«La culpa es de Meryl»

«A la oficina de mi agente llegan las sobras que deja Meryl Streep, desde que empezó mi carrera siempre ha sido así». Esta frase la pronunció Glenn Close durante la promoción de «Hillbilly, una elegía rural» cuando se le preguntó por su situación como mujer en la industria. Close ha sido nominada en ocho ocasiones al Oscar, la estatuilla se le sigue resistiendo pese a trabajos tan incontestables como «Las amistades peligrosas» o «El mundo según Garp», tiene tres premios Tony y el mismo número de galardones de la Academia de televisión. Pero la industria siempre la ha visto como una marca blanca de Meryl Streep lo cual no deja de ser una ofensa para alguien tan exquisita como Close, de hecho persiguió protagonizar «Atracción fatal», convirtiéndose de paso en la pesadilla de cualquier señor infiel, primero porque estaba harta de las comparaciones y segundo porque estaba plenamente convencida de que ni de coña se llegó a pensar en Meryl Streep para que interpretase a Alex Forrest, aunque sí le llegaron a ofrecer el papel a Sally Field.

Glenn Close en el papel con el que dijo a Hollywood «¡No soy la marca blanca de Meryl Streep!» © Paramount Pictures

Las quejas de Close no han sido las únicas. Existe una generación completa de actrices, las nacidas entre 1945 y 1957, que a pesar de tenerlo todo a favor se han visto relegadas a ser la marca blanca de Meryl Streep porque ella ha acaparado los grandes personajes femeninos que se han concebido en Hollywood durante los últimos cuarenta años y eso se ha ido agudizando con el paso de las décadas ya que son menos los proyectos concebidos para una mujer que supera los 65 años. Son muy pocas las excepciones: Frances McDormand, ganadora de cuatro premios Oscar y uno de ellos como productora, porque forma parte de la realeza artística de Hollywood al ser una parte fundamental de la obra de los hermanos Coen, Diane Keaton porque su colaboración con Woody Allen le ha convertido en un género propio y las británicas Helen Mirren y Judi Dench porque tienen acento británico y se pueden disfrazar sin perder la dignidad.

Glenn Close y Meryl Streep frente a frente en «La casa de los espíritus» © Miramax

Que las actrices se quejen de falta de oportunidades no es nuevo, ni siquiera cuando se está en el apogeo de fama. Joan Crawford cuando era uno de los principales activos de la Metro Goldwyn Mayer, estudio que la explotó como la mujer más sofisticada y moderna de la siempre pacífica comunidad de Tinseltown, se lamentaba de que no podía acceder a los papeles con entidad que recibía Norma Shearer porque ella no tenía su derecho de alcoba, Shearer estaba casada con Irving G. Thalberg que era el jefe de producción de la compañía. Olivia de Havilland recurrió a los tribunales para independizarse de la Warner para aspirar a ser mucho más que el florero al que la había condenado el estudio. Bette Davis fue insumisa con la misma major porque consideraba que no se le daban proyectos a su altura.

Joan Crawford y Norma Shearer despreciándose muchísimo en «Mujeres» © MGM

Crawford, de Havilland y Davis no fueron las únicas ni eso de sentirse infravaloradas ha sido terreno exclusivo de las mujeres. Cary Grant sentía que la Paramount le desaprovechaba, estaba harto de recibir las sobras que dejaba Gary Cooper, rescindió su contrato con la compañía y logró convertirse en la primera luminaria en conseguir su independencia con respecto a los estudios sin morir en el intento, de hecho su ascenso al firmamento se produjo a partir de su libertad. La industria no castigó a Crawford, de Havilland y Davis como sí le hizo a Grant. El actor nunca fue reconocido con el Oscar, fue nominado en 1942 y 1945 por sus trabajos en «Serenata nostálgica» y «Un corazón en peligro» y cuando le concedieron en 1970 el Oscar honorífico con él ya retirado de la interpretación le inventaron una hija secreta para que la prensa de Hollywood hablara de este escándalo en lugar de alabar las excelencias de la carrera de Cary Grant. Aunque el sistema de los estudios ya había caído y los todopoderosos Adolph Zukor, Louis B. Mayer, Jack Warner, Harry Cohn y Darryl F. Zanuck ya eran reliquias del pasado las grandes compañías no perdonaron que la mayor victoria de Cary Grant fuera que ningún estudio controlara su carrera.

Cary Grant recogiendo un Oscar honorífico que los estudios se resistieron a dar © AMPAS

Joan Crawford, Bette Davis, Olivia de Havilland y tantísimas otras que me estoy dejando fuera tuvieron la suerte de trabajar en una época en la que triunfaron las películas hechas para mujeres, cuyo esplendor tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial ya que las mujeres eran las que mayoritariamente iban al cine. El panorama era muy diferente al encontrado cuatro décadas después con el estallido de la era del blockbuster y la finalización de la edad dominada por el nuevo Hollywood, que fue cuando los locos (los autores) se hicieron con el control del manicomio. El cine adulto era visto como sinónimo de prestigio y si ese tenía un rostro femenino indudablemente ha sido el de Meryl Streep.

Meryl Streep en una de las mejores interpretaciones de su carrera © Warner

Meryl Streep se ganó el respeto de Bette Davis y el desprecio de Katharine Hepburn. A la primera le parecía que tenía el talento y la presencia escénica que separa la grandeza de lo insustancial y a la segunda le irritaba por su ausencia de naturalidad, y en realidad, ambas sensaciones han sido las despertadas por la Streep desde que comenzó su reinado en Hollywood. Una de las mejores actrices que nos ha dado la historia del cine o una intérprete a la que la industria ha sobrevalorado de manera exagerada o ambas cosas a la vez.

Cuando a inicios de la década de los setenta Meryl Streep se especializaba en Arte Dramático en la Universidad de Yale se hartó de competir con una tal Susan Weaver por ver quién era la mejor del grupo. Susan destacaba especialmente en los dramas y se llevaba los papeles más codiciados mientras que Meryl era prodigiosa en el terreno de la comedia y una superdotada con los acentos, de pequeña soñaba con ser traductora en las Naciones Unidas. Una vez iniciada la carrera profesional de Meryl Streep en off Broadway ya pudo demostrar su madera como actriz dramática y fue a raíz de su Emmy por la miniserie «Holocausto» cuando las puertas de Hollywood se le abrieron.

Se odian desde sus días en Yale y se nota © GettyImages

Fue nominada al Oscar por «El cazador» y recibió su primera estatuilla por interpretar a una madre arrepentida de haber abandonado a su hijo en «Kramer contra Kramer». La Streep llegó en un momento en el que se demandaba una réplica femenina de Robert De Niro, es decir, un animal interpretativo que fuera al mismo tiempo sinónimo de calidad y garantía de éxito. Así fue. La cotización de Streep no dejaba de subir. Ganó un segundo Oscar por «La decisión de Sophie» en donde resultó conmovedora como una antigua prisionera en un campo de concentración que se vio obligada a elegir a qué hijo salvar de la muerte. Recibió nominaciones por «La mujer del teniente francés», «Skilwood», «Memorias de África», «Un grito en la oscuridad» (premiada en Cannes), «Postales desde el filo», «Los puentes de Madison», «Adaptation», «La duda» y también le han regalado muchísimas candidaturas porque es Meryl Streep («Agosto», «Into the Woods», «Los archivos del Pentágono»). Ha sido finalista al Oscar en veintiuna ocasiones y ha ganado tres premios de la Academia, el último por interpretar a Margaret Thatcher en «La dama de hierro». Curiosamente los académicos pasaron olímpicamente de dos de sus mejores trabajos en estas últimas tres décadas: «El mensajero del miedo» y «La muerte os sienta tan bien».

Meryl con sus tres Oscars © GettyImages

Fue tal el impacto causado por Meryl Streep que ha monopolizado los grandes papeles femeninos que se han concebido en Hollywood en los últimos cuarenta años, incluso le ganó la partida a Robert De Niro que sí ha tenido el declive artístico que no ha conocido ella, a la Streep jamás la veremos en títulos como «En guerra con mi abuelo», «El escondite» o «Las aventuras de Rocky Bullwinkle», también es verdad que ni por asomo tiene las deudas que pagar que De Niro. El efecto Streep ha perjudicado a sus compañeras de generación. Glenn Close se quejó de una realidad que han conocido Susan Sarandon, Jessica Lange, Debra Winger, Barbara Hershey, Sigourney Weaver, Sally Field o Stockard Channing, actrices excepcionales, desaprovechadas y a muchas de ellas no las estamos viendo envejecer con la dignidad que merecen. Pero la culpa no es de Meryl, como bien señalaron los titulares tras la confesión de Glenn Close a un grupo de periodistas en una charla realizada a través de Zoom, sino de una industria que crea y confía en una serie de productos a la espera de que dejen de funcionar y Meryl Streep representa al cine adulto desde la década de los ochenta y genera interés, el público sigue queriendo ver sus películas. Meryl Streep no pertenece al blockbuster, ni necesita prestarse a eso, se representa a sí misma, ella se ha convertido en un evento, tanto para sus detractores como para quienes consideran que ella tiene esa capacidad para elevar una mala película, Jessica Chastain ni en sueños puede hacerlo, o que sería la mejor «Batman» de la historia como diría Cam de «Modern Family».

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