A finales de 1961 se presentaba en sociedad el rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane?, dirigida por Robert Aldrich. Era un proyecto impulsado por Joan Crawford con la intención de reivindicar el poder de las actrices en una industria que empezaba a relegarlas, y para ello se alió con Bette Davis, consciente de que su histórica enemistad sería un infalible reclamo publicitario Se trataba de una modesta producción en blanco y negro sobre dos hermanas, antiguas estrellas de cine, que contaba con el respaldo de Warner Bros., el estudio en el que ambas habían vivido buena parte de su esplendor. Crawford y Davis se habían disputado papeles y hombres a lo largo de sus respectivas trayectorias. Se odiaban, aunque Crawford admitía que admiraba el extraordinario talento de su rival. Davis, en cambio, la despreciaba abiertamente porque consideraba que era una cateta con ínfulas, ella nunca dejó de comportarse como una clasista. Sin su enfrentamiento, la historia de Hollywood probablemente sería menos divertida, aunque en aquella nueva aventura profesional de Bette Davis había alguien a quien sí detestaba de verdad y que era la persona que más daño le había hecho en la industria, Jack Warner.

Con la explosión del cine sonoro, Hollywood fijó su mirada en los escenarios de Broadway. La industria ya no buscaba únicamente rostros fotogénicos, sino intérpretes capaces de dominar y modular sus voces ante el micrófono. En 1930, Bette Davis fue reclutada por un cazatalentos de Universal Studios que la había visto actuar en el teatro. Tenía 22 años y sus primeros pasos en Hollywood no fueron especialmente prometedores. No tenía la belleza convencional de muchas de las aspirantes que competían por convertirse en estrellas, aunque poseía una mirada penetrante que llamaba poderosamente la atención. Aquella cualidad, unida a una personalidad interpretativa poco complaciente, terminaría convirtiéndola en una actriz diferente.

Davis llegó a Warner Bros. en 1932, después de un paso poco provechoso por United Artists. Era un estudio de perfil marcadamente masculino, donde las producciones concebidas específicamente para el lucimiento de sus actrices no constituían una prioridad. Jack Warner quedaba en evidencia cada vez que otros estudios sabían aprovechar mejor el talento femenino que él tenía bajo contrato. Eso fue precisamente lo que ocurrió con Davis, una intérprete que demostró no tener ningún reparo en aceptar personajes antipáticos, mezquinos o directamente desagradables. Su disposición a alejarse del arquetipo de la estrella convencional hizo visible hasta qué punto Hollywood estaba desaprovechando su talento.

El punto de inflexión llegó con Cautivo del deseo, donde interpretó a Mildred Rogers, un personaje profundamente desagradable que le permitió demostrar una extraordinaria capacidad para construir personajes alejados de cualquier idealización. Su ausencia entre las candidatas al Oscar a la mejor actriz en la edición de 1935 provocó una considerable controversia y dio lugar incluso a una campaña para que la Academia reconsiderara su decisión y se incluyera su nombre en las papeletas de voto. Un año después, los académicos le concedieron el Oscar por Peligrosa, un reconocimiento que la propia Davis llegó a interpretar como una reparación por aquel error mayúsculo.

En 1936, Bette Davis era ya una de las grandes sensaciones de Hollywood, pero seguía estando en el estudio que menos parecía dispuesto a comprender qué hacer con ella. Podría haber encajado perfectamente en una compañía como MGM, especialmente hábil a la hora de construir producciones alrededor de sus actrices y convertirlas en grandes estrellas. Warner Bros., en cambio, seguía contemplándola como una pieza de su maquinaria, pero no como un valor fundamental. Davis demandaba mejores condiciones salariales, proyectos a la altura de su talento, libertad para trabajar fuera del estudio y derechos relacionados con sus apariciones radiofónicas. Para Jack Warner, sin embargo, era una actriz de su plantilla sometida a las necesidades de la compañía.
Después de ganar el Oscar por Peligrosa, Warner le asignó God’s Country and the Woman, un proyecto que Davis consideró insultante, indigno de su categoría por la mediocridad del guion y la escasa entidad de su personaje. La actriz se negó a rodarla y Jack Warner respondió suspendiéndola de empleo y sueldo. Pero Davis decidió llevar el pulso mucho más lejos. Viajó a Inglaterra y aceptó trabajar para una productora británica, desafiando las condiciones de exclusividad de su contrato con Warner Bros.

El estudio no estaba dispuesto a permitir aquella insubordinación y la demandó ante los tribunales británicos. Davis perdió el pleito y quedó vinculada de nuevo a Warner Bros., con muy poco margen de maniobra para trabajar por su cuenta. Había perdido la batalla judicial, pero aquel enfrentamiento había dejado al descubierto una de las grandes contradicciones del sistema de estudios: una industria capaz de reconocer el talento extraordinario de una actriz podía, al mismo tiempo, tratarla como una pieza intercambiable de su maquinaria. Y Bette Davis, precisamente porque sabía lo que valía, no estaba dispuesta a aceptar fácilmente ese papel.

Jack Warner había impuesto su autoridad, pero decidió hacer una excepción con Davis. Consciente de que la actriz se encontraba en pleno esplendor y de que los estudios rivales podían volver a sacar partido de un talento que él tenía bajo contrato, optó por convertirla en una de las grandes apuestas de Warner Bros. La estrategia funcionó. Llegaron La mujer marcada, Jezabel, por la que Davis conquistaría su segundo Oscar, Amarga victoria, La extraña pasajera, La carta y La loba, una sucesión de títulos que consolidaron su posición como una de las actrices más taquilleras de Hollywood y llevaron a bautizarla como la cuarta hermana Warner.

La llegada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial transformó también las prioridades de Hollywood. Con millones de hombres movilizados, las mujeres adquirieron un peso creciente como público cinematográfico y la industria encontró en ellas un nuevo destinatario al que ofrecer historias protagonizadas por personajes femeninos fuertes, complejos y emocionalmente desbordantes. Fue un período especialmente fértil para las actrices y Bette Davis brilló con una intensidad extraordinaria. Warner había intentado demostrarle quién mandaba, pero terminó descubriendo que aquella actriz incómoda, exigente y poco dispuesta a obedecer no solamente era uno de sus mayores activos sino que llevaría al estudio a una posición privilegiada en la industria.

Jack Warner no había empatizado de repente con una actriz que defendía con uñas y dientes su visión artística. Si había decidido convertir a Bette Davis en una de las grandes estrellas de Warner Bros. era porque sabía que su talento podía reportarle enormes beneficios. Pero el enfrentamiento de 1936 no había desaparecido y Warner parecía dispuesto a esperar el momento oportuno para ajustar cuentas y ejercer de nuevo su autoridad sobre una actriz que se había atrevido a desafiarle.

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, Hollywood comenzó a cambiar. El público reclamaba otras historias, los estudios buscaban rostros nuevos y Bette Davis empezaba a ser considerada una estrella de otra época. La actriz intentó recuperar el control de su carrera convirtiéndose también en productora, pero sus elecciones no siempre estuvieron a la altura de su prestigio y comenzó a enfrentarse a una crítica cada vez más severa y a la pérdida progresiva del favor del público. Dentro de Warner Bros. su peso también fue disminuyendo paulatinamente.

El golpe definitivo llegó con Más allá del bosque. Warner ni siquiera permitió que Davis aprobara el guion y la actriz terminó enfrentándose a un personaje y a una película que consideraba indignos de su trayectoria. El rodaje se convirtió en una experiencia amarga y la propia Davis llegó a referirse a ella como una de las peores películas de su carrera. Después de diecisiete años vinculada a Warner Bros., la actriz abandonó finalmente el estudio. Jack Warner había ganado aquel viejo pulso de una manera mucho más cruel que en los tribunales: tuvo la paciencia para ver que una de las grandes estrellas de su compañía dejaba de ser imprescindible y se deshizo de ella por la puerta de atrás.

Cinco años antes de la salida de Bette Davis de Warner Bros., el estudio había sufrido una de las derrotas más humillantes de su historia. Olivia de Havilland, que también consideraba que Jack Warner estaba infravalorando su talento y castigándola por reclamar mejores papeles, decidió llevar a su jefe a los tribunales después de sufrir reiteradas suspensiones de empleo y sueldo. Su argumento se apoyaba en la legislación californiana, que establecía que los contratos de servicios personales no podían prolongarse más allá de siete años. Warner pretendía añadir al contrato el tiempo correspondiente a aquellas suspensiones, pero la justicia dio la razón a la actriz. La sentencia, dictada en 1944, tuvo consecuencias que fueron mucho más allá del enfrentamiento entre una actriz y un poderoso productor. El llamado «caso De Havilland» puso límites al férreo sistema contractual de los grandes estudios y abrió una grieta en el poder que Hollywood ejercía sobre sus intérpretes. A partir de entonces, los actores dispusieron de un precedente legal para enfrentarse a contratos que restringían de manera excesiva su libertad profesional.

Bette Davis, que había convertido su propia guerra con Jack Warner en una cuestión de principios, admiraba profundamente a De Havilland. Entre otras cosas, porque reconocía en ella el mismo espíritu combativo que la había llevado a enfrentarse al estudio, pero también porque Olivia había encontrado una vía mucho más eficaz para derrotar a Warner: en lugar de limitarse a desafiar su autoridad —como una adolescente caprichosa a la que habían dejado sin fiesta—, había conseguido llevar la batalla al terreno donde su poder tenía menos margen de maniobra, los tribunales. Davis había plantado cara a Warner; De Havilland consiguió, además, que la ley estuviera de su parte.

En el momento de su salida de Warner Bros., Bette Davis tenía 41 años y llevaba demasiado tiempo sin ocupar el trono de Hollywood. Quince años atrás, tras asumir el papel protagonista de Cautivo del deseo, había leído críticas que la consideraban «la mejor actriz que jamás había pisado un plató», pero en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown también era legendario su temperamento. Davis no era una actriz dócil ni estaba dispuesta a aceptar sin protestar las decisiones de quienes controlaban su carrera, y esa actitud la convertía en un desafío permanente para productores, directores, intérpretes, guionistas, camarógrafos y diseñadores. Todos reconocían su extraordinaria capacidad interpretativa, pero muy pocos estaban dispuestos a pagar el precio de trabajar con ella. Bette Davis exigía, discutía, cuestionaba y no dudaba en enfrentarse a cualquiera que considerara que estaba perjudicando una película o limitando su trabajo. En una industria acostumbrada a que sus estrellas obedecieran las reglas del estudio, aquella independencia podía resultar mucho más incómoda que cualquier fracaso de taquilla. Su talento era incuestionable; convivir con él, en cambio, parecía exigir una paciencia que no todos estaban dispuestos a tener.

Cuando ya empezaba a pensar que su carrera podía haber llegado a su fin, Bette Davis recibió la oferta que le devolvería el protagonismo: interpretar a Margo Channing en Eva al desnudo, de Joseph L. Mankiewicz. Aunque no fue la primera opción de Darryl F. Zanuck, el astuto responsable de la Fox, el personaje parecía escrito para ella. Margo era una gran diva que había alcanzado una edad crítica y empezaba a descubrir que el mundo que había conocido siempre podía prescindir de ella. Había dedicado su vida a los escenarios y no sabía quién era fuera de ellos. En sus palabras, sus inseguridades y sus enfrentamientos con una generación más joven, Davis encontró un personaje que no necesitaba interpretar tanto como reconocer. A través de Margo Channing, la actriz exponía con una extraordinaria crudeza su propia realidad y la de tantas figuras del espectáculo que comenzaban a sentirse desplazadas por el cambio de los tiempos. Eva al desnudo no solo supuso su regreso a primera línea: también convirtió su edad, su experiencia y hasta la fama de su temperamento en parte de su nueva identidad cinematográfica. El reconocimiento fue inmediato: Davis recibió el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes y volvió a ocupar un lugar privilegiado en Hollywood.

Pero aquel regreso no significó el final de sus altibajos. Su carrera seguiría atravesando periodos de sequía y proyectos menores, incluso después del extraordinario éxito de ¿Qué fue de Baby Jane?, que en 1962 la enfrentó cinematográficamente a Joan Crawford y volvió a convertirla en una figura de enorme interés para el público. La posterior reivindicación de sus películas en televisión contribuyó también a mantener viva su presencia para las nuevas generaciones de espectadores cuando el sistema de estudios que la había convertido en estrella ya pertenecía al pasado.

Precisamente en 1962, poco después de asombrar al público con su interpretación de Baby Jane Hudson, Davis llevó su desafío a la industria hasta sus últimas consecuencias. Publicó en Variety un insólito anuncio en el que, con ironía y una franqueza muy poco habitual en una estrella de su categoría, se ofrecía para trabajar. Después de treinta años de carrera, dos Oscar y una reputación legendaria, Bette Davis volvía a recordar a Hollywood algo que la industria parecía empeñada en olvidar: todavía estaba allí y quería seguir trabajando.

Hubo una época en la que los grandes estudios hicieron creer a sus estrellas que, sin el respaldo de una compañía, no serían nada. Cary Grant demostró que era posible volar en solitario y construir una gran carrera al margen del control de los estudios, aunque aquella independencia no fue bien recibida por una industria acostumbrada a decidir el destino de sus estrellas. Olivia de Havilland también consiguió romper esas cadenas: después de quedar libre de Warner Bros., pudo demostrar que su talento no dependía de la protección del estudio y terminó ganando dos premios Oscar. Bette Davis siguió un camino diferente, pero llegó a una conclusión semejante: pudo sobrevivir a Jack Warner, reinventarse y continuar trabajando mucho después de que aquel hombre dejara de tener poder sobre su carrera. Y quizá ahí reside la verdadera dimensión de su enfrentamiento. Warner podía controlar contratos, suspender películas y decidir qué papeles ofrecía, pero no podía determinar cuánto tiempo permanecería Davis en la memoria del cine. El tiempo terminó invirtiendo las posiciones. Los actores que habían desafiado el sistema encontraron la manera de sobrevivir a su desaparición, mientras los grandes magnates que habían construido Hollywood alrededor de su propio poder acabaron siendo arrastrados por las transformaciones de la industria. Jack Warner no fue una excepción. El estudio que llevaba su apellido continuó existiendo, pero el hombre que durante décadas había decidido quién trabajaba, quién obedecía y quién quedaba fuera terminó perdiendo el control de su propia criatura. Tal vez esa sea la última victoria de Bette Davis: no derrotar a Jack Warner una sola vez, sino sobrevivir al mundo que le había permitido ser Jack Warner.

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