El juego buenista de Hollywood

Contaba Frank Capra en su autobiografía «El nombre delante del título» que cuando rodó junto a Spencer Tracy y Katharine Hepburn «El Estado de la Unión» al doblemente oscarizado actor le encantaba relatar una anécdota sobre la familia de Hepburn sabiendo que a la actriz le abochornaba. Katharine Hepburn pertenecía a una familia de clase alta de Connecticut, su padre Thomas Hepburn era un eminente urólogo y su madre Katharine Martha Houghton lideró el movimiento sufragista en los Estados Unidos. Una noche los Hepburn estaban cenando en su lujosa casa de Connecticut, manteniendo una animada charla sobre lo que podían hacer para mejorar un mundo cada vez más destrozado por los conflictos bélicos y las consecuentes crisis económicas. Todo iba bien hasta que un ruido les alteró. Thomas, el cabeza de familia, salió y vio que en la puerta había un hombre, era un pescador que tenía serios problemas económicos y que le pedía ayuda para poder darle de comer a su familia, Thomas, el prestigioso urólogo y reconocido filántropo le amenazó con llamar a la policía si no se largaba de su casa. El anfitrión se libró de su visitante, volvió a reunirse con los suyos y se retomó su conversación favorita sobre sus méritos para alzarse con el Nobel de la Paz. La familia de Katharine Hepburn era lo más parecido a las señoras de la alta sociedad tan bien retratadas por Luis García Berlanga y Rafael Azcona en «Plácido», esas que se llevaban a un pobre a la cena de Navidad o como los dirigentes de los partidos políticos que dicen velar por un pueblo al que desprecia.

La pequeña Katharine Hepburn junto a sus influyentes padres © Familia Houghton

La Academia creó el premio humanitario en honor a la figura de Jean Hersholt. El actor danés, tío de Leslie Nielsen, que fue presidente de la entidad contribuyó a la creación la MPTF (Motion Picture Relief Fund) que proveía de atención médica a los empleados de la industria del entretenimiento que no pudieran costeársela y de dicha fundación benéfica dependen un hospital y una residencia. Audrey Hepburn pasó a ser embajadora de buena voluntad de UNICEF en 1955 pero ya estaba implicada en las causas humanitarias antes de que se hiciera famosa gracias a «Vacaciones en Roma» porque la actriz belga y su familia padecieron el horror durante la Segunda Guerra Mundial y cuando se retiró de la actuación durante la década de los ochenta se dedicó a tiempo completo a la filantropía, incluso cuando ya sabía que estaba sentenciada de muerte. Por otro lado hay que mencionar a Paul Newman que pudo haberse hecho multimillonario con la venta de su salsa para aliñar ensaladas y donó todas sus ganancias a la caridad, además fundó campamentos de verano para niños con enfermedades graves. Tampoco me olvido de Elizabeth Taylor que encontró un refugio espiritual en el activismo, especialmente en la lucha contra el SIDA después de perder a seres queridos como Rock Hudson por culpa de la enfermedad.

Paul Newman con el premio humanitario Jean Hersholt, el único galardón que quiso recoger © GettyImages

Jean Hersholt, Audrey Hepburn, Paul Newman, Elizabeth Taylor fueron un ejemplo de la utilización de la fama para ayudar a una buena causa. El problema viene cuando se utiliza la filantropía para venderse en la propia industria. Solamente hay que recordar el discurso de Vanessa Redgrave cuando en el año 1978 recogió el Oscar a la mejor actriz de reparto por «Julia» y agradeció que Hollywood no cediera al chantaje de los matones sionistas y le premiasen a pesar de su apoyo a Palestina, traducido en un documental producido por ella y que meses antes se había emitido en TV. El discurso de Vanessa Redgrave fue afeado en la misma ceremonia por el dramaturgo Paddy Chayefsky, ganador de tres Oscars por los guiones de «Marty», «Anatomía de un hospital» y «Network», que dijo que los Oscars no deberían ser utilizados como vehículos para la promoción personal. A Chayefsky y a cualquiera con sentido común le pareció una tomadura de pelo que Marlon Brando enviase a una activista para que hiciera propaganda del Movimiento Amerindio para rechazar el Oscar al mejor actor conseguido por «El padrino» en 1973, y seguramente que desde el más allá se revuelve cada vez que ve en una entrega de premios al ganador que aprovecha su momento de gloria para hacerse además con el trofeo a la mejor persona viva.

La activista enviada por Marlon Brando para denunciar el maltrato de Hollywood a los indígenas de los Estados Unidos © AMPAS

El activismo se ha convertido en una religión y eso en Hollywood lo saben. Las principales agencias y los publicistas tienen asesores en causas y cuando un actor es fichado por una agencia firma para que haga campañas con alguna organización, Russell Crowe siempre se negó a pasar por ese trance y por ese motivo nunca gozó de la buena prensa en la siempre pacífica comunidad de Tinseltown. Hay episodios realmente patéticos cuando se acerca el gran estreno de un título de Disney (una de Marvel o de la serie «Star Wars») y los publicistas de la compañía inician un casting para buscar a enfermos terminales, si son niños mejor, para que las estrellas de la película de turno hagan el papel de sus vidas ante los fotógrafos.

Los héroes del cine nunca fallan en los hospitales cuando toca promoción ©Instagram

Hubo un momento en el que Lindsay Lohan era una de las estrellas más prometedoras de Hollywood. A mediados de la primera década de este siglo XXI la actriz había cosechado un enorme éxito con «Chicas malas» y estaba preparando el terreno para dar el salto a una liga superior, dejar atrás su faceta como ídolo juvenil y consagrarse como intérprete adulta. Llegaron de esta manera «El último show» la obra de despedida de Robert Altman (la leyenda dice que realmente fue dirigida por Paul Thomas Anderson) y «Bobby» de Emilio Estévez. Lohan consiguió buenas críticas y ella no dudó en declarar que se veía a sí misma recogiendo un Oscar en unos pocos años. El problema estaba a la vuelta de la esquina y era su afición cada vez más desmedida por la fiesta. La actriz que en aquel momento acababa de cumplir los 20 años se había convertido en la pieza más perseguida por los paparazzi y una foto suya pasada de rosca era realmente codiciada. En mayo de 2007 llegó su primera detención por conducir bajo los efectos de las drogas y el alcohol y ahí comenzó su declive. Volvió a ser detenida por la misma causa, se le impuso tres años de libertad condicional, más cumplir con trabajos al servicio de la comunidad y su ingreso en un centro de rehabilitación. Ella no cumplió y sus agentes y publicistas idearon una maniobra para buscar su redención. En diciembre de 2009 se la llevaron a la India para rodar un documental con la BBC en donde se denuncia la explotación infantil, meses antes «Slumdog Millionaire» de Danny Boyle que habla de la extrema pobreza en la India arrasó en la ceremonia de los Oscars así que la sensibilidad estaba a flor de piel en la audiencia bien pensante. Ese intento desesperado para lavar la imagen de Lindsay Lohan a costa de denunciar la trata de personas resultó repugnante. Hollywood ya no le dio más oportunidades. En 2010 permaneció 14 días en prisión pero sus problemas con la justicia no terminaron ahí.

Una de las maniobras más desesperadas para lavar la imagen de una estrella en apuros © BBC

La familia de Katharine Hepburn estaba en una situación privilegiada, pertenecía a la élite social y económica de la Costa Este de los Estados Unidos, renegaba de sus orígenes conservadores y presumía de su condición progresista, como buen convertido con el carnet reluciente. Las estrellas de Hollywood (también las de fuera) no paran de pedir perdón por el hecho de ser unos privilegiados y para ello presumen de virtud. A Natalie Portman que podría disputarse con Jessica Chastain el título de «Doña Perfecta» sus lecciones de moralidad le han dado en la cara un par de veces. En 2017 se sumó a la lista de actores que renegaban de Woody Allen tras recordarse que fue acusado en 1992 de haber abusado sexualmente de su hija Dylan cuando ésta era tan sólo una niña, ocho años antes Portman se encontraba entre los firmantes por la liberación de Roman Polanski tras su detención en Suiza por no cumplir con la justicia estadounidense debido a la violación de una menor de edad. Portman, en su defensa por la integración de la mujer en la industria, no ha dudado en reivindicar a las mujeres directoras y afear a los señoros votantes en las entregas de premios. Portman es productora a través de Handsomecharlie Films y su compañía solamente ha dado luz verde a los trabajos de una sola directora: Natalie Portman. La actriz de origen israelí, ganadora de un Oscar por “Cisne negro”, licenciada en Psicología en la Universidad de Harvard es la quintaesencia del buenismo, alguien que va a la caza de tendencias para apuntarse y ganarse el respeto de la comunidad. Vanidad e hipocresía, nada nuevo bajo el sol.

En la ceremonia de los Oscars de 2020 Natalie Portman lucía en su chaqueta los nombres de mujeres directoras. Portman en su productora no ha apoyado a otra mujer que no sea ella ©GettyImages

Cuando en el otoño del año 2017 The New York Times destapó el historial de abusos de Harvey Weinstein tres de los nombres que se vieron salpicados fueron los de Matt Damon, Ben Affleck y Russell Crowe. La periodista Sharon Waxman, fundadora de The Wrap, comentó que en el año 2004 ella estaba investigando a Harvey Weinstein y había conseguido el testimonio de una mujer que había sido acosada por el productor y que recibió presiones por parte de Matt Damon, Ben Affleck y Russell Crowe para que se retirara del asunto, finalmente «The Times» cedió ante las presiones de los hombres de Harvey y destruyó la historia. Damon y Affleck afirmaron que actuaron como mensajeros pero que en realidad no eran conscientes de la realidad. Damon fue calificado de «cuñado» cuando dijo que no es lo mismo tocarle el culo a alguien que una violación y el movimiento #MeToo se le echó encima. Damon y Affleck expiaron su culpa escribiendo y protagonizando «El último duelo» de Ridley Scott en donde precisamente se narra la historia de una mujer que es violada y la cinta fue un rotundo fracaso de público, no tanto de crítica. Por otro lado, Russell Crowe lo hizo protagonizando la miniserie «La voz más alta» sobre Roger Ailes, fundador de la cadena Fox News y depredador sexual.

El «aliado» Damon buscándose el perdón del #MeToo ©20th Century Fox

La ausencia de fe nos ha llevado a la creación de una nueva religión, el activismo. En estos tiempos no quedas como alguien a favor del progreso social si te declaras un ser de misa diaria. Quienes crean los dogmas de la nueva fe son los lobbys que quieren implementar su agenda y se ayudan del poder político, los medios de comunicación, las grandes empresas, las entidades bancarias y de las celebridades que se han convertido en activistas. Todos, desde la élite, nos echan la culpa a nosotros, en la parte más baja de la pirámide, de la deriva de nuestro mundo porque comemos carne, no conducimos un coche eléctrico, nos duchamos con agua caliente, viajamos en avión o simplemente apelamos al sentido común o a nuestra libertad individual. Ellos seguirán haciendo todo eso que condenan que hagamos y harán como si nada cuando sean descubiertos en su exhibición de hipocresía porque dan por hecho que nosotros les vamos a perdonar sus pecados, porque somos el populacho.

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