de venganza ya que Weinstein ha distribuido algunas de las películas de Woody Allen en los Estados Unidos desde que en 1992 el director fuera acusado por su ex pareja Mia Farrow de abusar de su hija en común Dylan.

La portada más temida durante décadas por Harvey Weinstein © The New York Times

Más de ochenta mujeres pertenecientes a la industria se declararon víctimas de Harvey Weinstein, algunas de ellas de agresiones sexuales. Entre sus víctimas se encuentran empleadas de Miramax y The Weinstein Co, masajistas, modelos, presentadoras de televisión y una larga lista de actrices. Rose McGowan denunció haber sido violada por Weinstein a mediados de la década de los 90, Asia Argento aseguró haber sido agredida por Harvey en el festival de Cannes y poco después la actriz y directora se enfrentó a la acusación de los mismos hechos por parte de un menor de edad, Ashley Judd y Mira Sorvino fueron incluidas en una lista negra por no acceder a satisfacer sexualmente al productor, Cate Blanchett y Angelina Jolie llegaron a sentirse incómodas con el temible Harvey y Heather Graham hizo un casting horizontal con el magnate de Hollywood a cambio de un papel que no le dio. Es especialmente destacable el caso de Gwyneth Paltrow que llegó a sentir la presión de Weinstein durante el rodaje de “Emma”, la actriz se negó a darle uno de esos masajes con final feliz a los que el productor era tan aficionado. Pese a su negativa llegó a convertirse en la chica dorada de Miramax, ganó el Oscar por “Shakespeare in Love”, en cuyo rodaje tal y como se relata en “Sexo, mentiras y Hollywood” fue tan pejiguera que el productor la envió a París para que se relajara, y en 2017 fue clave en la investigación realizada por las periodistas Jodi Kantor y Megan Twohey para The New York Times ya que fue el nexo entre las informadoras y muchas de las víctimas.

Glenn Close dijo que Gwyneth Paltrow ganó el Oscar porque se acostó con uno de los Globos de Oro que la promovió entre sus colegas. Su testimonio como víctima de Weinstein no fue creído pero ella fue clave en la caída del productor © GettyImages

Tras la publicación de la investigación periodística Hollywood se dividió entre quienes sufrieron de alguna manera el abuso de poder de Weinstein y quienes aseguraban que no tenían ni idea de lo que hacía el productor. Fue destacable el “me acabo de enterar” de Meryl Streep porque es difícil imaginar que una de las actrices más influyentes de Hollywood durante las últimas cuatro décadas haya estado al margen de las habladurías. Rose McGowan, víctima de Weinstein, la tildó de hipócrita y hubo quien pagó una valla publicitaria en Los Ángeles en donde se decía “Mery Streep lo sabía”. En lo que sí se coincidía era en considerar intolerable ese tipo de conductas. En las redes sociales surgió el movimiento #MeToo utilizado por mujeres de todo el mundo para denunciar situaciones de acoso y violencia sexual. También se creó la fundación Time’s Up, amadrinada por algunas estrellas de Hollywood, con el fin de asesorar a las víctimas de delitos de índole sexual.

Las estrellas de Hollywood promoviéndose para el Nobel de la Paz © Instagram

Harvey Weinstein fue repudiado por una industria que jamás le vio como uno de los suyos, se le retiraron honores e incluso se le expulsó de la academia. Desde su caída Hollywood se ha propuesto convencernos de que su caso ha sido determinante para establecer una política de tolerancia cero con el machismo y la violencia sexual. Se recordó que Woody Allen fue acusado en 1992 de abusar sexualmente de su hija adoptiva Dylan Farrow cuando ésta era una niña aunque no llegara a ser juzgado por ello. La industria que le permitió desarrollar su carrera tras el escándalo se convirtió 25 años después en un tribunal popular y le condenó. Actores que han trabajado con él, incluso que han sido premiados con el Oscar por ello, le han repudiado, entre ellos Natalie Portman que en 2009 firmó a favor de la liberación de Roman Polanski cuando fue detenido en Suiza para ser extraditado a Estados Unidos, país del que huyó para evadir a la justicia tras violar a una menor de edad en 1977. John Lasseter se retiró de la cúpula de Disney al admitir que se tomaba demasiadas confianzas con las empleadas de Pixar, Jeffrey Tambor abandonó la serie “Transparent” debido a su conducta nada ejemplar con el sexo femenino, James Franco llegó a un acuerdo extrajudicial para evitar ser demandado por algunas mujeres a las que acosaba a través de Instagram, varias de ellas eran todavía menores de edad. Dustin Hoffman, Oliver Stone, Morgan Freeman, Frank Langella y Geoffrey Rush han sido acusados de conductas inapropiadas, la persona que acusó a Freeman admitió que mintió, y sobre el director y guionista Paul Haggis pesa una acusación de violación, el responsable de “Crash” se considera víctima de una conspiración orquestada por la iglesia de la Cienciología de la que él era miembro. Por otro lado el actor Armie Hammer cayó en desgracia tras ser acusado de canibalismo por algunas mujeres y de violación por una de ellas aunque tras la investigación policial no se presentaron cargos contra él. Hace cinco años que Hollywood se puso en manos de Marie Kondo para limpiar su imagen.

Tanto Paul Haggis como Plácido Domingo han señalado a la Iglesia de la Cienciología de estar detrás de las acusaciones de acoso / violencia sexual © GettyImages

Paralelamente al movimiento feminista se ha ido desarrollando la alianza masculina que no deja de ser una exhibición más de machismo, por no hablar de cinismo. Hay una máxima que no falla: “cuanto mayor sea la exhibición de un aliado más grande es el horror a esconder”. Precisamente Harvey Weinstein se aferró a la causa feminista para promover las virtudes de “El piano” de Jane Campion en la carrera al Oscar de 1993 argumentando que es maravilloso reconocer la labor de las mujeres en el mundo del cine. No hay nada como fingir interés por defender a las mujeres para ligar, bien lo saben los líderes de las agrupaciones políticas que han montado sus particulares harenes usando ese truco. Todos conocemos a aliados en redes que se ponen en contacto con determinadas usuarias para molestarlas, también a periodistas de medios progresistas que defienden a las mujeres y que en privado presumen de sus trofeos de caza y también hemos visto a actores pronunciando discursos en entregas de premios haciendo una ferviente defensa de la mujer y que luego actúan en las fiestas como unos sobones con cualquier fémina que se les ponga delante. Una de las mayores exhibiciones aliadas que nos ha ofrecido Hollywood en este lustro ha sido la última entrega de Bond «Sin tiempo para morir» a cargo de Cary Fukunaga en donde el personaje creado por Iain Fleming ha tenido que rendir cuentas por su actitud misógina y durante su promoción el director fue bastante crítico con la primera etapa representada por Sean Connery que no se limitaba a la hora de representar la violencia sexual contra las mujeres, especialmente en «Goldfinger». Con esa actitud Fukunaga trataba de distraer la atención ya que ya circulaban rumores sobre su actitud tóxica con las mujeres en el set de «Maniac» producida por Netflix, algo que terminó revelándose cuando la inversión publicitaria de «Sin tiempo para morir» ya estaba más que amortizada.

Estar bueno no te exime de nada, Cary ay cari ¿qué haces? ©GettyImages

En un período de profundísima crisis como el que estamos atravesando el activismo de cualquier extremo y tipo se ha convertido en una importante bolsa de trabajo y pasa a ser un ascensor social si la implicación tiene que ver con la defensa de las minorías y el ecologismo. Es el compromiso pop consistente en repetir una serie de mantras, sin ser realmente capaz de argumentar lo que se esconde tras las palabras, y quejarse por alguna injusticia vivida para pasar a ser un referente. Algunos aprendieron muy rápido la lección y declarándose víctimas de un productor lanzado o de un director de un programa de televisión acosador se garantizaron un proyecto en una plataforma o un espacio en los medios de comunicación. Desde hace una década y especialmente desde la explosión de los movimientos de #BlackLivesMatter (nacido en 2013 y no en 2020), #MeToo y el activismo queer quien no se signifique como activista de los tres lo tiene crudo para prosperar y no solamente en la industria audiovisual.

No hay nada más miserable que abrazarse a una causa buenista para ganarse el aplauso de la sociedad de bien. Recientemente hemos visto a figuras femeninas destacadas del cine francés, las del cine español se apuntaron como borregas tras las protestas en redes por no significarse, cortándose un mechón de sus melenas para solidarizarse con las mujeres que se están rebelando en Irán. Ese mismo buenismo es el que les hace tachar de islamofobia a quienes denuncian la violencia que sufren las mujeres en determinados barrios de París o el que les hace decir que «El cuento de la criada» solamente podría darse en las zonas más fachas de los Estados Unidos.

Ejemplo de superioridad moral a la francesa © Instagram

En la última década Hollywood se ha convertido en una competición por ver quién está más oprimido y no resulta extraño que Viola Davis, ganadora de un Oscar, dos premios Tony, un Emmy, formada en la prestigiosa Juilliard, la actriz afroamericana más poderosa de la meca, se encuentra entre las diez mujeres mejor pagadas en la industria, se dirija a un albañil de raza blanca de Alabama, prácticamente analfabeto, con la espalda destrozada desde hace años, dependiente de los fármacos para poder soportar los dolores y sin un buen seguro médico que ella por ser una mujer de raza negra es la verdadera oprimida de los dos. Luego nos preguntamos por qué hay estrellas que generan rechazo y las entregas de premios han entrado en decadencia.

La campaña promocional de «Una joven prometedora» de Emmerald Fennell fue efectiva porque sus publicistas supieron crear un relato victimista a raíz de que un crítico de Variety dijera que Carey Mulligan no le parecía nada sexy para interpretar a la protagonista. La biblia cinematográfica se temió un boicot publicitario y rectificó el texto de la discordia para pedir disculpas a la actriz británica y elogiarla por su interpretación. Construir la estrategia publicitaria en base a una ofensa fue indudablemente repugnante. Pero es imposible superar a lo hecho por Olivia Wilde para ganarse los aplausos por «No te preocupes, querida» cuyo rodaje ya dio que hablar por problemático y el descontento de la Warner era notorio. Inicialmente la película iba a estar protagonizada por Shia LaBeouf que semanas antes del rodaje salió del proyecto, coincidiendo con la acusación de malos tratos por parte de una de sus parejas y que el actor admitió. Olivia Wilde en una entrevista concedida a Variety afirmó que ella despidió a Shia LaBeouf por las acusaciones y porque quería crear un clima de sororidad en el rodaje para proteger a la actriz Florence Pugh. Wilde se ganó los aplausos de la prensa pero no contaba con que Shia LaBeouf iba a utilizar al mismo medio de comunicación para defenderse diciendo que no fue despedido sino que renunció a estar en la película debido a que no disponía del tiempo para ensayar en las condiciones que él quería y mostró capturas de conversaciones, correos electrónicos y vídeos de la propia Olivia Wilde en donde la actriz y directora se lamentaba de la decisión y le mostraba su apoyo personal. «No te preocupes, querida» se ha convertido en uno de los títulos más odiados de la temporada tanto por motivos cinematográficos como extra cinematográficos.

La rumorología dice que Florence Pugh calificó a la actriz y directora Olivia Wilde de ser una pésima profesional por perder el tiempo ronroneando con uno de los actores del reparto, Harry Styles © Warner

Algo similar está sucediendo con «Blonde». Adaptar la novela de Joyce Carol Oates sobre la vida de Marilyn Monroe con toda su crudeza no ha sido nada fácil para Andrew Dominik que estuvo esperando casi una década para poder llevarlo a cabo y gracias al empeño de Brad Pitt y la entrada de Netflix fue posible. Dominik asegura que el nacimiento del movimiento #MeToo facilitó el proceso porque está dejando de ser un tabú que se denuncie la violencia sexual que han sufrido las mujeres en Hollywood. Deudora de este tiempo, «Blonde» ha sido una película hecha para que la cultura woke tenga la excusa para denunciar al sistema capitalista y heteropatriarcal, para que los Umbrales de la generación «BuzzFeed» escriban sesudos artículos copiados y pegados de la Wikipedia en inglés sobre el martirio vivido por Marilyn Monroe por culpa de la industria que la explotó como una sex symbol. Pero Andrew Dominik no contaba con que su estrategia le iba a salir mal porque no se ha librado de las críticas por cebarse con el sufrimiento femenino.

«Blonde» ha sido acusada de misógina en lugar de ser vista como una denuncia contra la misoginia © Netflix

La culpa la tenemos nosotros como sociedad por ver como referentes morales a la gente que tiene una proyección pública. Cuánta razón tenía Paddy Chayefsky cuando le dijo a Vanessa Redgrave que no utilizara los Oscars para venderse a sí misma y qué corto se ha quedado viendo lo sucedido con el paso de los años.

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